Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 29. Whit #3
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29. Whit #3

—Esa estrella que forma la cabeza… —señala con un dedo levemente tembloroso, y me deja tiempo para seguirlo con la vista antes de bajar la mano— en realidad son dos estrellas.

Son estrellas binarias, lo cual significa que la más pequeña orbita alrededor de la primaria.

Las atrae la gravedad… y están tan cerca que a primera vista parecen solo una.

Contemplo el Cisne, ahora imposible de ignorar después del repaso metódico que Colt me ha hecho. Busco otras formas en la noche, pero estoy completamente perdida. Aun así, sigo regresando al cisne.

—¿Conoces otras constelaciones?

—Para serte sincero, conozco una cantidad vergonzosa de constelaciones. —Ladea la cabeza y me mira, con una inconfundible arruga en la nariz.

—No veo por qué va a ser vergonzoso, a no ser que me digas que te las aprendiste específicamente para poder montar esta escena romántica con todas las chicas con las que tienes citas.

—¿Puedo serte sincero? —Asiento tentativamente—. La verdad es que no he tenido muchas citas…

Me veo impulsada a susurrar en tono algo trémulo:

—Yo tampoco.

—¿Porque a Jonas le encanta fingir que le duele la barriga tanto como a mí?

—Sí, en parte es por eso.

Le lanzo una mirada anhelante a Colt. Quiero acariciar el áspero borde de su mandíbula con las manos, para poder mirarlo directamente a los ojos.

Quiero poder vérselos en condiciones cuando le pregunte qué piensa sobre tener niños.

Sin embargo, en el momento en que mis dedos lo rozan, es como yesca contra pedernal, y me olvido por completo de lo que le iba a preguntar.

Me encuentro con una mirada sobria, no con la sonrisa coqueta a la que estoy acostumbrada.

Esas lagunas azules que son sus ojos están formidablemente profundas y oscuras, casi carentes de color, gracias a la dilatación de sus pupilas.

Colt abre algo más la boca y luego vuelve a cerrarla. Se le arruga la frente.

—Sé que tienes miedo, pero Jonas y tú lo sois todo para mí. Quiero estar presente… No quiero decepcionaros a ninguno de los dos.

Ese instante se me lleva por delante. Por más que mi cerebro les grite a mis lagrimales para que paren, se me llenan los ojos de lágrimas que luego me corren por las mejillas, dejando un rastro que me arde en la piel. Intento restregármelas con el dorso de la mano, pero no soy lo bastante rápida.

—No llores —dice con voz tierna, pasándome el pulgar por debajo del ojo. Me planta un beso en la comisura de la boca—. Juntos lo llevaremos como podamos.

«Sí, solo que yo estoy llevando este barco directamente hacia un puto iceberg, mientras que tú crees que estás en un crucero de lujo».

—Lo siento. Es que…

Suelto un jadeo y me esfuerzo por llenarme los pulmones con el fresco aire del bosque.

—Chis. No pasa nada. —Me rodea por completo con sus brazos y me acaricia la espalda con una mano con gesto tranquilizador, arriba y abajo.

Yo me agarro al frontal de su camisa; los botones se me clavan en las palmas—.

¿Quieres que te enseñe otras constelaciones?

—me pregunta con un ápice de vergüenza en la voz.

—Me muero de ganas.

Su mano fluye por el cielo, dibujando cada imagen en las estrellas para mí.

Su voz nombra con ternura una constelación tras otra, hasta que los cielos oscuros se ven llenos de una intensa luz.

Nuestros cuerpos están suavemente conectados, nuestros rostros tan cerca que oigo su respiración profunda y firme.

Para cuando termina de hacerme un tour por todo el cielo nocturno, se me han secado las lágrimas y he dejado de agarrar su camisa como si fuera un salvavidas.

—Bueno, y si no es para impresionar a las chicas, ¿cómo es que sabes tanto sobre las estrellas?

—Mi madre nos enseñó a mi hermano y a mí cuando éramos niños.

No sé si ya lo sabía o si se informó específicamente para nosotros.

—Me abrazo a mí misma para luchar contra una brisa repentinamente fría—.

Ya te he dicho que mi padre no estaba muy presente, porque tenía que viajar para participar en rodeos o bien para trabajar de vaquero en ranchos desde aquí hasta Manitoba.

Teniendo en cuenta lo mucho que viajaba, cualquiera pensaría que teníamos dinero, pero no era el caso.

Aun así, mi madre siempre se aseguró de que no nos perdiéramos ni una sola lluvia de meteoros ni ningún atisbo de la aurora boreal, aunque tuviese que levantarnos de la cama a las tres de la mañana.

Era entretenimiento gratis, y también educativo.

—Me encanta. Qué suerte tener una madre que te quiera tanto.

—Pues sí, es una suerte. Mi madre es la roca en la que me apoyo. —Una arruga se forma entre sus cejas gruesas y oscuras al ver que me estremezco tanto que toda la camioneta tiembla conmigo—. Bueno, cariño, vamos a largarnos de aquí.

Me suelta, y siento la pérdida de su contacto en lo más profundo de los huesos, un dolor que me llega hasta el tuétano y que me impulsa a tenderle los brazos para que me ayude a bajar de la camioneta, aunque no me haga falta.

Le rodeo el cuello y mis dedos se agarran a su nuca para luego introducirse por la maraña de sus cabellos.

Me acerco su cabeza y, en el momento en que mis zapatillas aterrizan sobre la densa tierra, mis labios se estrellan contra los suyos.