31. Whit #3
—Como has sido buen chico y te has marchado esta mañana, tal y como te dije…
—Apoyo las manos en la secadora para que Colt me ayude a auparme y sentarme en el borde.
Sin dudarlo un segundo, él se pone de rodillas.
Le paso una mano por el cabello y doy un tirón para obligarlo a apartar la vista de mi coño y mirarme la cara—.
Vas a hacer que me corra fuerte y rápido. Hay que acabar enseguida, ¿te acuerdas?
Se lame rápidamente el labio inferior y me agarra las piernas, para luego cebarse intensamente con mi coño. Empieza a trazar espirales y a lamerme con fuerza. Yo oriento la pelvis para facilitarle el acceso, al tiempo que me agarro a los bordes de la máquina, en plenas sacudidas.
—Ay, hostia puta —murmuro. Empiezo a sentir que la presión aumenta en mi entrepierna. Me tiemblan los muslos bajo sus manos, amenazando con encerrarlo en una pinza.
Lo agarro del cabello y me lo aplasto contra el coño. Más placer. Más velocidad. Más succión. Más. Más. Más .
—Me voy a correr.
Le estoy cabalgando la cara; mi coño se aprieta contra su lengua.
Mis temblores se convierten en un auténtico terremoto que me recorre por entero.
Las puntas de mis dedos adquieren una blancura fantasmal, aferradas a la secadora.
De alguna manera, ansío más. Estoy hambrienta, salvaje.
Ver mi flujo destellando en su bigote me da aún más ganas.
—Hostia puta, qué bien se te da. —Lo agarro de la mandíbula y le doy un beso para saborear mi flujo en su lengua…
La segunda manera más sexy de saborearme después de probar mi flujo en su polla—.
Hoy no vamos a retrasarte el orgasmo, cariño.
—Mi culo desnudo se desliza por el cálido metal de la secadora y me giro para quedar apoyada sobre los codos.
Giro la cabeza por encima del hombro para mirarlo—.
Córrete rápido. Puedes acabar dentro de mí o echármelo en las nalgas, lo que prefieras.
—Joder, Whit. —Me da un beso en el omóplato—. ¿Cómo demonios he acabado con la tía más buena de todo el maldito mundo? Eres perfecta, y…
—No pierdas el tiempo. —Meneo el culo hacia su entrepierna con una sonrisa sugerente—. Puedes contarme lo preciosa e increíble que crees que soy mientras me follas.
Hunde mi parte favorita de su cuerpo en mi interior con un suave movimiento. Anoche, tanto al ponerme encima como cuando hicimos el misionero, sentí que me encajaba a la perfección. Pero así, en mi cuerpo no caben al mismo tiempo su polla y el aire que respiro. Y es una absoluta delicia.
Empieza a martillear contra mí. Se inclina y murmura algo, pegado a mi cabello. Tiene la voz impregnada de deseo, y subraya cada palabra con una potente embestida.
—Estás preciosa cuando te meto la polla.
El traqueteo de la secadora ahoga el sonido húmedo de nuestras pieles, así como los gemidos que se me escapan accidentalmente de vez en cuando. Colt roza un lugar concreto en mi interior, profundo, crudo. La sensación me gusta muchísimo, joder. Me humedezco más. Y más aún.
Me inclino. El orgasmo inminente me hormiguea por la cara interior de las piernas.
Colt me pasa una mano por la cintura, notando claramente que mis músculos lo aprietan, consciente de lo que tendrá que hacer para provocarme el orgasmo.
Sus dedos me acarician el clítoris; un dedo encallecido empieza a trazar círculos.
Todo mi cuerpo se sacude. La tensión bajo mi piel, la sensación enorme que crece a cada segundo.
Es tan intensa que tengo que cerrar los ojos.
—Hostia puta —gimoteo, con la cabeza oscilando de un lado a otro. Ojalá hubiera puesto la secadora a temperatura ambiente, porque el calor, junto con el orgasmo y la intensidad de las embestidas de Colt, que intenta provocarme otro, me da vértigo.
—Eso es —susurra—. Suéltalo, cariño. Córrete. Córrete con mi polla.
Sus palabras encienden un fusible escondido en mi interior, y me aplasto contra sus caderas para que me la meta aún más profundamente.
Se me escapa un gimoteo gutural. Aplasto la cara contra el metal blanco y caliente y suelto un gemido.
Me da vueltas la cabeza al sentir hasta el último y glorioso centímetro de su polla.
El orgasmo me recorre y reverbera por mi entrepierna y mis muslos. De no haberme puesto la mano en la boca en el último segundo, habría soltado un chillido. Tengo el coño empapado, lo estoy mojando por entero. Me corre el flujo por las piernas.
—Me voy a c-correr —tartamudea Colt—. ¿D-ónde lo suelto?
Técnicamente, antes le he dicho que donde quisiera. Sin embargo, ahora mismo solo hay un lugar en el que quiero sentirlo.
—Córrete dentro. Quiero sentir que me llenas.
—Jooooooder —gime entre dientes apretados. Cada instante es feroz e implacable. Se estrella contra mi coño como si estuviese enfadado con él.
Le sale el aliento en cortos jadeos. Siento un calor que se me derrama por dentro. Se oye un leve chapoteo cuando me la saca. El producto de nuestros orgasmos se mezcla entre mis piernas.
Colt se apoya en la pared de enfrente. Su polla se va ablandando poco a poco.
Tiene una sonrisa satisfecha y agotada en la cara.
Está guapísimo, con la camiseta subida por el torso sudoroso y esos músculos definidos de los abdominales y el pecho que se tensan a cada respiración.
Los tipos así solo existen en las fotos de mentira de Tinder.
—La secadora funcionaba perfectamente, ¿verdad?
—No, claro que no. —Me subo un tirante de la camiseta—. Le quedan dos telediarios. Pero ahora mismo no tengo ninguna prisa por arreglarla.
Abro la puerta de la secadora, con lo que esta deja de funcionar de inmediato. Esos repulsivos traqueteos se detienen. Hurgo en el interior unos segundos y saco triunfante una toalla seca y caliente. Aparte del baño, no se me ocurre otro sitio mejor para follar.
Colt empapa la toalla en el lavabo y, en menos de un minuto, los dos estamos limpios y con las mejillas significativamente menos ruborizadas. También volvemos a estar vestidos, por desgracia.
Me da un beso tierno. Un último piquito antes de salir del aire que apesta a sexo del lavadero y regresar al lugar donde no somos más que amigos. Yo me permito unos instantes más para recomponerme. Recupero el aliento y disfruto del dolor placentero entre mis piernas, para luego seguir a Colt.
Supongo que así lo hacen los padres que se ponen cachondos: se escabullen para disfrutar de un orgasmo rápido y luego vuelven a la vida normal como si no les supiese la boca a flujo ni tuviesen la ropa interior empapada de semen. Puede que no resulte romántico, pero, joder, es tremendamente sexy.
Cuando por fin vuelvo a ocupar mi sitio en el sofá, doy un largo sorbo de agua helada y meto los dedos de los pies bajo la calidez del muslo de Colt. Entonces, lo siento. Otro cambio sísmico entre él y yo.
«Esto podría funcionar».
Por primera vez, el miedo no resuena tanto como la esperanza.
Y, sin embargo, sigue ahí: un leve zumbido bajo mis costillas que me recuerda la cantidad de formas en las que esto podría fracasar. Pero, aquí y ahora, no me parece que estemos en plena cuenta atrás para acabar con el corazón roto.