31. Whit
Whit
M edio dormida, deslizo la mano por las sábanas hacia el otro lado de la cama, con la esperanza de sentir el cálido cuerpo de Colt. Espero abrir los ojos y ver la cálida luz del sol derramándose por la ventana y su media sonrisa lista para darme los buenos días como siempre.
Abro los ojos y parpadeo para acostumbrarme a la luz del día. Giro la cabeza para confirmar lo que mi mano ya ha descubierto.
No hay rastro de Colt.
Sinceramente, maldito sea por cumplir lo que promete.
Vale, si me lo hubiera encontrado aquí, habría puesto los ojos en blanco y habría hecho algún comentario sobre que habíamos acordado que se marcharía antes de que Jonas se despertase.
Pero luego lo habría cubierto de besos y quizá habríamos echado uno rapidito antes de intentar sacarlo de aquí tan silenciosamente como fuera posible.
Lo de anoche casi me parece un sueño. El autocine. Contemplar las estrellas. El sexo.
Cierro los ojos y evoco con facilidad su recuerdo. Jamás habría esperado estar con alguien como él. Divertido, carismático, dulce y buenorro. Nada me haría más feliz que devorar cada comida sobre su cuerpo.
Y que él me desee tanto como yo lo deseo a él, si no más…, vaya locura.
Tamborileo con la mano sobre ese hueco vacío en la cama, que tanto me cabrea. Odio desear que Colt hubiera roto mis reglas y se hubiera quedado. Odio sentirlo aún entre mis piernas, tumbada en esta cama vacía. Y no es porque me sienta usada, como suele sucederme después de pasar la noche con Alex.
Quiero que Colt esté aquí. Quiero quedarme dormida en sus brazos y que me despierte con un beso de buenos días. Como mínimo, quiero despertarme con el olor del café recién hecho, sabiendo que está abajo.
Me giro para agarrar el teléfono y se me encoge el estómago al ver los dos mensajes distintos que me esperan.
Colt
Buenos días, preciosa.
«¿Cuándo fue la última vez que un tío me mandó un mensaje de buenos días?». Imagino que fue Alex… cuando teníamos diecisiete años.
Hablando de lo cual… En un giro implacable del destino, otra notificación aparece para burlarse de mí.
Alex
Hey, Amapola y yo queremos llevar a Jonas
a la feria de otoño.
Ahora mismo sería capaz de taparme la cara con la almohada y chillar.
La última vez que hablé con Alex, me echó en cara que Jonas había ido a su casa en lugar de volver conmigo.
Y aunque siempre me he enorgullecido de ser el tipo de madre que no evita que su hijo pase tiempo con el padre, creo que esta vez puedo hacer una excepción.
Meto el teléfono bajo la almohada y me enderezo para luego estirarme tanto que mi columna vertebral emite un sonido horrible parecido al del papel de burbujas.
Y con eso, suena el timbre.
Cierro los ojos con fuerza durante un segundo y luego me obligo a bajarme de la cama y ponerme una bata vieja y cómoda.
Algo que oculte mis pezones endurecidos, que asoman bajo la vieja camiseta rosa que me puse para dormir.
Me desplazo lentamente hasta la puerta principal y aguzo el oído al pasar frente al cuarto de Jonas.
Naturalmente, sigue dormido, lo cual implica que Colt podría haberse quedado para echar un polvo mañanero y yo me habría encontrado mucho mejor antes de leer el mensaje de Alex.
Me paso la mano por el pelo, cruzo el salón y aparto de una patada unas zapatillas y un abrigo acolchado tirado por ahí. No sé por qué hay un abrigo tirado en medio del pasillo en esta época del año.
Abro la puerta y el corazón casi se me sale del pecho. Colt está plantado ahí mismo, con el cabello aún despeinado y la misma ropa que llevaba anoche. Trae una bandeja con tazas de café para llevar y una gran caja de color rosa.
—Hey, mami.
Sin pensar siquiera en si Jonas podría pillarnos, me acerco a él y coloco las manos en su firme pecho.
Y le doy un beso. Imprudente. Amoroso.
Las grietas de mi corazón se están cerrando una tras otra, despacio. Las rodea un hilo de bramante con nudo de rizo.
—¿Qué haces aquí? —se me ocurre preguntar al fin.
Sus ojos van de los míos hacia el café, y de vuelta.
—Te traigo el desayuno…
Mi voz flaquea.
—¿Y qué pasa con Jonas?
—He dejado la camioneta en el taller, algo más arriba. Me he imaginado que no os importaría que os hiciera una visita mientras espero.
Yo sonrío y acepto cautelosa la caja rosa que me tiende. Es un buen tío. Joder, vaya si es un buen tío.
—Mucho mejor que tener que echar el rato en el taller.
Se quita los zapatos y pasea la vista por la estancia en busca de Jonas. Luego me da un beso en la sien.
—Buenos días, preciosa.
Yo inclino la cabeza para que pueda plantarme una lenta hilera de besos por el cuello.
—Hum. Me gusta más en persona que por mensaje.
—Quería que te despertaras con una sonrisa.
—Pues ha funcionado. —Hasta que vi el mensaje de Alex. Sin embargo, durante un segundo, aún tumbada en la cama, me he sentido de puta madre.
Colt baja un poco la mano y me da una suave palmada en el culo.
