Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 41. Colt
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41. Colt

Colt

H ostia puta.

A la mierda los vestidos de boda; quiero casarme con Whit con ese vestido verde bosque que roza el césped y cubre sus deliciosas curvas.

El escote deja lo justo a la imaginación para ser elegante, aunque por suerte yo tengo mucha imaginación.

No me cuesta nada imaginarme metiendo la mano bajo la tela y sintiendo cómo se endurece su pezón contra mi piel mientras lo beso.

Me he pasado toda la ceremonia agonizando por apenas poder atisbarla un poco, porque mi padre estaba en medio.

Le dije telepáticamente que se echase hacia atrás, pero o bien mis mensajes no le llegaron, o lo cabrearon, porque no se movió ni un centímetro.

Sea como sea, no me hace falta confirmación ninguna para estar seguro de que es la mujer más hermosa de este lugar.

Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida, punto.

Y probablemente no debería decirlo, teniendo en cuenta que estamos en una boda y todo el mundo se fija en Blair. Pero estoy seguro de que Denny prefiere que me coma con la vista a la hermana de su esposa antes que a su esposa.

Ha valido la pena poder verla de lejos, porque ahora puedo echarle el primer vistazo bajo el sol que cae entre las hojas de otoño y la leve brisa que le mece el cabello…, que, ahora veo, tiene las puntas de color rosa.

Whit pasea la vista como si buscase algo. Cuando sus ojos se posan sobre mí, se muerde el labio inferior. Cambia levemente de dirección y viene derecha hacia mí.

—Hey, mami —la saludo, y me gano esta sonrisa que llevo todo el día esperando pacientemente.

—Vaya, segunda vez que te pones camisa en menos de dos semanas —me dice, juguetona, y cruza la gravilla hasta el lugar donde estoy apoyado junto a los escalones del porche de la casa grande—. Deja que lo adivine: ¿debajo de ese atuendo tan elegante llevas «a liarla parda»?

—Alguien tiene que estar listo para dar comienzo a la fiesta al momento.

—Gracias a Dios. Los chupitos de tequila que les han dado a los invitados al llegar eran más típicos de una fiesta aburrida. He tenido que beberme dos, porque, de alguna manera, un chupito ha acabado en manos de mi madre.

—En ese caso, me parece que se va a acabar liando parda antes de lo que yo pensaba. —Empiezo a desabotonarme la camisa, pero ella me toca la mano con esos dedos suaves y delgados para detenerme.

—Ahórratelo para más tarde. Ahora mismo estás muy guapo.

En ese caso, seguiré con la camisa abotonada y la hostia de elegante toda la noche.

—Maldita sea, siempre te salen mejor que a mí los cumplidos. —Suelto un gemido—. Dios, tienes un aspecto… Daría cualquier cosa por ser tu acompañante esta noche, porque eres la mujer más hermosa del lugar y, de alguna manera, eso sigue siendo lo menos interesante que tienes.

Sus mejillas se ruborizan con el mismo tono que tiene su pelo. Se cruza de brazos.

—Puede que se me den bien los cumplidos, pero los tuyos siempre son mejores.

No hay nada como saber que la mujer de mis sueños se fija en mí. Bien podría decir que mis calcetines son bonitos (y lo son, porque llevan un estampado de kiwis) o que me he recortado el bigote, y me volaría la puta cabeza. Que diga que estoy guapo… Podrían ponerlo en mi lápida.

—¿Te han despedido por llevar el pelo rosa?

—No lo saben. Me lo escondo durante las reuniones. —Agarra un mechón y lo mueve en el aire como si fuese un pincel—. ¿Te gusta?

—Me encanta. —«Y me encantas tú»—. Te queda muy bien.

El tono rosado de sus mejillas se contagia a su cuello y su pecho. Cuando abre la boca para contestar, Cassidy la llama desde la puerta principal de la casa.

—Disculpa, tengo que atender las responsabilidades de la boda. —Whit da un paso y me sonríe—. Gracias por tus cumplidos.

—¿Me reservas un baile esta noche?

—Me encantaría.

Veo cómo se aleja, y ya echo de menos el modo en que me aletea el corazón cuando habla conmigo. Deja tras de sí el leve aroma de su perfume. Inspiro con todas mis fuerzas.

Tras agarrarme un instante a la barandilla de las escaleras para recuperar la compostura, me dirijo a los vaqueros que deambulan entre las neveras llenas de cervezas. Abro una lata fría y me acerco a Red. Creo que me odia, pero es uno de los pocos tíos que puede entender por lo que estoy pasando.

—Mierda, estoy colgado hasta las trancas de esa chica. —Mi cuerpo se derrumba como una marioneta sobre una silla de jardín. Red carraspea—. Lo que pasa es que la amo. Creo. Va a conseguir que pierda la puñetera cabeza.

Red me clava con fuerza el codo en el costillar y me arranca un gañido. Niega con la cabeza y se echa hacia atrás contra el respaldo de su propia silla. Y entonces comprendo que he cometido una cagada sideral.

Jonas sorbe zarzaparrilla por una cañita rizada y me contempla con ojos desorbitados.

—Ah, hola, tío. No te había visto. No está mal la boda, ¿verdad? O sea…, para ser una boda. Aunque la fiesta estará mejor… Habrá muchos refrescos, tarta…

—¿Estás hablando de mi madre?

Red se da sendos palmetazos en los muslos y se pone en pie.

