38. Whit
Whit
J onas se baja a toda prisa del coche, por primera vez en su vida ansioso por estar en la escuela. Y encima un jueves por la noche, nada menos.
Mientras hurgo en mi bolso en busca de nuestras entradas, sigo a Jonas hasta el colegio y nos detenemos en la cola de acceso.
No me he molestado en invitar a nadie esta noche, dado que Jonas no participa en la exposición.
Sin embargo, al pasear la vista por las familias presentes, me gustaría haberlo hecho.
Parece que hay una media de cuatro adultos por cada niño.
Le tiendo a Jonas su entrada con una sonrisa de labios apretados.
—¿Ves a Theo por aquí?
Jonas alza la vista y mira en derredor.
—Aún no. Probablemente esté dentro.
Delante de nosotros hay una familia a la que no había visto en mi vida.
Padre, madre y cuatro abuelos alrededor de un chico que debe de tener unos trece años.
La madre, una rubia guapa, se gira hacia nosotros con una expresión sorprendentemente dulce.
Al estar acostumbrada a la conmiseración, el desdén o la apatía de la gente de este pueblo, la sonrisa que le devuelvo me sale la hostia de rara.
—¿Participas en la exposición de esta noche? —le pregunta a Jonas.
—Pues… no. Hemos venido porque participa un amigo mío.
—Vaya, eres un gran amigo. —Le sonríe a Jonas y se gira hacia mí.
Se me hincha el corazón, y apoyo una mano en el hombro de Jonas para no abrazar a esta desconocida y avergonzar a todo el mundo.
—Es un gran chico.
—Me llamo Charlotte —dice, y me tiende la mano—. ¿Sois parte de la 4-H?
—Yo soy Whit. —Le estrecho la mano, que es firme pero suave. Tiene las uñas pintadas de un asombroso tono azul cobalto—. Lo cierto es que Jonas acaba de apuntarse.
—Espero que te guste. Landon, nuestro hijo, lleva participando…
oh, hace ya unos cinco años —dice. Landon se gira hacia nosotros con una sonrisa tentativa al oír su nombre, pero luego vuelve a conversar con sus abuelos—.
Deberíamos intercambiar los números de teléfono.
No puedo decir que sea una experta, pero si tienes alguna pregunta sobre lo que sea de la 4-H, estaré encantada de ayudarte.
—Eso sería increíble. Gracias. —Le digo mi número lentamente, temblorosa por los nervios. Ella lo escribe en su teléfono—. Por cierto, me encantan tus uñas.
—Me las hace una amiga. Te mando su contacto.
La cola avanza hasta que Charlotte y su familia enseñan sus entradas. Nos hace un rápido gesto con la mano y dice:
—¡Nos vemos dentro!
Jonas y yo también damos las nuestras y nos dirigimos hacia la música que proviene del gimnasio del colegio.
Aquí debe de haber un centenar de personas, que deambulan y colocan sus abrigos de invierno en los respaldos de sus sillas para reservarse un sitio en alguna de las numerosas mesas hermosamente decoradas.
Parece una gala mucho más elegante de lo que yo esperaba de un evento de recaudación de fondos de la asociación 4-H.
Siento que no voy vestida adecuadamente, con estos vaqueros negros y esta blusa verde.
Hay dibujos, esbozos, alfarería e incluso una estatua de hierro soldado. Todo ello expuesto en el centro del gimnasio. Jonas sonríe al instante y señala emocionado un cuadro que representa un paisaje.
—Ese es el de Theo. Vamos a verlo.
Se adelanta a la carrera, y mis botas Chelsea repiquetean tras él por el resplandeciente suelo de madera. Esquivo a personas y rodeo mesas para alcanzarlo, pero cuando llego a la altura del cuadro de Theo, Jonas vuelve a alejarse, esta vez junto con el propio Theo, su nuevo colega.
Hace menos de seis meses no me imaginaba que fuésemos a estar en un sitio así.
Para empezar, porque yo no tenía ni idea de que a Jonas, al parecer, le encantan los animales.
Aparte de eso, porque intentar convencerlo de hacer algo que no fuese jugar a videojuegos era como arrancarle un diente.
Y, por último, porque estaba segura de que lo iban a expulsar menos de un mes después de empezar el colegio.
De alguna manera, no he tenido que entrar en el lúgubre despacho del director durante todo el mes de septiembre.
Debería sentirme mejor que nunca por no tener que respirar ese aire rancio y mohoso ni tener que estar constantemente preocupada por el bienestar de Jonas.
Sí, debería estar mejor…, pero no lo estoy.
No estaríamos aquí de no ser por Colt. Jonas y yo estábamos atrapados en una noche eterna, sin señal alguna del alba, hasta que apareció Colt.
Se convirtió en la calidez del sol en nuestras caras, en un soplo de aire fresco de primavera, en la aurora que tan desesperadamente necesitábamos.
Él era el sol y yo era la luna. Y nuestro breve tiempo juntos fue el eclipse.
Me cruzo de brazos y paseo la vista por el gimnasio.
