Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 29. Whit #2
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29. Whit #2

La certeza me provoca un nudo en el estómago. Acaricio su antebrazo bronceado con las uñas y trazo remolinos en su fino vello castaño claro. Me esfuerzo para que el miedo no supere rápidamente a la emoción de la esperanza.

Con un susurro asombrado, Colt pregunta:

—¿Te encuentras bien?

—Eso ha sido… Eres increíble.

—No, cariño. Increíble eres tú. Ha sido lo más sexy que he visto en mi vida. —Me acaricia el cabello con la mano—. Si yo fuera capaz de correrme tantas veces seguidas, ni siquiera saldría de casa.

Suelta una risita amodorrada y me acomodo en su abrazo.

—No suelo correrme tantas veces seguidas. No sé qué me ha pasado, pero no tenía bastante.

Quería más, más, más; aunque mi clítoris estaba hipersensible y cada roce venía acompañado de dolor. Aunque me ardían los abdominales a causa de la tensión constante. Incluso ahora, no estoy segura de no volver a ansiar sus caricias tras unos minutos recuperando el aliento e hidratándome.

Alargo un brazo tembloroso hacia mi bebida, pero Colt se me adelanta y me acerca la cañita doblada a los labios. Bebo hasta que vuelvo a apoyar la cabeza en su pecho con un suspiro aliviado.

—¿Te importaría repetirlo para poder grabar esas palabras y escucharte decirlas en bucle?

—No suelo correrme…

—¡Espera! —Se busca frenético en los bolsillos del pantalón, y luego inspecciona el salpicadero con ojos entrecerrados—. No sé dónde he dejado el móvil. Maldita sea… Bueno, tú dilo otra vez y yo intentaré memorizarlo.

—Estás chalado —digo con una risa cansada—. Bueno, ¿listo? No suelo correrme tantas veces, pero me ha dado algo…, probablemente por culpa de un vaquero sexy con manos mágicas…, y no me cansaba.

—Me gusta cómo lo has dicho ahora. —Me da un beso en la frente y luego mira la pantalla, donde empiezan a salir los créditos finales de la película—. Me ha gustado nuestra primera cita.

—Creo que no ha sido una cita clásica —digo, juguetona—. Pero ha sido perfecta. No quiero que esta noche acabe.

—Por suerte para ti, no tiene que acabar.

Con ayuda de sus enormes manos, me endereza en el asiento, y yo me recoloco el vestido.

El interior de la camioneta está oscuro, y tampoco es que tenga ningún bolsillo en el que guardarme las bragas, así que no me molesto en buscarlas por el suelo.

La camioneta se une a una lenta hilera de coches de camino a la salida, similar a la de entrada.

Debería irme a mi casa. Por cada hora después de las diez de la noche, tengo que pagarle tarifa doble a la canguro.

Lo cual, sinceramente, es una locura, teniendo en cuenta que lo único que está haciendo es juguetear con su teléfono mientras Jonas duerme.

Aun así, vale la pena a cambio del plan secreto que Colt tiene guardado bajo la manga, a juzgar por el modo en que está sonriendo para sí.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —Me apoyo contra él cuando la camioneta gira inesperadamente hacia la derecha en lugar de hacia la izquierda. Nos estamos alejando de Wells Canyon por una pequeña carretera bordeada de árboles.

—Confía en mí. —Ladea la cabeza y contempla por la ventanilla el cielo nocturno—. Con lo despejada que está la noche, esto te va a encantar.

Tras girar una serie de recodos llegamos a un pequeño claro entre la oscura espesura del pinar. Un claro en medio del denso bosque. Yo he crecido en Wells Canyon, he explorado todos los caminos de tierra en la camioneta hecha polvo de mi padre, pero no reconozco este sitio.

Colt aparca a un lado de la carretera. Me agarra de la mano y me lleva consigo. En el aire flota un leve deje a otoño. Me acerco a él para disfrutar de su calor. Una brisa sopla por la hierba alta que rodea el camino. Una lechuza cercana suelta un ululato que reverbera por la noche silenciosa.

