30. Colt #3
Con sus jugueteos, pierdo la noción del tiempo y la capacidad de sentir los músculos o de ver nada que no sean estrellas. Me lleva tan cerca del orgasmo que se me crispan las pelotas y mi polla se retuerce entre sus manos. Luego me suelta. Una y otra vez.
Ya se sabe que la gente dice que un buen tío deja que la chica se corra antes. Creo que se dice eso porque Whit Hart los exprime hasta que están a punto de echarse a llorar.
—Por favor, cariño. —Suelto una exclamación ahogada al sentir que su coño vuelve a rozarme la polla.
Esta vez, teniendo en cuenta sus jadeos, también se está dando placer a sí misma.
La punta de mi polla acaricia su clítoris, y yo vuelvo a probar suerte suplicando una vez más—: Por favor, Whit. Joder, ya no lo soporto más.
Ella aprieta los labios y asiente. Tiene la frente perlada de sudor; se lo limpia con dedos manchados de flujo. Luego se inclina para besarme y yo la rodeo con los brazos y ruedo hasta colocar su esbelto cuerpo debajo del mío, con una sonrisa altanera.
—Fóllame —gimotea meneando las caderas.
Cuando mi polla se hunde en su interior hasta la base, mi mente estalla en un millón de pedazos.
Abrumado por el placer, buscando el orgasmo que tanto necesito, casi se me olvida la parte más importante.
Puede que no tenga un centenar de mujeres en el cinturón…
¿O son muescas en el cinturón? Sea como sea, tengo que satisfacer a mi chica.
Con una mano, me subo una de sus piernas al hombro, mientras que acerco la otra a su clítoris. Mi dedo corazón acaricia esa zona hinchada y delicada hasta que Whit me agarra las cachas del culo. No hay duda de que me está haciendo sangre. Me está dejando magulladuras.
Echo la cabeza hacia atrás y suelto un gemido ronco, sin dejar de embestirla furiosamente. No se oye nada aparte del chapoteo húmedo de mis pelotas contra su piel, los gimoteos que amortiguan la almohada y mi propia respiración pesada. Es el mejor polvo que he echado en toda mi condenada vida.
—Whit, cariño —me da igual lo desesperada que suene mi voz. Es que estoy desesperado—, dame permiso para correrme. Por favor. Dame permiso.
—Primero tienes que conseguir que me corra otra vez.
«Ay, Dios, ¿cuándo se va a correr? No sé si puedo aguan…».
Su coño me aprieta la polla, y el creciente orgasmo en ciernes me obliga a doblarme sobre mí mismo.
La agonía que siento entre las piernas me corre por los muslos.
Mis dedos aumentan el ritmo sobre su clítoris hasta que a Whit le empiezan a temblar las piernas.
Aparta la almohada y contempla directamente mi alma.
Su cabello está desparramado por la cama, sus dientes se clavan en su labio inferior.
Y así, Whit se deshace debajo de mí. Todo su cuerpo tiembla y se retuerce al hacerse pedazos en pleno orgasmo.
Y no sé qué me pasa, pero digo:
—Dime que puedo correrme dentro de ti.
Ella parpadea, con ojos vidriosos.
—Por favor… Dios, quiero sentir que tu precioso coño extrae hasta la última gota de semen que tengo dentro.
—La agarro con fuerza de las caderas y tiro de ella hacia mí para que nuestros cuerpos se encuentren entre mis embestidas.
Estoy a punto, joder. La excitación que me calienta toda la columna vertebral me da ganas de gritar—.
He sido un buen chico; no me he corrido sin tu permiso. Por favor, concédeme esto.
Ella desengancha el tobillo de mi hombro, y, antes de poder agarrárselo, me hunde los dedos en el cabello y atrae mi rostro hacia el suyo. Con una mirada salvaje, engancha las piernas a mis caderas y susurra:
—Lléname con tu puto semen, Colt. Dámelo todo.
No necesito nada más. Whit atrapa mi rugido con la boca, y yo bombeo en su coño prieto con una ferocidad que es nueva para mí, hasta que me derramo tan profundamente en su interior que es probable que la descarga haya ido directa a su útero.
Sinceramente, una parte retorcida de mí espera que así sea.
A Red, mi compadre, dejar preñada a su chica le vino de perlas para conseguir que se enamorase luego de él.
Imaginar el vientre de Whit abultado, con mi bebé dentro, y poder hacerle el amor todas las noches… Joder. Sería un sueño hecho realidad.
—Jamás… —Me inclino para poder apoyarme en los codos y coloco mi frente sudorosa contra la suya—. Jamás me he corrido tan fuerte en toda mi vida.
—Te lo dije —dice con ojos nublados y amodorrados.
—Puedes decirme lo que hacer cuando se te antoje.
—Cuidado con lo que deseas.
Sin sacarla, me aferro a Whit hasta que nuestra respiración se calma.
Me doy cuenta de que sigo balanceándome contra ella como las pequeñas olas que lamen la orilla de un lago.
Ahora mismo, estas pequeñas punzadas de placer son casi relajantes.
Para cuando salgo de su interior, los dos estamos a punto de quedarnos dormidos.
La agarro de la mano, la llevo al baño de su dormitorio y disfrutamos de una ducha lánguida y espumosa.
La cojo en mis brazos y la lavo con delicadeza con un gel de baño de aroma a vainilla que me relaja aún más.
Y luego nos vamos a la cama con la vaga promesa de largarme de aquí antes de que Jonas se despierte.
Ninguno de los dos quiere pasar la noche separado del otro.