Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 1 #2
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Echó un vistazo por la estrecha apertura, pero no vio más que el principio de unas escaleras desvencijadas que desaparecían de su vista.

Se detuvo a pensar un segundo, ya que sabía que, si la madera crujía bajo sus pies, por muy leve que fuera el sonido, perdería el factor sorpresa.

Hasta que el repentino y apremiante hormigueo que sintió en la mano hizo que dejara de lado todas sus preocupaciones y bajara corriendo hacia el mohoso sótano sin dudar ni un segundo más.

Unas lumiternas sin llamas alumbraban el caos provocado por barriles, cajas y botellas de vidrio desordenadas, pero los ojos de Viri se clavaron en las dos pequeñas figuras que había acorraladas contra la pared del fondo y el corpulento hombre que iba hacia ellas.

Por desgracia, no pudo obviar el cuerpo sin vida que ese monstruo acababa de arrojar.

Era un niño de no más de doce años. Tenía los ojos cerrados y su pecho no se movió ni un ápice.

Ya era demasiado tarde para salvarlo.

No obstante, Viri se recordó que aún estaba a tiempo de salvar a los otros dos, un niño y una niña abrazados mutuamente con todas sus fuerzas y cuyas caras llenas de lágrimas reflejaban el miedo que sentían en ese momento, como si ambos fueran conscientes de lo que estaban a punto de sufrir a manos de la bestia que tenían delante.

Aún no la habían visto, pero el hombre, un segador, se detuvo y giró la cabeza en su dirección con una mueca de desprecio.

Era rubio y tenía los ojos azules, así que podría haber sido guapo, pero esos rasgos quedaban eclipsados por la magia reciente e impoluta que rezumaba su cuerpo y, a raíz de sacrificar al niño, sus venas inflamadas empezaron a teñirse de negro por las manos y fueron subiendo por sus antebrazos desnudos.

Esas vetas negras, que solo eran visibles para los cazadores y para los mismos segadores, seguirían tiñendo su piel hasta que el poder que había robado se desvaneciera, por lo que era una prueba irrefutable del crimen tan atroz que acababa de cometer.

Un crimen por el que estaba a punto de pagar.

El segador avanzó hacia Viri menospreciándola con la mirada mientras su cuerpo iba adaptándose a la oleada de élixen, a la magia que lo invadía.

La cantidad variaba según el niño o la niña, pero siempre tenían bastante como para que los segadores se aseguraran de mejorar su velocidad y su fuerza, de que sus sentidos se aguzaran y de curarse con más rapidez.

De hecho, había casos en los que incluso ganaban años de vida.

Años de vida robados .

El precio que tenían que pagar era tan alto como la culpa que sentía Viri cada vez que no llegaba a tiempo para salvar a alguien. Aun así, se prometió a sí misma que no iba a haber más muertes esa noche ni más víctimas que lamentar. Solo justicia.

Y, algún día, venganza.

Dado que el segador acababa de extraer élixen, Viri sabía de sobra que su contrincante tendría más fuerza y sería más rápido que ella, así que no podía permitirse el lujo de que fuera él quien asestara el primer golpe.

Sin dudarlo un instante, se abalanzó sobre su objetivo mientras desenrollaba el fílux dorado que llevaba alrededor de la muñeca y agitó el látigo en el aire.

El chasquido del arma metálica retumbó por todo el sótano y le habría dado de lleno al segador si no fuera porque saltó hacia atrás en el último segundo; su capa gris ondeó y un cristal se hizo añicos al chocarse contra un estante para esquivar el ataque de Viri.

La cazadora volvió a atacarlo con su fílux de inmediato, pero el segador logró eludirlo y rompió más cristales.

Sin embargo, esta vez se recuperó más rápido y salió corriendo con los brazos llenos de venas negras extendidos hacia ella, como si quisiera estrangularla con sus propias manos.

Pero Viri no pensaba permitírselo. Se apartó hacia un lado y asestó un golpe bajo con su fílux tras apuntarle a los tobillos para impedirle que avanzara hacia ella. A pesar de que trató de darle dos veces más, el élixen hacía que el segador fuera tan rápido que se adelantaba a sus ataques.

Hasta que, de pronto, se lo encontró justo delante de ella y su puño cerrado iba directo hacia su cara.

Se movió con tanta rapidez que el brazo de su contrincante se convirtió en un borrón; gracias a todos sus años de entrenamiento, había conseguido evitar que le rompiera el pómulo.

Aun así, le dio de refilón con los nudillos y el anillo de su dedo corazón le desgarró la mejilla.

Y, a pesar de la sangre que empezó a brotar de la herida, ignoró el dolor y se escondió tras un barril para poder sacarle algo de distancia mientras volvía a atacarle con su fílux.

Su oponente, sin embargo, no tenía ni un pelo de tonto y sabía de sobra lo que pasaría si su arma lo rozaba, pero también tenía en cuenta que el fílux era un arma de corto alcance, de modo que se abalanzó sobre Viri para dejarla sin espacio y volvió a lanzarle un puñetazo.

