27. Whit
Whit
N i se te ocurra pensar que te has librado. Vamos a tener que hablar de las consecuencias de lo que has hecho hoy.
—Me muero de ganas —replica Jonas en tono sarcástico, al tiempo que sube las escaleras con Betty a su lado. Luego cierra de un portazo la puerta de su dormitorio.
Nuevamente, iría tras él. Le diría que cortase el rollo pero que ya. Y acabaría derrumbándome en el suelo del lavadero para luego arrastrarme hasta la cama.
Sin embargo, esta noche Colt está aquí. Se quita las botas como si planease quedarse un buen rato. Hay algo en su firme presencia que me permite llenar por fin de aire los pulmones. El largo suspiro que suelto cuando me hundo en el sofá me resulta glorioso.
—¿Qué tal te sientes? —Colt se deja caer junto a mí, de lado. Su rodilla descansa contra mi pierna. La única iluminación de la estancia es el brillo dorado del ocaso. Es tan guapo que casi me duele mirarlo.
Me clavo los dedos en las sienes y suspiro.
—Cansada.
Vaya si estoy cansada. Estoy cansada de sentir que elegí al padre más mierda del mundo para mi hijo.
Estoy cansada de saber que todo lo que siento por Colt solo puede ser temporal.
Estoy cansada de poner en duda todas las decisiones que tomo y de preocuparme por si mi hijo va a crecer en condiciones.
Mi relación con Jonas no ha estado tan mal desde el inicio del verano, pero al menos está en casa.
Está a salvo. Y ahora mismo estoy demasiado cansada como para profundizar en nada más.
Mi mirada vuela hacia los escalones. Se oyen una música distorsionada de guitarra y un ritmo amortiguado de batería procedentes de su cuarto.
En circunstancias normales, pillarlo escuchando alguno de mis álbumes favoritos de música punk me llenaría de orgullo.
Pero ahora mismo es un golpe bajo. Recuerdo las horas que me pasé gritando al ritmo de la música más rabiosa y cruda que podía encontrar…
, cualquier cosa que hubieran hecho artistas que me parecían tan incomprendidos como yo misma me sentía.
—Se fue con Alex. Prefirió estar con Alex a estar conmigo.
No puedo evitar preguntarme si habré perdido oficialmente a mi hijo.
Pronto me pedirá irse a vivir con su padre.
A los dieciocho, me excluirá completamente de su vida.
Y algún día, tendré suerte si consigo verlo en vacaciones.
Recuerdo las promesas susurradas que le hacía a Jonas, cuando su cuerpecito de tres kilos y medio dormía sobre mi pecho: nunca seré como mis padres.
Nunca haré que te preguntes si mi amor es incondicional, nunca te menospreciaré.
Y ahora, aquí estamos. Ojalá me hubiese esforzado más por hablar con mi madre antes del diagnóstico. Si hubiésemos arreglado la tensión de nuestros lazos, quizá, solo quizá, yo sabría identificar dónde se ha torcido todo tanto con mi hijo. Y podría hacerlo mejor.
Una mano me acaricia la pierna, con los dedos extendidos. El calor de la mano de Colt permea por la fina tela.
—Mi padre pasaba mucho tiempo ausente. Trabajaba, participaba en rodeos y sabrá Dios en qué más.
Pero cada vez que su camioneta cuatro latas aparecía por el camino de entrada, mi hermano y yo salíamos corriendo para verlo llegar.
—Su voz es firme pero cruda—. Eso no significa que quisiésemos menos a nuestra madre…
Es como si en nuestra casa hubiera una puerta que jamás se abría y no pudiéramos evitar darle un meneo al pomo de vez en cuando.
—¿Crees que eso es lo que está haciendo Jonas?
Él asiente con aire tierno.
—Tú sigues siendo su lugar seguro. Cuando la puerta no se abre, o cuando Alex la abre una rendija y luego se la cierra sobre los dedos, Jonas acude a ti. Cierto, hoy se ha ido con su padre, pero ha regresado a casa contigo.
Jamás he deseado nada con tantas ganas como deseo que Colt tenga razón ahora mismo.
—¿Quieres que intente hablar con él? —me pregunta en tono amable—. ¿De hombre a hombre?
Me encojo de hombros.
—Si te deja…
Colt me guiña un ojo y a mí se me encoge algo en el pecho. Luego se pone en pie.
—Quédate aquí y relájate. Yo me encargo, mami.
Alargo la mano y lo agarro de la muñeca.
—Colt.
Él ladea la cabeza a la izquierda y alza las cejas lo bastante como para formular una pregunta sin palabras.
—Gracias… por todo lo que has hecho hoy.
Asiente levemente, como si no fuese para tanto.
Como si no estuviese recomponiendo los pedazos rotos de mi vida.
Aguanto la respiración durante todo el trayecto hasta el cuarto de Jonas.
La música se detiene de repente, pero mi hijo no echa de inmediato a Colt.
Me arrastro hasta la cocina y me sirvo la copa de vino más tranquilizadora que he tomado jamás.
Estoy dando cuenta de la segunda copa, arrebujada en un extremo del sofá, cuando los pesados pasos de Colt empiezan a bajar las escaleras.
Durante el tiempo que ha estado arriba, el sol se ha puesto y no me he molestado en levantarme del sofá para encender las luces.
