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—¿Estáis heridos? —preguntó al acercarse a los niños y estremecerse al notar el crujido de los cristales rotos bajo sus pies.
Viri siguió agarrando con fuerza su fílux, cuyo extremo contrario seguía atado al segador. El hombre, que maldecía sin parar en voz alta mientras intentaba ponerse de pie, ya no era una amenaza para ninguno de ellos.
Los niños negaron con la cabeza y, aunque tanto las piernas como las manos les temblaban, se pusieron de pie y se abrazaron entre ellos.
Al ver el terror reflejado en sus rostros y al saber lo que podría haberles pasado, algo que sí que había sufrido el niño asesinado, Viri tuvo que respirar hondo para no dejarse llevar por la rabia que sentía.
Se recordó a sí misma que lo que importaba era la justicia y sabía que el segador tendría que afrontarla por sus crímenes. Al haberlo atrapado, Viri se había asegurado de ello, y seguiría haciéndolo con cada segador al que cazara en Isla Elverdine.
—Estás sangrando —susurró la niña, señalando la mejilla de Viri. Esta se había olvidado por completo de la herida, aunque sí que sintió un ligero escozor al recordar los nudillos de su enemigo arañándole la cara.
—Estoy bien. Solo es un rasguño. —Se giró para mirar al segador que, por fin, se las había apañado para ponerse de pie y, después, volvió a mirar a los niños—. No os preocupéis. Jamás volverá a hacerle daño a alguien.
No obstante, los dos pares de ojos que tenía delante se posaron sobre el cadáver del otro niño y Viri maldijo en su interior por la insignificancia de sus palabras. Entonces les preguntó en tono amable:
—¿Lo conocíais?
Los niños volvieron a negar con la cabeza y ella soltó un suspiro de alivio. Ver a alguien morir siempre era una tragedia, pero al menos esos niños no tendrían que vivir con el trauma de haber presenciado la muerte de un amigo.
—Vamos, es hora de irnos —exclamó Viri, que estaba deseando sacarlos del claustrofóbico sótano lo antes posible.
Condujo a los niños por las escaleras y tiró de su fílux para que el segador se mantuviera de pie, aunque no dejaba de tambalearse.
Al llegar arriba, siguió el mismo recorrido de antes para avanzar por la abarrotada taberna y se abrió paso entre sus clientes.
El tabernero seguía sirviendo bebidas, aunque se quedó quieto y pasmado al ver a Viri y al percatarse de que la acompañaban dos niños.
Ella entendía que estuviera sorprendido; solo en raras ocasiones se encontraban supervivientes tras el ataque de un segador. En muy raras ocasiones.
—¿A cuánto está el sendal más cercano? —preguntó Viri levantando la voz por encima del bullicio.
—Hay uno en la siguiente manzana, justo antes de llegar al lago—respondió el tabernero tras salir de su estupor.
Viri dejó escapar una mueca, ya que no le hacía mucha gracia tener que acercarse tanto al lugar donde acababa la protección del obelisco, pero era eso o volver por el largo camino que atravesaba la alterra teniendo que llevar a rastras al segador, que cada vez estaba más débil. No le quedaba otra que jugársela.
Soltó una moneda de oro en la barra y le dijo al tabernero:
—Por las molestias. —Y, a continuación, preguntó—: ¿Tenéis cocina?
—El hombre asintió y Viri dejó otras tres monedas de oro para, acto seguido, señalar a los niños—.
A estos dos les vendría bien comer algo caliente.
Cuide de ellos hasta que llegue la Nox para tomarles declaración y llevárselos a casa.
El hombre no dijo nada sobre si le disgustaba o no la idea de que enviara a los guardias urbanos a su taberna; agarró las monedas, se las guardó en el bolsillo y asintió a regañadientes.
La cazadora no le habló del tercer chico, ya que contaba con que la Custodia Nox recogiera el cuerpo y avisara a su familia.
Viri se giró hacia los niños y les dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Aquí estaréis a salvo hasta que vengan los guardias de la Nox. No tardarán mucho —les aseguró.
Dejar a los niños solos después de lo que había pasado iba en contra de sus propios instintos y, de hecho, siempre que una caza acababa con supervivientes, una parte de ella sentía la necesidad de quedarse con ellos para ofrecerles su apoyo.
Sin embargo, para esos niños no era más que una extraña, y estarían mejor si se iba ya para avisar a la Nox cuanto antes.
—Sois los dos muy valientes —añadió Viri, estrechando la mano que tenía libre contra sus hombros—. No lo olvidéis, sobre todo en los próximos días, cuando os sea imposible no pensar en todo lo sucedido.
Los niños dudaron un instante, pero asintieron, y Viri los acompañó a sentarse en los taburetes del rincón más tranquilo de la taberna, donde había dos cuencos con helados cubiertos de caramelo esperándoles.
Aunque le había dicho al tabernero que les pusiera algo de comer para que entraran en calor, al mirarlo, el hombre se encogió de hombros e hizo un gesto hacia los niños.
Fue entonces cuando Viri los observó disfrutando de sus helados como si no acabaran de ser testigos de un asesinato y les hubiera faltado poco para correr la misma suerte.