Yo le doy un último beso y me dirijo a la cocina.
Una vez allí, Colt se me vuelve a acercar.
Me acuna el rostro con la mano y me planta besos en los labios, la nariz, la frente y las mejillas.
Pequeños picos que me provocan un calor abrasador en la entrepierna.
—Jonas nos va a pillar —susurro, y reprimo una risa.
Guardamos silencio, sin hablar, sin respirar y sin emitir ningún tipo de ruido. Pasan un par de latidos y no se oye nada desde su dormitorio. Colt me agarra de la cintura y me aúpa sobre la encimera.
—Tu hijo es tan sigiloso como una recua de vacas. Lo oiremos mucho antes de que empiece a bajar por las escaleras.
Se coloca en el espacio entre mis rodillas y pasa las manos por el mullido dobladillo de mi bata.
Y es entonces cuando recuerdo que llevo la vieja y deshilachada bata verde que me regalaron mis padres por Navidad hace unos cuantos años. Y yo que pensaba que nada podría superar lo poco sexy que estaba la mañana después de mi cumpleaños. Ni siquiera creía que fuera posible.
Parezco un cosplay baratucho de la película del Grinch.
Y este tío no deja de acariciarme los muslos y pasarme la nariz por la melena despeinada.
—Esta mañana no quería marcharme. —Me mira a los ojos—. Me quedé ahí viéndote dormir mucho más tiempo del que pretendía.
Al igual que le pasa al del Grinch, mi corazón crece al doble y luego al triple de su tamaño. Colt prosigue:
—Me planteé de verdad si debía fingir que me había quedado dormido para no tener que marcharme, pero estaba seguro de que me echarías a patadas. Me imagino que, si juego bien mis cartas, quizá llegues a dejar que me despierte contigo cada mañana.
No puedo mirarlo a la cara y escuchar esas palabras.
Y menos con el problema que presenta Jonas, con cómo reaccionaría si se enterase de que hay algo entre Colt y yo.
Y menos aún sin haber reunido el valor suficiente como para contarle a Colt lo que supondría para él un futuro conmigo.
Lo que supondría para los dos. No sé qué va a pasar cuando por fin se lo cuente, pero quiero disfrutar de lo que pueda antes de que llegue el final.
—¿Qué pasa? —Me aprieta la pierna para llamar mi atención—. De pronto pareces un poco… distraída.
Vaya, qué sorpresa. Quizá es que estoy convencida de que él dejará de desearme en cuanto se entere de que no puedo darle hijos. Lo más que puede tener es a Jonas.
Suelto un suspiro. Ojalá fuera tan sencillo pronunciar las palabras que tengo en la punta de la lengua.
—Es que no quiero que te involucres en toda esta mierda.
—Trabajo de ranchero. La mierda es parte de mi trabajo diario. ¿Qué pasa?
—Alex me ha dicho que quiere llevar a Jonas a la feria.
Y, la verdad, después de que no se molestase en decirme que estaba en su casa, no tengo muchas ganas de dejarlo.
O sea…, es que nunca está presente. Cancela constantemente los planes con él en el último minuto, pero luego viene con regalos extravagantes y se vuelve a ganar al chico.
Es una mierda gigantesca, joder. Siempre pone pegas para contribuir con dinero a todo lo que necesita la crianza de Jonas, o para pasar tiempo con él, o para ir a suplicarle al director que no lo expulse.
En plena retahíla, Colt se pone alerta. Abre la boca, la vuelve a cerrar, la vuelve a abrir.
—¿Querían expulsar a Jonas? ¿Por qué?
—Oh, Dios. —«¿Por dónde empezar?»—. Por todo.
Gracias a algún milagro, van a permitir que vuelva cuando empiece el curso la semana que viene.
Y yo prefiero no pensar mucho en el hecho de que no tendrá ningún sitio adonde ir si lo expulsan.
—Hundo los hombros—. Pero, claro, Alex, es buen momento para que aparezcas con tu Amapola y me pidas si puedes malcriar al chico.
Buen momento para volver a ser el papá divertido.
Colt rumia esa idea mientras mueve la mandíbula de lado a lado.
—Pero lo más probable es que no aparezca, ¿verdad?
—Verdad. —Suelto un suspiro y me paso la palma de la mano por la frente—. ¿Por qué elegí tener un hijo con semejante perdedor? ¿Por qué no he podido tenerlo con alguien bueno, divertido, atento, genuino… como… —hago un gesto hacia él—… como tú?
Me muerdo la lengua para no seguir hablando.
Ojalá arrancármela accidentalmente de un bocado, para no tener que volver a decir ninguna estupidez de ese calibre.
En una relación normal, soltar un comentario sobre tener bebés sería una locura al inicio de la relación.
Pero sabiendo lo que sé, y lo que Colt ignora, es una locura y también es increíblemente engañoso.
Pero como Colt es un tío genial, y estoy segura de que sería un padre increíble, no reacciona ante lo que he dicho. En cambio, se limita a plantarme un beso en la frente.
—Pero entonces no tendrías a Jonas, que es el chico más guay que he conocido en mi vida.
Por más ganas que tenga de arrearle un puñetazo en la garganta a Alex por haceros daño a los dos, también tengo ganas de darle la mano y agradecerle haber jodido tanto vuestra relación como para que yo tenga la oportunidad de estar aquí ahora.