30. Colt #2
Se le acelera la respiración cuando aparto lentamente la mano de su coño y me meto los dedos empapados en la boca.
Su sabor me abruma los sentidos. Suelto un gemido y me chupo los dedos hasta dejarlos limpios.
Me enderezo a medias, con el abdomen en llamas, y le agarro las tetas con las manos para poder lamerle los dos pezones a la vez.
Ella suelta un jadeo e inclina la cabeza hacia delante.
Sujeta con más fuerza mi polla y se acerca a ella apenas un centímetro.
Me siento felizmente ahogado por la calidez de su pecho.
Le chupo, lamo y beso los pezones con un ansia frenética, cuando de pronto siento el pegajoso calor de los labios de su coño al ceñirse sobre mi polla.
Se me escapa todo el aire de los pulmones, como si me hubieran dado un puñetazo. Me aprieto contra ella y digo con un susurro:
—Ay, Dios mío.
Se balancea hasta que empezamos a jadear al mismo ritmo. Lo único que se escucha son nuestro gimoteos y nuestras respiraciones alteradas. Rodea mi polla con los labios del coño. Sus dedos hábiles me aprietan la base. Mi polla restriega frenética su clítoris. Me está usando como si fuera un juguete.
Qué agonía, joder. Mi polla ha adoptado un tono púrpura rojizo casi rabioso. Está lisa, resbaladiza y jodidamente desesperada por aliviarse.
—Joder. Por favor… Déjame metértela del todo, aunque sea un segundo.
—Bajo la vista y veo cómo se restriega contra mi dura polla, como si volviésemos a interpretar lo que sucedió aquella noche después del bar.
Mi glande se aprieta contra su clítoris, y más líquido seminal gotea sobre mi estómago.
Estoy listo para entregar mi vida a cambio de poner fin a esta agonía—.
Te lo suplico. Necesito hacer algo antes de explotar.
Aunque sea la punta nada más. O vuelve a chupármela. Lo que sea.
—Ah, ¿acaso es demasiado para ti? ¿Te está gustando demasiado?
Asiento agresiva y patéticamente, pero me da igual.
Se echa hacia delante, despacio, tentadora, y se mete solo la punta. El placer crece al instante y me recorre las venas. En pleno ataque de pánico, me llevo una mano a la boca para ahogar un sonoro gemido que me crece en el pecho.
Nos quedamos inmóviles. Sus músculos se contraen alrededor de mi glande. Me están ordeñando para dejarme seco antes incluso de que tenga la oportunidad de hundirme en ella.
Whit se la mete un poco más y dice en tono ronco y frustrado:
—Perdona…, es que tienes el glande más duro de lo que pensaba.
Vuelve a retirarse, y yo me llevo la mano al tronco de la polla y empiezo a acariciarme ahí donde nuestros cuerpos se tocan.
—Cariño, no puedo… —jadeo—. No puedo más. Me estoy…, hostia puta…, voy a perder la puta cabeza, joder.
—Si quieres, puedes negarte, pero… —Whit me pasa el dedo meñique por una ceja— … ¿quieres que tu recompensa sea poder follarme viva?
Mis ojos deben de parecer los de un loco, porque Whit se aparta de inmediato de mí, y la fría brisa que la sigue me provoca un temblor por todo el cuerpo.
—E-espera. —Me enderezo y la agarro de la muñeca antes de que pueda apartarse de la cama hacia la mesita de noche—. Si tienes… Si quieres… Yo no he estado con nadie en… —Me sonrojo—. Si tienes algún anticonceptivo…
Ella tensa las fosas nasales y se muerde el labio inferior.
—No te preocupes. No me vas a dejar preñada.
—Pues ven aquí. —Le tiro de la muñeca para que se me acerque de nuevo.
Ella vuelve a subirse encima de mí y a ocupar el espacio entre mis muslos. Ahora, ese es su territorio, sinceramente. Soy suyo por completo.
