Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 35. Whit
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35. Whit

Whit

M e apresuro a terminar el capítulo del libro al ver que la camioneta de Colt se detiene en la entrada.

No lo esperaba esta noche, sobre todo porque Alex tiene que volver en cualquier momento con Jonas.

En el mismo instante en que leo la última frase, arrojo el Kindle sobre el cojín vacío a mi lado y miro hacia la puerta.

Jonas entra el primero, con la vista fija en la nevera, como si no tuviera restos de chocolate en el labio superior.

Pronto voy a tener que buscarme un segundo trabajo para pagar todo lo que come este crío.

Betty entra tras él, igualmente ansiosa por encontrar algo de comer.

Jonas saca un paquete de pepperoni, se mete un trozo entre los labios, hace como si fumase un puro y le tira otro a la perra.

—Hola, colega. ¿Qué tal va? —Me levanto poco a poco de mi confortable asiento, dejo la manta sobre el respaldo del sofá y me dirijo a la cocina.

En el mismo instante en que mi trasero aterriza sobre el taburete, la puerta principal se cierra y veo a Colt. Cuando nuestras miradas se encuentran, él sonríe y guiña un ojo.

—Hey, mami.

No importa cuántas veces oiga esas palabras, me corren por la piel con la sensación áspera de sus manos al acariciarme. Hormiguean por la cara interior de mis muslos y consiguen que algo me aletee en la entrepierna.

—Hey —consigo replicar apenas antes de ser interrumpida.

—Vi a Colt en la feria y me dijo que me traía a casa. —Jonas responde a la pregunta que me he olvidado de formular—. Estaba harto de pasar el rato con papá y Amapola.

Unas cuantas horas después de que Colt me comiese el coño mientras yo intentaba explicar el concepto de establecer límites, Alex y yo tuvimos una buena conversación por primera vez en eones.

Me dijo que entendía que a Jonas y a mí nos costase confiar en él…

Aunque queda por ver si esto cambiará algo.

A pesar de mi insistencia en que no tenía que hacer nada por obligación, Jonas propuso que los dos fueran a cenar, para poder estar luego con su amigo en la feria.

—¿Y por qué estabas harto de pasar el rato con ellos? —Apoyo un codo en la encimera. Mis ojos oscilan entre Jonas y Colt—. ¿Ha estado bien la cena?

—Sí. —Se encoge de hombros y arranca un pedazo del palito de pepperoni—. Amapola va a tener un bebé, y solo querían hablar de eso. Ha sido aburrido.

Yo me quedo petrificada, con un nudo en la garganta.

—¿Qué? —digo con voz estrangulada.

—Amapola y papá van a tener un bebé.

Mis estúpidos ojos empiezan a picarme. Me agarro al borde de la encimera hasta que se me quedan blancos los nudillos.

Siento un zumbido en los oídos y me da vueltas la cabeza.

No puedo parpadear. No puedo tragar saliva.

No puedo oír nada. Una bruma venenosa me llena el cráneo.

Colt y Jonas charlan; sus voces son un ronroneo que no puedo descifrar.

Es como si estuviese bajo el agua y no supiera dónde está la superficie. Como si me ahogase.

De alguna manera, consigo apartar mi cuerpo conmocionado de esta escena y me dirijo instintivamente a las escaleras. Como si estuviese llena de plomo, me esfuerzo por mover los pies paso a paso, aferrada a la barandilla para no desmayarme.

Si alguno de los dos dice algo, no lo oigo.

La puerta del lavadero se cierra suavemente tras de mí. Apenas consigo reunir la energía suficiente como para encender la secadora. Luego me hundo en el suelo. Aplasto la mejilla contra las frías baldosas y me agarro el pecho, inmóvil.

«Respira».

Cada respiración, con movimientos irregulares, apenas consigue proporcionarme suficiente oxígeno como para mantenerme con vida.

En pocos instantes, mis inspiraciones se convierten en jadeos y sollozos que sacuden mi cuerpo entero.

Las lágrimas se acumulan en las comisuras de mi boca, para luego fluir libremente.

Caen en el suelo, me pegan el cabello a la cabeza, me dejan un sabor salado en la boca.

Me chirrían las piernas desnudas al arrastrarlas por el suelo para llevarme las rodillas al pecho. Un grito me sube por la garganta, y me llevo una mano a la boca para reprimirlo.

«Respira».

No puedo. Creo que mis pulmones se han incinerado dentro de mi pecho.

No oigo pasos que se aproximen. No hay golpes en la puerta. Las bisagras no chirrían.

Y, sin embargo, alguien me acuna. Alguien me toma entre sus brazos. Me inclino hacia un aroma familiar, unos susurros tiernos, un cálido abrazo.

—Estoy aquí, cariño. Te tengo —susurra en medio del ruido que tengo en la cabeza—. Estoy aquí.

Rodeo su cuello con los brazos como si fuera un salvavidas y susurro su nombre para estar segura de que se trata realmente de él.

—Estoy aquí. No sé qué pasa, pero deja que intente arreglarlo, ¿vale? —Me acaricia el cabello húmedo con las manos, me lo aparta de las mejillas calientes.

—Lo siento —murmuro entre sollozos.

—No lo sientas, cariño. —Nos mecemos suavemente de lado a lado, al ritmo de los traqueteos de la secadora—. No hace falta que pares de llorar. Llora todo lo que necesites.

Sus labios me plantan dulces besos en la frente.

