Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 36. Colt
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36. Colt

Colt

L a tienda de beneficencia de Sheridan huele a rancio, a tela enmohecida y al tipo de perfume que parece que solo llevan mujeres de más de setenta años.

Hay anaqueles tan atestados de ropa que no ayudan exactamente a ojear la mercancía.

Hay que andarse con muchísimo ojo para no tropezarse con alguno de los muchos juguetes, utensilios o muebles repartidos de cualquier manera por la tienda.

Mi madre juguetea con el bebé de Fiona mientras las dos mujeres buscan por entre los suéteres.

Yo me encuentro gravitando hacia una parte de la tienda a la que no suelo prestarle atención: las vitrinas de joyas.

Mis ojos sobrevuelan los anillos, collares y pulseras para luego aterrizar pesadamente sobre un pequeño conjunto de pines.

Recuerdo cuánto me emocioné al encontrar el pin del mapache en la feria, sabiendo la sonrisa que pondría Whit al verlo.

Tras salir dando tumbos del lavadero, con el corazón encogido en el costillar y los pulmones ardiendo de ganas de gritar, dejé el pin y la manzana de caramelo sobre la encimera de la cocina.

Parpadeé para reprimir las lágrimas, esbocé una sonrisa falsa ante Jonas y me marché silenciosamente de la casa.

«¿Cómo puede ser que eso haya pasado hace tan solo unos días?».

Me inclino para contemplar la pequeña colección, que consta mayormente de broches florales.

Aquí no hay nada del gusto de Whit, y de todos modos yo no sabría qué hacer si encontrase el pin perfecto para ella.

Quizá lo compraría solo para guardarlo en un cajón, supongo.

He albergado la ingenua esperanza de que me hablase tras unos días separados…

Quizá se daría cuenta de lo idiota que ha sido al apartarme de sí, teniendo en cuenta que le he dejado claro que lo único que quiero es es­tar con ella.

—Colt —me llama mi madre desde el otro lado de la tienda.

Con una inspiración entrecortada, dejo los pines y me abro paso entre hileras de artículos de segunda mano.

Al cabo, giro un recodo y mi madre me tiende al bebé.

No hay rastro de mi prima. Con un body de color rosa pálido y los calcetines por encima de los pantalones, así como un delicado lazo blanco en la cabeza, el bebé me mira y parpadea. Yo también parpadeo.

—Tengo que probarme este suéter. —Mi madre insiste en que agarre a la pequeña. La cojo en brazos. En un primer momento me siento incómodo, pero tras unos segundos adoptamos una postura que parece razonablemente cómoda para los dos.

—¿Dónde está Fiona? —¿Por qué no es ella quien está sujetando al bebé?

Mi madre hace un gesto vago hacia la parte trasera de la tienda al tiempo que con la otra saca el suéter de una percha de plástico.

—Está en los probadores.

Gruño para indicarle a mi madre que la he oído.

Contemplo a esta pequeña regordeta en mis brazos e intento imaginar que fuera mía.

O sea…, no me refiero a esta niña en concreto, porque es de mi prima.

Pero… lo que hago es imaginar a otro bebé en mis brazos.

Uno que fuera mío. La miro con ojos entrecerrados y arrugo la nariz. Es bastante mona, supongo.

—Te sienta bien, Colty. —Fiona aparece entre dos hileras de chaquetones de invierno y suelta un puñado de ropa en nuestro carrito—. ¿Cuándo vas a tener uno propio?

Yo me encojo.

—Bueno…

—Beau está demasiado ocupado con su carrera de músico country. —Fiona se pone una mano en la cadera—. Me he enterado de que te has echado novia. Tu madre necesita nietos a los que malcriar, así que te va tocando.

Me sube a la garganta una bilis ardiente que me ahoga. Tengo la tentación de arrojarle el bebé a mi prima y echar a correr. Miro a mi madre en busca de ayuda y le suplico en silencio que acabe con esta conversación.

En cambio, lo que hace es acariciarme el brazo con los nudillos. La sonrisa que me dedica me vacía por dentro.

—Tu primo y Whit están empezando…, aunque estoy segura de que Whit no quiere que sus hijos tengan más diferencia de edad de la que ya hay, así que apostaría a que no tardarán mucho más. Yo insistí bastante en que se tomara las cosas con calma, pero teniendo en cuenta que no me ha hecho caso…

Fiona aprieta los labios.

