34. Colt #2
—Encantado de volver a verte —digo, y luego nos largamos de una puñetera vez.
Por suerte, Jonas se apresura a seguirme. Para cuando vemos a mi madre y a mi hermano en el aparcamiento, me estoy acabando el helado.
Este lugar está medio vacío, tenuemente iluminado por un puñado de farolas.
Betty suelta un gañido al vernos. O, mejor dicho, al ver al crío.
Conmigo suele menear el culo de emoción cuando la dejo subir a la camioneta, pero con Jonas baja de un salto de la parte trasera y se lanza hacia él.
Mueve la cola con tanta fuerza que me temo que le vaya a salir volando.
Por suerte, menos mal que Jonas ha echado cuerpo durante el verano.
De lo contrario, al estrellarse contra él para cubrirlo de besos frenéticos, lo habría derribado al suelo.
Mi madre se apoya en la camioneta con una sonrisa al vernos acercarnos lentamente junto con Betty.
—Este debe de ser el Jonas del que tanto he escuchado hablar.
Él sigue sufriendo el acoso y derribo de Betty. Se ríe tan fuerte que probablemente ni siquiera ha oído a mi madre, así que yo respondo por él:
—El mismo. Lo vamos a llevar a casa.
—En ese caso, me voy con Beau. Por si acaso se hace… tarde, cuando acabes de dejarlo en casa. —Me guiña un ojo.
Evidentemente, no le he contado a mi madre nada de mi vida sexual. Pero ella sabe que mi plan era ir a dormir a su casa después de la fiesta de cumpleaños de Whit… y mira lo que pasó.
Con los ojos fijos en el chico, mi madre baja la voz:
—Confío en que sepas dónde te estás metiendo, cariño.
Con un susurro al mismo volumen que el suyo, replico:
—Sí que lo sé. Aquí estamos jugando a largo plazo.
Mi madre me lanza una mirada conspiradora y me aprieta el antebrazo. Luego se gira para marcharse con mi hermano.
Acto seguido, les lanzo un grito a Jonas y Betty para que se suban a la camioneta.
A continuación, me meto en el asiento del conductor para escapar de la brisa nocturna cada vez más fría.
Un minuto después, un aire ligeramente más cálido empieza a salir de las rejillas de ventilación.
Jonas y yo nos estremecemos al unísono; el helado parece haber sido una mala decisión.
—Bueno, ¿te lo has pasado bien con tu padre?
Meto la marcha y la camioneta echa a rodar entre las hileras serpenteantes de coches aparcados.
—Sí, supongo. —Se muerde el labio inferior tanto tiempo que es toda una sorpresa que no se haga sangre—. Le dije que podíamos ir a cenar antes de la feria, pero creí que no iba a aparecer. La verdad es que no quería que viniera, pero bueno, da igual. Me han comprado un helado de postre.
Ahogo una exclamación.
—¿Dos helados en la misma noche? Mira por dónde, no se te ocurrió mencionar esa parte antes.
Él esboza una media sonrisa.
—¿Has oído lo que le he dicho a Logan?
—¿Así se llama el chico al que vamos a tirar de lo alto del tobogán?
—Si mi madre te oye decir eso, se va a enfadar. «La violencia nunca es la solución». —Hace una horrible imitación de su voz.
Agarro con firmeza el volante y me interno por la calle principal de Wells Canyon.
No se ve un alma, a pesar de que solo son las nueve.
Jonas mira por la ventanilla del copiloto con toda intención.
Justo cuando yo pensaba que ya había encontrado la forma de que este chico me contase todo lo que piensa, él se vuelve a cerrar.
—Estoy orgulloso de ti por haberte defendido solo. Es algo enormemente difícil de hacer. Los chicos son muy gilipollas.
—Unos gilipollas de gran calibre. —Pasa los dedos por la parte inferior de la ventanilla, recogiendo gotas de condensación y deteniéndose a dibujar una pequeña cara sonriente en el cristal cubierto de vaho—. Pero no es verdad… Theo no es mi novio.
—Vale.
—Es que no… ¿por qué no dejan de decir esas cosas?
—Porque el tal Logan es enormemente inseguro.
Tanto que prefiere atacar a otra gente. —Veo que cruza sus escuálidos brazos, pero luego los abre para pasarlos por el cuello de Betty y apretársela contra el pecho con algo que podría ser un abrazo o una maniobra de lucha libre—.
¿Quieres que se lo cuente a tu madre? Quizá ella pueda hablar en el colegio de lo que está pasando.
Él arruga la nariz.
—¿Recuerdas cuando te conté que tengo dislexia?
—Espero a que asienta—. Cuando tenía más o menos tu edad, un puñado de chicos se portaron como unos buenos gilipollas conmigo, porque me mandaron a un aula aparte con un profesor especializado a practicar la lectura un par de veces por semana.
En cuanto pareces diferente, esos chicos inseguros se aprovechan. Y pueden ser muy gilipollas.
—¿Y qué hiciste?
—Me pasé muchísimo tiempo aprendiendo a ser gracioso porque es tremendamente difícil burlarte de alguien que no se toma nada en serio. Además, hay algo poderoso en ser capaz de conseguir que toda tu clase se ría.
—Tú eres bastante gracioso… de cara. —Se gira hacia mí con una sonrisa forzada.
Este chico es mucho más que mi coleguita, mucho más que el chico que me sigue por el rancho, mucho más que el hijo de la chica que me gusta.
Puede que no tengamos la misma sangre ni el mismo apellido, y puede que nuestra historia compartida no abarque más que unos meses, pero Jonas es de las personas más importantes del mundo para mí.
Se merece tener gente de su lado, y jamás he estado tan seguro de nada como de que quiero ser parte de esa gente.