29. Whit
Whit
M i cabeza descansa sobre el pecho de Colt.
El firme latido de su corazón está en perfecta armonía con el mío.
Y aunque tengo la vista clavada en la pantalla de quince metros que hay frente a nosotros, mi mente está en un lugar bien distinto.
He intentado que no me molestase la charla sobre tener niños, porque sé que probablemente Colt no estaba diciendo «Quiero que seas la madre de mis hijos» ni tampoco «Quiero tener dos o tres hijos» exactamente.
Estaba hablando de su propia infancia. O al menos eso es lo que me he dicho a mí misma mientras dábamos cuenta de la comida y pasaba la primera mitad de la película.
Probablemente sea mejor así. Hemos venido a ver Twisters, y si me centro demasiado en la trama, tendré pesadillas durante una semana en las que un tornado se llevará volando mi casa.
Mi cerebro rechaza el hecho de que vivo en las montañas de la Columbia Británica, donde un tornado es básicamente una imposibilidad.
Por vigésimo novena vez, agarro el teléfono para confirmar que no hay ninguna llamada perdida ni ningún mensaje de la canguro. Lo que me encuentro es la mejor noticia posible: Jonas está durmiendo.
Me relajo más, reclinada en el asiento con el brazo de Colt por encima del hombro. Su mano descansa en mi vientre y yo jugueteo con ella: trazo las líneas serpenteantes de su palma, acaricio sus contornos con el pulgar, descubro un centenar de modos distintos de entrelazar nuestros dedos.
Colt me pone una gominola ácida delante de la cara, lo bastante lejos como para que me vea obligada a retorcerme un poco en el asiento para estirarme e intentar cogerla. Él la aleja aún más.
—Dame la gominola, gilipollas —digo con fingido tono serio.
Por fin, me pone la gominola bañada en azúcar y aun así ácida en la lengua. Luego me agarra de la barbilla para poder darme un beso tierno. Yo mastico la gominola y alargo el cuello para besarlo más profundamente. Al arquear la espalda, nuestras manos entrelazadas descansan en mi regazo.
—Tienes muy buen sabor. —Sonríe, pegado a mi boca.
—Más vale que no cambies de golosina favorita solo por copiarte de mí.
—Lo que me interesa no es el sabor de las gominolas ácidas, cariño. Tus besos siempre son muy dulces, joder. —Me lame juguetón el labio inferior, lo cual me provoca una descarga eléctrica que va directa hasta mi clítoris—. Me pregunto si…
Con la esperanza de saber la respuesta, susurro:
—¿Si qué?
Aparta lentamente su mano de la mía y juguetea con el dobladillo de mi vestido. Me acaricia arriba y abajo la parte superior del muslo. Mis rodillas se abren por puro reflejo, creando un espacio entre mis muslos por si acaso se le ocurriera meter la mano ahí dentro.
Colt posa los labios en mi cabello. Su aliento tembloroso es un cálido bálsamo sobre mi cráneo. Ahora le late mucho más rápido el corazón, más un galope que un trote constante.
El lento trayecto de sus dedos por mis muslos, que me suben el vestido, me provoca un espasmo en la entrepierna. Hacía mucho que un hombre no se tomaba su tiempo así conmigo, para asegurarse de sentir hasta el último centímetro de mi piel.
Un estremecimiento me corre por la columna cuando me roza el borde de la ropa interior.
Luego pasa los dedos por delante, así que debe de comprender sin la menor duda lo caliente y mojada que estoy.
Va trazando pequeños remolinos sobre la tela, un roce tan leve que mi piel hormiguea anticipando mucho más.
Yo alzo las caderas y él me aprieta con algo más de firmeza para mantenerme en el sitio.
Aplica una intensa presión sobre mi clítoris con la palma de la mano.
Yo reprimo un gemido y arqueo la espalda para que vuelva a hacerlo, preferiblemente sin un fino velo de algodón entre nuestras pieles.
Reprimo otro gemido al imaginar que lo hace con la lengua.
—Por favor. —Ya me estoy retorciendo en sus brazos. Me muevo y me aprieto contra él, frenética en medio de estas ansias de liberar la tensión.
Colt suelta un suspiro tembloroso. Su mano se mete por mis bragas.
Acaricia la pequeña franja de vello oscuro que tengo ahí, y yo centro toda mi energía en mantenerme perfectamente inmóvil.
Inspiro el fuerte y varonil aroma de su gel de baño y tanteo a ciegas para bajarle el volumen a la radio.
Lo único que quiero oír es nuestra falta de aliento y la rudeza de su errático corazón mientras va bajando más y más. Más y más.
Cierro los ojos. El mundo más allá de nosotros desaparece.
Mi respiración se acelera. Me muerdo el labio inferior y disfruto del roce de sus duros dedos, que acarician los dos lados de mi abertura. Es una puta tortura, una sensación divina. Jamás en toda mi vida he estado tan mojada.
—Joder, Whit… Dios, tu coño es suavísimo —dice con voz casi agónica.
Al fin, mete los dedos en mi excitada humedad. Un gemido —descompuesto y repleto de desesperación— escapa de los labios de ambos. Yo echo la cabeza hacia atrás, le chupo el labio inferior y le clavo los dientes en la carne mientras me toca el clítoris.
