32. Colt #3
—Odessa —la voz severa de Kate resuena entre toda la cháchara de la fiesta—, suelta a la gata. La pobre no quiere que la lleven por ahí como si fuera un peluche todo el rato.
—A Clementine le encanta que la lleve así. —Odessa suelta una risita y afianza a la gata contra su pecho—. Papá dice que me la puedo quedar de mascota porque es la más pequeña de la mamada .
Todo el grupo guarda silencio. Nadie sabe si echarse a reír o regañarla. Blair disimula una sonrisa con la mano, mientras que Red y Cass están doblados por la cintura, fingiendo que se ríen de algo que ha hecho Hazel.
—¿La más pequeña de qué ? —A Kate le sale la voz como un graznido. Tiene la cara muy tensa; todos sus músculos intentan reprimir una carcajada.
Odessa acaricia la cabeza de la gata.
—De la mamada . Es lo que ha dicho papá. Me puedo quedar con ella porque es la más pequeña de la mamada .
Denny es el primero en echarse a reír, y el resto del grupo no tarda en imitarlo. Ya no hay manera de reprimirlo. Yo me río tanto que me duele el estómago. A Whit le corre una lágrima por la mejilla.
—Odessa, tu padre no ha dicho eso.
—¡Claro que sí! —Aprieta los labios, justamente cabreada con nosotros por reírnos de ella.
—Cariño… —Kate se esfuerza por recomponerse y alarga los brazos hacia Odessa entre risas cada vez menores—. Cariño, no. Supongo que papá habrá dicho que es la más pequeña de la camada . Lo que has dicho… lo que has dicho es una palabrota.
—¿Estás segura?
Kate inspira entre dientes.
—Del todo.
Denver señala con un dedo a su sobrina.
—A contribuir al tarro de las palabrotas, señorita.
Odessa le saca la lengua.
—Bueno, Odessa, no hay que ser maleducada. —Kate aprieta a Odessa contra sí durante medio segundo más y luego la suelta—. Deja a la más pequeña de la camada y ve a lavarte las manos. Ya casi es hora de cenar.
Una vez que Odessa se ha marchado, con la gata aún apretada contra el pecho, Kate da un sorbo a su cerveza. Apura la botella y se lame los labios.
—Dios, ¿tenemos algo más fuerte por aquí?
—Hay que ver las cosas que dicen los niños —dice Whit—. Yo tengo un cuaderno repleto con todas las tonterías que hacía o decía Jonas de más pequeño.
—Jonas sigue diciendo tonterías —interviene Blair.
Él deja de hablar con su amigo y nos lanza una mirada.
—No todos somos tan viejos como para necesitar audífono. Os oigo perfectamente desde aquí.
Whit le hace un gesto con el pulgar.
—Ahora solo dice maldades. Eso ya no lo apunto en ningún diario.
Yo hago un gesto de balanza con las dos manos.
—Sinceramente, quizá valdría la pena apuntarlo para poder echarle cosas en cara.
—Si empiezas a apuntar sus insultos, ¿me podrías dar una copia? Me hace falta nuevo material para los idiotas que trabajan aquí —le dice Red a Whit—. Sobre todo para tu cuñado.
—Venga ya. —Denny hace ademán de tirarle algo a Red, pero se detiene en pleno gesto cuando se da cuenta de que aún tiene al bebé en el regazo—. Me amas y lo sabes.
La conversación se detiene unos segundos; todos disfrutamos del relajante sol de última hora de la tarde. Se oye el zumbido bajo de los insectos —grillos, abejorros y sabrá Dios qué más— desde un campo de heno cercano. El aroma a chuletas ahumadas que flota por el aire me hace salivar.
Cass se echa a reír y los mira a ambos. Tiene en la mano un puñado de cereales, y Hazel se está esforzando por agarrarlos con sus manitas regordetas.
Las pocas ocasiones en las que consigue atrapar uno, se lleva el puño a la boca bien abierta, y casi cada vez, el cereal empapado se le acaba cayendo a la hierba. Betty se lo está pasando de miedo.
—Te voy a robar esa idea de llevar un diario, Whit. —Cass la mira con las pestañas entornadas, y luego sigue chinchando a su bebé con ese juego casi imposible de ganar—. Me muero de ganas de que Hazel empiece a hablar.
—Sí, al principio me parecía una tontería anotarlo todo, porque estaba segura de que recordaría todas las cosas divertidas que decía Jonas, y cada vez que se equivocaba de palabra. Pero es imposible recordarlo todo —replica Whit.
—Yo no quiero olvidarme de nada con mis futuros hijos —digo con una mirada pensativa en su dirección—. Voy a escribirlo todo…, todas las dulces tonterías que me hagan plantearme las decisiones que he tomado en la vida.
Mis ojos ansiosos se cruzan con los de Whit, con la esperanza de que entienda que estoy en la misma onda que cuando dijo de pasada que habría preferido tener un niño conmigo en lugar de con Alex.
Aunque me sorprendió enterarme de que ha estado pensando en la posibilidad de tener hijos conmigo, teniendo en cuenta que quiere que vayamos despacio, no puedo culparla por querer darle a Jonas un hermano lo antes posible, porque ya tiene diez años.
Quizá sea una puta locura, pero puede contar conmigo.
Sin embargo, en lugar de encontrarme con una sonrisilla o con una mirada seductora, lo único que encuentro es silencio. Es algo muy leve, dudo que alguien se haya dado cuenta, pero yo sí. Whit no esperaba que dijese algo así, o quizá no quería.