Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 32. Colt
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32. Colt

Colt

Todavía tengo tu sabor en el bigote.

Whit

COLT.

Jonas está sentado justo a mi lado.

Podría haberme mirado el móvil y haberlo visto.

Perdona, cariño.

(No me arrepiento).

Me bajo de la camioneta y le echo un vistazo a Whit, que está dejando el teléfono sobre la gastada mesa de pícnic de madera.

Su vestido verde le revolotea a la altura de los muslos, y se levanta con la misma suavidad con la que suenan las notas de música country por el altavoz Bluetooth.

La cola de caballo en la que se ha recogido el cabello castaño le cae a un lado y a otro mientras se afana por ayudar a Beryl a preparar la comida.

Ahí plantada, aunque no esté haciendo más que cortar un pepino a rodajas, es lo mejor de todo este sitio.

Betty se acerca a la carrera y se arroja contra mis piernas con una fuerza que casi me disloca las rodillas. Me lame las manos hasta empapármelas de baba de perro. Cualquiera diría que la he abandonado aquí durante semanas.

—Perdona, señorita. Sabes que siempre eres la número uno de mi lista, pero no podía negarme a pasar la noche con mi otra chica.

—Aplasta las orejas cuando empiezo a rascarle con fuerza el cuello.

Parece que le gusta tanto que tiene que sentarse y empezar a rascarse ella misma con las patas traseras.

Sus uñas me arañan la mano, y la aparto para dejar que ella misma se rasque en el punto justo que yo no consigo encontrar—. Bueno, te he traído un puppuccino .

La dejo rascándose y rodando por la gravilla y me giro para sacar la bebida del portavasos. Betty prácticamente lo devora de un bocado. Se le quedan restos cremosos por los bigotes y el hocico. Parece que estoy perdonado.

—Mira cómo te has puesto —digo riendo, y me dirijo a la fiesta.

Varios niños prácticamente salvajes, descalzos, deambulan entre los adultos, las mesas de pícnic y las neveras.

Esquivo por poco al hijo de Kate y Jackson, Rhett, que camina dando tumbos entre los demás niños.

Si hay algo que les gusta hacer a los de la familia Wells es organizar reuniones familiares.

La fiesta del día del trabajo es una buena ocasión para invitar a rancheros, amigos, familiares y todo aquel que necesite una excusa para beber cerveza junto a una hoguera.

Por culpa del verano abrasador que hemos pasado, está prohibido encender fuego, así que montamos una falsa hoguera con una bombona de propano.

Además, tenemos suficiente alcohol como para llenar uno de esos conos de tráfico de color naranja.

Whit está aquí, y a pesar de haber prometido que todo parecería platónico entre nosotros, mis pies se mueven automáticamente en su dirección.

Cuando ella se percata de mi presencia, me recorre de la cabeza a los pies con la mirada, y siento que me ilumina por completo el sol.

Tengo que esforzarme al máximo para no correr hacia ella, agarrarla de la cintura y hacerla girar en el aire delante de todo el mundo.

La miro con aire primitivo de troglodita delante de nuestros amigos.

Quiero besarla frente a todo el mundo, reclamarla para mí.

Excepto que, por el bien de Jonas, hoy Whit y yo no somos más que amigos.

Amigos que se miran a los ojos y se olvidan del mundo.

Pero, sí…, amigos y nada más.

Al fin, llego a la mesa de pícnic, agarro una galleta salada y le guiño un ojo a Whit.

—Hey, mami.

Me cago en la puta, cómo me gusta ver su reacción cada vez que pronuncio esas palabras.

No sé si es consciente de cuánto se nota su expresión lasciva, pero esa manera de reprimir una sonrisa y de intentar que no se note que se le acelera la respiración es clara como el agua.

No puedo evitar preguntarme si se estará humedeciendo bajo ese precioso vestidito.

—Hey. —Sus ojos vuelan hacia Jonas, que está saqueando la mesa de queso y salchichas antes de que Beryl lo detenga—. ¿Qué ha dicho el mecánico?

Después de salir de su casa, tuve que matar cuarenta y cinco minutos en la Pastelería de Anette para que resultase creíble que había llevado la camioneta al taller. Por eso han llegado antes que yo a la fiesta.

—Bueno, ya sabes…, he tenido que soltarle un par de cientos de pavos.

Con la boca llena de queso, Jonas murmura mi nombre y aparta mi atención de su madre. Con los ojos desorbitados, y claramente ansioso por decirme algo, se apresura a tragarse la comida y exclamar:

—Austin me ha dado dinero por trabajar aquí todo el verano.

—¿Me estás proponiendo darme la pasta que me ha costado arreglar la camioneta, millonetis? —pregunto.

Jonas niega agresivamente con la cabeza.

—Ni hablar. Ese dinero es todo mío.

—Para la universidad —aclara Whit—. Eres demasiado pequeño como para tener un trabajo de verdad, pero el rancho ha contribuido generosamente a la cuenta de gastos de la universidad… como si fuera una beca.

—O sea, ¿que me he pelado el culo a trabajar todo el verano y el dinero va para estudiar? Vaya timo. —Suelta un gruñido y vuelve a atacar la bandeja de quesos.

Whit y yo nos reímos en voz baja y volvemos a centrarnos el uno en el otro.