La pequeña bombilla sobre los fogones ilumina lo bastante el espacio de la planta baja.
Teniendo en cuenta todo el tiempo que se ha pasado ahí arriba, deben de haber estado hablando de algo.
Por más desenfadado e infantil que sea Colt, dudo que esta noche esté para tonterías.
Se esforzó muchísimo por mantener la calma mientras buscábamos a Jonas, pero me di cuenta de lo preocupado que estaba.
También me di cuenta de lo mucho que lo cabreaba la despreocupación con la que Alex se tomó todo el asunto.
El sofá entero está vacío, pero Colt se sienta en el pequeño hueco que queda libre de mi cojín.
Está tan cerca que prácticamente se me sube encima.
Se pone mis piernas sobre su cálido regazo como quien se tapa con una cómoda manta.
Me acaricia el dobladillo de los pantalones y luego sus dedos descienden para acariciarme el gemelo.
A la mierda el vino. Lo que necesitaba para relajarme era esto.
—¿Qué tal ha ido?
Mi mirada lo recorre como una piedra que rebota sobre las claras aguas de un lago. Contemplo las sombras que abrazan cada contorno y cada pendiente de sus musculosos brazos.
—Me ha dicho que me vaya a la mierda.
Le doy unas palmaditas en el pecho.
—Bueno, así sabes lo que implica criar a un niño.
—Luego me ha preguntado si ahora estoy oficialmente en el «equipo de mamá».
Al parecer «se la he jugado» acompañándote a buscarlo, signifique eso lo que signifique.
Le he dicho que aquí no hay equipos… —Hace una pausa e inclina la cabeza para plantarme un suave beso en la comisura de la boca—.
Pero…, entre tú y yo, por supuesto que estoy en tu equipo.
Siento un aleteo en el corazón y se me calientan las mejillas.
—Bueno, ¿y al final ha hablado contigo?
—Pues sí…, y creo que tú también deberías ir a hablar con él. Sinceramente, el chico del parque se merecía el puñetazo. Estoy pensando si no debería enterarme de dónde vive e ir a darle un puñetazo a su padre también.
Yo alzo las cejas.
—¿Y eso?
No es la primera vez que Jonas niega ser quien empieza una pelea, aunque siempre se resiste a contarme los detalles de la situación.
—Le he dicho que la próxima vez es mejor darle al chico de una manera más sutil. Empezar el rumor de que apesta a queso o de que tiene una colección de muñecas de porcelana en su cuarto. Salir con la chica que le gusta. Ese tipo de cosas.
Me quedo boquiabierta.
—No le has dicho nada de eso, ¿verdad?
Él suelta una risita.
—No, claro que no. No soy tan idiota.
—No eres ningún idiota —le aseguro. Incapaz de resistirme, alargo la mano y le acaricio el corto vello facial con los nudillos—. ¿Qué ha hecho ese chico para ganarse tanta hostilidad por vuestra parte?
—Jonas me ha obligado a prometerle que no te iba a contar lo que me ha dicho, pero la verdad es que no sé cuál de vosotros dos me da más miedo. —Se lleva la mano libre a la nuca, mientras que con la otra me aprieta el tobillo—. Deberías preguntárselo a él.
Mi mano desciende hasta mi regazo.
—Créeme, lo he intentado más veces de las que soy capaz de contar.
—Vaya, joder, pues eso me pone en una situación muy difícil.
Niego con la cabeza y digo:
—No me lo cuentes. Jonas ha confiado en ti, y si tú crees lo que te ha dicho, me fío de ti.
Puede que sea Colt quien me está agarrando, pero yo me aferro a su contacto, como un salvavidas. Es algo que me mantiene estable. De pronto, me veo impactada por la certeza: me fío de él.
Me fío de él.
No solo de que tratará bien a Jonas.
Sino de que me tratará bien a mí.
Inexplicablemente.
Algo palpita en mi interior. Me imagino que es el derrumbe de los muros que protegen mi corazón. Ojalá no estuviera tan rota, para poder disfrutar de este momento y besarlo hasta que no importase nada más en todo el mundo.
—Whit —dice con un tono débil que consigue que mi nombre suene como algo sagrado—, me gustaría tener una cita contigo.
—¿Lo de hoy no ha sido una cita? —Esbozo una media sonrisa. Lo mejor que puedo intentar para aliviar la tensión.
—Lo de hoy ha sido… algo. Si te ha parecido una cita, tengo buenas noticias sobre nuestras próximas citas.
Yo aprieto los labios.
—Las he tenido peores.
—En ese caso, si ir al autocine conmigo acaba siendo menos divertido que lo de hoy, recházame con ternura y jamás volveré a molestaros.
Sin pensarlo, abro los dedos de la mano que tengo apoyada en el muslo, a la espera de que sus dedos se entrelacen con los míos. «Arenas movedizas».
—Vale. —Aprieto nuestras manos interconectadas—. Muy bien. Me encantará tener una cita contigo.
Consciente de que Jonas no va a salir de su cuarto esta noche, llevo los labios hasta los de Colt. Lo saboreo. Saboreo este momento. Me imagino una vida en la que estamos acurrucados en este sofá igual que ahora, pero todas las noches.
Cuando llegue la hora de contárselo todo, intentaré rechazarlo con ternura.