30. Colt
Colt
M e-cago-en-la-puta.
Es casi medianoche, y me encuentro plantado en silencio en la entrada de la casa de Whit, mientras ella paga en efectivo a una canguro de diecisiete años.
Con las manos unidas al frente, me balanceo incómodo y paseo la vista por la habitación como si no estuviese esperando impaciente a que la chica se largue para poder ir a hurtadillas arriba y disfrutar por fin de un poco de intimidad con mi chica.
Whit le vuelve a dar las gracias y cierra lentamente la puerta con un suave chasquido.
Echa el cerrojo y mi pulso se acelera. Volver a estar en medio de su silencioso hogar en mitad de la noche me recuerda mucho a su cumpleaños, excepto que esa noche decidí férreamente que su cama solo sería para dormir.
Pero esta noche… esta noche quiero ser suyo. Justo lo que ella quiso la última vez.
—Jonas tiene el sueño bastante profundo —susurra, y me agarra de la mano—, pero aun así intento no hacer nada de ruido cuando paso por delante de su puerta.
Le enseño el pulgar hacia arriba en silencio.
A cada centímetro que nos acercamos a su dormitorio, mi polla se pone más y más dura en mis pantalones.
Estoy convencido de que el único motivo por el que no me he corrido en los pantalones esta noche es porque fui lo bastante listo como para cascármela en la ducha antes de acudir a nuestra cita.
Pero eso fue ya hace horas, y con la cantidad de besos y caricias que hemos compartido, con todo lo que la he paladeado, estoy tan cachondo que duele.
Los goznes chirrían al abrir lentamente la puerta de su dormitorio.
En cuanto se cierra, Whit empieza a besarme.
Caemos sobre la cama; estoy de espaldas, y ella se sube de inmediato a horcajadas sobre mis caderas.
La agarro del culo y la atraigo hacia mí.
Me muero de ganas de que empiece a restregarse contra mi polla dolorosamente dura.
La única iluminación del dormitorio es el dorado resplandor rosa de una de esas extrañas lámparas de sal, que descansa en su mesita de noche. Supongo que si anda baja de sodio puede darle un lametón.
Whit me agarra la camisa con los puños y me abre los botones de un tirón.
Sus uñas afiladas y pintadas me recorren el pecho desnudo.
Mueve las caderas y se agacha para pasarme la lengua por el pezón.
Un hormigueo eléctrico me corre por las pelotas, que se contraen con un placer tan crudo que se me escapa un gemido gutural.
—Chis. —Me da un leve manotazo en la boca—. Tiene el sueño profundo, pero no tanto.
Asiento para decirle que lo entiendo. Me muerdo el labio inferior mientras ella va bajando más y más con la lengua.
Se acomoda en el colchón entre mis piernas sin apartar la lengua de mis abdominales.
Al cabo, se topa con la hebilla de mi cinturón.
Por supuesto, mis manos van inmediatamente a esa zona y empiezan a forcejear con ella.
Sin embargo, para mi desesperación, Whit me detiene.
—Qué impaciente eres. —Esboza una sonrisa y abre la hebilla del cinturón.
—Es que me estoy muriendo, joder. Llevo semanas deseando estar así contigo.
—Y ahora que lo has conseguido, ¿no quieres tomarte tu tiempo? —Su pulgar me abre el botón de los vaqueros. El sonido de la cremallera metálica suena por la habitación en silencio—. Esta noche has conseguido que me corra un montón de veces. Deja que te dé una recompensa.
«Joder, ni siquiera sé a qué recompensa se refiere, pero… sí, la deseo».
Cierra los dedos alrededor de la cintura de mis vaqueros y empieza a tirar.
La única ayuda que acepta es una ligera elevación de mis caderas.
No puedo evitar bajar la mano y tocarme rápidamente la polla por encima de la fina capa de algodón de mis calzoncillos, aunque Whit me aparta la mano con un cachete juguetón.
—Dios, qué mandona eres. —Acomodo el antebrazo debajo de la cabeza, y la alzo un poco para contemplarla.
Veo cómo le cae el cabello como un telón sobre un lado de la cara, y el brillo desvergonzado en su ojo al agarrar mi ropa interior por el elástico y repetir el mismo movimiento con el que ya me ha bajado los pantalones—. Eres muy sexy, joder.
Mi polla, pesada, asoma entre ambos. Palpita y rezuma líquido preseminal por mi bajo vientre.
—Eres muy hermoso —dice Whit. Nadie me ha llamado hermoso en mi vida. Quizá guapo, mono, incluso sexy; pero jamás hermoso. Joder, hasta me sonrojo. Sus manos sedosas me recorren el vientre, que se tensa y se flexiona—. ¿Te vas a portar bien esta noche? ¿Me vas a dejar hacer algo por ti?
Si sigo mordiéndome los labios para guardar silencio, me voy a acabar haciendo sangre. Asiento ansiosamente.
—Buen chico —ronronea ella.
Cambia de postura y se acomoda entre mis piernas.
Luego me planta un suave beso en la rodilla.
Yo trago saliva y me entrego al calor de sus manos, que me separan los muslos sobre la cama.
Unos besos puramente inocentes, y al mismo tiempo demencialmente carnales, recorren unos centímetros hasta la cara interior del muslo.
