Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 41. Colt #2
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41. Colt #2

Siento el pecho más henchido que nunca. Llevo semanas luchando contra mis sentimientos, digiriendo la idea de que Jonas podría ser lo más cercano a tener un crío propio que iba a tener mi vida.

Jamás será mío del todo, independientemente de lo presente que esté su padre.

Y ahora comprendo que no solo me parece bien, sino que no puedo imaginar una familia de la que él no forme parte.

Al cruzar las piernas, la tela del vestido se le sube hasta esas pantorrillas que tanto me gustaría lamer.

Whit se reclina en su silla con un pesado suspiro y da sorbitos de vino de su copa casi vacía.

En la fiesta posterior a la boda, no hay pista de baile, ni pinchadiscos, ni ningún tipo de organización propiamente dicha.

La gente deambula por ahí, charla, bebe demasiado y se arremolina en torno a una hoguera para espantar el frío cada vez más presente en el aire.

Suena música de un altavoz Bluetooth que descansa en la barandilla del porche de delante.

Whit da un sorbito y contempla las estrellas que empiezan a brillar en el cielo nocturno.

Parece contenta y tranquila. Las puntas rosadas de su cabello están recogidas bajo un pesado chal negro con el que se ha cubierto los hombros.

Se lame una gota de vino de la comisura de la boca, con la mirada fija en la luna, aún baja.

Por Dios, es tan hermosa que se me corta la respiración.

Me acerco en silencio por detrás de ella y no anuncio mi presencia hasta estar justo a su lado.

—¿Quieres bailar, mami?

—¡ Por Dios ! —Da un respingo en el asiento y se lleva una mano al pecho—. No hay nadie bailando ahora mismo… ¿Qué hacemos, bailar en medio del camino de entrada?

—Sí, eso es justo lo que vamos a hacer. —Le tiendo una mano—. Y no nos va a importar lo que piense nadie.

—Bueno… —Ella pasea la vista entre nuestros amigos y familiares. Como ha sido una boda organizada en un minuto, la lista de invitados de Blair y Denny ha sido muy reducida; y la fiesta, muy informal.

—Jonas sabe lo nuestro —digo.

Ella vuelve a centrar su atención en mí.

—No, claro que no.

—He hablado con él antes. Lo sabe. Nos da su bendición.

Y ahora baila conmigo antes de que no me quede más remedio que hacer el tonto ahí fuera yo solo.

—Le hago un gesto con dos dedos para que se acerque…

, con un movimiento que espero que le recuerde a cuando hice el mismo gesto en otra parte…

, y meneo un poco las caderas para que sonría—.

Vamos. Sé mi chica esta noche, baila conmigo.

Te prometo que te voy a restregar el paquete contra el culo, porque sabes que me encanta hacerlo.

Ella cierra los ojos con fuerza.

—Bailaré contigo si prometes no hacer eso.

—Ya me había prometido a mí mismo que lo haría, y no me gusta romper mis promesas.

—Doy un par de pasos hacia atrás y señalo con un gesto hacia la gravilla iluminada por la luz de la luna, que pienso convertir en una pista de baile improvisada.

Luego acerco mucho el pulgar y el índice, separados apenas un pelo—.

¿Quizá solo un poquiiiiito de restregar el paquete?

Y, dado que Whit y yo parecemos estar hechos de imanes, se pone en pie a su pesar. Se alisa la parte frontal del sedoso vestido con las palmas de las manos, niega con la cabeza y suelta una risa que llena el hueco que tengo en el pecho.

—No vas a restregar nada. Lo último que me apetece hacer hoy es tener la charla de los pájaros y las abejas con Jonas antes de acostarlo.

La agarro de la muñeca antes de que pueda cambiar de idea y la llevo hasta el espacio vacío, donde los sonidos de la naturaleza resuenan casi tan fuertes como la música.

Ella se me acerca, me rodea el cuello con los brazos y aprieta la pelvis contra mí.

Durante un momento, me pierdo en esos ojos que ahora parecen casi negros, con las pupilas dilatadas en la oscuridad, que me contemplan inquisitivas y desorbitadas.

Durante un buen rato, nos limitamos a mecernos. La gravilla cruje bajo nuestros pies. La fiesta se aleja más y más, hasta que somos las dos únicas personas en la tierra.

—Cometí un error —susurro. Ella entrecierra los ojos, y sus dedos dejan de trazar lentos remolinos en mi cabello—.

No debí marcharme aquella noche. Debí quedarme allí sentado y decir lo que quería decir…

Y lo que quería decir es que siempre voy a elegirte a ti, Whit.

Frente a la posibilidad de cualquier otro futuro, os elijo a ti y a Jonas en todo momento.

Si hay algo que quiero que sepáis con toda certeza, es que aunque os parezca que no tenéis nada más, me tenéis a mí. Siempre.

