Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 42. Whit #2
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42. Whit #2

Mis dedos forcejean con su cinturón. A pesar de que apenas hemos estado un poco de tiempo separados, siento como si volviese a ser nuestra primera vez. Me pregunto si oirá el estruendo de los latidos de mi corazón.

Cuando sus vaqueros caen al suelo, la hebilla del cinturón golpetea contra el liso cemento. Llevo una mano a su entrepierna y le acaricio la polla, palpitante de deseo. Colt se inclina hacia delante con un gemido profundo y feroz.

—Maldita sea, de verdad sabes cómo torturarme.

—Apenas te he tocado. —Me echo a reír, y él se ríe también.

—Ya sé cómo acabamos cuando empiezas a tocarme. —Suelta un gimoteo cuando mi otra mano empieza a masajearle las pelotas, muy tensas. A pesar de sus protestas, sus piernas se separan instintivamente y me dan la posibilidad de apretarle con fuerza el perineo.

Un «joder» gutural resuena por la estancia.

Su polla palpita y se crispa en mi mano. Me late el clítoris con el ansioso deseo de ser tocado, lamido, adorado por mi hombre. Le rodeo el glande, ya humedecido, con el pulgar. El líquido preseminal se me pega a la piel. Se lo llevo a los labios.

Él vacila, con los ojos desorbitados, como una presa.

Probablemente le gustaría no estar atado para poder apartarme de un empujón y salir corriendo.

Aprieta los labios y contrae levemente el párpado izquierdo, pero luego abre la boca para mí.

Yo paso el pulgar por su cálida lengua y le doy un beso con el que paladeo el deje salado en su aliento.

Colt gime, y todo su cuerpo se relaja cuando mis labios tocan los suyos.

—De rodillas —exijo.

Mientras va bajando despacio sin ayudarse de las manos, yo pellizco con dos dedos el pequeño jirón de tela que llevo bajo el vestido, me lo quito y lo meto en el bolsillo de sus vaqueros.

Luego, lentamente, subo el dobladillo del vestido.

Siempre he sido una chica alta, y tras años de cumplidos maliciosos sobre mis largas piernas, he tenido que esforzarme mucho para apreciar lo hermosas que son.

Sin embargo, Colt se inclina de inmediato para besarme y lamerme las rodillas desnudas y los muslos, dedicándoles toda su atención, hasta el último centímetro.

—Tú, Whit Hart, eres mi puta reina. —Alza la vista hacia mí, de rodillas, con los vaqueros arrugados—. ¿Puedo saborearte?

—No quiero que me saborees, Colt. —A juzgar por el modo en que me mira, cualquiera diría que le he dado una puñalada en el corazón y le he arreado una patada a su perra.

Hasta el último resquicio de esperanza se hace pedazos en sus profundos ojos azules—.

Lo que quiero es que me devores, joder. —Le paso el dorso de los nudillos por la mejilla—.

Quiero cabalgarte la lengua hasta que te gotee mi flujo por la barbilla.

—Hostia… p-puta —tartamudea, y reacomoda las rodillas en el suelo. Tiene las mejillas ruborizadas, y el repentino cambio en su expresión resulta muy mono—. Eso es… Ven aquí. Me muero de hambre, cariño.

Me tiembla la entrepierna; le paso los dedos por el denso cabello, para atraerlo de un tirón hacia el espacio caliente entre mis muslos. Cuando su lengua recorre lujuriosamente mi raja, los dos soltamos un gemido.

Durante un minuto, dejo que me explore lentamente a base de besos y suaves lametones, disfrutando de su ternura.

Pero entonces traza círculos alrededor de mi clítoris y me tiemblan las rodillas.

No puedo evitar apretarle más fuerte la nuca.

Entierro su rostro en mí, hasta que soy lo único que huele, saborea, oye y ve.

Trata mi coño como si fuese su última cena. Su lengua rodea mi clítoris hasta que yo empiezo a retorcerme y le clavo las uñas en el cráneo. Los músculos de mi culo y mis muslos se tensan para mantenerme erguida, al tiempo que el zumbido de un orgasmo amenaza con apoderarse de mí.

—No pares, joder. —Me restriego contra su cara, temblando y jadeando, a medida que el placer me consume—. Te quiero.

«Me cago en la puta. No puede ser que acabe de decir eso».

«No puede ser que acabe de confesarle que lo quiero mientras me está comiendo el coño».

Rezo para que no me haya oído… A fin de cuentas, probablemente se encuentra en un estado de sobrecarga sensorial ahí abajo… Aprieto los dientes e intento centrar mi atención en el hormigueo que me recorre los muslos y la calidez de su aliento sobre mi piel.

A través de sus gruesas pestañas, me lanza una mirada mientras su lengua ansiosa adopta un ritmo más firme y frenético contra mi coño.

«Me ha oído».

Sin embargo, no hay tiempo para pensar demasiado, teniendo en cuenta los rápidos círculos que traza alrededor de mi clítoris hipersensible.

Todo el cuerpo me tiembla, se me contrae el estómago, y una creciente oleada de placer amenaza con derribarme por completo.

Dejo que me arrastre. Me aferro a su cabello y obligo a su insistente presión a darme en el mismo punto una y otra vez.

—Voy…, hostia puta…, me voy a correr. —Me echo hacia delante y apoyo la cabeza en una silla de montar. El liso cuero está sorprendentemente frío contra mi mejilla sonrojada—. Colt…, por favor…

Es demasiado intenso. Suelto un grito y mis caderas se adelantan hacia su boca.

Clavo los dientes en el cuero gastado. Y sin las manos firmes de Colt agarrándome el culo para mantenerme en el sitio, tengo que poner toda mi fuerza de voluntad para no retorcerme y alejarme de él por la intensidad de lo que me está haciendo.

Un fuerte clímax me recorre, y cuando mis embestidas contra su cara aminoran, su lengua también baja el ritmo.

Me lame como a un helado para llevarse hasta la última gota de flujo.

Yo le suelto el cabello y doy un paso tembloroso hacia atrás.

Mi vestido vuelve a descender hasta los gemelos.

—Cariño, voy a necesitar que me desates —dice en tono calmado, poniéndose lentamente en pie.

Tiene la polla enhiesta, hinchada y ansiosa, con un aspecto absolutamente delicioso, joder. Me mira a los ojos con toda intención y repite en tono resuelto:

—Desátame, Whit.

Yo me humedezco los labios y mi mirada sobrevuela su rostro y su entrepierna.

—¿Por qué debería desatarte?

—Porque… —Se libra de los vaqueros de una patada y se acerca hasta que su polla, húmeda de pura excitación, se me pega al vientre—. Porque, a menos que pueda tocarte, no puedo demostrarte lo mucho que te quiero. Y vaya si te quiero, joder.