33. Whit
Whit
H an pasado varios días desde que Alex me dijo que quería llevar a Jonas a la feria de otoño, y como está claro que es lo único que quiere hacer, no me ha dejado en paz hasta que he accedido.
Sin embargo, esta mañana ha surgido el primer obstáculo cuando le he comentado que Jonas ha dicho que quiere ir con su nuevo amigo: el chico al que conoció en la fiesta del Rancho Wells.
Me he pasado toda la pausa del café gritándole a Alex por teléfono, y desde entonces no he dejado de ignorar todos sus mensajes.
Así pues, cuando oigo la puerta de la camioneta de Colt cerrarse de un portazo en mi entrada, cierro sesión y echo la silla de oficina hacia atrás con tanta fuerza que casi la vuelco.
Paso junto a Betty en las escaleras; la perra va meneando el rabo directa al cuarto de Jonas.
El nuevo curso ha empezado hace un par de días, pero Betty tiene que comprobar por sí misma que el chico no está.
Doblo la esquina y veo a Colt, que se está sacando las botas. Me sonríe, se quita el sombrero de vaquero y lo tira sobre el banco. Yo le acaricio la áspera barba de pocos días en la mandíbula y le doy un beso. Un beso profundo. Necesitaba esto. Lo necesitaba a él.
Su lengua invade mi boca y me arranca un gemido del pecho.
Avanza, y me obliga a retroceder. Me agarra de la parte posterior del cráneo con la mano, para proteger mi cabeza cuando el resto de mi cuerpo choca contra la pared con un golpe sordo.
Con una inspiración ronca, Colt devora mi beso; sus manos se mueven para agarrarme los pechos por encima de la camisa.
El movimiento me tira de la camiseta que llevo debajo y me la saca de la cintura de los pantalones, lo cual le da permiso a Colt para meter la mano y acariciarme con los dedos el vientre desnudo.
Me agarra de la cintura e impulsa mi pelvis hacia la suya.
Nos comunicamos con labios, caricias y gemidos pecaminosos que reverberan por la casa vacía. Nada interrumpe nuestro beso. Me arranca los botones de la camisa y clava su duro bulto en el lugar de mi anatomía que ansía sollozante su contacto.
Su boca se aparta de la mía y me baja por el cuello.
Yo me desprendo de lo que me queda de camisa y me muerdo el labio al sentir que sus dedos se deslizan por mi espalda hasta abrirme el sujetador.
El aire entre los dos está caliente, denso.
No me da el cerebro como para formar palabras; Colt me chupa el pezón antes de que el sujetador caiga del todo al suelo.
Chupa, lame y mordisquea mis tetas. Yo le paso las uñas por la espalda.
Ya me gustaría que fueran lo bastante afiladas como para destrozarle la camiseta y sentir su cuerpo desnudo contra el mío.
Nada de esto se acerca siquiera. Quiero estar bajo su piel, verme rodeada por completo por él, que me saque de este mundo, perderme para siempre en este momento.
Sin embargo, mi cerebro no puede formar palabras.
Lo único que me sale de los pulmones es un zumbido irregular.
Parece leer mi mente y se aparta lo suficiente como para que yo pueda sacarle la camiseta por la cabeza. Luego vuelve a robarme el aire de los pulmones. Sus labios se entreabren y me permiten paladearlo… Consumirlo por entero.
Nos sobra cada jirón de tela, cada resquicio de aire entre los dos.
Mis pantalones y mi ropa interior bajan por mis muslos y me ponen a su paso la piel de gallina.
La ropa de Colt sigue el mismo camino. Lo único que hay entre los dos es su polla dura.
Al ver una gota húmeda justo en la punta, se me contrae la entrepierna…
, el peligroso tañido de una cuerda de guitarra con cada movimiento espasmódico de su erección.
Entierro la boca en el hueco de su cuello.
Mi mano cruza el espacio entre los dos y empieza a estrujársela.
Él suelta un gemido grave y agónico. Luego me pasa las manos por la cara interior de los muslos.
Durante apenas un latido, sus dedos masajean mis firmes músculos, para luego alzarme en brazos y empotrarme contra la pared.
Suelto un gemido, embargada por un agónico calor y un ansia profunda. Por puro instinto, le rodeo las caderas con los muslos. El espacio entre ambos palpita de deseo. Me aprieto contra su polla desnuda y le suplico en silencio que me embista. Que me la meta.
La punta se apoya entre los labios de mi coño y roza despreocupada mis humedades.
Deja de besarme para recuperar el aliento y mueve lentamente las caderas.
Quiero decirle algo, pero lo único que pienso es «Colt, Colt, Colt».
Es él. Él es lo único que tengo en la lengua, bajo las manos, en el irregular latido de mi corazón.
—Por favor —gimoteamos al unísono.
Él sonríe, pegado a mis dientes, y captura mi suave risa para devolvérmela, con la frente apoyada en la mía.
Lo que más gracia me hace es que me doy cuenta de que son las primeras palabras que pronunciamos desde que ha llegado.
Y ahora estamos así, desnudos, necesitados, riéndonos mientras nos apretamos contra la pared de mi recibidor.
