45. Colt
Colt
N o he pegado ojo.
A las siete de la mañana ya estaba el primero en la puerta de la Pastelería de Anette para llevarme una remesa recién horneada de rollos de canela.
Ahora son las siete y media y estoy aparcado en la entrada de la casa de Whit, contemplando la ventana que estoy bastante seguro de que da a su dormitorio.
Lástima no haberle pedido que me diera una llave de su casa, porque sé que no es de las que se levantan temprano, y me encantaría meterme en la cama con ella, apretarla contra mí e introducir los dedos por debajo de esa camiseta demasiado holgada que seguramente lleva puesta.
Miro a Betty, que está en el asiento del copiloto. No parece muy contenta. Probablemente piensa en acurrucarse con el crío.
—No te preocupes, Betty Espagueti. Ahora ya son nuestros para siempre.
—Paso un dedo por el remolino de nata montada en lo alto de mi café y se lo tiendo a modo de recompensa por su paciencia, como si no se hubiese tragado ya todo un puppuccino —.
Vamos a dormir aquí muchísimas noches. Quizá algún día incluso lleguemos a vivir juntos.
Ella ladra. «Justo eso estaba pensando yo».
Pasan otros diez minutos sin que haya la menor señal de vida dentro de la casa, y le digo a la perra que voy a llamar a Whit. Si se enfada, conozco un par de maneras de compensárselo.
Betty suelta un resoplido por la nariz. Yo desbloqueo el teléfono y pulso el nombre de Whit en los contactos.
Sigue guardada bajo el nombre «Futura esposa» porque, si soy sincero conmigo mismo, incluso cuando me dejó —y cuando mi familia me hizo cuestionármelo todo—, en lo más profundo sabía que era la mujer de mi vida.
Whit, muy amodorrada, responde al tercer tono de llamada, con la voz adormilada y áspera.
No estoy seguro de si lo que la convence para bajar y abrirme la puerta soy yo o el café, pero en cuanto se abre y entro, todo en mi vida vuelve a ir bien.
Whit se abalanza sobre mí, me rodea la cintura con los brazos y encaja la cabeza bajo mi barbilla.
Yo estaba en lo cierto: viste una camiseta holgada a modo de pijama…
Aunque aún queda por resolver el misterio de si lleva algo debajo.
Estoy en casa. Betty sube los escalones de dos en dos para ir con el chico, y el cuerpo cálido de Whit se pega al mío.
—Buenos días, preciosa. —Intento que no se me caiga la caja de rollos de canela ni se me derrame el café encima de mi chica. Echo lentamente el pie hacia atrás para cerrar la puerta—. ¿Cómo has dormido?
—Habría dormido mejor si hubieras estado aquí.
—Yo igual. Me levanté antes del alba y he estado contando los minutos hasta poder venir. Llevo sentado fuera más de media hora, esperando al momento adecuado para despertarte.
Ella da un paso atrás y me quita la bandeja de cartón con las bebidas. La luz del sol brilla en sus ojos al sonreírme.
—Si se trata de ti con rollos de canela y café, cualquier momento es bueno.
—Vaya, maldita sea, lo tendré en cuenta la próxima vez.
Me quito las botas y voy con ella a la cocina. Casi me tropiezo con las zapatillas de Jonas, por culpa del modo en que la camiseta de Whit se mueve al caminar, dejando al aire unas desvergonzadas bragas negras.
Dejo la comida y por fin tengo las manos libres para poder tocarla.
Vaya. Desde luego no pierdo tiempo para meter las manos bajo su camiseta, al tiempo que ella se apoya en la isla de la cocina.
Jugueteo con la camiseta de tirantes que lleva debajo, y luego le acaricio con los dedos el muslo derecho.
—No será necesario. —Ladea la cabeza, y su cabello castaño y rosa le cubre el hombro al tiempo que se insinúa levemente su cuello—. Jonas y yo tuvimos una charla de camino a casa anoche. Estás más que invitado a dormir aquí.
Le doy un beso en la curva del cuello y la acaricio bajo la cinturilla de las bragas, al tiempo que la obligo a mover lentamente las caderas.
—Y cuando llegue esa invitación…, ¿puedo dormir en tu cama?
Un suave zumbido le sale de la garganta.
—Dudo que vayamos a dormir mucho.
—Dios, cómo te quiero —murmuro pegado a su pelo, depositándole suaves besos en su piel de gallina.
Las manos de Whit aterrizan en mi pecho y me apartan.
Suelto todo el aire de los pulmones. Espero, con el corazón en la garganta.
Sus ojos se cruzan con los míos; estanques verdes vidriosos en los que se dilatan sus pupilas.
El deseo, la confianza y el amor que veo en esos ojos me derrumba.
Su mano temblorosa se acerca a mi nuca y me atrae hacia sí lo suficiente como para susurrarme justo sobre los labios:
—Te quiero.
«Soy propiedad absoluta de esta chica; estoy perdido para siempre en su órbita inescapable».
Vuelvo a besarla, y la inmovilizo entre mi recio cuerpo y la encimera, ardiendo de ansia de tocar y besar hasta el último centímetro de su cuerpo.
