42. Whit
Whit
N os escabullirnos por el camino de entrada iluminado por la luz de la luna.
La mano de Colt sujeta la mía con firmeza.
La música disminuye, lo único que reverbera en mitad de la noche es el lejano zumbido de los bajos.
Durante los últimos meses he pasado más tiempo que nunca en el rancho, sobre todo porque Blair viene tan a menudo como puede, y porque suelo traer a Jonas.
Sin embargo, no he ido más allá de la casa grande y el estanque.
Cuando se lo comenté a Colt, me sugirió hacerme un tour. Evidentemente, acepté encantada, porque supuse que el tour tendría una única parada: su dormitorio.
Sin embargo, para mi sorpresa, Colt se dirige hacia un enorme granero blanco. Aminoro la marcha y me embargan las ganas de decirle que ahora mismo no deseo ningún tour. Pero de pronto dice:
—Quiero enseñarte algo en lo que ha estado trabajando Jonas.
Todo lo demás puede esperar.
Dentro del granero, las luces cobran vida y arrojan una fría luz que ilumina el espacio con un zumbido apagado. La puerta se cierra tras nosotros y cercena el resto de los sonidos de la fiesta. Colt me dedica una rápida sonrisa por encima del hombro.
—Verás, Jonas se muere de ganas de empezar a criar un animal esta primavera, ¿no?
Hace tiempo que usamos uno de los establos de aquí dentro como espacio para guardar de todo.
—Entrelaza sus dedos con los míos y juntos recorremos la larga hilera de establos de los caballos.
La mayoría están vacíos, pero hay algunos en los que los caballos alzan brevemente la cabeza para contemplarnos—.
Estaba hecho una porquería, así que Austin le dijo que, si lo limpiaba todo, se lo podía quedar.
Con la mano libre, Colt agarra el pomo de metal de una puerta y la abre de golpe para enseñarme un espacio casi vacío. El suelo de cemento gris está limpio; las paredes, inmaculadas. A un lado, varias sillas de montar descansan sobre sus estantes.
—En serio, no es broma: hace un mes había tanta mierda acumulada aquí dentro que hizo falta toda la parte trasera de la camioneta para cargarlo todo.
—Ya, ¿y hasta qué punto te has encargado tú de la limpieza en realidad? —Alza una ceja, dubitativa—. Porque mi hijo no es capaz ni de recoger un calcetín tirado por el suelo.
—Yo me encargué de levantar lo más pesado y lo ayudé a construir esos estantes…, porque supuse que no te gustaría que usase una sierra de madera sin supervisión.
Lo contemplo, con los ojos desorbitados.
—No, la verdad es que no. No quiero que use ninguna sierra de madera sin supervisión. Ni con supervisión tampoco.
—Bueno, entonces imagino que no te gustará saber que también sabe usar un hacha.
Le doy un palmetazo en el pecho y me esfuerzo por disimular lo orgullosa que me siento de la relación que tienen los dos.
—¡Colt! Se podría haber cortado de cuajo una pierna.
—Para cortar de cuajo una pierna harían falta varios golpes de hacha.
Si Jonas fuese tan idiota como para seguir dándose después del primer hachazo, probablemente se merecería perder una pierna.
—Suelta una risita y se me acerca, llevando nuestras manos unidas a mi espalda—.
No te preocupes, mami. Jamás permitiría que se hiciera daño.
—Ah, ¿sí? ¿Te crees que eres lo bastante rápido como para interponerte antes de que se dé con el hacha?
—Desde luego, lo intentaría. Y, de todos modos, si va a ser granjero, tendrá que acostumbrarse a tratar con hachas y herramientas parecidas.
Al menos ahora sabe cómo usarla de manera segura.
—Roza con los labios la delicada piel justo detrás de mi oreja—.
No te preocupes. Hay cierto equilibrio en sus tareas: Odessa lo ha puesto a hacer todo tipo de manualidades.
Me sale una risa jadeante y temblorosa. Algo pesado e incómodo me cae sobre los hombros como un manto de lana.
—Va a ser el mejor hermano mayor del mundo. —Las palabras me pican en la garganta y me dejan un sabor amargo en la lengua.
—Porque tú lo has criado para que sea el mejor chico del mundo. —Me roza la cabeza con la suya para recordarme que sigue aquí, a mi lado—. ¿Quieres ver mi parte favorita de sus proyectos artísticos?
—Por supuesto.
Me lleva al otro extremo del granero y abre de un empujón una pesada puerta de madera.
Una única bombilla cuelga en medio de una estancia llena de sillas de montar y arreos de los que no sé nada en absoluto.
Mientras que mi hermana se pasaba la adolescencia correteando y haciendo tareas de granja en el Rancho Wells, yo me dedicaba a jugar a videojuegos y a fumar marihuana en el sótano de Alex.
—A pesar de lo mucho que se quejan los demás rancheros, estoy convencido de que necesitamos etiquetas coloridas para los aperos de cada caballo.
—Da un paso al frente y toca con el índice un trozo de cartulina de color lima en el que se lee «HANK» con letras infladas rodeadas de flores diminutas—.
