44. Whit
Whit
A ún tenemos mucho que discutir, pero esta noche solo me importan las estrellas que relucen en las alturas y el peso de su mano en la parte baja de mi espalda mientras sube las escaleras del porche a mi lado.
Nos detenemos para darnos un breve beso justo delante de la puerta.
Me alisa el cabello despeinado y me coloca los mechones sueltos tras la oreja.
Yo le recompongo el cuello de la camisa.
No sé si será así como practican sexo las parejas normales con niños, pero así lo hacemos nosotros: nos escabullimos cada vez que hay un momento libre y ya no aguantamos más tiempo sin meternos mano.
Yo lo ato y lo llevo al borde del orgasmo varias veces, y luego me corro tan fuerte que necesitamos como mínimo otros diez minutos para recuperar la compostura.
«Es que lo quiero».
Colt entra conmigo y deja que la puerta principal se cierre suavemente tras nosotros.
La casa de Kate y Jackson es muy cálida, ruidosa y agradable.
La mayoría de los invitados adultos se ha desplazado a la cocina después del ocaso.
Por el pasillo estrecho se oyen canciones clásicas de country y a alguien que al parecer prueba suerte al karaoke.
En el salón, los niños están despatarrados sobre una enorme colchoneta, viendo una peli. Rhett, que se ha quedado frito, pasa un brazo y una pierna por el torso de Jonas. Una punzada de ternura me recorre el pecho al verlos.
Antes de que este crudo anhelo ocupe demasiado espacio en mi corazón y en mi cerebro, la mano de Colt me rodea la cintura para estabilizarme. Es asombroso lo mucho que un simple roce puede alterar mi química cerebral. Me recuerda que nada importa más allá del presente. Más allá de nosotros.
La familia que estamos construyendo juntos me basta. Jonas, Colt, Betty y yo.
Jonas estira el cuello con cuidado al verme por el rabillo del ojo. Con expresión interrogativa, le muestro el pulgar hacia arriba. El brazo que no ha sido secuestrado por el pequeño dormido me devuelve el gesto.
«¿Cómo voy a sentir que necesito más si ya tengo al mejor niño del mundo?».
Por supuesto, hemos tenido nuestras dificultades. Jonas y yo hemos pasado por mucho durante los últimos diez años. Pero no hay nada comparable con el amor de su corazón, y estoy empezando a creer que estará bien.
Colt y yo entramos en la ajetreada cocina.
Lo agarro de la mano al acercarme a mis padres.
No tiene sentido intentar ocultar esto ni un segundo más.
Mi madre nos sonríe; hoy lleva casi todo el día relativamente lúcida.
Apenas ha tenido un par de momentos de confusión.
Me alegro mucho de que Blair haya tenido a una madre presente y feliz en su boda.
Es lo mínimo que se merece mi hermana mayor.
No importa si está lúcida o no para mi futura boda. Quiero que esté presente, pero no necesito su bendición. Estoy satisfecha conmigo misma, con mis decisiones, con la familia que estoy creando en un hogar donde no le ponemos condiciones al amor.
—Oye, mamá. —Le paso un brazo por el hombro y me inclino levemente hasta ponerme de rodillas para quedar a su altura—. ¿Te lo estás pasando bien?
—Ay, sí. Es toda una fiesta.
—Sí, ha sido una boda estupenda —añade Colt, cuyos ojos aletean entre mis padres. Tiene una sonrisa muy mona. Está intentando dar buena impresión sin darse cuenta de lo mucho que significan para mí sus esfuerzos.
—¿Te has casado tú? —le pregunta mi madre a Colt. Menos mal que Blair no anda por aquí.
Él contrae la cara y abre la boca para corregirla, pero mi padre lo interrumpe:
—No, no. Ha sido otro de los chicos.
Mi madre asiente, comprendiendo.
—Ah, vale. Bueno, pues sí, ha sido un día encantador.
Mi padre me pone una mano del tamaño de un guante de béisbol en el hombro. Es firme, pesada y prejuiciosa.
—Te estaba buscando. Nos vamos a ir a casa.
—Ah, muy bien. Es que estábamos… fuera. —Señalo con el pulgar hacia la puerta principal, como si mi padre no supiera dónde está el exterior—. Pero, oye…, antes de que os vayáis…, os presento a Colt. Es mi… mi…
Sin vacilación, Colt le tiende la mano a mi padre. No puedo evitar fijarme en las marcas rojas que tiene en las muñecas.
—Futuro marido.
Me ahogo con mi propia saliva y me inclino hacia el hombro de mi madre para toser y recuperar la compostura.
Me aterra genuinamente mirar a mi padre, porque recuerdo con todo lujo de detalles el momento en que Alex hizo un comentario parecido sobre casarse conmigo algún día.
Mi padre se puso como un toro. Le dijo a Alex que le permitiría casarse conmigo sobre su «puto cadáver».
Ahora se hace el silencio. Bueno, no es un silencio de verdad, porque todo el mundo por aquí está charlando, riéndose, cantando, totalmente ajeno a nuestra conversación.
Sin embargo, mi padre le estrecha la mano a Colt con cautela.
—Eres el tipo del que nos ha hablado Jonas.
Yo trago saliva.
—Sí, Colt es… es…
«Vaya, he perdido por completo la capacidad de pronunciar palabras esta noche».
—Jonas es un gran chico. El mejor —dice Colt, ignorando con toda intención mi incapacidad—. Me ha contado que suele llevarlo usted a pescar. Y también que es todo un manitas, ¿me equivoco?