Lo único que veo es a Colt: cada sombrero de vaquero, cada mata despeinada de cabello castaño, cada par de brazos musculosos y bronceados.
Y, teniendo en cuenta que la mayoría de los aquí reunidos son granjeros, eso es lo único que veo.
Así pues, decido centrarme en las obras de arte y evalúo cada pieza como si fuera una crítica profesional.
Perdida en las curvas azules de la orilla rocosa de un lago que ha dibujado algún chaval de instituto, me sobresalto fácilmente cuando la voz con la que he estado soñando cada noche irrumpe en mi espacio.
—Hey, mami. —Está tan cerca que el respingo que doy hace que choquen nuestros cuerpos. Está mirando por encima de mi hombro, tan cerca que podría girarme y besarlo… rápidamente, antes de que nadie se diese cuenta—. ¿Qué estás mirando?
Me giro hacia él. Es él, de verdad. No se trata de las apariciones que he estado evitando por todo este gimnasio iluminado por fluorescentes. Y, lo más importante, estoy mirando su boca. Esos labios curvados en una sonrisa que quiero volver a sentir pegada a la mía.
—¿Qu… Qué haces aquí?
Él no retrocede y, aunque resulta doloroso, le doy la bienvenida al calor de su cuerpo tan cerca del mío. Pasa por mi casa todos los sábados, y una tarde lo vi entrar en la Pastelería de Anette, pero siempre he mantenido la distancia.
—Jonas me ha invitado.
Jonas lo ha invitado. Y él ha venido.
—Oh —dibujan mis labios.
—¿Creías que iba a decir que era porque quería verte?
Mis ojos se desorbitan.
—N-no… —tartamudeo.
—Pues es una lástima, porque desde luego has influido en mi decisión. O sea… Suele costarme decirle que no al chico cuando me pide lo que sea…, porque se le ponen los mismos ojos de cachorrillo que a ti, por cierto. Pero, además…, quería que supieras que estoy aquí. Siempre.
—Colt, no hace falta…
Él chista con los labios para interrumpirme.
—Ya hablaremos más tarde. Ahora mismo voy a pujar por un dibujo de un caballo con crin de arcoíris.
Lo ha hecho una niña de seis años llamada Sara.
Luego voy a llenar un plato de comida y a comer hasta que me den ganas de vomitar, porque he pagado veinte dólares para entrar y quiero que pierdan dinero conmigo. ¿Te gustaría unirte?
A pesar de mis esfuerzos, no puedo evitar una sonrisa.
Maldita sea, justo por eso me enamoré de este tipo.
Colt interpreta esta reacción positiva como un sí, así que da un paso atrás y señala con un gesto el lugar donde han colocado hojitas de papel para que la gente pueda pujar por las obras de arte que quiera.
—Esta noche estás muy elegante. —Aunque Colt está a pocos centímetros de mi cara, me tomo mi tiempo para recorrerlo entero con la mirada. Lleva unos vaqueros oscuros y una camisa color verde bosque. Es como si hubiéramos planeado ir a juego—. Pensaba que solo tenías camisetas tontorronas.
—Ya sabía que era un evento de gala, así que me imaginé que tendría que vestirme elegante.
Pero no te preocupes —lentamente, se desabrocha los tres botones superiores de la camisa y me enseña que debajo lleva la camiseta de «A liarla parda»—, igualmente me he puesto mi camiseta favorita, así me siento menos fuera de lugar.
—Ah, sí. Entiendo.
Giro mi bolso y le enseño el pin del mapache que llevo engarzado en la parte posterior.
Con la mano libre, me restriego la nuca.
Me siento como si le hubiese enseñado una parte íntima de mí, una parte que demuestra que él tenía razón: había, quizá sigue habiendo, una conexión entre nosotros que va más allá de la química del dormitorio.
Más allá de que él sepa cómo me gusta el café.
Sus ojos se encienden.
—Te has quedado con el pin.
—Pues sí. —Recorro con el pulgar su rugosa superficie—. Gracias.
—Somos como superhéroes, cada uno con su identidad secreta.
—O miembros de una extraña banda encubierta de mapaches —digo, y cruzo el gimnasio a su lado, disfrutando del hormigueo que me recorre el cuerpo con apenas un roce de su brazo.
—Seguro que una banda así tendría muchísimas golosinas. Me apunto.
Llegamos a la mesa de las pujas y Colt escribe una cifra bajo el nombre de Sara.
Yo paseo la vista por la mesa en busca de la hoja de Theo y luego agarro un boli.
Mis dedos rozan la áspera mano de Colt y los dos nos quedamos petrificados.
Inmersa en el momento, acaricio una sola vez el dorso de su mano con el meñique.
Y luego otra, para apartar la mano con dificultad.
Aprieto el boli con tanta fuerza que siento un calambre en el pulgar. Dibujo delicadamente un veinte junto a mi nombre en la hoja vacía. No ha pujado nadie.
—Bueno… Esto.
En el mismo momento en que mi boca empieza a formar algo parecido a una frase, Colt balbucea:
—Estás preciosa esta noche.
Siento calor en las mejillas y me encojo de hombros a medias por pura modestia.
—Oh, gracias.