—En ese caso, será mejor la psicología inversa. Colt, ni se te ocurra dejar preñada a esa novia tuya.

Yo suelto el aliento entre dientes apretados.

Sin saber el dolor que me está provocando, mi madre asiente ansiosa.

—Ay, sí. De ninguna de las maneras quiero ser abuela pronto.

«Soy un puto idiota».

Me obligo a mirar hacia la acera frente a la tienda, fingiendo que he visto algo lo bastante interesante como para distraerme del dolor que siento en la garganta. Mi madre sigue hablando con Fiona de mi futuro. Hablan de bebés. «Hablan de todo aquello de lo que no quiero privarla».

Mi madre ha hecho por mí mucho más que darme la vida.

Me enseñó a leer, me sacaba de la cama a las tres de la mañana para ver las lluvias de meteoros, consiguió que mi hermano y yo nos convirtiésemos en hombres más que decentes, a pesar de la ausencia constante de nuestro padre.

Se merecía mucho más de la vida, y aun así, de alguna manera, se las arregló para darnos lo mejor de sí.

Le aseguré a Whit que me daba igual no tener hijos propios. Y era verdad. Hasta hace pocos segundos, pensaba que solo tenía que esperar a que Whit comprendiese a qué había renunciado. Creo que no he entendido a qué estaba renunciando yo… hasta que he oído la esperanza en la voz de mi madre.

La vida que le prometí a Whit no es compatible con la vida que mi madre espera que tenga. No hay ninguna versión del futuro en la que alguien no acabe con el corazón roto. Y odio no ser capaz de distinguir cuál de las dos opciones me dolerá menos.

Jonas añade otra ramita al montón que ya tiene entre los brazos y lo sujeta con la barbilla para que no se le caiga.

Recorre los pocos pasos que hay hasta la cabaña y empieza a apilar cuidadosamente las ramas.

Es otro día gris; las nubes cubren el cielo y sopla una brisa fresca.

La cortadora hidráulica de madera hace todo el trabajo, lo cual implica que entre Jonas y yo podemos encargarnos de unos cuantos metros cúbicos de madera en un solo día.

Por otro lado, cortar la madera a la antigua usanza sería un buen modo de aclararme la cabeza y liberar la tensión obstinada que siento en los músculos.

Apago la máquina y agarro un ha­cha que está apoyada contra la cabaña.

La siento pesada en la mano y ajusto mi agarre sobre las muescas gastadas del mango al tiempo que me dirijo hacia la pila de madera.

Le doy una patada a un leño bastante recio para llevarlo donde quiero cortarlo.

Lo pongo de pie y le arreo un hachazo, al que sigue otro.

—¿Estabas en la asociación 4-H cuando eras niño? —Jonas trae otro montón de madera.

Yo afianzo las manos en el mango y alzo el hacha.

—Sí, era muy divertido.

La herramienta atraviesa el aire frío con un silbido, para luego hundirse en el tronco con un golpe. El impacto me reverbera en la mano. Tengo que sacudirla un poco para liberarla. Desde que era niño, extraer un hacha de un leño siempre me ha hecho pensar que soy Arturo en Merlín el Encantador .

Jonas deja de trabajar y me contempla mientras corto madera. Se cierra un poco más la chaqueta a la altura del cuello.

—La tía Blair me ha dicho que debería apuntarme.

El hacha se estrella contra el leño y lo rompe en dos.

Yo miro a Jonas. Este chico no dejaba de quejarse a principios de verano por tener que fregar los establos.

Hacía como que le daban arcadas y se apretaba la nariz mientras recogía paletadas de mierda de caballo.

No puedo evitar una sonrisa al pensar que ahora quiera ser parte de la asociación 4-H.

—Creo que te divertirías mucho y que harías nuevos amigos.

«No como los gilipollas con los que juegas a videojuegos aunque en el colegio te traten como una mierda».

Jonas asiente y ladea la cabeza para mirarme mientras giro el tronco partido para dividirlo en más trozos pequeños del siguiente hachazo.

Me inclino, agarro la leña y la arrojo en dirección a la cabaña. Luego digo:

—¿Quieres intentarlo? Puedo enseñarte a cortar madera.

—Si mamá se entera de que me has dejado usar un hacha, te mata.

