Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 39. Colt
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39. Colt

Colt

P arto en dos un trozo de pan de masa madre y lo comparto con Betty, que está acurrucada junto a mí en el sofá de mis padres. La perra mastica felizmente y deja mi muslo y el cojín cubiertos de miguitas que su lengua se apresura a recuperar.

La taza de mi madre repiquetea sobre el posavasos de pizarra.

—Me dijiste que querías hablar conmigo de algo, pero lo único que estás haciendo es comerte todo el pan.

—Es que está muy bueno —murmuro con la boca llena de pan tierno y aún caliente. Una vez que me lo trago con un sorbo de frapé con pepitas de chocolate, carraspeo—. A ver, bueno, necesito consejo.

Mi madre intenta no parecer demasiado ansiosa.

Se acomoda en el mullido tapizado del sofá y se sienta sobre sus pies.

El movimiento le vale una mirada de reojo por parte de Betty, hasta que la perra ve que mi madre echa mano de la manta tipo sherpa del respaldo del sofá y, de pronto, las dos están acurrucadas debajo.

—Vale, lo que pasa es que… Ahora mismo tengo la cabeza hecha un lío con Whit. Creo que empiezo a ver clara la situación, pero tengo que comprobar si me estoy comportando como un idiota.

—Probablemente sea así.

Suelto todo el aire por la nariz.

—Eh, para el carro. Al menos déjame explicarte primero la situación.

Los dedos de mi madre acarician las orejas suaves como la gamuza de Betty.

—Adelante con esa explicación.

—Yo quiero estar con Whit. —Para mí, esta es una frase con mucho sentido.

Con todo el sentido. Sobre todo tras la conversación que tuvimos en su lavadero.

Para mi madre, es como si acabase de decir que me apetece pizza para cenar.

Y, por cierto…, la verdad es que sí me apetece pizza, pero solo si la comparto con Whit y Jonas.

Inspiro hondo.

—¿Cómo de importante es para ti tener nietos algún día?

Mi madre contrae la expresión, y las arrugas alrededor de sus ojos y su frente se acentúan.

—Bueno, me encantaría tener por aquí más niños algún…

—¿Y si yo no pudiera darte nietos? ¿Te quedarías hecha polvo?

—Colt, ¿de qué estás hablando?

—¿Puedes decirme si se te rompería el corazón?

Mi madre alarga la mano por encima de Betty y me da unas palmaditas en el muslo. La pena que veo en sus ojos es como un puñetazo en la barriga; me indica sin palabras lo que yo ya sabía.

No voy a soportar escuchar su respuesta, así que la interrumpo antes de que pueda destruirme.

—Whit no puede tener más niños, mamá. Cuando Jonas nació, hubo algún tipo de complicación y tuvieron que…

—Hago un gesto absurdo con la mano, como si estuviera recogiendo algo—.

Pero es que… la quiero. La quiero a ella y quiero a Jonas.

Se me da de puta pena seguir tus consejos, porque no me lo he tomado con calma en absoluto.

Whit cortó conmigo porque piensa que es muy importante para mí tener niños, pero me he dado cuenta de que ellos son suficiente para mí.

Son…, sí, son perfectos. Son mis personas favoritas.

Y tú también, y por eso quería tu aprobación.

Sé que quieres que tenga niños, pero, joder…

—Me detengo para tomar aire. Siento el corazón como un martillo pilón en el pecho.

La boca de mi madre se abre. Se cierra. Se vuelve a abrir.

No puedo evitar volver a interrumpirla:

—No he dejado de pensar en qué ibas a decir de todo esto.

Me preocupa romperte el corazón. Pero ahora que estoy diciendo todas estas mierdas en voz alta, me doy cuenta de que no necesito tu aprobación.

Siento decepcionarte, pero vas a tener que superarlo.

Jonas significa para mí mucho más que cualquier bebé futuro a quien aún no conozco.

Mi madre se cubre el pecho con la manta. Sus dedos toquetean un hilo suelto y su mirada inquisitiva busca la forma de desentrañar las palabras que acabo de soltarle.

—Por otro lado…, ¿puedes decir algo, por favor?

Ella carraspea.

—¿Sabes por qué estoy tan orgullosa de ser tu madre?

Cuando la vida te pone a prueba, cuando consigue que dudes de ti mismo, tú nunca te das por vencido.

Cuando tenías once años, todo el mundo en tu clase estaba leyendo no sé qué libro…

Ay, se me ha olvidado cuál. Era demasiado complicado para ti, sí, pero cuando te diste cuenta de que estabas sobrepasado, no te rendiste.

Te dejaste el culo durante semanas, y luego acudiste a mí y me preguntaste si podíamos leerlo juntos.

—Ni siquiera era un buen libro. —Suelto una risa a medias para rebajar la tensión.

—Lo poco que sé de esta situación me indica que esos dos se merecen a alguien que los trate bien y los mantenga a salvo. Y no hay lugar más seguro para cualquier corazón que tus manos.

—Sus corazones ni siquiera están en mis manos. Están en mi pecho, junto al mío.

Mi madre alarga la mano y me aprieta el antebrazo con una caricia fresca.

—Entonces supongo que amaré sus corazones tanto como amo el tuyo.

—¿Y no te decepciona que quizá nunca seas abuela? —pregunto tentativamente. Ya sé que su respuesta me va a dar igual, pero no puedo evitar esta estúpida curiosidad. Betty alza la cabeza del regazo de mi madre, como si quisiera indicar que esta mujer ya es abuela, muchas gracias .

—¿Acaso hay un límite de dos abuelas por niño del que yo no esté al tanto? ¿No se permite que Jonas tenga a otra señora mayor en su vida que le prepare galletas y lo malcríe en Navidad?

No sé qué relación tiene Jonas con los padres de Alex. Sí que tiene una relación estrecha con los de Whit, pero teniendo en cuenta el rápido avance de la enfermedad de su madre, puede que se encuentre con una abuela menos mucho antes de lo que debería.

—Siempre le vendrá bien tener a alguien más de su parte.

—Bien. Pues queda decidido. —Agarra su taza de café con ambas manos y se la lleva a los labios con una sonrisa reluciente que le estira la piel suave y gastada por la edad.

Voy a estar con Whit.

«Queda decidido».