Ella se acurruca en mis brazos y gime junto a mi boca.
Me acaricia lentamente la espalda con las uñas, y mi presión arterial se dispara.
Estamos tan perdidos el uno en el otro que no oímos los pasos de la planta de arriba.
Tampoco oímos el chirrido de la puerta del dormitorio de Jonas, ni la respiración de Betty, ni sus zarpas en el suelo.
Por último, tampoco oímos el momento en que Jonas baja las escaleras.
—Qué asco. —Su tono de desagrado cruza la niebla que nos envuelve y nos obliga a apartarnos de inmediato.
Whit se lame los labios. Su pecho sube y baja con un áspero jadeo de labios entreabiertos e hinchados tras nuestros besos. Los dos nos sonreímos como el par de idiotas embriagados de amor que somos.
—Perdona, tío. —Lanzo una mirada de reojo por encima del hombro de Whit al chico medio dormido que deambula a trompicones por la cocina—. He traído el desayuno.
Como si Jonas no se hubiese tirado ya sobre la caja.
Whit se gira para mirar a su hijo y le pregunta qué tal ha dormido.
Entrelaza sus dedos a los míos para mantenerme cerca.
Empiezo a pensar que era más sencillo cuando fingíamos ser amigos.
Al menos, entonces no se esperaba que yo participase en conversaciones intrascendentes mientras ella apretaba el culo contra mi entrepierna en medio de la cocina.
—¿Son rollos de canela? —Jonas abre la caja y confirma que dentro hay rollos de canela aún calientes, pegajosos y blandos, cubiertos con tanto queso de untar que cualquiera que se los coma tendrá una caries asegurada.
Yo asiento.
—El desayuno azucarado de los campeones.
Hace ruidos con la boca al arrancar y masticar un trozo particularmente grande.
Sus ojos oscilan entre su madre y yo. Observa cómo mi mano pasa de agarrar la de Whit a descansar en su cintura cuando ella se inclina para coger su café.
Puede que no diga nada, pero su mirada sí. Traga y apoya un codo en la encimera.
—Pensaba que no los ibas a traer, porque ahora estás oficialmente en el equipo de mamá… Y mamá odia que yo tome demasiado azúcar en el desayuno.
Whit pone los ojos en blanco y se gira para meter su taza de cartón en el microondas.
—Ya te lo he dicho…: no hay equipos.
—Eso era antes de que mamá te besara y te robase el alma.
Whit se echa a reír y se recoge el cabello en un moño en la coronilla, para luego soltarse el pelo otra vez y dejarlo caer sobre sus hombros.
—¿Así funciona?
—Nadie le roba el alma a nadie y no hay equipos…, a menos que hablemos de videojuegos. —Esbozo una sonrisa y miro a Whit—. Odio tener que decírtelo, cariño, pero Jonas y yo seguimos siendo un equipo a la hora de jugar a videojuegos.
Jonas levanta un pulgar cubierto de glaseado al tiempo que le lanza a Whit una mirada amenazante.
—Ay, qué miedo tengo —dice Whit en tono sarcástico. Se acomoda a mi lado, me agarra del antebrazo y se lo vuelve a poner en la cintura.
Resulta que me gusta mucho más este nuevo estado de nuestra relación. Mi chica es muy afectuosa, y yo no tengo el menor problema en tocarla cada segundo de cada día. Tras un minuto de silencio, Jonas vuelve a hablar:
—Cuando te quedes a dormir, ¿comprarás rollos de canela por la mañana? ¿O es solo cuando vengas a desayunar?
—¿Estás decidiendo cuándo se me permite quedarme a dormir?
—A ver —dice con un encogimiento de hombros—, si vas a estar por aquí, algo tendrás que hacer para ser útil.
—Jonas. —Whit arruga la nariz y lo regaña.
Yo reprimo una sonrisa.
—Tomo nota. Si me quedo a dormir, se requiere que contribuya con rollos de canela.
Jonas se mete el último pedazo en la boca y se chupa ruidosamente los restos de cada dedo. Ignora la servilleta que Whit desliza en su dirección por la encimera y se limpia los dedos en la camiseta.
—¿Te quedas a dormir esta noche?
No se me escapa el modo en que sus ojos vuelan hacia su madre. Después de lo que hablaron anoche, necesita cierta seguridad.
—No sé —respondo—. ¿Crees que podrías aguantar otra sesión de ese juego de pesca? La última vez tuviste mucha suerte.
Él resopla.
—Por favor. Te dejé ganar. Eres viejo y me sentí mal por ti.
Whit niega con la cabeza y murmura algo sobre los egos masculinos y la bollería industrial en voz baja.
—Si a tu madre le parece bien, me puedo quedar.
Whit asiente, en silencio, pero pone una expresión tierna que expresa más de lo que podrían expresar las palabras. El brillo en sus ojos reluce bajo la moteada luz del sol que entra por las ventanas.
Y así, la cocina de pronto parece más cálida. Esto ya no parece una visita de buena mañana. Más bien parece algo sólido. Algo que va a perdurar.