—Bueno, voy a ver qué tal está el bebé.

«Traidor».

Y ahora solo estamos Jonas y yo, y esta silla plegable vacía entre los dos. Siento un zumbido en la oreja derecha y el latido de mi corazón desbocado en el cráneo. Me tiro del lóbulo de la oreja, en parte para detener este pitido estridente y en parte para que parezca que no lo he oído.

—Estabas hablando de mi madre, ¿verdad?

—Bueno…, esto… —Me restriego la nuca con una mano encallecida—. ¿Te enfadarías si así fuera?

Él se encoge de hombros y mira más allá de mí.

—Ya lo sabía, más o menos.

—Ah, ¿sí? —Alzo una ceja. Me encantaría enterarme de cómo lo sabía.

—Tengo casi once años. Sé cómo mira una chica a un tío cuando está enamoraaaaada .

—Podría jurar por Dios que dice la palabra «enamorada» como si fuese lo más vergonzoso que ha pronunciado jamás, al tiempo que pone los ojos en blanco con hastío y gira teatralmente la muñeca—.

Así te mira mi madre. Y así la miras tú.

«Vale, quizá no hemos ido con tanto cuidado como pensábamos».

—¿Cómo dices que la miro yo?

—Como ese estúpido emoticono con corazones en los ojos. —Bate las pestañas y aprieta los labios en una ridícula y sonora imitación de dar un beso. De todas las reacciones que Whit pensaba que tendría Jonas al enterarse de lo nuestro, creo que no habría esperado que se burlase de mí.

Me echo a reír.

—¿Se supone que esa cara es la mía?

—Sí, tío. —Da un largo sorbo con la cañita.

—¿Y te parece… te parece bien que me guste tu madre? ¿Podría tener alguna cita con ella? —Entrecierro los ojos, casi esperando que al chico empiece a dolerle la barriga ahora mismo.

Se lo piensa un segundo.

—¿Supondría eso que eres mi padrastro?

La pregunta de Jonas suena un poco burlona, pero capto algo por debajo. Esperanza. Comodidad. Confianza. Todo eso me golpea directamente en el pecho y me deja sin respiración. No sé cuál es el modo correcto de encajar esa pregunta. Pero sí que sé la respuesta.

—Si eso acabara ocurriendo algún día, sería toda una suerte para mí.

Capta la seriedad de mi tono de voz y aprieta los labios al tiempo que me mira. A decir verdad, no estoy seguro de si sobreviviría a la vida en familia con él y con Whit. Esa mirada inquisitiva, penetrante y saqueadora me retuerce las tripas. Me apresuro a añadir:

—O sea, si tú quieres. No quiero ocupar el sitio de tu padre ni ponerte incómodo.

—Contigo mi madre no llora. Con mi padre sí.

Me encojo ante el golpe que suponen sus palabras.

—¿Tu padre hace llorar a tu madre?

—Todo el tiempo. —Hunde los hombros—. Yo también la hago llorar muchísimo. Así que… está bien que contigo no llore.

—Colega, solo llora por ti porque las madres siempre se preocupan por sus hijos.

—Alargo la mano por encima del espacio entre los dos y le doy un apretón en su escuálido hombro—.

Tu madre se merece todo lo bueno porque es una madre excelente.

Y yo solo quiero hacerla sonreír cada día, si me lo permites.

—¿Lo decido yo? —Una sonrisilla traviesa asoma a sus labios. Por puro reflejo, me empiezan a sudar las manos.

—Tu madre me gusta de verdad, y creo que me saldría bastante bien hacerla feliz… Pero tú eres el hombre de la casa, así que, si no te gusta la idea, respetaré tu opinión.

Quizá sea una estupidez dejarlo todo en manos de un preadolescente demasiado tontorrón y torpe como para decir siquiera la palabra «enamorada».

Ni siquiera estoy seguro de qué voy a hacer si me dice que me olvide de salir con Whit.

Probablemente lo sobornaré con la idea de pasar más tiempo con Betty.

Intento poner la expresión más sincera que puedo ante Jonas, con la esperanza de atravesar las grietas de su armadura.

Quiero que Whit me ame, pero ganarme la confianza y el amor de este chico es igual de importante… , si no más.

—¿Y seguirás jugando a videojuegos conmigo, aunque mamá y tú estéis enamoraaaados?

No puedo evitar una risita. Asiento levemente con la cabeza.

—Claro que sí. Tendremos que practicar más, eso sí. Será el único modo de ganarle al juego de carreras.

—Ay, es verdad. Deberías venir mañana. Trae gominolas y volveremos a pedir pizza.

—Antes de empezar a hacer grandes planes, probablemente debería asegurarme de que le gusto a tu madre.

—Claro que le gustas. —Sorbe el resto de su bebida, sin darse cuenta de que esta sencilla frase me detiene el corazón—. Si eres su novio, irás más por casa, ¿verdad?

—Iré tanto como vosotros me permitáis. Me gusta pasar tiempo con vosotros.

—Si le rompes el corazón, yo a ti te voy a romper la nariz…, que lo sepas. —Da un puñetazo de mentira contra su mano vacía con el gesto menos amenazante de la historia—. Te rompo la nariz y me quedo con tu perra.

Suelto una carcajada rugiente y le echo un vistazo a mi tipo duro favorito.

—Así que me amenazas con Betty. Eres lo peor, tío.

«Menos mal que no tengo la menor intención de romperle el corazón a Whit».