40. Whit
Whit
B lair está sentada en mi cama, contemplando el caos que mis intentos de teñirme el cabello están provocando tanto en mi cabeza como en la encimera, el lavabo y la bañera.
Me da el apoyo esperable de una hermana mayor, o sea, ha venido a ver si la cago fuerte y le doy una excusa para reírse en mi cara hasta el día de mi muerte.
Contemplo las puntas teñidas de naranja de mi cabello castaño. He visto un par de tutoriales en internet sobre tintarse el pelo, y pensaba que lo tenía controlado. A fin de cuentas, de adolescente me teñí de negro varias veces. ¿Tan difícil va a ser decolorarlo?
Resulta que sí.
—Debería haber ido a la peluquería.
Alargo con cuidado la mano para agarrar el colorante rosa, con un miedo sincero a que el cabello se me caiga espontáneamente de la cabeza si realizo algún movimiento brusco.
Lógicamente, ya sabía que no iba a teñirme las raíces, así que lo peor que puede pasar es que tenga que cortarme cinco centímetros de melena.
Sin embargo, el pánico me embarga ante la posibilidad de hacerme polvo todo el pelo.
En este baño diminuto no hay sitio para la lógica.
—Qué va. —Blair hojea mi novela romántica más reciente—. Es obligatorio teñirse el pelo en casa después de una ruptura.
—Esto no tiene nada que ver con Colt —espeto sin querer.
—Claro que no. —Deja de hojear las páginas; debe de haber localizado una escena de sexo—. ¿Te acuerdas de cuando intentaste tintarte el pelo de rojo fuego después de una ruptura con Alex? Se te puso de un naranja feísimo.
Vaya si me acuerdo. Mi madre me llevó a rastras a la peluquería, no para cortarme el pelo, sino para teñirlo con el tono castaño más aburrido del mundo.
—Sí… —Miro mi reflejo en el espejo y arrugo la nariz—. Mamá reaccionó como si hubiese cometido un pecado horrible. Como si las adolescentes no hicieran ese tipo de cosas todo el tiempo.
—Dios, le encantaba el drama.
—Creo que fue la primera vez que me di cuenta de que ser yo misma no estaba…
permitido en casa de nuestros padres. Estaba experimentando…
, decidiendo quién era yo…, y mamá me bloqueó de inmediato por ello.
—Miro de reojo a mi hermana—. Si no me hubiese llevado a teñírmelo de castaño otra vez, estoy segura de que todos los gilipollas del pueblo me habrían criticado por llevar el pelo así, pero…
Me encojo de hombros con desgana.
—La gente es muy hija de puta. —Blair deja el libro—. Pero nuestros padres no deberían haberte tratado así. Para que conste, a mí siempre me has parecido muy fuerte y muy guay por llevarles la contraria.
—No estaba intentando ser fuerte ni guay. Supongo que… solo quería sentirme como yo misma. Pero está claro que no podía ser yo misma y al mismo tiempo parte de la familia.
—Si alguna vez he contribuido a esa sensación, lo siento. —Mi hermana mayor me mira a los ojos, y las dos compartimos una sonrisa melancólica.
—No, la verdad es que no. Al menos intencionadamente. No era culpa tuya que mamá y papá nos compararan todo el tiempo.
—Yo también lo notaba. —Se mordisquea el labio inferior—. Te quiero, hermanita.
—Yo también te quiero, B. Ojalá hubiera tenido la oportunidad de hablarlo todo con ella antes de…
Pero ahora estoy centrada en Jonas. Tengo que asegurarme de que no acabemos en el mismo punto dentro de veinte años.
—Señalo con un gesto el desastre que tengo en el pelo—.
Bueno, lo que quería decir es que… esto no es por Colt.
Es porque quiero demostrarle a Jonas que no nos importa una mierda lo que piense la gente.
Que es libre de descubrir quién es y que yo lo querré igual.
Bueno, quizá sí que es un poco por Colt.
No por haberlo perdido, sino por lo que he ganado al tenerlo en nuestras vidas: su insistencia en que está bien reservarse un poco de espacio, ser uno mismo, que no importe una mierda lo que la gente piense.
Ni una sola vez me hizo sentir que era demasiado o demasiado poco.