Al verla entrecerrar los ojos bajo el sol de media tarde, alargo la mano hacia las gafas de sol que tiene apoyadas en la cabeza y, sin pensármelo dos veces, se las bajo.

Ella arruga la nariz. El autocontrol que empleo para no besarla ahora mismo disminuye a toda velocidad, así que señalo con el mentón hacia los tíos sentados en círculo en sillas de jardín.

—Ven a sentarte cuando hayas acabado —digo, y saco una cerveza de la nevera a sus pies.

Birra en mano, agarro una silla de jardín plegable y la arrastro por el suelo.

Las patas de metal botan y repiquetean contra las piedras.

La abro a la sombra junto a Red, que tiene a su bebé dormido en brazos.

Me echa una mirada de reojo cuando me dejo caer en la silla y me dedica un cabeceo a modo de saludo.

Denny y Blair están tumbados en el césped, absortos en su propia conversación. Se han prometido hace pocos días, y al parecer han encontrado un modo de mantenerse todo el tiempo pegados el uno al otro. Hace semanas que no veo a Denny sin Blair justo a su lado.

—¿Qué tal la peque? —Miro a la bebé al tiempo que me quito las gafas de sol y me las cuelgo del cuello de la camisa sin mangas.

Hazel está frita en brazos de su padre, con una holgada camiseta rosa y un pañal, sin pantalones.

Es la viva definición de estar más a gusto que en brazos.

Me encantaría quedarme igual de frito que ella ahora mismo.

Anoche me preocupaba tanto quedarme dormido y romper la confianza de Whit que apenas pegué ojo.

—Se ha comido su peso en puré de zanahorias y salsa de manzana antes de echarse la siesta, así que está siendo un día bastante bueno, para ser un bebé de seis meses.

—Duerme como si Austin la hubiese obligado a levantarse a trabajar a las tres de la mañana.

—Se despierta todos los días como un reloj a las cuatro, tío. —Red le coloca un dedo en la manita abierta—. Ha nacido para ser vaquera. Y Cass lo odia con toda su puta alma.

Denny interviene:

—Póntela en el portabebés y te la traes al trabajo. Ya estamos acostumbrados a los lloriqueos diarios gracias a Rob. Otro bebé llorón no va a cambiar nada.

—Yo preferiría pasar el rato con un bebé muy bueno a las cuatro de la mañana que con Rob. —Cierro los dedos en torno al largo cuello de mi botella de cerveza y me la llevo a los labios agrietados—. A mí me gustan los bebés.

Cassidy toma asiento en una silla al lado de Red y alarga la mano para masajearle la nuca.

—¿Estáis hablando de bebés? ¿En qué extraño universo alternativo acabo de entrar?

Hazel se remueve en el regazo de Red y se despierta con un lento parpadeo para contemplar el cielo soleado. Red la incorpora y se la sienta en el regazo. Ella bosteza y se mete todo el puño en la boca.

Blair estira la pierna enyesada frente a sí.

—La pequeña Hazel es tan mona que hasta a los tíos les están dando ganas de tener bebés. —Se acurruca junto a Denny y le apoya la cabeza en el hombro.

Me hace falta que mi madre me vuelva a dar todo ese discursito de «tómatelo con calma», para poder grabármelo y ponérmelo en bucle a todas horas. Me está matando no poder anunciar públicamente que Whit y yo estamos juntos, para poder sentármela en el regazo.

—Qué va, no nos gustan tanto los bebés como los intentos de tenerlos. Hablando de lo cual… —La atención de Denny se centra en mí, y la de todos los demás también—. Me he enterado de que ayer no volviste a casa. Betty se pasó toda la noche aullando frente a tu puerta.

—No me va eso de ir por ahí contando mis putas conquistas, ¿vale?

Cassidy se tapa la boca con la mano para no escupir el refresco.

—Conquistas, dice. ¿Quién conquistó a quién?

—¿Y a ti qué te importa?

—Venga ya, tío. —Red niega con la cabeza e ignora a su hija, que ahora ha empezado a meterle el puño en la boca a él.

—No pienso contar nada. —Me hundo aún más en mi silla y le lanzo un vistazo discreto a mi chica.

Betty se acerca a la carrera junto a Kate. Rodea mis pies en busca del sitio perfecto en el que sentarse, para luego estirar el cuello y darme un lametón en la mano. Todo eso lo hace Betty, claro, no Kate.

Por otro lado, Kate sí que da una pequeña vuelta para luego sentarse en el sitio perfecto en la hierba. Lo que no hace es lamer ninguna mano; se limita a dar un sorbo de cerveza fría.

—Da igual, porque todos tenemos ya una idea de con quién se está acostando Colt. —Denny arroja una piña caída en mi dirección. No me acierta, y Betty la hace pedazos en justa venganza.

—Ah, ¿sí? —Blair se gira hacia él—. ¿Y quién es?

Si hay un modo de describir lo contrario a una cara de póquer, es lo que Kate tiene ahora mismo en la cara.

—Bueno. —Me doy sendos manotazos en los muslos—. Me parece que Beryl nos está llamando para que vayamos a comer. Creo que ha hecho costillas ahumadas.

—Qué va, vengo de allí y me ha dicho ahora mismo que va a tardar una hora más o menos —dice Kate, que no está colaborando en absoluto.