Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 37. Colt
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37. Colt

Colt

B etty avanza frente a los vaqueros a caballo para ser la primera que cruza la puerta.

Está ansiosa por volver a casa después de unos días en las montañas, desde donde hemos traído al ganado tras pasarse todo el verano correteando libre por millones de acres de pastos.

No sé si yo tengo las mismas ganas, a pesar del viento y la lluvia que llevan todo el día azotándonos.

Han pasado dos semanas desde que dejé a Whit sentada en el suelo de su lavadero, con rastros de sal resecos en las mejillas arreboladas.

Los días han pasado lentamente. Yo mismo me he dificultado las cosas al pasar cerca de su casa con la camioneta después de comprar café en la Pastelería de Anette, o tumbado en la cama releyendo todos nuestros mensajes y pensándome si no debería enviarle un «Buenas noches, preciosa».

Cada hora que pasa es una cuenta atrás hasta el momento en que lleve a Jonas a su casa después de pasar el sábado en el rancho.

Lo acompaño hasta la puerta, aunque no haga falta, porque así puedo ver aunque sea un atisbo de su cara para soportar otra semana insufrible.

Charlamos de nada en absoluto durante un par de minutos, en los que regresamos a los momentos en los que yo no era más que un idiota con camisetas estúpidas que le llevaba al crío a casa porque Denny estaba ocupado.

Todo es perfectamente amigable. Y perfectamente devastador.

Cuando salimos a caballo hace un par de días, pensé que una epifanía vendría a mí en mitad de las montañas. Sin embargo, sigo igual de perdido que hace dos semanas.

Estaba segurísimo de lo que quería. Estaba convencido de que Whit era la definitiva.

Estaba resuelto a conseguir que funcionara, tanto que apenas entendí lo que me estaba diciendo en el suelo de su lavadero.

Y me largué con el rabo entre las piernas como un perro herido, no porque quisiera, sino porque no sabía qué más decir.

Aunque aquella noche estaba a tope de confianza en nuestro futuro, las dudas empezaron a surgir en cuanto oí las palabras de mi madre.

Lo último que querría en el mundo es decepcionarla, y, teniendo en cuenta lo a menudo que habla de tener nietos, por no mencionar las veces que ha intentado buscarme a alguna chica soltera, o cuando me da codazos cuando ve a un bebé mono en público…

, no puedo evitar sentir que quedarme con Whit sería devastador para mi madre.

Pero ¿yo quiero niños de verdad?

O sea… Creo que sí. Siempre supuse que iba a suceder algún día, porque ¿acaso no funciona así la vida? Se conoce a alguien, uno se enamora y luego vienen el matrimonio y los niños… Aunque quizá no siempre en ese mismo orden.

Por otro lado…, ¿y si en realidad no quiero niños? Estaría perdiendo a la mujer de mis sueños y destrozaría igualmente a mi madre. No podría vivir con ello.

El ladrido estridente de Betty me recorre el sistema nervioso y me trae al presente.

Menos mal que mi perra y mi yegua prestan más atención que yo a lo que debería estar haciendo.

Maldita sea, a veces nos ponemos a pastorear el ganado y no tengo la menor idea de para qué.

Ahora mismo, Denny cabalga hacia mí con expresión desacostumbradamente seria y el sombrero bajado para protegerse del viento en la cara.

—¿Se puede saber qué te pasa? —pregunta.

—¿A mí? —Me señalo el pecho con el pulgar. Estoy empapado, probablemente hasta los huesos. De todos modos, no me doy cuenta. Siento todo el cuerpo entumecido. Ha sido así desde la última vez que sentí el calor de la piel de Whit en la mía.

—Sí, llevas rarísimo todo el día.

—¿Tú quieres tener hijos? —balbuceo.

—¿Contigo? —Alza una ceja y se reacomoda en la silla de montar con el sonido de sus vaqueros húmedos contra el cuerpo empapado. Suelta una risita en voz baja—. Gracias, pero no. Con Blair, sinceramente, lo que ella quiera.

—¿Entonces te da igual?

—Para mí lo más importante siempre ha sido ella. Hace años que jodí todas mis prioridades; no tenía claro lo que quería en la vida. Por eso acabé perdiéndola. Y, hazme caso, me pasé toda una década lamentando cada segundo. Debería haberme quedado con ella.

Por fin nos acercamos al granero. Me enderezo en la silla de montar y me encojo cuando la fría lluvia me corre por la columna hasta la raja del culo. A veces creo que esta mierda de trabajar de vaquero debería hacerla otro.

Toqueteo las riendas para afianzarlas en mi mano y guío a mi yegua en medio del chaparrón hacia el granero. Oigo el repiqueteo de los aperos y el golpeteo de la lluvia en el tejado de hojalata, y capto el olor del heno y los caballos empapados. Me pesan los ojos de agotamiento.

