Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 38. Whit #2
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38. Whit #2

—Antes me has hecho un cumplido, y yo me he puesto a hablar de mapaches como un gilipollas redomado, pero en realidad lo que quería era hacerte un cumplido yo también; aunque me falta vocabulario para decirte…

que ahora mismo estás… —Su voz ronca se detiene.

Habla en tono bajo, como quien comparte un secreto en una estancia demasiado ruidosa y atestada como para prestar atención a lo que decimos—: Eres todos los colores, los sonidos, la luz.

Antes de verte esta noche, durante todo este tiempo que llevamos sin vernos, todo era frío, apagado, oscuro.

Bueno, sé que es una estupidez, pero…, joder, Whit, qué preciosa eres.

Las palabras de Colt avivan el fuego eterno en mi entrepierna. Las llamas ascienden por mi columna. Me lamo los labios y disfruto del modo en que sus ojos sobrevuelan mi cuerpo.

Jonas y Theo se acercan corriendo a nosotros. Sus zapatillas chirrían sobre el suelo del gimnasio al frenar en seco. Les falta el aliento y tienen las mejillas sonrosadas, como si hubieran estado haciendo ejercicio.

Yo arrugo la nariz.

—¿Por qué estáis sudando?

—Por nada —dice Jonas con voz entrecortada.

«Y una mierda».

Bajo la voz:

—Jonas.

—No hemos hecho nada. Es que estábamos… Bueno, íbamos a hacer algo, pero…

—¿En serio? Te has estado portando superbién últimamente, y ahora…

Theo se lleva la manga a la boca, suelta una tos y le lanza a Colt una mirada afilada.

—Se trata de Logan.

Yo me giro hacia Colt.

—Un momento, ¿tú estabas al tanto de esto?

—Bueno, justo de esto no. Pero sí que sé que hay un chico que no deja en paz a Jonas.

«¿Cómo que no lo deja en paz?».

Me llevo el índice a la sien y suelto un sonoro suspiro.

No es el tipo de conversación que pueda esperar hasta que lleguemos a casa esta noche.

Paseo la vista por entre la cantidad de gente que hay en la estancia y decido que tampoco es el tipo de conversación que se pueda tener aquí.

Mis dedos aterrizan en el espacio entre los omóplatos de Jonas y le doy un leve empujón hacia la salida para que se ponga en marcha.

—Hablemos de esto en otra parte.

Theo interpreta esa frase como una señal para marcharse y se escabulle mientras nosotros tres salimos del gimnasio y vamos a un pasillo más tranquilo.

Recorremos uno estrecho tenuemente iluminado, con taquillas y carteles que anuncian funciones teatrales en el colegio.

Todo este lugar despide un leve hedor a calcetines sudados.

Tras lo que parece una eternidad, encontramos un sitio donde poder sentarnos.

Un banco justo frente a la puerta del despacho del director.

Un banco en el que Jonas ha pasado mucho tiempo sentado.

Él y yo tomamos asiento en el banco de madera, mientras que Colt se deja caer al suelo y estira las piernas. Si se tumbase de espaldas, probablemente abarcaría de lado a lado el estrecho corredor.

—Vale, ¿qué está pasando? De verdad que no me entero de nada. Soy tu madre, y si alguien te ha estado molestando, debería enterarme. —Jonas se encoge de hombros—. No te cierres, por favor. Si me cuentas qué es lo que está pasando, quizá pueda ayudar.

—Tú siempre prefieres creer a los demás chicos, así que ¿qué más te da lo que pase ahora?

—¿De qué estás…? Oh, Logan es el chico del parque, ¿no?

Apoyo la cabeza en la mano, pero lo que me resulta insoportable es el peso que siento en el corazón. Resulta horrible descubrir que lo que sospechaba es cierto, por más que albergase la esperanza de que no fuera así: he fracasado en la única tarea que quería que se me diera bien.

Sorbo por la nariz, que de repente me pica.

—Jonas, siento mucho haber pensado que era culpa tuya. Debería… debería haberte escuchado. Siempre he querido que hablaras conmigo, pero tienes razón… No te escuchaba.

Jonas me lanza una cautelosa mirada de reojo y se rasca la cabeza.

—Hoy Logan ha escrito algo en el pupitre de Theo. Dejó… dejó de meterse conmigo cuando Colt me dijo que le plantase cara en la feria.

Miro a Colt, que se ha apoyado en los codos y escucha a mi hijo con toda atención.

Va asintiendo mientras Jonas me hace un resumen de lo que le hizo Logan la noche de la feria de otoño.

Él ya está al tanto de todo esto porque en el transcurso de los últimos meses ha llegado a conocer a Jonas mejor que su propio padre. Y mejor que yo misma.

Porque Colt ha estado presente. Está presente ahora. Siempre.

