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P or desgracia, solo unas pocas horas más tarde, alguien empezó a zarandear a Viri con brusquedad para que se despertara y, al instante, escuchó una voz demasiado animada que le preguntó:
—¿Ha funcionado? ¡Dime que sí!
Viri se quejó y le pegó con la almohada a su mejor amiga, Wynter Starling, para luego taparse la cara con ella.
—Shhh... Es muy temprano, Wyn. Piérdete.
—No es muy temprano y eres una traidora —exclamó Wynter, apartando la almohada—. Me prometiste que me despertarías cuando llegaras a casa.
—Ya, pero era muy tarde —respondió Viri con los ojos todavía a medio abrir—. Y yo me preocupo por que mi amiga descanse, no como otras ...
—Yo no necesito descansar, sino respuestas. Así que suéltalo ya.
Cuando intentó quitarle la almohada de las manos, Wynter la arrojó a la otra punta de la habitación y le devolvió la mirada a su amiga, por lo que no le quedó más remedio que resignarse y sentarse en la cama.
Wynter tenía razón sobre la hora; solo con echar un vistazo a través de la ventana sellada de su habitación se percató de que ya tendría que ser media mañana por lo menos.
Su apartamento estaba en la mitad superior del monte Tembris, uno de los picos que formaba el trío de las montañas Tridus.
—Meera me va a matar —murmuró al darse cuenta de que se había quedado dormida y que, por lo tanto, había faltado al entrenamiento matutino.
Ni siquiera la apacible vista del lago Mirtis, que brillaba bajo los rayos de sol, la ayudó a sentir menos pavor por tener que disculparse ante su mentora, quien resultaba ser también la jefa del Gremio de Cazadores.
Wynter se echó la reluciente melena negra sobre los hombros y miró con sus ojos zafiro entrecerrados a Viri, como si estuviera amenazándola.
—Pues va a tener que ponerse a la cola si no sueltas ya por esa boquita lo que pasó anoche.
Viri sabía que su amiga no le estaba pidiendo que le hiciera un resumen de la caza como tal; de hecho, a Wynter no le importaba lo más mínimo quién era el segador que estaba ahora pudriéndose en una de las celdas de la Críptula, en lo más profundo de la montaña.
Solo había una cosa que le interesaba saber de lo que hizo Viri la noche anterior.
—Venga ya, V. Te lo suplico. ¿ Funcionó o no?
Como castigo por haberla despertado de malas formas, la hizo esperar unos segundos más. No obstante, acabó dedicándole una sutil sonrisa y, por fin, le dijo:
—Claro que ha funcionado. Eres un genio, aunque ya lo sabes.
Wynter levantó los brazos y soltó un grito de emoción, pero se calló al instante y clavó una mirada tensa en la puerta cerrada de la habitación.
—Algo me dice que tu madre está en casa, ¿no? —supuso Viri con ironía.
La chica se mordió el labio y asintió, lo que hizo que a Viri se le escapara una risita.
A Sarielle Starling, la madre de Wynter y la tutora legal de Viri, no le haría demasiada gracia enterarse de lo que su querida hija hacía en su tiempo libre.
Según Sarielle, cada noche que Viri tenía que salir a cazar, le daba un ataque al corazón, así que, si descubría que su hija estaba trasteando con experimentos ilegales de alquimia, no viviría para contarlo.
Sarielle era la magistrada, es decir, la líder política de Isla Elverdine, pero, sumado a eso, la alquimia era una práctica de lo más peligrosa y en más de un aspecto. Y, aun así...
—Anoche me salvaste la vida —confesó Viri al acordarse de la daga del segador, que se quedó a escasos milímetros de atravesarla—. Si no hubiera sido por el detenubis, el segador me habría sacado las tripas.
Los ojos azules de Wynter se abrieron de par en par y susurró:
—¿En serio? —Ladeó la cabeza y observó con detenimiento la herida que tenía Viri en la mejilla—. ¿Y eso fue antes o después de que te dieran un puñetazo en toda la cara?
Se tocó la herida, que estaba hinchada y con costras, y dejó escapar una mueca de dolor al sentirla palpitar bajo sus dedos.
—¿Tan mala pinta tiene? —Wynter no le respondió, así que Viri insistió—: En una escala del uno al diez, ¿cuánto se escandalizaría tu madre?
—¿Si entrara aquí ahora mismo? Un once, sin duda. —Sacó un pequeño frasco de cristal de su bata gris de médica en prácticas y le guiñó un ojo—. Pero, si te aplicas esto y esperas unos minutos, podríamos bajarlo a un tres. O incluso a un dos.
Viri agarró el ya conocido e ilegal ungüento que le ofreció su amiga y se lo untó con cuidado sobre la mejilla, que aún le dolía.
—¿Te he dicho hoy ya lo mucho que te quiero?
—Todavía no —contestó Wynter a la vez que tendía la mano para que le devolviera el frasco y volvía a esconderlo en la bata—, pero, en tu defensa, diré que te acabas de despertar. —Se acomodó en la cama de Viri y continuó—: Ahora, cuéntame lo que pasó con el detenubis. Con pelos y señales.