Agarro con el puño la tela de su vestido. Aunque no tenga nada más, la tengo a ella… Al menos, durante un instante. Y pretendo mantenerla tan cerca como me lo permita, durante tanto tiempo como me lo permita.

Whit inspira arrugando esa monísima nariz que tiene, tan preciosa como la de un conejillo recién nacido.

—Colt…, cuando te alejé de mí, estaba eligiendo tu bienestar. P-pero…

—Durante las últimas semanas me he dado cuenta de algo. ¿Quieres saber de qué?

—Bueno, en realidad quiero…

Me aterra pensar que faltan pocos instantes para el segundo round de ruptura, el momento en el que acabe conmigo al estilo Mortal Kombat. Pero si eso es lo que quiere, me niego a dejar que suceda sin haber dicho todo lo que ensayé delante de Betty anoche mismo.

Así pues, la interrumpo, aunque soy consciente de que al hacerlo parezco un pedazo de capullo.

—Me he dado cuenta de que ninguna familia me va a hacer feliz a menos que Jonas y tú seáis parte de ella.

Me importa una mierda cualquier mujer a la que pueda conocer en el futuro, porque, claro…

, quizá podría quedarse embarazada y darme bebés monísimos.

Pero me dará igual, porque a ella no la amaré y porque ya sé que no me hará ni la mitad de feliz de lo que me haces tú.

Sus manos se apartan de mi nuca para acunarme la cara.

No hay nada lento ni inseguro en el modo en que sus labios se estrellan contra los míos.

Es como sentir fuegos artificiales que dibujan lazos coloridos en el cielo salpimentado de estrellas.

Se pone de puntillas y me besa con más intensidad, hasta que nuestros labios se funden.

Yo la aprieto con más fuerza contra mí, más cerca, y siento su calor contra el pecho. El aroma a vainilla de su cabello suaviza todas mis aristas. Veo estrellitas con los ojos cerrados.

—Creo que todo el mundo nos ha visto —digo, pegado a su boca.

—Me da igual. —Su labio inferior roza el mío—. Es que tenía que encontrar el modo de que cerraras el pico.

Me embarga el impulso de echármela por encima del hombro y salir de aquí con ella a cuestas. De sentirla desnuda y húmeda, de notar cómo se corre con mi polla dentro. Joder, no puedo pensar en nada más. Y todo por un sencillo beso. Me puedo dar por jodido.

—Lo que intentaba decir es que… te quiero a ti.

Nos quiero a nosotros. —Los abrasadores ojos verdes de Whit se centran en los míos—.

Irrumpiste en mi vida y lo pusiste todo patas arriba y…

, de algún modo, lo arreglaste todo. Conseguiste que creyera que podía tener cosas que jamás creí que llegaría a tener…

, cosas que creí que Jonas jamás llegaría a tener.

Sé que no somos fáciles… —Se lame una lágrima justo sobre el labio superior—.

Y no podría culparte si quisieras dejarme.

Pero eres lo más sencillo de mi vida. Necesito que seas mi persona.

—Después de la primera noche que pasamos jugando a videojuegos, le dije a mi madre que iba a casarme contigo.

Cuando me diste tu número te guardé en los contactos como «Futura esposa».

Y no se trata solo de ti, Whit. También me enamoré de Jonas.

Cuando lo veo trabajar en el rancho, enfrentarse a los abusones o darme palizas a los videojuegos…

, me siento enormemente orgulloso de él.

Pero no como el tío que sale con su madre, no como alguien que va a estar presente un rato.

Me siento orgulloso de él como si fuera mi hijo.

—Parpadeo para aclarar la niebla acuosa que desdibuja la imagen de la mujer más perfecta del mundo—.

Me temo que no he querido marcharme desde el día en que os conocí a los dos.

Ante mi confesión, sus mejillas adoptan un precioso tono sonrosado.

—Creo que ese día yo sí quería que te marcharas… Cuando llevabas esa repugnante camiseta. Pero desde entonces, no.

—Te prometo que jamás volveré a ponerme esa camiseta, pero voy a necesitar que la guardes. Métela en una caja o lo que sea, para que podamos reírnos de ello dentro de cincuenta años.

—¿Crees que seguiremos juntos dentro de cincuenta años? —Hay algo esperanzado en el delicado tono de su voz.

—Creo que no tenemos alternativa, cariño. Somos estrellas binarias. —Mis labios rozan la fría punta de su nariz—. Vamos a seguir orbitando el uno en torno al otro durante el resto de nuestra vida.

—Espero que tengas razón —dice con un suspiro.

Le planto un beso en la frente y disfruto del aroma de su cabello, como la última vez en su lavadero.

Sabía que tarde o temprano volveríamos a este punto, pero el subidón de tenerla entre mis brazos esta noche es diferente.

Bailamos lentamente al son de una canción que he escuchado un millón de veces, aunque a partir de ahora la asociaré siempre con este momento.

El corazón me late orgulloso en el pecho.

—Eres mi estrella primaria, Whit.