Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 38. Whit #3
87%

38. Whit #3

—¿Y lo hacías porque eras la mimada de los profesores o porque eras tú quien echaba a perder el material de la escuela? —Colt me mira con una media sonrisa.

Me abro camino entre los pupitres y le lanzo una mirada asesina por encima del hombro.

—Ni lo uno ni lo otro.

Con un rotulador de borrado en seco bastante gordo en la mano, regreso triunfante con ellos y quito el capuchón.

Igual que las veces que me pillaron haciendo alguna trastada —aunque jamás este tipo de puñeteros mensajes— con la pizarra magnética cuando era una adolescente rebelde, repaso las feas palabras de Logan con la toallita con aroma a limón y el rotulador, todo a la vez.

Para cuando acabo de borrar, apenas se ve una mínima mancha negra en la parte superior izquierda del pupitre de Theo.

Independientemente del ángulo desde el que se mire, no hay rastro de lo que había escrito en su momento.

Tamborileo con las uñas sobre la superficie resplandeciente y limpia.

—Bueno, larguémonos de aquí.

Una vez que nos encontramos a salvo en el corredor, nos abrimos paso hacia el sonido de la música y la charla, y le paso un brazo por los hombros a Jonas.

—Siento mucho no haberte dado un espacio para que te sintieras cómodo para hablar conmigo.

—No pasa nada, mamá.

Pero sí que pasa. Llevo mucho tiempo con miedo a fallarle a mi hijo, a ser como mis padres. Permití que ese miedo me convenciese de que estaba demasiado dañada como para darle lo que necesita. Sin darme cuenta, ese miedo desembocó en esta desconexión.

Hostia puta. Alex tenía razón, más o menos. Siento náuseas.

Estaba tan obsesionada con ser buena madre que perdí de vista lo que de verdad tiene que hacer una buena madre.

—Hey, sabes que te quiero, ¿verdad? —pregunto en tono suave—. No importa lo que pase. Nada va a conseguir que te quiera menos.

Con un susurro equiparable al mío, Jonas replica:

—Lo sé, mamá. Yo también te quiero.

Lo aprieto contra mí y me inclino para darle un beso en la cabeza.

Jonas me aparta de inmediato con un gruñido de desagrado, y lo único que se me ocurre hacer es echarme a reír.

Algo se remueve en mi pecho. Puede que no siempre me salga bien, pero no he dejado nunca de intentarlo.

Lo quiero de la mejor manera que puedo, entre la frustración, las cagadas y el dolor.

Porque, a pesar de todo, se merece que lo amen.

Y yo también.

—Y sabes que tengo que hablar con tu profesor y con el director Maher de todo esto…, de lo que está haciendo Logan.

Jonas mira a Colt en busca de consuelo, y, aunque se me encoge el corazón al darme cuenta de que no soy la persona a la que acude en primer lugar cuando necesita un consejo, también siento que se me quita un peso de encima. Porque Colt está aquí.

—Tu madre tiene razón —dice—. Siempre tiene razón.

Doblamos la esquina y entramos en medio del caos del evento.

La música resuena por los gastados altavoces y flota en el aire una abrumadora cantidad de olores a comida.

Un grupo de chavales pasa a toda velocidad junto a nosotros; al parecer, jugando al pillapilla.

Theo está sentado en un banco frente a las puertas principales del gimnasio, con pinta de estar la hostia de preocupado.

Sus ojos se iluminan al ver que venimos sin la compañía de un profesor, ni esposas, ni nada de lo que hubiera imaginado en el peor escenario posible.

—Vale…, puedes contárselo. —Jonas hace una mueca—. Si de verdad tienes que hacerlo…

Aprieto los labios y asiento levemente.

—De verdad tengo que hacerlo, colegui. Ve a decirle a Theo que hemos limpiado su pupitre.

Veo cómo se aleja y, con la boca pequeña, le digo a Colt:

—Gracias por apoyarme.

—Por si no lo sabías, tú siempre tienes razón.

Colt se coloca a mi lado y llena el hueco que ha dejado Jonas.

Yo suelto un leve resoplido. Hay muchísimas cosas en las que me he equivocado.

—No tenía razón cuando te dije que sería más fácil si te marchabas. —Ladeo la cabeza para ver su cara por el rabillo del ojo. Algo cálido me recorre al comprobar que él también me mira—. Te hemos echado de menos… Yo te he echado de menos.

—Sigo aquí, aunque ahora solo seamos amigos. —Su voz se vuelve más ronca, y se lame lentamente los labios, un gesto que atrae mi atención.

—Amigo, tienes toda la pinta de querer besarme.

—Más vale que te acostumbres si quieres que siga por aquí. Sé que te prometí una actuación digna de ganar un Oscar, pero resulta que se me da de puta pena fingir que no quiero besarte a cada instante de cada día.

Mi corazón y mi cabeza están hechos un lío. Durante años he pastoreado mi corazón sin saber lo que hacía, lo he guiado sin darme cuenta hasta alejarme de la felicidad, por culpa del miedo al dolor. Por miedo a esto.

Antes de que llegara Colt, era sencillo convencerme a mí misma de que la apatía era lo más cercano a la felicidad que podía encontrar cualquiera. Y luego apareció él y vio más allá del desastre que era mi vida. Y trajo gominolas, flores silvestres, risas y, por un momento, esperanza.

—Supongo que ya somos dos.