Por fin le hizo caso y le relató cómo había usado el polvo plateado para enfrentarse al segador y respondió a las incontables preguntas que le hizo su amiga mientras ignoraba el cosquilleo que sentía en la mejilla conforme el ungüento le regeneraba la piel.
—Reconozco que no tuve en cuenta lo fuerte que son los segadores justo después de extraer élixen —murmuró Wynter mientras se perdía en sus pensamientos—. Voy a seguir probando distintas fórmulas para que duren más los efectos la próxima vez.
—A mí me sirvió. Solo necesitaba ganar unos segundos para sacar el fílux y atacarlo.
La mirada perdida de Wynter desapareció y se puso seria.
—Creo que dependes demasiado de que te funcione el látigo ese. Puede que sea un arma bastante especial, pero si alguna vez, por el motivo que sea, no te funcionara...
—Entonces, sacaré todo tu arsenal de inventos alquimistas. —Viri la interrumpió porque ya había escuchado ese sermón en más de una ocasión—. Además, también tengo mis propias habilidades de cazadora. No te preocupes, Wyn. Sé cuidar de mí misma, con el fílux y sin él.
—Lo sé —respondió Wynter relajando el rostro—. Pero no puedo evitar preocuparme. Igual que tú lo haces por mí.
—Pero eso es porque vas por ahí escabulléndote e infringiendo las leyes. —Viri volvió a tocarse la mejilla y se percató de que ya casi no sentía inflamación ni dolor—. Aunque tengo que reconocer que, siendo egoísta, a mí me están viniendo bastante bien tus escarceos.
—Bueno, tampoco es que pueda compartir mis experimentos con nadie más aparte de ti —dijo Wynter poniendo cara de pena—. Si alguien me descubriera, acabaría en la Críptula compartiendo celda con alguno de esos segadores repugnantes que capturas.
—Puede que encuentren un buen motivo por el que encerrarte allí con ellos —replicó—. Como, no sé, por ejemplo... ¿salvarte la vida? La tuya y la de los demás.
Wynter hizo un gesto con la mano, como para quitarle importancia.
—Si una sabe lo que hace, la alquimia no es peligrosa.
—Lo que no es tu caso, porque tú vas por ahí inventándote y probando cosas sobre la marcha.
—Pues, para que lo sepas, eso es lo que hacen los mejores alquimistas.
Viri resopló. Por una parte, le hizo gracia la respuesta de su amiga, pero, por otra, estaba molesta.
—¿Y cómo estás tan segura de eso si nunca has conocido a uno? Lo que sabes lo has aprendido por ti misma gracias a los libros viejos y mohosos que lees y a ese cerebro tan prodigioso y atípico que tienes.
—Y ahora es cuando volvemos a la parte en la que dices lo bien que te vienen mis inventos y cambiamos de tema —dijo con decisión para zanjar la discusión.
Viri dejó escapar un sonoro suspiro y decidió darse por vencida porque esa era una conversación que tenían casi a diario; no importaba cuánto se esforzara por persuadir a su amiga, que era demasiado curiosa como para preocuparse por su propio bien.
Desde el momento en el que escucharon rumores sobre prácticas de magia ancestral para crear y transformar la materia en algo que ni siquiera los Sabios sabían, Wynter empezó a obsesionarse con aprenderlo todo sobre el tema.
Por suerte, tampoco había mucha información, ya que los magos alquimistas que vivían antiguamente en Isla Elverdine habían desaparecido muchísimos años atrás junto con otros seres mágicos, además de llevarse con ellos todos sus libros y conocimientos.
Solo se dejaron atrás algunos rastros de su poder, como los sendales, los obeliscos, las lumiternas y algunos objetos encantados de lo más peculiares, por lo que todos se peleaban por conseguirlos.
Uno de esos objetos era el fílux de Viri, que lo había heredado de sus padres; ellos también habían sido cazadores y lo tuvieron guardado durante años hasta que ella se ganó su marca de cazadora.
En cambio, lo que Wynter estaba haciendo.
.. Los magos ancestrales se habían pasado años estudiando la alquimia antes de que les permitieran practicarla sin supervisión.
Si sus experimentos caían en manos de algún inexperto, no solo se volvían peligrosos, sino que podían llegar a ser letales.
Y, dado que nadie en Isla Elverdine podía llevar a cabo prácticas mágicas como hacían los magos antiguos, sí que seguían existiendo algunos oficios relacionados con la elaboración de pociones y polvos, a pesar de que un pequeño error a la hora de combinar los ingredientes podía tener consecuencias como la destrucción de una ciudad entera.
Tal era el riesgo que la alquimia fue la única forma de magia que se prohibió en la isla.
Aun así, eso no impidió que Wynter se obsesionara tanto con la alquimia que decidiera saltarse las normas.
Viri volvió a suspirar y empujó a su amiga de la cama con ímpetu. No tenía ganas de seguir discutiendo.
—Bueno, tengo que ir a pedirle perdón a Meera. Y tú deberías ponerte a estudiar y averiguar cómo curar a la gente con técnicas legales y sin magia. —Viri arqueó una ceja y añadió—: ¿Te crees que no me he dado cuenta de la cantidad de clases que te has saltado últimamente?
Wynter se alisó la bata gris y observó su insignia de médica con el ceño fruncido.
—Odio estar allí.