—Bueno, pues Theo y yo hemos ido a borrarlo antes de que empiecen las clases mañana, pero hemos oído que entraba un profesor o alguien, así que hemos echado a correr. —Jadea con fuerza, como si siguiese corriendo.

Yo cierro los ojos y me aprieto el puente de la nariz para reprimir el dolor de cabeza en ciernes.

—Si os hubiesen pillado, sabes que el director Maher te habría echado la culpa de esto. Podría haberte expulsado.

—Mamá, es que… no quiero que Theo pase por la misma mierda por la que he pasado yo. Se están riendo de él solo porque es amigo mío. No es justo, joder.

Decido ignorar la palabrota y, en cambio, lo que hago es mirarlo a los ojos.

En alguna parte de esos vidriosos estanques verdes está el emotivo niño al que he echado de menos durante tanto tiempo.

El pequeño que pedía arrumacos cada noche antes de irse a dormir hasta que cumplió los ocho años.

El pequeño que me regaló la figura de una ranita porque le dije en una única ocasión que me gustaban las ranas.

El pequeño que lloró en su primer día de guardería porque no quería separarse de mí.

—No… —Me enderezo más en el asiento—. No es justo, joder. Ni para ti ni para Theo. Vamos a ver si podemos limpiar ese pupitre.

Ninguno de los dos se pone en marcha de un respingo, hasta que yo me dirijo pasillo abajo hacia el aula de sexto, y de pronto tienen que apretar el paso para alcanzarme.

—La puerta estaba cerrada con llave —dice Jonas, avanzando entre Colt y yo.

Al estar tan lejos del gimnasio, nos movemos bajo la fría iluminación de las luces de emergencia; nos desplazamos mayormente en las sombras hasta que giramos un recodo y mi mano cae sobre el frío metal del pomo de una puerta.

Tras moverlo un poco y sacudir el mecanismo de la cerradura, inspiro entre dientes al comprender que Jonas tenía razón.

—Ya te lo dije —susurra Jonas, sin ser de mucha utilidad.

Me saco dos horquillas de la pequeña trenza que llevo sujeta a la cabeza y me recoloco tras la oreja los mechones repentinamente sueltos. Miro de hito en hito a Colt y a Jonas con aire amenazador.

—No quiero que se me pregunte jamás cómo he aprendido a hacer esto. ¿Entendido?

Jonas parece genuinamente asustado.

—Entendido.

—Parece que ha llegado la hora de cometer un delito menor. —Colt se restriega las manos, que suenan como un grillo entusiasmado en medio de la quietud del pasillo.

Yo pongo los ojos en blanco y doblo primero una horquilla y luego la otra.

Me agacho y contemplo la cerradura con ojos entrecerrados.

Coloco la primera horquilla para luego encontrar el hueco donde meter la otra.

De forma lenta pero segura, las partes internas de la cerradura encajan y el mecanismo interior gira suavemente hacia la derecha.

La puerta se abre y basta un suave empujón para que los tres entremos en la estancia a oscuras. Colt cierra con delicadeza, mientras que Jonas enciende las luces. Los tres nos encogemos y parpadeamos para acostumbrar la vista.

—Su pupitre está justo ahí —dice Jonas en voz baja, y nos hace un gesto hacia el otro lado de la estancia.

Efectivamente, han escrito «Theo es gay» por todo el pupitre con tinta negra. Aparte de ser un pedazo de mierda homófobo, ese crío tiene que practicar caligrafía, porque la frase es apenas legible.

—La verdad es que odio al tal Logan. —Comienzo a restregar junto con Colt las marcas de rotulador con los dedos. Me detengo un segundo para lamerme el pulgar y luego vuelvo a empezar.

—Ahora entiendes por qué te dije lo de empujarlo del tobogán, ¿no? —dice Colt.

—Y a la santurrona de su madre también. Se comportaba como si su niñito fuese perfecto, toda una dulzura.

La verdad es que me encaja. —Me detengo un segundo y señalo con el dedo el ofensivo mensaje—.

El peinado y el maquillaje deberían haberme dejado claro el tipo de persona que es.

Parece de las que se cuidan mucho de decir una mala palabra en público pero luego son una víbora en casa.

—Deberíais oír las mierdas que dice Logan. —Jonas se acerca con una toallita desinfectante y se la tiende a Colt, que se pone a restregar el pupitre con ella. La frase sigue intacta, pero al menos el aire huele a frescura de limón.

—Bueno, que Logan sea un pedazo de mierda que dice obscenidades no le da permiso para hablar como una verdulera.

—Me aprieto con los nudillos la parte baja de la espalda para aliviar la incomodidad de estar tanto tiempo inclinada.

Paseo la vista por el aula—. Un momento.

Recuerdo haber tenido que limpiar rotulador permanente de las pizarras magnéticas cuando estaba en el instituto.

Solíamos taparlo con rotulador de borrado en seco.