—¿Cuándo te diste cuenta de que la habías cagado? —Por fin consigo reunir el valor para preguntar.

Él suelta una risita disimulada, le quita la silla de montar a su caballo y se la pone bajo el brazo.

—Justo cuando empecé a preguntarme si no la habría cagado. ¿Por qué preguntas? ¿Ya la has cagado con Whit?

Un calor defensivo chisporrotea en mi pecho, y consigo gruñir:

—No.

—Ay, mierda, la has cagado a lo grande.

Tras quitarle la silla de montar a mi yegua empapada, sigo a Denny hasta el cuarto de los aperos. El chaparrón ahoga el roce de los vaqueros calados y las pesadas botas que golpetean por el suelo.

—¿Qué pasa, que los amigos no pueden mantener una conversación normal y corriente sobre tener niños?

Denny niega con la cabeza y dice:

—Yo qué sé, tío, joder. Supongo que sí, pero me parece que esta conversación deberías tenerla con Whit, no conmigo.

En teoría, claro. Pero no puedo hablar con Whit hasta haberme aclarado la cabeza.

Denny me sigue el rollo y continúa:

—¿Esto tiene algo que ver con Jonas?

—Bueno… —me pregunto hasta dónde debería contarle, y me conformo con decir sencillamente—: Más o menos.

—Para que conste, Blair dice que eres una buena influencia para el chico.

—Qué va. Ya era un crío genial antes de que llegase yo.

Denny estira el hombro y cruza un brazo sobre el pecho con un pequeño gemido.

—¿Crees que algún día te gustaría ser su padrastro?

—Sin la menor duda.

Esa pregunta puedo responderla con más seguridad y rapidez que si me preguntaran cómo se deletrea mi apellido. Me encanta ese chico.

Pero no quiero ser nada que Jonas no quiera que sea.

No pretendo ocupar el lugar de un tipo que jamás se ha molestado en hacer de padre.

Sin embargo, estaré ahí si Jonas necesita a alguien con quien abrirse, estaré ahí cuando necesite darle una paliza a alguien jugando a videojuegos.

Sé lo que aviva el fuego de esos intensos ojos verdes que ha heredado de su madre, y también sé cómo sacarle una risa tierna al chavalín que él intenta con todas sus fuerzas dejar atrás.

En mi corazón, con o sin título de padre, ya es mi hijo. Del mismo modo que Whit es mi pareja.

Denny me da un amistoso puñetazo en el hombro y se dirige a la puerta.

—Parece que ya tienes un crío.

Una sensación indescriptible me hincha el pecho; hago una inspiración completa. La primera en semanas.

Quince minutos después, dejo a la yegua lista en el establo para pasar la noche. Cierro la puerta con un golpe que reverbera por mi brazo y libera las lágrimas que tengo engarzadas en las pestañas.

Un viento pegajoso sopla por la valla, se cuela entre mis ropas empapadas y me hiela los huesos ya congelados. Contemplo el cielo repleto de estrellas y parpadeo. Busco de inmediato el Cisne por el horizonte, mientras me restriego estas lágrimas nada bienvenidas con el dorso de la mano.

Con más estrellas y más galaxias de las que podemos entender, este recordatorio de que no soy nada más que una asquerosa mota de polvo con un dolor igualmente insignificante me resulta de algún modo tranquilizador.

Me arrebujo en el abrigo mojado y me pongo a caminar arrastrando los pies contra el viento.

En cuanto Betty entiende que me dirijo a los barracones, echa a correr de su casita junto al granero.

Su culo peludo se cuela por la puerta para perros antes de que yo pueda siquiera agarrar el pomo.

Al parecer, están preparando perritos calientes hervidos para la cena.

El intenso aroma flota por el aire, y yo hago una mueca al tiempo que echo mano de un perrito caliente, porque ¿qué voy a comer si no esta noche?

Mi madre siempre dice que los perritos calientes están hechos de labios y culos…, aunque no sé de qué animal. Y encima hervidos en lugar de asados. Esto es criminal.

Si tengo que comerme uno, prefiero que sea sentado en una mesa con Jonas y Whit, charlando sobre cómo nos ha ido el día.

Quizá podríamos acabar de cenar lo bastante pronto como para que me diera tiempo a darle una paliza a Jonas a algún juego de carreras, mientras Whit me toquetea el muslo con los pies.

También a mí me gustaría tocarla… por todas partes y a menudo.

Intercambiaríamos miradas picantonas toda la noche, y en cuanto Jonas se fuera a dormir, se liaría parda.

A cambio de eso, bien podría comerme un perrito caliente.