Y, de pronto, se mete dentro de mí, lenta y profundamente, mientras descienden nuestras risas. Gimo al sentir hasta el último de sus gloriosos centímetros, le paso las manos por el cabello y acepto la tierna agonía de mi cuerpo al estirarse para encajarlo en mi interior.
Sus labios sobrevuelan mi mejilla y me plantan un dulce beso en la oreja. Sus palabras calientes me soplan sobre la piel:
—Joder, cariño, cuánto te he echado de menos.
—Solo han sido unos cuantos días —susurro.
—Hasta una hora ya me parece demasiado.
Me embiste con un gruñido primitivo. Sus dedos acarician la parte interior de mis tensos muslos.
—¿Una hora? —Esbozo una mueca sonriente contra su cálida mejilla, áspera como papel de lija en mis labios—. Colt, me parece que estás un poquito obsesionado conmigo.
—Fantaseo con follarte cada segundo de cada maldito día. —Respira irregularmente y echa las caderas hacia delante. Se me llena la vista de estrellas—. De tener cada parte de tu ser.
Me aferro a él como si me estuviese ahogando; lo sujeto con todas mis fuerzas. Le clavo las uñas en la espalda y me lo meto más profundamente.
—Ya me tienes. —Me tenso con un espasmo cuando su polla choca contra un punto sensible de mi interior, algo que inunda mis sentidos.
—Joder —gimotea Colt junto a mi cuello—. Joder, no me digas eso. No voy a durar mucho.
—Ni se te ocurra correrte antes que yo, cabrón. —Lo empujo, de pronto con ganas de desafiarlo. La idea de que esté a punto me provoca chispas en la entrepierna.
Intento bajar las piernas, y le cedo el control que tenía sobre la suave piel de mis muslos y mi culo. Su polla escapa de mi cálido interior y me deja insoportablemente vacía. Está empapada de mi flujo y gotea líquido seminal en el suelo. Yo lo agarro de la mano y lo llevo hasta la cocina.
—Necesito que hagas algo por mí.
Él me mira con ojos entrecerrados y el pecho alterado.
—Lo que sea.
Apoyo las palmas de las manos en la encimera y me aúpo, con el culo hacia él. El cuarzo me hiela hasta el hueso. Colt contempla con absoluta adoración cómo se me mueven los pechos, con un estremecimiento que me recorre la columna.
En el bolsillo de los pantalones que he dejado en medio de la entrada, mi teléfono suena.
—¿Necesitas…?
—No —jadeo—. Lo que necesito es correrme tan fuerte que no pueda pensar en nada más el resto del día.
Él entreabre los labios e inspira rápidamente.
Da un paso al frente y me agarra de los tobillos con brusquedad.
Hay algo oscuro y tormentoso en sus ojos.
Me abre del todo las piernas y me deja totalmente expuesta ante él sobre la encimera de la cocina.
Delicadamente, introduce los dedos en mi humedad y empieza a trazar círculos alrededor de mi clítoris, mientras con la otra mano se acaricia la polla.
El repulsivo tono de llamada del móvil vuelve a reverberar por la cocina. Suelto un gemido.
—Si llaman varias veces, podría ser una emergencia.
Colt me agarra de los muslos para mantenerme en el sitio.
—Voy a por el teléfono, espera.
Recorre la estancia desnudo, musculoso y la hostia de sexy.
Su culo, en el que se ven intensos arañones rojos y marcas de uñas con forma de media luna, bota a cada paso.
Su piel se hunde y se abulta con el movimiento de sus músculos.
Es perfecto, muy diferente a mí…, y sin embargo, aquí está.
Me desea tanto que tiene la polla dura como un ladrillo.
—Es… esto… —Algo sobrevuela su rostro al sacar el estridente teléfono de mis pantalones y contemplar la pantalla. Aprieta la mandíbula y regresa con pasos resueltos—. Contesta.
«Es Alex». Por supuesto que es Alex. Apostaría a que contaba con mi pausa del almuerzo para seguir discutiendo conmigo.
—No. —Niego con la cabeza, corto la llamada y dejo el teléfono en la encimera—. Esta mañana, el muy gilipollas me ha hablado con malos modos, y no quiero tener que ocuparme de ello. Sobre todo ahora mismo.
El teléfono vibra con tanta fuerza que casi se cae de la encimera. A mí me da igual, siempre que no se rompa en pedazos. No puedo creer que este hijo de puta quiera echarme a perder mi perfecta y pecaminosa pausa para el almuerzo.
Colt agarra el teléfono y me lo tiende con brusquedad.
—Contesta y ocúpate de él, o lo hago yo. No va a tratar mal a mi chica.
Se me acelera el corazón, tanto por ese uso despreocupado de «mi chica» como por ese repentino y malhumorado sentido protector.
—Está bien. Pero tienes que seguir dándole placer a «tu chica». —Me echo hacia atrás y me llevo las rodillas contra el pecho. Luego abro las piernas sobre la encimera, tanto como puedo—. Dame un premio por mandarlo a la mierda.
—Joder, cariño, eres perfecta. —Se me acerca un paso y me toca el brazo para animarme a responder—. Déjale claro al padre de tu hijo quién es el hombre de la casa.
Trago saliva y mi dedo tiembla sobre el botón verde. Lo rozo apenas.