Desde la primera vez que contemplé los tristes ojos color verde musgo de Whit, lo único que he deseado ha sido ayudarla a soportar su carga. Si lo que quiere es matarme, si yo pensase aunque fuera por un segundo que así su vida sería más sencilla, yo mismo le tendería el hacha.

Giro la herramienta en la mano y oriento el mango hacia él.

—Inténtalo.

Jonas sopesa el hacha, hunde los hombros y suelta un gemido amortiguado. Yo agarro una imaginaria para explicarle a cámara lenta cuál es el movimiento. Lo dejo imitarme y dar un par de golpes de prueba.

—No mires el hacha —digo con suavidad.

—Pero si no la miro, ¿cómo voy a evitar darme un hachazo en las piernas o algo así?

Pongo mis manos sobre las suyas y guío el filo hacia el leño. Jonas golpea y, al levantar el hacha, vemos que ha dejado una pequeña muesca.

—Lo que tienes que mirar es esa muesca. —La señalo—. Si golpeas tal y como te he enseñado, darás justo en el mismo sitio. Céntrate en dónde quieres que vaya el hacha, no en lo que hace en el aire.

Él traga saliva, con los ojos tensos. Cuando descarga el hacha, esta impacta justo donde le he dicho. No da con suficiente fuerza como para hacer ningún daño real en el leño, pero el chico suelta un suspiro de alivio y, cuando vuelve a intentarlo, lo hace con más confianza.

Por supuesto, tarda tres veces más que yo en romper un tronco, pero a mí me da igual. Cuando las dos mitades caen cortadas limpiamente en el suelo, me planto a su lado con una botella de agua. Me embarga el orgullo, como cada vez que Jonas aprende a hacer algo nuevo en el rancho.

—Bien hecho, tío. —Le doy una palmada en la espalda—. Si lo haces cien veces más, acabarás siendo el chico más mazado de sexto.

Él cierra el tapón de su botella y la deja caer a la grava del suelo con un repiqueteo. Luego vuelve al tajo y parte otro leño.

Así pues, yo agarro otra hacha y me coloco a su lado.

Nuestros brazos golpean al unísono y crean un tamborileo de metal contra madera.

Se oye el golpe de los troncos al romperse.

Los vamos dejando desparramados a nuestro alrededor.

Una bandada de gansos grazna en las alturas.

El frío ya no tiene nada que hacer contra el calor de los músculos en movimiento.

Tanto él como yo tenemos que gestionar nuestras mierdas. Es el tipo de pesar que solo se resuelve al volcarlo sobre un montón de troncos.

Cuando volvemos a detenernos para beber agua, Jonas se pasa la mano por el cabello y se deja de punta varios mechones dorados…

Es lo más parecido a la luz del sol en este día tan nublado.

Yo doy un trago de agua y estiro el cuello para contemplar las nubes.

Intento imaginarme a un hijo propio que haga este tipo de actividad conmigo, aunque cada niño imaginario acaba pareciéndose y sonando como Jonas.

—Theo va a empezar a criar cerdos la próxima primavera —murmura pegado a su botella de agua—. Si… si yo quisiera hacer algo así, ¿me ayudarías?

—Me cago en la leche, claro que sí. Cuenta conmigo.

—Mi cerebro vuelve a la vida y se olvida de ensoñaciones estúpidas.

Empiezo a darle vueltas a dónde podríamos guardar al animal y de dónde podríamos sacar un cerdito—.

De adolescente yo criaba tanto cerdos como ovejas.

Vas a tener el mejor cerdo de estos pagos.

Jonas se echa a reír. Si mis ansias por ayudar le cortan el rollo, cada vez se le da mejor disimular la vergüenza.

—¿Y podemos ponerle un nombre ridículo? —Esboza una media sonrisa —. Algo tipo Beiconator o Chuletitas.

—¿Qué tal Elton Pork? —sugiero, pero veo la confusión en su semblante—. Tu madre tiene que empezar a enseñarte algo más de música aparte de los grupos de punk que escucha. Pero bueno, Beiconator me gusta.

—¿Seguro que puedes ayudarme? —Me mira, esperando otra decepción. Este chico está tan acostumbrado a que lo dejen tirado que ni siquiera parece enfadarse. Le pasa igual que a Whit: tiene la mano cerca del detonador para que nadie excepto él mismo pueda herir sus propios sentimientos.

—Por supuesto que puedo.

—Mi madre me ha dicho que a lo mejor estabas demasiado ocupado con el trabajo.

—¿Para ti? Jamás.