Basta un leve roce en mis nervios hipersensibles y me recorre un temblor sísmico. Le paso la mano por el cabello y ansío que me bese tan intensamente como pueda, que me toque hasta que me convierta en una masa temblorosa en el asiento de su camioneta.
—Eres… —Se queda sin palabras en el mismo momento en que su dedo corazón se hunde más profundamente en mi coño. Echa la cabeza hacia atrás y golpea con ella el reposacabezas, gimiendo como si fuera a él a quien están provocando placer—. Perfecta. Eres perfecta, joder.
—¿No te apetecía comprobar qué sabor tengo? —Me pego a su mano para que la palma me apriete el clítoris mientras él se pierde en la sensación de mis músculos, que se contraen en torno a su dedo.
Durante una fracción de segundo, lamento habérselo recordado, porque retira la mano, pero solo para chuparse el dedo corazón y soltar un gemido.
—Qué dulce. Eres dulce como la miel, Whit. Tus besos son azucarados y tu coño sabe mejor de lo que me había imaginado.
Me lamo los labios y lo miro con las pestañas entornadas.
—Ah, ¿sí?
Sus nudillos húmedos acarician mi mejilla.
—¿Quieres probar?
—Creo que prefiero saborear mi flujo en tu polla.
Él suelta un gemido y se lleva la mano a los pantalones para acomodársela. La siento a través de los vaqueros: dura y grande. Cómo la deseo, pero no en una estrecha camioneta rodeada de un montón de vehículos llenos de gente.
—Me cago en la puta, Whit. Vas a conseguir que vuelva a correrme otra vez en los putos pantalones si sigues hablando así.
«¿Otra vez?».
Interrumpe mis pensamientos antes de que pueda formular la pregunta al deslizar su cálida mano por toda la longitud de mi cuerpo.
Se detiene para apretarme un pecho. Sus dedos rozan suavemente mis pezones endurecidos por encima del vestido.
Siento un dolor físico. Todo mi cuerpo se aprieta contra él.
Colt desciende, me sube el vestido hasta la cintura y me tironea de la ropa interior.
Yo lo ayudo con la mano a bajarme las bragas y luego me desprendo de ellas con un golpe de tobillo.
Quién sabe por qué me he molestado en ponérmelas, sabiendo que iban a acabar tarde o temprano en el suelo de su camioneta.
Jadeo ante la intrusión de no uno, sino dos de sus dedos a la vez.
Abro las caderas para que me los meta hasta los nudillos.
El siguiente beso que nos damos es hambriento.
Nos devoramos vivos, y él va marcando el ritmo con los dedos de la mano derecha, apretándome el punto G, mientras que con la otra aumenta la presión sobre mi clítoris hinchado.
Siento un hormigueo bajo la piel que recorre mis entrañas y me llega hasta los dedos de los pies, encogidos.
—Más, más —digo en tono agudo. Los sonidos roncos que salen de sus labios casi me llevan al orgasmo—. No pares, joder.
Mi cabeza oscila junto a su duro pecho, que asciende y desciende. Me impulso adelante y atrás contra su mano. Como agua que fluye contra una presa a punto de derrumbarse, la presión va aumentando. Pequeños riachuelos de placer ya gotean por las grietas.
—A punto —murmura Colt pegado a mi pecho.
—A punto, j-joder —tartamudeo.
Él aumenta la velocidad para seguir el ritmo de mis latidos, el crescendo de mi placer.
Yo le aprieto los dedos con los músculos internos.
Mis manos intentan agarrarse a algo dentro de la camioneta.
Me conformo con clavar las uñas en su muslo sobre el pantalón vaquero y pegarle la boca al bíceps para no gritar.
—Estoy… estoy… joder. Quiero sentir cómo te corres con mi mano. Lo necesito.
Me tiemblan las piernas con la fuerza del clímax. El calor me abrasa por dentro y aumenta por mis muslos temblorosos. Todo se deshace. Las caricias de Colt disminuyen de ritmo al tiempo que yo caigo en espiral.
Antes de haber recuperado el aliento o de poder centrar la vista, mientras los músculos me siguen temblando, lo miro y, con voz jadeante, suplico:
—Otra vez.
Él esboza una media sonrisa, y el roce de sus dedos vuelve a llevarme hacia el clímax. Siento lenguas ansiosas y dientes afilados que me dejan a punto. Los círculos insistentes sobre mi tierno clítoris me lanzan al espacio.
Colt me estrecha entre sus brazos y me descompone del todo, una y otra vez, hasta que estoy a punto de llorar, agotada. Acabo lánguida, con los labios hinchados a causa de su vello facial y el coño irritado pero satisfecho.
—Vale, vale, ya no puedo más —murmuro, medio adormilada.
Quizá así se siente una cuando disfruta de la vida. Me siento saciada, embriagada de amor, repleta de endorfinas postorgasmo. Si no me ando con cuidado, sería capaz de decirle a este hombre que lo amo.
Pero no se lo digo.
Aunque sería capaz. Sería muy sencillo amarlo.
Me hace reír, aunque ahora mismo esté a punto de llorar. Y cuando lloro, me sujeta entre sus brazos como si estuviéramos haciendo el amor. Y cuando me toca, me siento más cerca que nunca del cielo.