La ortografía de Odessa…, bueno… Avanza como puede, así que es Jonas quien escribe los nombres.
—Me encanta que le guste tanto estar aquí.
Me recuerda mucho a Blair de joven. —Mis ojos deambulan entre las tiras de papel.
Acaricio el suave cuero de una silla de montar y luego, absorta, agarro una gruesa cuerda de color verde que descansa por encima—.
Vino al rancho una vez y, básicamente, no volvimos a verla.
Se convirtió en parte de la familia Wells.
Sin dejar de mirar por la habitación, sonriendo para mí misma ante los ridículos nombres que ha elegido Odessa y sus intentos de dibujar caballos, doblo la cuerda con las manos y le hago un nudo.
—Suele ocurrir —dice Colt—. Uno pasa apenas un día por aquí y de pronto es parte de la familia. Si no te andas con cuidado, tú serás la próxima. De pronto llevarás peto y recogerás caca de caballo a paletadas como el resto de nosotros.
Me da un golpecito juguetón con el hombro en el momento en que anudo dos lazos perfectos con la cuerda. Me ciño uno de los lazos a la muñeca.
—La verdad es que estoy muy mona con peto.
—Ah, no me cabe duda. —Me mira las manos y luego vuelve a mirarme a los ojos—. Con peto y sin nada debajo, para que pueda verte esas tetas perfectas cada vez que me dé la gana.
—Y yo que pensaba que este rancho era un sitio familiar.
Sus dedos me acarician el dorso de la mano, y me quita la cuerda de la muñeca.
—Ay, perdón… —Empiezo a disculparme por jugar con algo que probablemente no debería haber tocado. Debe de tener alguna función importante que desconozco… No sé cómo van las cosas de vaqueros.
—No pasa nada, no es más que una rienda.
Esboza una media sonrisa y pasa la mano por uno de los lazos que he hecho.
Luego mete la otra. Las fibras de color verde oscuro le rozan el vello del brazo.
Me doy cuenta de que no soy la única a la que se le ha puesto la piel de gallina.
Con la cuerda en las gruesas muñecas, sus ojos buscan los míos.
Separa las muñecas y la cuerda se aprieta alrededor de ellas.
Sus ojos se desorbitan. Luego se coloca frente a mí y pasa las manos atadas por encima de mi cabeza, hasta colocarme la cuerda en torno a la nuca.
Y entonces me besa. Mi cuerpo ansioso se derrite contra el suyo.
Los besos que intercambiamos antes solo me han dado más hambre todavía tras semanas sin paladearlos.
Su lengua ansiosa se hunde en mi boca y me quita el aliento.
La cuerda fuerte y gruesa se me clava en el cuello y me obliga a acercarme aún más a él, mientras me devora.
Su pelvis choca contra la mía. Cuando el contorno de su polla dura se aprieta contra mí, me doy cuenta de que tiene la misma hambre que tengo yo.
—Dime qué quieres que haga —murmura pegado a mi boca entre intensos besos—. Dime qué quieres de mí.
«¿Esta noche? O bien…».
—Todo, para siempre. —Sin querer, digo esta parte en voz alta.
—Eso ya lo tienes. —Se pega tanto a mí que apenas nos separa el aire—. Dime qué es lo que quieres ahora.
Desciendo con las puntas de los dedos por su columna hasta apretarle los firmes músculos del culo.
Desde el momento en que vi que llevaba una camisa en la boda, he estado fantaseando con arrancársela.
Y eso es lo que hago. Los botones saltan fácilmente, y suelto una risita echando la cabeza hacia atrás.
—La puta camiseta del mapache. Y yo que quería pasarte la lengua por el pecho desnudo.
—Espera, espera, espera. —Sus manos y la cuerda se enredan en mi pelo al alzarlas frenéticamente por encima de mi cabeza—. Deja que lo arregle.
Agarra la cuerda entre los dientes, libera las manos y a los pocos segundos se quita tanto el resto de la camisa como la camiseta, que arroja sobre una silla de montar cualquiera.
Mis ojos le recorren el cuerpo, los músculos protuberantes de su vientre y el vello que le asoma por encima de la hebilla del cinturón.
Es mío. Colt Campbell es mío. Esta noche y para siempre.
La cuerda verde cuelga de sus manos. Me la tiende. Habla con voz grave, profunda e impregnada de ansia.
—Átame, cariño. Soy tuyo.
Trago saliva, agarro la cuerda y vuelvo a anudarla formando los dos lazos ajustables. Es todo memoria muscular, por haberme pasado años de niña haciendo figuritas con cordeles. Quién iba a pensar que eso me sería útil en la vida adulta.
Le ordeno que se dé la vuelta, y obedece sin dudarlo.
De inmediato, se pone las manos a la espalda.
Le pongo las esposas improvisadas en la muñeca derecha y luego en la izquierda.
Cuando se gira hacia mí, la fuerza de sus brazos atados detrás le acentúa más de lo normal el pecho y los hombros.
Esboza una sonrisa desenfadada y seductora y se mira la entrepierna.
El vaquero apretado no consigue disimular su deseo.
Como tampoco lo hace la ropa interior pegada a mi piel ya húmeda.