La cazadora sabía que los niños podían llegar a ser increíblemente resilientes, pero también era consciente de que las horrorosas imágenes que habían visto esa noche se quedarían para siempre en sus retinas.
Lo sabía por experiencia, porque ella también había aprendido a vivir con las atrocidades que presenció una vez y que la perseguían desde entonces.
Dejando sus recuerdos a un lado, se despidió de los niños y arrastró al segador al frío aire de la noche.
El hombre siguió soltando injurias conforme atravesaban el cochambroso callejón en dirección al lago; cada vez le costaba más andar y la originalidad de sus insultos iba decayendo a la vez que su energía.
Viri no le prestó atención; estaba centrada en detectar cualquier señal que indicara que se acercaban a la nebruma mortal.
De pronto, sintió un gran alivio cuando dejaron atrás un edificio derruido y vislumbró el lago Mirtis un poco más adelante; la luz de la luna iluminaba la superficie índigo de sus aguas, pero no había niebla a la vista.
Tras dar unos pasos más, por fin vio el sendal que buscaba: era un arco de tres metros tallado en una piedra mágica plateada que brillaba en la oscuridad de la noche.
Les faltaba poco para llegar al portal cuando el prisionero decidió detener los insultos para decir:
—No pienses que vas a salirte con la tuya, cazadora —exclamó en un tono amenazante—. El Padre Segador vendrá a por ti. Vendrá a por todos , pero tú serás su primer objetivo.
Aunque no quería, se detuvo y clavó sus ojos en el segador, que la miraba con una sonrisa de autosuficiencia.
—¿Crees que no te he reconocido, Viridia Solace? —continuó mientras su rostro pasaba de la burla al desprecio—. Ese pelo, esos ojos... Todos sabemos quién eres. Y estás en el punto de mira. Algún día, el Padre Segador...
—El Padre Segador... ¿qué? —le interrumpió Viri—.
¿Seguirá escondido, tal y como ha hecho durante los últimos siete años?
—exclamó con brusquedad para camuflar la repentina avalancha de emociones—.
Todos los cazadores de Isla Elverdine hemos estado buscándolo sin descanso durante todos estos años.
¿Y tú dices que viene a por nosotros? ¿A por mí?
Pues dile que aparezca de una maldita vez.
Viri inclinó la cabeza hacia un lado y adoptó la misma expresión de aversión que su enemigo para disimular los desbocados latidos de su corazón.
—Aunque, ahora que lo pienso... Parece que no vas a poder decírselo, ¿no? —espetó la cazadora, tirando de su fílux. El segador se tropezó y estuvo a punto de caerse, por lo que volvió a maldecirla—. Porque voy encerrarte en un lugar en el que no vas a poder decirle nada a nadie .
—Él me salvará —gruñó—. Me recompensará por...
—Él ni siquiera sabe que existes —se mofó—. Solo eres uno de los muchos seguidores que matan en su nombre.
—No es verdad. Yo soy...
—Entonces, dime dónde está.
Tal y como esperaba, el segador no le respondió.
—Si no fueras un insignificante secuaz, sabrías de sobra la respuesta. Pero no tienes ni idea, ¿verdad?
Escuchó que el segador rechinó los dientes.
Sabía que quería mentirle y podía verlo en su mirada; quería fingir ser alguien importante del círculo cercano del Padre Segador para tener algo con lo que negociar.
Sin embargo, otra de las ventajas del fílux era que impedía que la persona que lo estuviera rozando o tocando mintiera.
Era una especie de detector de mentiras mágico.
—Ni siquiera lo has conocido en persona, ¿no es cierto? —insistió Viri, que seguía provocándole.
El segador apretó la mandíbula y ella puso los ojos en blanco al notar cómo la tensión iba a menos.
Siempre que alguien mencionaba al Padre Segador, al actual al menos, Viri se ponía de los nervios.
Sin embargo, a pesar de las amenazas de su prisionero, no tenía ningún tipo de información que pudiera serle útil.
No era más que uno de sus muchos adeptos, como todos los anteriores a los que había capturado.
Algún día, lograría dar con su líder. Él era el motivo por el que se había convertido en cazadora.
El motivo por el que se había ganado la marca en menos tiempo que el resto de sus compañeros.
El motivo por el que siempre se esforzaba por ser mejor, más rápida y más fuerte.
Se había sometido a mucha presión durante los últimos siete años para alcanzar su único objetivo: cazar al Padre Segador, un despiadado asesino que había arrebatado las vidas de innumerables inocentes.
Incluidos sus propios padres.
Al contrario que sus seguidores, el Padre Segador no se enfrentaría a la justifica, sino que la sufriría.
Aunque no tanto como se merecía.
Viri se permitió dejarse llevar por sus más oscuros y crueles pensamientos un instante, lo que no hizo más que reforzar su determinación, como siempre que pensaba en el Padre Segador.
Entonces se obligó a salir de su mente, se enderezó y siguió avanzando mientras empujaba al prisionero hacia el sendal; estaba más que preparada para entregárselo a la Nox y ponerle punto final a la noche.
Algún día, encontraría al Padre Segador.
Y, cuando lo hiciera, por fin podría saciar su sed de venganza.