Me doblo sobre mí mismo para poder agarrarle con las manos el rostro sonrojado y darle un beso lento y profundo.
Sus caderas se giran y se elevan sobre mí como las olas del océano.
Noto su desesperación, sus jadeos. Me araña el pecho.
Sus intensos ojos verdes, dilatados de deseo, se centran en los míos.
Le aparto un rizo perdido de la frente. Mi polla se coloca justo en su abertura y vuelve a empaparse de ella.
Whit me introduce centímetro a centímetro en su interior.
Atrapamos un gemido mutuo con un beso. La tensión reverbera por mis pelotas doloridas. Mis dedos agarran su cabello, y me impulso hacia ella con un suspiro estremecido. No sabía que uno se podía sentir así de bien.
Ella endereza la espalda y restriega su coño húmedo contra mi regazo, sujetando con fuerza mi polla. El cabello le cae por los hombros; bajo el suave resplandor de la lámpara, parece cubierto de motas doradas. Y, joder, cómo le botan las tetas. Es lo más hermoso que he visto en mi vida.
Se agarra a mis costados para mantener el equilibrio y se alza para luego embestirme la pelvis.
—Jo… Joder… Ay, Dios m…
Whit me pone una mano en la boca para ahogar mis tartamudeos y respira con fuerza por las fosas nasales.
Bajo la palma de su mano, me esfuerzo en murmurar:
—Cariño, jod… me voy a correr.
Whit se acerca a mi oreja:
—¿Sabes lo que sería aún mejor? No te corras.
Agarro su culo perfecto para guiar sus movimientos en mi regazo y gimo:
—¿Cómo va a ser no correrse mejor que correrse?
El huracán en mis pelotas frena cuando ella alza las caderas y mi polla sale por completo. Fría y solitaria, cae sobre mi estómago. Está tan increíblemente dura que me llega al ombligo y me pinta la piel con el producto combinado de nuestra excitación.
—Whit —digo entre dientes.
Me agarro la polla y empiezo a acariciarla mientras ella me contempla con una mueca sonriente. A la mierda sus malvadas intenciones; necesito correrme más aún de lo que necesito respirar.
—Chis. —Sus garras afiladas arañan el dorso de mi mano—. Es que he pensado que sería divertido que intentases retrasarlo un poco.
—¿Por qué cojones va a ser eso divertido?
—susurro, más un siseo que otra cosa. Sin embargo, mi mano se detiene, porque ¿qué tengo que perder?
Aparte de las pelotas, supongo, porque se me van a amoratar tanto que probablemente se me caerán si no me ocupo pronto del agónico fuego que me corre por las venas.
Ella me desliza la lengua por la áspera barba que cubre mi mandíbula.
—Cuando por fin te permita correrte, será el mejor orgasmo de tu vida.
Trago saliva. El miedo y la excitación campan por mi cuerpo. Y digo una única palabra con un jadeo:
—Vale.
Ella desciende por mi cuerpo, plantando besos con la boca abierta sobre mi piel ruborizada.
Y entonces, se mete toda mi polla en esa boca húmeda que tiene.
Aprieto los dedos de los pies, sintiendo un fuego abrasador por el cuerpo.
Mi espalda empapada de sudor se separa de la tela bajo mi cuerpo.
Casi estoy levitando. Todo, hasta sus suaves sábanas, me sobrecarga los nervios con sensaciones ahora mismo.
Delirante, me llevo una de sus almohadas a la cara y suelto una retahíla de maldiciones, tantas que casi parece que esté lanzando un hechizo de levitación.
Con un lánguido lametón que me recorre de la base hasta el glande, Whit emite un suave gemido gutural.
—Ya te dije que quería esperar hasta poder saborear mi flujo en tu polla. Así es mucho mejor.
Se lame los labios y me contempla con esos ojos verdes y gigantes.
¿Pero cómo puedo tener tanta suerte?