34. Colt
Colt
L e tiendo a mi madre su manzana dulce y me meto un puñado de palomitas en la boca.
La feria de Wells Canyon está repleta de familias y grupos de adolescentes que deambulan por ahí en pleno subidón de azúcar.
Todo es un torbellino de sonidos y colores.
Me encantaría que Whit estuviese aquí conmigo.
Y es más duro al ver pasar a una pareja muy pegada, con un gigantesco oso de peluche entre ambos.
Miro a la gente, y la gente me mira a mí también, porque Beau me roba palomitas de la bolsa como si ahora mismo no fuese algún tipo de famosete de tercera. No se da cuenta de que lo miran…, está demasiado centrado en una palomita que se le ha quedado encajada entre los dientes.
—¿No es la hostia de raro que la gente no deje de mirarte… y que finja que no te mira? —Les hago una mueca a dos adolescentes que hacen como que están viendo algo en su teléfono mientras mantienen una postura completamente antinatural.
Beau niega con la cabeza, incrédulo.
—Desde luego no es lo habitual. En la mayoría de los sitios a los que voy nadie me conoce.
—No te conocen aún. Pronto serás tan grande como… —Mi madre hace un gesto vago con la mano—. Ay, no sé. Uno de esos cantantes estrella, tipo Luke no sé qué.
—¿Lo has oído? —Le doy un codazo a mi hermano—. Algún día serás tan famoso que tu madre ni se acordará de tu nombre.
—Lo que será es grande —aclara mi madre—. Todo el mundo sabrá quién es Beau Campbell.
—No te olvides de que me vas a comprar una casa para que me jubile en Florida. —Meneo el índice señalando a Beau, mientras con la otra mano aparto de él las palomitas. Dijo que no quería y ya se ha comido la mitad de mi bolsa.
—¿Quieres que sea en una de esas comunidades sexis repletas de abuelas buenorras viudas y locas por pasar un buen rato? ¿O crees que antes ya habrás reunido valor para pedirle a Whit que sea tu novia?
Mi madre interviene:
—Se lo está tomando con calma con ella.
—Y una mierda. —Beau me arrebata otro puñado de palomitas—. Según lo que he oído, la cosa está que arde.
«Gilipollas».
Le tiro una palomita que le da justo en la sien.
—¿Cuánto crees que me pagarán los de TMZ por la exclusiva de que te gustan las mujeres mayorcitas?
Suelta una risa estridente, como una alarma antiincendios.
—Que te follen.
Mi madre se inclina junto a mí para darle un manotazo en el brazo.
—¿Podéis acabar ya?
Yo quito la bolsa de palomitas del alcance de Beau, arrugo la abertura y me la guardo en el bolsillo de la sudadera con capucha.
—Sí, Betty está esperando al lado de la camioneta. Deberíamos volver antes de que le arranque la pierna a algún chico para quitarle un perrito empanado.
—Primero tengo que comprarle una sudadera a Keely. —Beau señala con la barbilla hacia el tráiler donde está la tienda de recuerdos de la feria—. Le encantan los souvenirs, y está triste por no haber podido acompañarnos.
Yo asiento con aire de aprobación.
—Me gusta esa chica.
Una vez que mi madre ha recogido sus cosas —había esparcido todas sus pertenencias sobre el banco como si fuéramos a acampar para pasar aquí la noche en lugar de dar una vueltecita por la feria, comer algo y marcharnos—, los tres atravesamos la multitud y llegamos a un tráiler de ganado reconvertido en una tienda diminuta.
Dejo a mi madre y a Beau ojeando una estantería llena de sudaderas con el logo de Wells Canyon y sigo por el pasillo hasta la parte de los pines esmaltados.
La mayoría son demasiado sencillos. Demasiado aburridos. Toco cautelosamente el reluciente esmaltado y empiezo a mirar la colección dispuesta de cualquier manera en una caja con recubrimiento interior de terciopelo.
Rozo con el nudillo un hermoso paisaje verde, pero luego veo la cola a rayas del ganador, que es un mapache que sostiene una manzana dulce: «Se busca: Ladrón de manzanas».
Suelto una risita en voz baja. De inmediato, agarro el pin y lo miro de cerca.
Mi pulgar encallecido acaricia el dibujo en relieve.
Puede que no sea un pene dentro de un panecillo de perrito caliente, como uno de los ridículos pines que vi en su momento en el dormitorio de Whit.
Pero es colorido, mono, la manzana es verde y tiene un mapache, como la camiseta que me regaló. Le va a encantar.
—Oye, mamá —digo por encima del hombro al tiempo que me dirijo a pagar—. Voy a por otra manzana dulce. Os veo en el aparcamiento.
Una vez que compruebo que me ha escuchado, pago y me meto el pin en el bolsillo de camino a la salida. Voy en dirección al camión de comida cuando aguzo el oído al captar una voz familiar.
Jonas está junto a la cabina de inmersión, de espaldas a mí, pero yo reconocería en cualquier parte ese cabello rubio que le asoma de la gorra de béisbol del Rancho Wells.
Está charlando con unos niños de su edad, pero en cuanto doy un paso en su dirección para saludarlo, me doy cuenta de que están discutiendo.
«Así que estos son los hijos de puta que le han estado haciendo bullying».
Una rabia caliente me llamea en el pecho. Me enderezo un poco y me acerco con andares de chulito. Me paso los dedos por el bigote y contemplo el menú de salchichas, fingiendo que no los estoy espiando, a la espera del momento adecuado en el que intervenir.
