Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 1
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E n los suburbios de Aravell, había tal quietud a medianoche que daba escalofríos.

Para la mayoría de los ciudadanos, salir a esas horas de la noche era demasiado arriesgado.

La Custodia Nox se había encargado de imponer sanciones de lo más estrictas para cualquier persona a la que pillaran fuera tras el toque de queda; de hecho, la Nox era bastante conocida por la originalidad de sus castigos.

No obstante, para Viridia Solace, una chica de diecisiete años, la Nox no era un motivo de preocupación.

Los guardias urbanos, con solo mirar la insignia de su capa roja carmesí, guardarían las distancias con ella.

Lo que le preocupaba en realidad era qué se escondía entre las sombras. Quién se escondía entre las sombras.

Su presa.

El motivo por el que estaba deambulando por las calles desiertas a altas horas de la noche, momento en el que solo los habitantes más desesperados se atrevían a mirar a hurtadillas por sus puertas cerradas a cal y canto.

Y, además de los habitantes más desesperados, también era algo propio de los criminales más peligrosos.

Viri se movió con rapidez y bajó la mirada justo antes de pisar un charco iluminado por la luz de la luna: vómito, orina o cualquier otro líquido igual de desagradable, aunque, por su olor nauseabundo, podía ser una mezcla de los tres.

A pesar de que llevaba años adentrándose en los suburbios para cazar segadores, Viri no había conseguido acostumbrarse al hedor a carne podrida, a descomposición y a aguas fecales que lo encharcaban todo.

Algunos días, incluso temía dejarse la piel en carne viva al intentar limpiarse y, aun así, no librarse por completo de la suciedad.

Viri se estremeció por la ilusoria sensación del icor a sus pies y se detuvo en una intersección repleta de mugre para decidir en qué dirección ir: al oeste, hacia el lago Mirtis, o al este, donde la alterra se fundía con las montañas Tridus.

Cerró los ojos un instante para concentrarse y, al segundo, empezó a sentir calor en la mano donde tenía la marca.

Entonces un hormigueo le recorrió de pies a cabeza y su instinto la arrastró hacia el oeste.

Tras penetrar aún más en la oscuridad, fue acelerando el paso conforme el tatuaje de su mano, la marca de los cazadores, iba calentándose cada vez más y la guiaba hacia su presa.

Viri recordó el momento en el que le otorgaron la marca, que estaba formada por tres círculos entrelazados que representaban su juramento a proteger, honrar y servir; ese día, se convirtió en una cazadora de segadores de pleno derecho.

La mayoría de los principiantes terminaban su instrucción al cumplir los dieciocho años, pero Viri se había ganado la marca el año anterior, con tan solo dieciséis.

Su mentora reconoció que era una prodigio, aunque lo cierto era que ella tenía sus propios motivos para querer que todos los segadores recibieran su merecido.

De pronto, Viri escuchó unos ruidos estridentes que venían de más adelante, por lo que siguió avanzando con el ceño fruncido, inquieta por los sonidos.

Estaba más cerca del lago Mirtis de lo que le habría gustado y era consciente de los peligros que acechaban al otro lado del obelisco del oeste, que se encontraba justo en la orilla del lago.

En esa zona de los suburbios, las tutelas defensivas de los obeliscos eran bastante más débiles que en otras partes de Aravell, y ese era el motivo por el que la mayoría de los habitantes sensatos de la alterra se escondían en sus casas durante la noche; no tenía nada que ver con la Custodia Nox.

Al sellar sus puertas con cuidado y esmero, se aseguraban de estar protegidos frente a la nebruma flotante, así como de la angustiosa muerte que sufría quien entraba en contacto con ella.

Durante el día, los cuatro obeliscos que protegían la ciudad retenían la niebla a las afueras de Isla Elverdine, donde flotaba como una nube letal que asolaba los bosques solitarios y los acantilados que rodeaban la isla.

De ese modo, los habitantes de Aravell podían salir y vivir sus vidas con relativa seguridad.

Sin embargo, cuando caía la noche, la brisa del océano se intensificaba y ni siquiera los obeliscos podían impedir que la nebruma se cerniera sobre el interior de la isla.

Esa era la razón por la que gran parte de los aravelianos vivían dentro de la montaña o bajo la superficie, en la subterra.

Viri, como cualquier persona que tuviera dos dedos de frente, le tenía respeto a la nebruma, así que estaba deseando cazar a su presa y poder volver a su casa en la montaña lo antes posible.