—Sube, mami. El capó estará caliente.

Apoya la bota en la rueda del lado del conductor, y los vaqueros se le pegan muchísimo al culo. Incapaz de contenerme, alargo la mano y le doy un cachetito.

—Cariño mío, puedes darme todos los cachetes que te dé la gana.

Me enseña un poco más el trasero y le doy una palmada, tras la que me hormiguean los dedos. Sacude la muñeca con una mueca sonriente.

—Esa es mi chica. —Da un par de botes apoyado en el borde de la puerta para luego aupar todo el cuerpo al capó de la camioneta.

El metal emite un ruido al hundirse un par de centímetros bajo el peso de su culo.

Los ojos de Colt se desorbitan—. No te preocupes; si le doy un puñetazo desde la parte interior, le quitaré la abolladura. Sube.

Subir por el asiento del copiloto es todo un desafío. Y aupar­se de ahí al capó… ya, claro.

Colt extiende una mano.

—Yo te ayudo. Lo único que tienes que hacer es apoyar el pie en el neumático y darme la mano.

En el mismo instante en que mi pie se alza del suelo, recuerdo un problema importante.

—No llevo ropa interior.

—Echa un vistazo por aquí. ¿Hay alguien que te vaya a ver algo que no deba? Venga, cariño. —Me hace un gesto con la cabeza.

Suelto un suspiro decidido, agarro su mano y dejo que ese mismo fuerte bíceps en el que hundí los dientes hace una media hora se hinche y se tense para subirme de un tirón al capó de la camioneta.

Siento el metal sorprendentemente cálido en las piernas desnudas.

Me aprieto contra Colt para calentarme aún más.

Sin soltarme, Colt se tiende junto a mí con la espalda apoyada en el parabrisas.

Yo apoyo la cabeza en el hueco de su brazo.

Y entonces me doy cuenta de por qué me ha traído aquí.

La negrura del cielo está salpicada de millones de puntos blancos que llegan hasta nosotros desde millones de años luz.

Yo he crecido en un pueblo pequeño, con apenas un puñado de farolas e incesantes vistas del cielo, pero jamás lo había visto así.

Jamás he tenido la vista repleta de estrellas, acunada en los brazos de un amante en medio del bosque.

Las constelaciones brillan, si bien oscurecidas temporalmente por pequeños remolinos de nubes que pasan a toda velocidad. Colt y yo, sobre el capó de su camioneta, somos increíblemente insignificantes. Y, sin embargo, siento que esta noche es la más significativa de toda mi vida.

—El Cisne brilla un montón esta noche. —Señala algún punto arriba y a la izquierda de nosotros. Mi mirada sigue la dirección de su dedo; no estoy muy segura de qué es lo que estoy mirando. Todo forma un manto de estrellas y ninguna parece diferente de las demás.

—La única que distingo es el Carro. —Paso el brazo por encima del suyo y señalo un conjunto de estrellas con forma de cuchara. Y hasta ahí llega mi conocimiento del sistema solar—. Ah, mira, está pasando un avión.

Colt me rodea la cintura con la mano y guía mi dedo extendido. Estoy señalando una estrella particularmente brillante, pero sigo sin tener ni idea de qué es lo que se supone que tengo que estar viendo. Cierro un ojo con la esperanza de tener una nueva perspectiva. Nada.

—Se supone que es la que parece un cisne en pleno vuelo.

La estrella más brillante está en su cola.

—Mi mano recorre el cielo nocturno bajo su control—.

Y esas de ahí —dice, moviendo nuestras manos para formar una cruz sobre las estrellas— son sus alas y su cabeza.

La estrella que forma la cola no siempre es tan brillante y fácil de encontrar. Puedes considerarte afortunada.

«Vaya si me considero afortunada».

—¿Quieres saber algo guay? —Gira la cabeza rápidamente para mirarme, y luego vuelve a centrarse en el asombroso lienzo en las alturas.

—Siempre.