—Un chaval del colegio ha estado diciendo que Jonas y un amigo suyo son gais.
Y a pesar de que me duele la boca de decirle que eso no es un insulto y que da igual que sea o no gay, sigue muy agobiado con lo que la gente dice de él.
—Suelto un suspiro y remuevo este mejunje rosa en el cuenco de plástico.
Apoyo la cadera contra la encimera del lavabo—.
Sé que eso le viene de mí misma y de mis inseguridades.
Hace una década que no protagonizo chismes interesantes, pero sigo paranoica por lo que pueda decir la gente.
—Entiendo ese miedo. En este pueblo nadie tiene nada mejor que hacer que chismorrear.
—Quiero que Jonas esté cómodo consigo mismo, sea la persona que sea. E intento predicar con el ejemplo.
Ella asiente.
—Ir por ahí con el aspecto de las Barbies a las que solíamos maquillar es un buen comienzo.
Yo suelto una carcajada al recordar el penoso aspecto que tenía mi Barbie cuando le puse tatuajes en la cara y le afeité la parte delantera de la cabeza.
—Ni se te ocurra echarme la culpa de esas putas trastadas. Y, si me ves echar mano de una maquinilla de afeitar, hazme un placaje.
—Prometo detenerte antes de que hagas algo que vaya a espantar a Colt.
—Demasiado tarde. —Me enredo la mitad de la melena en los dedos, haciendo una maraña de mechones castaños y color melocotón que me aprieto en un moño sobre la coronilla para luego sujetarlo con una horquilla—. Ya lo he espantado. Ha huido.
Blair arroja sobre la cama la novela romántica y me contempla mientras yo me tiño agónicamente las puntas.
Mi camiseta gris manchada de colorante empieza a salpicarse de rosa, al igual que mi cuello.
De alguna manera, también tengo una gota de color rosa en la mejilla.
De verdad que debería haber ido a la peluquería, sobre todo porque falta una semana para la repentina boda de Blair y Denny.
—Pasar tiempo con Jonas cada fin de semana, ayudarlo con sus actividades de la asociación 4-H y asistir con vosotros a la gala para recaudar fondos no es huir.
¿Te acuerdas de que hace unos meses me dijiste que pensabas que quizá Denver no me haría daño y que debería darle una oportunidad?
—Alza la mano y me hace una peineta con el dedo anular, donde tiene el anillo—.
Creo que, si le das la oportunidad, quizá Colt no te haga daño.
Me contemplo a mí misma en el espejo y paso la mano limpia por mi vientre vacío para siempre.
—Quiere tener niños, Blair.
—¿Acaso te dijo que no podía aceptar lo de no tener niños? Porque yo diría que se está comportando justo al contrario. Quizá la idea de no tener un puñado de críos corriendo por ahí no le importe tanto como tú te piensas.
Me quito la horquilla y, por suerte, el pelo me cae sobre la cara y oculta mis ojos llenos de lágrimas. Me cuesta tragar saliva, y comprendo que pronunciar una sola palabra de lo que siento ahora mismo por dentro desembocará en un llanto torrencial.
Blair sigue hablando. Como si pudiera leerme la mente, aborda este miedo callado en mi lugar.
—Por supuesto, podría no querer niños ahora y cambiar de idea algún día.
Por otro lado, también tú podrías cambiar de idea.
¿Qué pasa si Colt decide que no vais a tener más niños y de pronto tú quieres adoptar o intentar gestación subrogada?
Parece una tontería negarte ahora esa felicidad porque quizá algún día podrías acabar siendo desdichada.
Me sale de la boca un sonido estrangulado, a medio camino entre una risa y un pequeño sollozo.
—Me ha dado miedo hasta desear tener a alguien como él, pero Colt irrumpió en nuestras vidas como si supiera que este es su lugar. A pesar de lo mucho que me he esforzado por lo contrario, creo que tiene razón.
Se ha incrustado tanto en esta familia que ahora, con su ausencia, siento que una fracción de mi alma vive fuera de mi cuerpo. Y sé que Jonas también lo siente así.
—¿Es una locura querer que vuelva? —Formulo en voz alta esta pregunta que no dejo de hacerme en silencio.
Quiero que vuelva. Pero ya no es elección mía.
—La locura sería no quererlo.