31. Whit #2
Siento calor en las mejillas y me esfuerzo por ofrecer una respuesta, sin conseguirlo. La mirada de Colt me inmoviliza contra la encimera.
—Whit, sé… sé que quieres ir despacio por el bien de Jonas.
Y también supongo que es porque no has tenido la oportunidad de ver que no todos los tíos somos como Alex.
Pero quiero que sepas que cuando estés lista…
Cuando veas lo bueno que es esto, lo bien que estamos juntos…
Quiero que sepas que lo quiero todo. Os quiero a ti y a Jonas.
Siento la tentación de disculparme por hacerle creer que puede existir un «nosotros», la tentación de ignorar las mariposas en mi estómago y acabar con todo en este mismo momento.
—No es tan sencillo. Lo que pasa es que tú… eres muy buen tío. Y por más que quiera que esto se convierta en… esto —se me rompe la voz y apenas me salen las palabras—, no puedo evitar sentir que vas a estar mejor sin tenerme en tu vida.
Colt me mira y parpadea.
Me sale el remordimiento por los poros. Se me retuercen las entrañas. En lugar de plegarse sobre sí misma, tal y como yo esperaba, la pesadez que siento en el pecho aumenta hasta que me duele cada respiración que doy. «Mierda, ¿qué es lo que acabo de hacer?».
En la planta de arriba, un par de pies aterrizan sobre el suelo con sendos golpes amortiguados.
—Lo que te pasa es que estás cansada —dice Colt, que niega con la cabeza con una expresión que viene a decir que no se toma en serio ninguna de mis últimas frases.
Gracias a eso, puedo respirar mejor—. Estás cansada y no sabes qué es lo que te conviene.
Podemos seguir hablando de ello una vez que te hayas tomado el café.
Los labios de Colt rozan los míos, y yo paso las manos por sus suaves cabellos para alargar el momento. Tras disfrutar de un último beso con sabor a café, largo y lento, aparta las manos de mis caderas y me baja de la encimera.
Nos separa una apropiada distancia de un metro cuando Jonas baja las escaleras y frena en seco al ver a Colt.
—Qué pasa, tío. —Colt le hace una seña con su taza de café helado a modo de saludo.
La confusión no dura mucho. Jonas se abalanza sobre la caja de rollos de canela y saca uno que fácilmente puede ser del tamaño de su cara. Empieza a devorarlo.
—¿Qué haces tú aquí? —pregunta con la boca llena.
Le dedico a Jonas una mirada poco impresionada.
—He tenido que llevar la camioneta al taller, así que me he pasado a ver qué tal ibais.
No sé de qué me preocupaba: Jonas acepta la explicación de Colt con una única pregunta:
—¿Y dónde está Betty?
Colt tamborilea con los dedos en su vaso de plástico.
—Se enteró de que las chicas del rancho iban a hacer helado casero para la fiesta del día del trabajo y dijo algo tipo «a la porra el tal Jonas, aquí hay azúcar».
Jonas esboza una mueca sonriente y se lame el dedo cubierto de queso crema glaseado.
—¿Jugamos a videojuegos?
—Claro que sí. Pero nada de juegos de carreras; no me hace falta que tu madre nos vuelva a dar una paliza.
Yo pongo los ojos en blanco y alargo la mano hacia mi café.
—Por mí, bien. De todos modos, hoy no tengo ganas de maltratar vuestros frágiles egos.
Jonas suelta el rollo de canela sobre la encimera e intenta subirse de un salto por el respaldo del sofá.
Fracasa miserablemente y pasa rodando por encima con un gemido.
Antes de que Colt consiga mover ni un músculo, el chico ya se ha acomodado y está encendiendo la PlayStation, tras lo que le tiende el segundo mando.
Colt me da un par de discretas palmadas en el culo y se acerca al sofá. Jonas apoya el cuerpo en el reposabrazos y le deja sitio para que se siente.
—Ándate con ojo, por fin he descubierto cómo va esto de la pesca de mentira. —Colt le da un pequeño codazo a Jonas.
Los dos se ponen a chincharse y a pavonearse por el salón, intercambiando insultos cada vez más tontos. Luego empiezan a jugar a ese ridículo juego. Resulta que Colt no ha descubierto cómo va eso de la pesca de mentira.
Yo me acomodo en el extremo vacío del sofá y me cubro con la manta. Segundos después, el calor familiar de la mano de Colt me acaricia el gemelo al aire. Lanzo una mirada a Jonas, y una vez que acepto que no se da cuenta de nada, me pongo a leer.
—¿Qué lees? —pregunta Colt en tono quedo, en un momento en que Jonas ha ido al baño—. Apostaría a que es porno puro, ¿no?
Pues no. Ni siquiera es una escena picante, para ser sincera. La heroína se ha ido de brunch con sus amigas. Hablan mucho de sexo, pero no hay nada en la escena que me ponga. Aun así, no quiero dejar pasar la oportunidad de juguetear con él.
—Bueno, estoy apuntando ideas. —Me muerdo el labio inferior—. ¿Qué te parecería que te atase? ¿O que te diese unos cachetes?
Se lleva la mano a la entrepierna para reacomodársela.