Me abraza, sus brazos rodean con fuerza mi cuerpo y soportan el peso de mi dolor.

Me mantiene a flote y me arrulla al oído hasta que mis descorazonadores sollozos se ralentizan, hasta que menguan los riachuelos de lágrimas que me corren por las mejillas.

Hasta que nuestras camisetas acaban manchadas de lágrimas y mis latidos descienden hasta ponerse al ritmo de los suyos.

—Esta es mi chica. —Me coloca los dedos bajo la barbilla y me sube la cabeza. Yo entrecierro los ojos bajo las duras luces del lavadero. Apenas puedo ver entre mis pestañas empapadas de lágrimas. El pulgar de Colt me acaricia justo bajo el ojo—. No te preocupes, cariño.

Qué fácil es decir que no me preocupe cuando dentro de un minuto va a haber mucho, pero mucho de lo que preocuparse. A estas alturas ya debería estar acostumbrada a la soledad, a este corazón roto que es consecuencia de no ser jamás suficiente.

—No… Yo no…

—No hablemos de nada de esto ahora mismo. No pasa nada.

Niego con la cabeza y me llevo los dedos a las mejillas ruborizadas e hinchadas. Mi mente no deja de dar vueltas vertiginosas, pero me obligo a atravesar la tormenta, resuelta a centrarme.

—No, tengo que…, tenemos que hablar. Llevo retrasándolo demasiado tiempo.

Su cuerpo entero se pone rígido. La preocupación se instala en las repentinas arrugas de su frente.

—Vale…, quizá podríamos ir al salón.

Lentamente, me aparto de su regazo y me quedo sentada con las piernas cruzadas en el suelo.

—No quiero que Jonas me vea así.

—Está bien… Que sea aquí, entonces. ¿Podemos apagar la secadora?

Tras ver mi asentimiento tentativo, Colt la apaga. Ahora hay demasiado silencio. Nos miramos el uno al otro; nuestras rodillas se tocan. El único sonido es el de la música ambiental del videojuego, que flota hasta nosotros desde la planta baja.

—Bueno…

—Bueno —repite él—, sigues enamorada de él, ¿no?

Yo me echo hacia atrás.

—¿De Alex? No. Dejé de quererlo…, joder, hace muchísimo tiempo.

—Ah, pensaba… —Su nuez sube y vuelve a bajar al tragar saliva—. Pensaba que estabas tan disgustada porque sigues enamorada de él y ahora está con otra persona.

De algún modo, aún me quedan lágrimas por derramar, a pesar de que siento el cuerpo marchito y deshidratado. Parpadeo para espantarlas. Caer en otro pozo de desesperación no va a facilitar en nada esta conversación.

—¿P-pensabas que se trataba de eso y aun así has venido aquí a consolarme?

—Claro… Te dije que estaría aquí para ti. Quizá soy un puto idiota por quedarme aquí sentado acompañándote mientras lloras por otra persona, pero no me importa hacerlo. Soy un hombre de palabra y, además, estoy absolutamente enamorado de ti.

Eso basta para cercenar las venas y arterias que conectan mi corazón con el resto de mi cuerpo.

«No me merezco ese amor. No me merezco a Colt».

—N-no, no eres un idiota… —Me tiembla el labio y me restriego la mejilla manchada de sal—. Es que yo no puedo… no puedo ser suficiente para ti.

—Whit, no es que seas suficiente. Es que lo eres todo.

—No. No, no lo soy —susurro—. Hay mucho de mí que no sabes.

Él niega con la cabeza y se pasa la lengua entre los dientes.

—Ya hemos hablado de esto. Sé lo que he de saber, y no me cabe duda de que me irás contando el resto con el tiempo. Todas las demás tonterías no importan. Tenemos una conexión mucho más profunda que nada de eso…, y sé que tú también lo sientes.

—Es… —Me miro el regazo y me doy un tirón del pellejo que he conseguido arrancarme alrededor de las uñas.

Tengo los dedos enrojecidos e hinchados; imagino que todo mi cuerpo tiene el mismo aspecto después de tanto tiempo sollozando en el suelo—.

No lloraba porque lo de Alex me ponga triste…

—Inspiro hondo—. Es que no soy yo quien le va a dar un hermano a Jonas. Y eso me mata.

Él se inclina hacia delante y me acaricia el cabello, para luego apoyar su frente contra la mía.

Aunque sé lo que está a punto de pasar, dejo que lo haga.

Cierro los ojos e inspiro hondo. Me guardo para mí su aroma en los pulmones.

Si esta es la última vez que voy a sentir sus manos en mi cuerpo, quiero empaparme de su contacto. Memorizarlo por completo.

—Quizá es ir demasiado rápido… Mierda, ya sé que es ir demasiado rápido.

Pero estoy dispuesto a hacer lo que sea para ponerle una sonrisa en la cara a mi chica.

—Sus labios rozan los míos y esboza una sonrisa que no puedo sino imitar.

Su suave risa llena mi boca, mis pulmones y mi corazón—.

Vale, resulta que es más sencillo de lo que pensaba.

Pero es que ya eres una madre genial, y a mí me encantaría tener críos algún día, así que iba a decirte que… podemos tenerlos.

«¿Podemos tenerlos?».

Me echo hacia atrás de golpe.

—Colt…

—Ya sé que he dicho que es ir demasiado rápido. Solo quería…

—No puedo tener más niños.