28. Whit
Whit
Futura esposa
¿Dolor de barriga?
¿En serio?
Quería entrar en tu casa y tratarte
como si fueras un amigote más.
Pero entonces empecé a pensar en besarte.
Y a la mierda el plan, amigo.
Futura esposa
Jonas va a sospechar si vuelves a negarte
a entrar.
Tienes razón.
La próxima vez que lo lleve a tu casa
intenta estar menos buena.
Futura esposa
¿Menos buena que la mañana
después de mi cumpleaños?
No prometo nada.
Han pasado dos días desde que Jonas se escapó a casa de su padre.
Han pasado dos días desde que Whit y yo nos enrollamos en su sofá en la oscuridad.
Me pasé todo el día de ayer pensando cómo tomármelo con calma y evitar besarla en cuanto entrase por la puerta.
Tenía un plan. No pensaba llamarla «mami» con el mismo tono sexy de siempre.
Nada de patéticas miradas anhelantes. Nada de agarrarnos de la mano en secreto.
Pan comido.
Pero entonces, el chico y yo nos acercamos a la casa y empecé a pensar que Whit iba a llevar puesta la ropa de trabajo…
, lo cual me llevó a fantasear con ser su asistente.
Empezaron a hormiguearme los muslos, y la polla se me empezó a poner dura, así que fingí que me dolía la barriga y dejé a Jonas en el camino de entrada.
Pero esta noche… esta noche voy a tener la última primera cita con mi futura esposa.
Voy con un innegable petardo en el culo al bajar las escaleras de los barracones, y no solo porque Betty me esté mordisqueando los talones.
La mayor parte de los rancheros están descansando sentados a la mesa o en los gastados sofás, bebiendo cerveza y contándose mierdas mientras el ranchero que lleva menos tiempo por aquí se encarga de preparar una olla gigante de espaguetis a la boloñesa.
—Vas muy peripuesto para una velada con los chicos a base de espaguetis. —Rob me mira de la cabeza a los pies al tiempo que arranca la etiqueta de su botella de cerveza.
—Esta noche, nada de espaguetis. —Me pongo mis botas de vaquero y me aliso la parte delantera de la camisa con la mano—. He quedado en el pueblo. ¿Os importa darle a Betty Espagueti un cuenco con la comida que lleva su nombre?
Ryan, el ranchero que está preparando la pasta, asiente.
—¿Con extra de salsa?
—Mejor no. Si no, cuando se me meta en la cama parecerá que han asesinado a alguien en ella.
—Me dedico una mirada de reojo en el pequeño espejo que cuelga cerca de la puerta principal.
Me compongo el bigote y me reajusto el sombrero de vaquero—.
Me cago en la puta, qué guapo soy. Deberían contratarme para hacer el remake de Los caraduras .
—¿En el papel del perro? —se burla Rob.
Ryan cambia de tema, sin dejar de remover la salsa caliente en el fogón.
—¿Tienes una cita esta noche?
Rob suelta un resoplido.
—Sí, claro. La única mujer con la que este queda es su madre.
—Voy a recoger a mi propia versión de Sally Field, aunque más buenorra, y darle un paseo en mi propia versión de un Lamborghini.
—Ya, claro —dice Rob—. Y a mí están a punto de decirme que he ganado un millón de dólares y que ya no tengo que trabajar rodeado de gilipollas.
—Si te pasa eso, Hacienda le acabará mandando todo el dinero a tu exmujer en concepto de pensión y no verás ni un centavo —dice Ryan, y tiene que esquivar el tenedor que le lanza Rob.
Lo interpreto como la señal de que tengo que marcharme. Salgo de los barracones antes de que nadie me haga más preguntas. Betty me ve subirme a la camioneta y vuelve a la casa, metiendo su culo gordo por la trampilla para perros.
Para cuando aparco delante de una casa dos números más abajo de la de Whit, estoy hecho un manojo de nervios.
Me tiemblan los músculos de anticipación y, aunque hoy el aire acondicionado de la camioneta va de puta madre por primera vez en todo el verano, estoy sudando.
A pesar de los temblores y de no dejar de morderme nerviosamente el interior del carrillo, me aseguro de tener el mismo buen aspecto que cuando salí del rancho.
Le mando un mensaje a Whit para avisarla de que he aparcado a un par de casas de distancia.
Ha sido lo único que me ha pedido, y, por más que odie la idea de no recibirla en la puerta con flores, estoy dispuesto a hacer todo lo que ella quiera.
De adolescente, no había ninguna chica que se escabullese por su jardín para venir a salir conmigo.
Ahora, a los veintinueve, me parece guay de la hostia que me suceda.
Whit se aleja a paso vivo de su casa sin mirar siquiera atrás, con una sonrisa que le ilumina el rostro y el cabello ondeando por los hombros.
Sus sandalias chocan contra la acera, casi resbalando de camino a mi camioneta.
Esta noche vuelve a llevar vestido, aunque este es diferente del que se puso en su cumpleaños.
Es más bonito y veraniego, menos de devoradora de hombres. Mi chica es versátil.
El vestido es del color intenso de los campos de heno antes de la cosecha, a juego con sus ojos. El dobladillo le roza los muslos al subirse al asiento del copiloto.