—Qué bien que estés tan buena, porque eres muy cruel.
Yo le guiño un ojo y vuelvo a centrarme en silencio en mi Kindle.
Después de cincuenta páginas, la escena del brunch ha terminado y ahora el héroe le está comiendo el coño a la heroína.
Digamos que es otro tipo de brunch. Entre las descripciones explícitas de la lengua de un hombre ficticio al recorrer un coño y el hombre real que me está tocando en secreto las piernas desnudas cada vez que no necesita tener ambas manos en el mando, descubro en más de una ocasión que empiezo a apretar los muslos.
Que Colt sepa, la única pega importante que le pongo a lo nuestro es que Jonas no debe enterarse. La idea de contarle que estamos más o menos saliendo podría resultar fatal.
Podríamos ser furtivos. Rápidos.
O sea, ¿cómo encuentran tiempo para disfrutar del sexo los padres que aún se quieren pero tienen niños, a veces incluso varios? Supongo que las bromas de que cuando te casas dejas de follar no son exactamente bromas…
Mientras mi heroína disfruta en la cama de un orgasmo que le ha volado la cabeza, yo me disculpo y subo a mi habitación.
No es mi manera favorita de correrme, pero mi juguete succionador de clítoris suele dejarme lista en menos de un minuto.
Me sirve para aliviarme en lugar de abalanzarme sobre Colt en mitad del salón.
Al llegar a lo alto de las escaleras, niego con la cabeza. Agarro un par de calcetines sucios tirados por la alfombra. «Por Dios bendito, Jonas». Hay días en los que juraría que entra en pelotas en su cuarto, a juzgar por el rastro de ropa que va dejando desde la puerta hasta la planta de arriba.
«Ya que estoy aquí, bien podría llevarlo todo a la secadora».
En cuanto giro el pomo, una pieza encaja en mi cabeza.
«La secadora».
Suelto el aire de los pulmones para animarme a cometer una absoluta imprudencia. Desde lo alto de las escaleras, veo que los chicos se están comiendo un rollo de canela, en plena pausa entre partidas. Los rollos de canela son una señal del dios del sexo, decido.
—Oye, Colt —llamo, retorciendo la mano sobre la barandilla de las escaleras.
—Dime.
—¿Puedes… esto…? —Mis ojos vuelan hacia Jonas. Casi esperaría que me pille la mentira antes incluso de haber tenido la oportunidad de hablar—. ¿Te importa venir a echarle un vistazo a la secadora? Me parece que ha acabado por estirar la pata definitivamente.
—Sí, claro. —Sonríe, totalmente ignorante de lo que he pensado—. Vuelvo enseguida.
Jonas sorbe la bebida azucarada sin cafeína que Colt le ha traído de la Pastelería de Anette.
—No pasa nada. Puedo jugar un poco yo solo… Me vendrá bien no tener que cargar contigo todo el tiempo.
El esbelto cuerpo de Colt sube los escalones de dos en dos hasta que prácticamente se me tira encima.
Yo camino de espaldas hacia el lavadero y me apresuro a cerrar la puerta.
Por supuesto, no hay pestillo, cosa que ahora me parece una mala decisión.
Aun así, una cesta repleta de ropa sucia colocada contra la puerta nos servirá para ganar unos segundos, si es necesario.
—Este cacharro suena muy baqueteado. —Colt señala la máquina con el mentón.
—Exacto. —Mi fea bata cae a mis pies, y me quito el pantalón del pijama—. Hace tanto ruido que ahogará el que hagamos nosotros.
—¿A qué te ref…?
No acaba la pregunta, sino que me imita: se abre el cinturón y se baja tanto el pantalón como los calzoncillos. Yo me lamo la palma de la mano y agarro con brusquedad su polla fláccida. Colt sisea al notar mi contacto y echa las caderas hacia delante.
—Joder. —Inclina la cabeza y nuestras frentes se rozan. Con la mano que tengo libre, lo agarro de la nuca.
Los dos contemplamos hipnotizados cómo cobra vida su polla con un par de lentas caricias.
Me toco entre las piernas y resulta que mis dedos salen bien húmedos.
Vuelvo a acariciar su ansiosa y rígida erección.
Con la otra mano, empiezo a masajearle las pelotas, a girarlas en la palma, a restregar firmemente los dedos sobre la piel caliente que hay por debajo.
A Colt le cuesta quedarse callado. Se muerde el dorso de la mano y lleva las caderas algo más hacia delante, hacia mí.
La secadora hace tanto ruido que ni siquiera oímos la televisión en la planta baja.
Rezo para que eso implique que Jonas no va a oírnos.
Porque, aunque siempre he supuesto que no me oye llorar, no tengo ninguna prueba real de ello.
—Cariño…, deja… deja que te saboree. Por favor.
Sus súplicas son como una droga. Colt me desea tanto que está dispuesto a suplicar a cambio de un pequeño roce o de que lo deje que pruebe mi sabor. ¿Cómo no voy a sentirme como la mujer más poderosa del mundo, si este hombre hermosísimo se retuerce de ganas de comerme el coño?
Sus manos me recorren el cuerpo, se meten bajo mi camiseta para juguetear con mis pezones, para apretar la parte más ancha de mis caderas.