Ella se agachó justo a tiempo y se dio la vuelta para apartarse, pero, al ponerse de pie, oyó a los niños gritar y avisarle de que el segador acababa de desenvainar una daga.

Justo entonces saltó hacia ella a toda velocidad y Viri observó el brillo de su arma bajo las lumiternas.

Durante sus años como cazadora, se había encontrado con toda clase de segadores.

Algunos eran fáciles de capturar, sobre todo los que extraían élixen por primera vez y no estaban familiarizados con sus efectos.

Y lo mismo pasaba con los que eran adictos al subidón provocado tras hacer un sacrificio, ya que preferían disfrutar de la drogadicción en lugar de intentar que no los arrestaran.

En cambio, el segador que tenía delante no pertenecía al grupo de los primerizos ni al de los adictos, sino a uno de los que sabían usar la magia robada a la perfección y que, además, estaba bien entrenado. Y eso lo convertía en un enemigo peligroso.

Pero no tan peligroso como ella.

Viri se había percatado de que el segador llevaba una daga en cuanto bajó al sótano, de modo que ya contaba con que en algún momento la usaría contra ella; y, por fin, había llegado ese momento.

La sonrisa de superioridad y la mirada triunfante que acompañaron al ataque con la daga confirmaron la sospecha de Viri de que no era más que otro segador arrogante que la había subestimado.

Todos daban por hecho que no portaba más armas aparte del fílux o, al menos, que no llevaría nada más que pudiera incapacitarlos.

Pero el hombre, al lanzarse sobre ella, estaba tan centrado en su látigo dorado que no se dio cuenta de que se sacaba un pequeño frasco de la capa y lo destapaba con el pulgar.

De lo que sí se dio cuenta fue de que Viri le sopló el polvo plateado en las narices.

El segador abrió los ojos de par en par cuando el detenubis surtió efecto y lo dejó inmovilizado en el sitio; su daga, a punto de asestarle un golpe mortal, se quedó suspendida en el aire a tan solo un palmo de ella.

Viri echó un vistazo rápido y se percató de lo cerca que había estado de que la daga la alcanzara, pero no se frenó a sí misma a darle vueltas a lo que podría haber pasado si el experimento no hubiera funcionado, a pesar de que traspasaba los límites de la legalidad, ni tampoco se recreó en el estado de su enemigo, que seguía petrificado.

Al fin y al cabo, había grandes cantidades de élixen corriendo por las venas del segador, por lo que el efecto del detenubis no lo retendría mucho más.

Así que aprovechó esos segundos para arrancarle la daga de la mano y usó uno de los extremos de su fílux para atarle las muñecas y anular sus poderes.

Siempre que el látigo dorado estuviera en contacto con su piel, mantendría a raya sus habilidades aguzadas, por lo que el segador no podría usar la magia y, además, cuanto más intentara luchar contra los efectos del fílux, más débil y vulnerable se sentiría, y entonces dependería por completo de la piedad de Viri.

Apenas había podido dar un paso atrás cuando el detenubis se desvaneció y el segador avanzó a trompicones, no para atacarla, sino para evitar caerse.

—¿Qué me has hecho? —exclamó el segador mientras se tambaleaba por la embriaguez de los polvos y casi sin poder mantenerse erguido.

No sabía si se refería al fílux o al detenubis, pero, aun así, recitó en voz alta:

—En nombre del Gremio de Cazadores, quedas detenido por la extracción ilegal de élixen y por los crímenes cometidos contra la humanidad.

—Soy inocente —espetó el hombre, o al menos lo intentó. La lengua se le trabó y, poco a poco, su cuerpo empezó a flaquear.

Viri, levantando las cejas con incredulidad, se fijó en el cuerpo inerte del niño que estaba a escasos metros de ella.

Al verlo, se acordó de los otros dos, que la observaban atónitos y con los ojos muy abiertos; aunque el miedo seguía tiñendo en sus caras, le pareció entrever una chispa de esperanza en sus ojos.

—No te muevas —le dijo Viri al segador antes de acercarse a los niños.

—¿Quién te crees que eres para darme órdenes? —gruñó, tratando de abalanzarse sobre ella. Sin embargo, solo consiguió tropezarse con uno de los barriles que habían tirado durante su refriega y acabó cayéndose al polvoriento suelo lleno de cristales.

Por lo general, habría sentido una oleada de satisfacción al verlo tan vulnerable, sobre todo teniendo en cuenta que había intentado destriparla unos segundos antes, pero por el ritmo al que el fílux iba arrebatando su poder, no tardaría en quedarse inconsciente.

Aunque había usado su arma en muchas ocasiones, Viri todavía no se había acostumbrado a presenciar los efectos debilitantes tan efectivos del fílux.

Y, a pesar de que podía considerarse algo bueno, lo que menos le apetecía en ese momento era tener que arrastrar el pesado cuerpo de un segador hasta las celdas de la Críptula, de modo que tenían que ponerse en marcha ya .

Pero antes...