Whit pasa a la pierna izquierda y repite este sensual tormento.
Me recorre la piel poco a poco con el labio inferior y casi llega hasta mis pelotas.
Toda mi entrepierna se crispa. Me muero por aliviar esta sensación.
La agonía y el placer están tan entrelazados que no hay manera humana de distinguirlos.
Mis dedos le recorren el cabello. Ya me ha pegado por tocarme a mí mismo, pero tengo que hacer algo con las manos.
Una ráfaga de aire frío corre por la estancia cuando Whit se levanta para mirarme y chasquea la lengua como si yo hubiese hecho algo mal.
—Ahora mismo no se toca, ¿vale? Deja que te dé lo que tú me has dado a mí.
«¿Acaso le he dado una tortura enloquecedora y devastadora sin darme cuenta?».
La lengua de Whit me recorre la entrepierna. Por el lado derecho. Por el lado izquierdo. Ignora lo que hay en el centro. Mi polla da un salto hasta chocar contra mi estómago. Quiero tocármela. Quiero tocarla a ella. Quiero participar de algún modo.
Con un lametón lento y lánguido, Whit me recorre la parte más sensible de la entrepierna.
El calor de su aliento me tensa las pelotas.
Sus hábiles dedos masajean el espacio justo detrás de ellas, una parte de mi cuerpo que creo que nadie ha tocado jamás.
Las descargas de placer me obligan a abrir aún más las piernas.
—Whit —gimoteo, y trago saliva.
Ya no estoy seguro de si esto es una recompensa o un castigo.
Cuando por fin lame la línea que separa mis pelotas, tengo que volver a morderme el labio para no gritar.
La línea recta que traza prosigue por la base de mi polla, para luego trazar círculos alrededor del glande, que acaba por meterse de lleno en la boca.
Succiona… con fuerza. Con tanta fuerza que casi me corro.
—Ay, Dios. Jo-der. —Tartamudeo, jadeo y tiemblo sobre el colchón, agarrando con tanta fuerza las sábanas que probablemente haya que cortarlas más tarde para quitármelas de las manos.
Su suave lengua gira y gira alrededor de mi glande.
Repasa todo el pegajoso líquido preseminal para luego volver a succionar con fuerza.
Se mete hasta el último centímetro de mi polla en esa boca caliente que tiene.
Arqueo la espalda hasta separarla de la cama, y un gemido gutural y agónico se propaga desde mis labios por el aire cargado.
—Deja que te toque. Es lo único que quiero. Haz el fa…
Whit se aparta con un sonoro plop , y yo siento un alivio de la presión que me incendia la sangre en las venas y me destroza todo el cuerpo. Me mira con esas pestañas negras entornadas y se aparta el pelo a un lado.
—¿Quieres tocarme?
Me lamo los labios y muevo las caderas. Mi polla, dura como una piedra, oscila en medio del aire fresco.
—Me muero de ganas, joder —digo con voz destrozada—. Por favor, cariño. Has dicho que esto era mi recompensa, ¿verdad? Por favor, recompénsame dejando que te toque.
Sin dejar de acariciarme lentamente la polla con una mano, con la otra aparta la mía de las sábanas.
La guía por mi propio vientre, sobre la humedad que empapa mi polla, y se la pone entre las piernas.
Solo noto calor y una humedad pegajosa. Mis dedos se introducen con facilidad dentro de ese coño tan prieto que tiene.
Ladeo la cabeza y me muerdo el bíceps para reprimir otro gemido. Consigo pronunciar con voz apenas audible:
—Hostia puta, gracias.
Whit es perfecta, joder. Tan perfecta que voy a suplicar cada día durante el resto de mi vida que me deje tocarla. Soy un caso perdido, desesperado. Estoy tan prendado de esta mujer que lo daría todo por volver a oír sus jadeos al correrse.
Se saca el vestido, liberando por fin esas tetas que tanto tiempo llevo imaginando.
Tienen forma de lágrima y caen pesadas contra su esternón.
Yo saco la mano de detrás de mi cabeza para poder sopesar una de ellas.
Sus pezones de color marrón claro se endurecen rápidamente y se deslizan a la perfección entre mis dedos.
Con un ligerísimo pellizco, el interior de su coño se crispa.
Cada sensual curva de su cuerpo, cada peca, cada cicatriz, cada lunar de su piel. Es como estar contemplando a un verdadero ángel que irradia luz.
—Joder, pero qué preciosa eres. —Contemplo a la mujer de mis sueños.
Decir que es preciosa se queda muy corto.
Pero ¿cómo voy a explicar que mirarla es como inspirar una bocanada de aire montañoso con el brillo del sol en la cara? Supongo que podría decir esas mismas palabras. Podría decirle a Whit que contemplarla supera a todos los días de verano.
—Mis tetas están… no sé. —Arruga la nariz y mira hacia abajo, hacia donde la estoy acariciando. Suelta una risa en voz baja—. Gastadas.
—Perfectas, joder. Así son tus tetas…, así eres tú, perfecta.
No sé dónde habrá estado durante toda mi vida. Pero esta noche es mía. Y pretendo que siga siendo así para siempre.