Mi padre asiente, claramente no muy seguro de hacia dónde va esta conversación.
—Acabo de enseñarle a Whit el espacio que estamos acondicionando en el granero para que Jonas pueda criar algunos animales en primavera. A mí no se me da muy bien la carpintería, y Jonas…, bueno, solo tiene diez años, así que si alguna vez le apetece venir a echarnos una mano…
La expresión de seca desconfianza de su rostro cansado se alivia un poco. Mi padre me mira con un par de parpadeos incrédulos. Como si, por una vez, estuviera haciendo justo lo contrario de juzgarme por mis decisiones. ¿Me está dando su aprobación?
—Me encantaría ayudaros. —Los ojos de mi padre cobran vida, lo cual es una señal inequívoca de que…—. Ah, hablando del rey de Roma.
Le sonríe a Jonas, y mi madre le da un fuerte abrazo que le arranca un gemido al chico.
—Hola, peque. ¿Listo para irte a casa? —pregunto.
Jonas se libra de las garras de mi madre y responde con un pequeño bostezo:
—Sí, los pequeños ya están dormidos.
—Se te da estupendamente hacer de canguro. —Le sonrío.
Jonas se fija por fin en Colt y pasea la vista entre los dos. Veo cómo se mueven los engranajes de su cabeza, como si intentase adivinar si Colt ya me ha hablado de la charla que han tenido antes. Quiere saber si yo sé que lo sabe.
Antes de que se le ocurra un modo de verbalizar lo que está pensando —sinceramente, a veces doy gracias a Dios por que Jonas haya heredado esta incapacidad mía de formar frases en algunos momentos—, le digo que se despida de todo el mundo y lo saco de la casa.
Colt nos sigue, y de pronto solo estamos nosotros tres cruzando el aire fresco de la montaña y la hierba impregnada de rocío. Encojo los hombros con un escalofrío. Colt me rodea con un brazo.
—Bueno… —Jonas se restriega la nariz y mira al frente, hacia mi coche—. ¿Va a venir…, esto…, Colt a casa?
—Ah, no sé… —Aunque nada me gustaría más que dormir con él, despertar con su cálido cuerpo junto al mío y no tener que sacarlo a escondidas de casa, tampoco quiero poner a Jonas en una situación potencialmente incómoda.
Al menos deberíamos tener una conversación sobre cómo van a ser las cosas—. No, esta noche no duerme en casa.
Se le hunden los hombros.
—Oh.
—¿Esperabas que se quedase?
El agarre de Colt en la parte superior de mi cuerpo se tensa un poco.
Jonas se encoge de hombros a medias con aire decepcionado.
—Es que me deja comer rollos de canela para desayunar.
Reprimo una risa. «Hay que tener claras las prioridades».
—Sí, a mí me gusta que nos traiga rollos de canela para el desayuno. Pero a lo mejor puede venir por la mañana.
—Papá a veces se quedaba a dormir.
«Mierda. Me cago en la puta mierda».
—Bueno…, no. Eso… eso es diferente.
No sé exactamente cómo va a ser diferente. Pero si lo retiro…, va a ser peor. Porque eso eran rollos de una noche, y Alex no tenía la menor intención de traernos el desayuno a la mañana siguiente, ni de pasar la mitad del día en el sofá con Jonas. No tenía la menor intención de quedarse, punto.
Colt me abre la puerta del conductor y me acaricia la espalda con la otra mano. No se siente nada amenazado al oír hablar de mi ex.
—Tío, me encantaría quedarme a dormir con vosotros, pero esta noche sería muy aburrido, porque hace tiempo que tendría que haberme ido a la cama…
y tú también. Betty y yo iremos temprano con rollos de canela.
Ya dormiré en vuestra casa algún día en que pueda darle una paliza a tu madre jugando a videojuegos.
Suelto un resoplido juguetón.
—Ya, como si no fuese capaz de acabar con vosotros otra vez.
Jonas esboza una media sonrisa y sube al asiento trasero. La puerta se cierra y los ojos de Colt vuelan hacia los míos.
—¿Me avisas cuando pueda entrar a escondidas esta noche? —pregunta con un susurro excitado.
Yo me lamo el labio con aire seductor y me inclino para rozarle la oreja con la boca. Le doy unas palmaditas en el pecho y dejo ahí la mano para notar el firme latido de su corazón acelerado.
Bien clarito, susurro la palabra:
—No.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque has roto mis reglas, y ya te advertí que habría consecuencias.
«Aunque eso implique castigarme a mí también».
Él se pasa una mano por la cara y suelta un gemido teatral.
—Me vas a matar.
Me pongo un poco de puntillas y le doy un suave beso.
Sus labios son cálidos, y sus manos aterrizan de forma natural en mi cintura.
Necesito hasta el último resquicio de autocontrol para no decirle que venga igualmente.
Sobre todo porque sé que me arrepentiré de no tenerlo a mi lado cuando mis piernas desnudas se deslicen por las frías sábanas y me abrace a una almohada fingiendo que me acurruco en él.
—Nos vemos por la mañana.
Me subo al asiento del conductor.
Con expresión dolorida, tamborilea con los dedos sobre la puerta, vacilando antes de cerrarla, con la esperanza de que cambie de idea. Tras un instante de silencio, suspira a regañadientes.
—Buenas noches, cariño. Que durmáis bien.