La marca de la mano empezó a quemarle de forma repentina, un aviso de que su objetivo se encontraba cada vez más cerca. Dio unos pasos más y giró la esquina de un edificio casi en ruinas. Fue entonces cuando descubrió de dónde venía todo el alboroto: una taberna cochambrosa a punto de derrumbarse.

Se quedó quieta un instante en mitad de la pestilente calle, preguntándose qué clase de insensatos debía haber en esa taberna para no tenerle miedo ni a la niebla ni a la Nox.

Sin embargo, decidió salir de sus pensamientos y siguió caminando, preparada para concluir su trabajo.

Si todo iba según lo previsto, tal vez hasta podría dormir un par de horas antes de que amaneciera.

Viri se acercó a la taberna que, según el deteriorado cartel que colgaba en la entrada, se llamaba el Barril Chorreante, y atravesó con decisión el umbral astillado y lleno de moho; aun así, se sorprendió al descubrir la juerga que tenían allí montada.

Por las noches, era habitual que la gente se dedicara a socializar en la subterra y en el interior de las montañas, donde no había necesidad de ceñirse a ningún toque de queda y sus residentes podían hacer lo que les apeteciera a todas horas.

En cambio, sí que era raro presenciar eso mismo en un lugar en la superficie, donde respirar el aire después del anochecer podría ser sinónimo de morir.

Los clientes del Barril Chorreante parecían ajenos a los peligros del mundo exterior y estaban sumidos en conversaciones escandalosas y risas desenfrenadas.

Conforme se iba abriendo paso entre la multitud, Viri sintió como los penetrantes olores a cerveza derramada y a humanidad le abrasaban las fosas nasales, además de la quemazón de la marca de su mano.

Entonces confirmó sus sospechas: que el segador se encontraba allí mismo y que, en ese momento, estaba extrayendo élixen.

Por lo general, Viri siempre había tenido más facilidad para sentir la magia que la mayoría de sus compañeros, y eso la había ayudado a ir subiendo escalafones hasta convertirse en cazadora y a saber protegerse en los muchos encontronazos que había tenido con segadores.

Y, a pesar de eso, no podía encontrar la ubicación exacta de su presa.

Sin embargo, sí que tenía algo claro: los segadores no se rinden sin antes luchar y, si este ya había empezado a extraer élixen, a su víctima no le quedaría mucho tiempo de vida.

Empujada por la premura, se acercó a un hombre de mediana edad que estaba sirviendo bebidas detrás de una barra mugrienta y lo llamó.

—¿Qué vas a tomar? —preguntó el tabernero con brusquedad mientras servía tres cervezas, una detrás de otra, derramando la espuma por todas partes al empujarlas en dirección a sus achispados clientes.

Viri le mostró la insignia de su capa carmesí, la marca redonda de los cazadores bordada en plateado justo encima de su corazón, y le dijo:

—Estoy buscando...

—Oye, chica, no quiero problemas —la interrumpió el tabernero.

La miró de arriba abajo y se fijó en el conjunto negro de cuero que llevaba bajo la capa de cazadora, en su melena pelirroja con inusuales reflejos plateados recogida en una trenza y en sus llamativos ojos de color lavanda—.

Me da igual lo que estés buscando. O a quién . Pero aquí no lo vas a encontrar.

El calor que sentía Viri en la palma de la mano decía lo contrario, pero, después de escudriñar la taberna por segunda vez, no vio más que clientes pasando un buen rato. No había ningún indicio de magia ni de muerte.

—¿Ha notado algo esta noche que estuviera fuera de lo normal? —insistió—. Alguna cara nueva o...

El hombre volvió a interrumpirla mientras deslizaba una jarra de cerveza por la barra con bastante fuerza como para dejar un rastro sobre la madera desgastada.

—Ya te lo he dicho, cazadora. Aquí no se te ha perdido nada, así que vete a tocarle las narices a otro.

Cuando lo dijo, Viri se percató de la gota de sudor que le cayó desde la sien hasta la avejentada mejilla.

El tabernero posó la mirada en ella, inquieto, para después mirar hacia otro lado; siguió sirviendo bebidas como si nada, pero le temblaban las manos.

Y, entonces, lo vio levantar un poco la barbilla para señalarle una puerta entreabierta que había en un rincón de la sala.

Viri asintió con disimulo y se encaminó hacia la puerta sin prestar atención al suelo pegajoso que hacía que sus botas se aferraran a la madera conforme avanzaba entre los ruidosos clientes.

Muchos de estos se alejaron dando tumbos al reparar en el color de su capa, pero ella los ignoró y se acercó a la puerta manchada de distintos licores.