—Hey, mami. —Le tiendo un pequeño ramo de flores silvestres amarillas. Cada vez quedan menos, porque el verano se está acabando, pero me las he arreglado para encontrar unas cuantas de camino al pueblo.
Ella acepta el sencillo ramo y lo contempla con una sonrisa que le ocupa toda la cara.
—¿Sabes una cosa? Ha habido días en los que estaba dispuesta a arrancarme las orejas si oía una vez más la palabra «mamá». Pero oírte a ti llamarme mami me gusta. Dios, me gusta mucho.
—¿Ah, sí, mami? —Le guiño un ojo—. Estás muy guapa.
—Gracias. —Se apoya las flores en el regazo y se recoloca un mechón de pelo tras la oreja. Lleva una parte recogida con una horquilla grande de color marrón, pero un par de mechones sedosos se siguen rebelando—. ¿Dónde está Betty?
—Por más que la quiera, no me gusta que venga a mis citas. La he dejado en los barracones del rancho. Los chicos se portan muy bien con ella, sobre todo las noches en que hay espaguetis. No me echará mucho de menos.
Whit se pone el cinturón y le lanza una mirada a su casa mientras yo doy la vuelta con la camioneta.
—¿No ha habido problemas con la canguro esta noche?
Ella tensa las fosas nasales, con los labios apretados en una línea fina e implacable.
—Aún no, pero la noche es muy muy joven. No le he dicho a Jonas que tenía una cita; se cree que voy a un club de lectura.
—¿Pero estás en un club de lectura?
Ella asiente suavemente.
—Sí, uno online. Solemos vernos por Zoom para beber vino y charlar sobre libros románticos una vez al mes. Sería divertido organizar algo así en el pueblo.
—Yo puedo organizar un club de lectura contigo, si quieres. No se me da muy bien leer, pero puedo ojear las palabras y mirar las imágenes.
Suelta una carcajada que recorre todo su esbelto cuerpo. Se lleva una mano a la boca al tiempo que se sonroja. Me mira con una sonrisa tan llena de luz que siento que me ha tocado la lotería.
—Si el tipo de libros que yo leo tuviera imágenes, serían directamente pornográficas —dice.
«Ah. Vaya. Vale».
Ya me había mencionado sus libros guarros, aparte de sus pines esmaltados de pollas y sus novios literarios. También me había dicho que se pone cachonda cuando los lee. Sin embargo, no había pensado que llegase hasta ese extremo.
—¿Te incomoda? —pregunta.
—Me incomoda pensar en las veces que veo a Kate leyendo libros que se parecen a los tuyos mientras todos desayunamos en la cocina. —Me paso la mano por la boca—. Pero la verdad es que me parece muy curioso que tú los leas.
—Son un modo divertido de escaparme del mundo. Están muy bien para apartar la mente del trabajo, de Jonas o de mi familia. Me gusta leer sobre tíos buenorros que le lavan el pelo a una chica, le preparan su comida favorita y le provocan un orgasmo tras otro.
Esas palabras fluyen directamente desde su boca hasta mi lista mental titulada «Cosas que le gustan a Whit»:
– el café con dos azucarillos
– los pines esmaltados
– leer
– que un tío buenorro le lave el pelo y le prepare su comida favorita (¡tengo que descubrir cuál es su comida favorita!)
– un orgasmo tras otro
Los demás rancheros se quejan muy a menudo de que las mujeres no vienen con manual de instrucciones. Yo pensaba que esta mierda sería más difícil de lo que en realidad es. Sin embargo, Whit me está dando todo lo que necesito en bandeja de plata.
La miro y meneo las cejas.
—Vaaaya. Pues ahora me interesa aún más formar parte de tu club de lectura, sobre todo si en él solo estamos tú y yo. Y si ir vestido es opcional… No, de hecho, si ir vestido está prohibido.
Ella resopla, pero a sus ojos asoma fuego.
—No es un modo muy educado de hablar conmigo en nuestra primera cita.
—Hey, eres tú quien me ha hecho pensar en orgasmos.
—Venga ya, por favor. —Ladea la cabeza y me pilla el farol con una sola mirada—. Ayer ni siquiera te animaste a entrar cuando trajiste a Jonas porque llevas todo el fin de semana pensando en orgasmos.
—¿Y de quién es la culpa? —Aparto la mano del volante momentáneamente para señalarla. Ella me la agarra y nos damos un apretón—. Vale, cambio de tema. ¿Qué más te gusta hacer?
—Ahora mismo, leer es la única afición para la que tengo tiempo, porque puedo sacar el Kindle y leer unas cuantas páginas siempre que tengo un momentito libre. El hecho de que no lo haya traído hoy demuestra lo mucho que me gustas.
—Así que le has dicho a Jonas que ibas a un club de lectura y no has traído ningún libro.
Ella se muerde el labio inferior con gesto juguetón.
—Ni que me prestara tanta atención. Se distrajo en el momento en el que dije la palabra «libro». Pero bueno, aparte de pasar el rato con mi hijo de diez años, ¿a ti qué te gusta hacer?
Me echo hacia atrás, asqueado.
—Dicho así, suena como si fuera un pervertido. Lo que hago es pasar tiempo con Betty, ir a algún rodeo, pescar, ir a ver a mi madre.