—¿Quién es este, tu novio? —El chico más bajo parece ser el más vulgar. Debe de ser el que se llevó un puñetazo de Jonas en el parque. Tiene pinta de llevarse puñetazos. Es como un joven Lord Farquaad.
Sin amilanarse, Jonas dice:
—¿Tú te encuentras bien?
Sin siquiera haberle visto la cara, comprendo en lo más profundo de mi alma que la mirada que Jonas le está lanzando a ese chico está acabando con él. Sinceramente, apostaría a que podría dejarlo hecho mierda sin siquiera pronunciar palabra.
—¿De qué hablas? —pregunta el doppelgänger de Farquaad.
—Estaba pensando que… tus amigos deben de ser una puta mierda si tan obsesionado estás con los míos. —Jonas se rasca la cabeza con aire pensativo, como si acabase de comprender algo—. Así que ¿te encuentras bien o…?
Esa pregunta queda en el aire, y entonces aprovecho yo para ir a sacarlo de ahí antes de que la situación se vaya de las manos. Jonas aún no domina el arte de dejar a la gente boquiabierta con un comentario y largarse…; le está dejando tiempo al chico para que contraataque.
—Hey. —Irrumpo en medio del círculo tenso de todos los chicos y le pongo una mano a Jonas en el hombro. Me esfuerzo por intimidar al abusón con una mirada que recorre de la cabeza a los pies al retaco que tiene por cuerpo—. ¿Qué tal va todo, tío?
Los músculos de Jonas se relajan bajo mi mano, y una sonrisa de oreja a oreja aparece en su cara.
—Ya era hora, joder. Me debes un helado por la paliza que te di jugando a videojuegos.
«Bueno, tipo duro, aguanta el genio».
—Pues más vale que vayamos antes de que cierren.
Le pongo la otra mano en el otro hombro y lo obligo a girarse. Su amigo nos sigue de cerca hasta que estamos a suficiente distancia de los abusones como para alejarse tranquilamente a buscar a sus padres. Jonas y yo nos quedamos solos, y todo su cuerpo se relaja visiblemente.
Un minuto después, los dos nos ponemos de puntillas en el camión de comida y pedimos sendos conos de helado y una manzana dulce. Esta noche flota en el aire una fría brisa de otoño, pero no seré yo quien deje pasar la oportunidad de comer helado.
—¿Necesitas que te lleve a casa? —pregunto.
—Bueno, mi padre me dijo que me llevaría, pero…
«Qué raro. Pensaba que Whit le había dejado claro a Alex que no quería que lo trajese a la feria».
Miro a Jonas y le doy un lametón a mi helado de vainilla. Lo último que querría es meterme donde no me llaman y conseguir que Whit piense que lo nuestro no va a funcionar.
—Vale, pues vamos a buscarlo.
Jonas pone un mohín.
—La verdad es que preferiría irme contigo.
—En ese caso, deberíamos decirle que te voy a llevar, para que no piense que te han raptado.
Jonas suelta un resoplido, pero abre la marcha a través de la ruidosa feria repleta de neones.
Vemos a su padre en medio de una multitud en torno a la noria.
Alex se pasa una mano por los rizos oscuros, tan enfrascado en su charla con una mujer, que supongo que es su novia, que no se da cuenta de nuestra presencia hasta que Jonas interrumpe la conversación.
—Hola, J. ¿Listo para marcharnos? —pregunta Alex.
—Me va a llevar Colt a casa. —Jonas señala con la mano más o menos en mi dirección.
Alex me recorre de arriba abajo con una mirada firme y fría.
—Así que sigues por aquí, ¿eh?
Oh, esa mirada me indica que sabe que era yo quien estaba con Whit la última vez que hablaron por teléfono.
—Claro que sí. —Le doy un lametón al helado y me obligo a esbozar una sonrisa agradable—. Jonas me ha pedido que lo lleve a casa, pero le he dicho que primero había que venir a avisarte.
—Si a Whit le parece bien…
—Sip, ya lo sabe —miento.
«Literalmente, llevo más a este chico en mi camioneta que tú».
—Bueno…, está bien. J, gracias por pasar el rato con el viejales de tu padre. —Le da un manotazo en el hombro a Jonas y sus dedos se engarfian como garras.
Quizá mi mente me esté jugando una mala pasada, pero juraría que pone énfasis a propósito en la palabra «padre». Sus ojos vuelan hacia los míos durante un instante tan breve que probablemente nadie se da cuenta excepto yo mismo.
—Claro. —Jonas se aparta del contacto de Alex—. Nos vemos.
—¿Qué tal el próximo fin de semana? —pregunta su padre, esperanzado—. A lo mejor podríamos traer tus videojuegos a casa y jugar juntos. —Finge no darse cuenta de la indiferencia de su hijo, o al menos no verse muy afectado por ella, y dice—: Pediremos pizza. Será divertido.
Me sentiría mal por este tío si no fuera tan perdedor.
Jonas se encoge de hombros, y veo que me mira por el rabillo del ojo. Carraspeo.
—Mi madre está esperando en la camioneta, también tengo que llevarla a ella. Deberíamos ponernos en marcha.
Alex intenta darle a Jonas el abrazo más dolorosamente incómodo de la historia, pero el gesto acaba convirtiéndose en unas palmaditas en la espalda.