Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 26. Colt #2
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26. Colt #2

Sujeto rápidamente la bicicleta de Jonas a la parte trasera del vehículo y abro la puerta del conductor.

Me encuentro a Jonas derrumbado en el asiento central, con los ojos cerrados, Betty está tumbada de cualquier manera en su regazo y Whit mira al frente.

Tiene los ojos enrojecidos y las mejillas algo más hinchadas de lo normal, pero su expresión ahora está calmada.

Sin embargo, este puto silencio me da miedo.

Apenas cinco minutos después, empiezo a notarme nervioso.

En el interior de la camioneta hace mucho calor, el aire está tenso y apesta a aliento de perro.

Whit aprieta las manos en el regazo y mira por la ventana.

Jonas podría o no estar dormido, aunque su intenso fruncimiento de ceño me sugiere que está despierto y se niega a hablar.

Y Betty jadea estresada, intentando mantenerse erguida en su regazo.

Entiendo por qué está todo el mundo tan callado, pero igualmente me pone de los nervios. El silencio es tenso y pegajoso, como si estuviésemos mascando algo que no conseguimos tragar. Y una vocecita en mi cerebro me grita que tengo que arreglarlo yo.

Me remuevo en el asiento.

—Deberíamos ir a comer algo.

«Entre otras cosas, mi madre me ha enseñado que la comida lo arregla todo».

—Es la hora de la cena. —Doy un golpecito a los números del reloj del salpicadero—. Nunca sale nada bueno de estar enfadado y hambriento al mismo tiempo.

Jonas emite un sonido extraño en voz baja, mitad resoplido y mitad suspiro. Cualquiera sabe qué significa. Y, aun así, ninguno de los dos dice nada. Aunque al menos Whit me mira, rumiando mi sugerencia.

Al cabo, asiente.

—En la calle Oak suele haber un puesto ambulante de comida. Sería lo más sencillo y rápido.

Minutos después, la camioneta entra en el aparcamiento de gravilla.

El polvo se levanta entre las ruedas y estaciono junto al único vehículo que hay aparcado.

Debe de pertenecer a la familia con cuatro niños que parece estar jugando al pillapilla al lado de un puñado de mesas para pícnic repartidas de cualquier manera en una pequeña zona con césped.

Antes de llegar a abrir la puerta, ya capto el olor de la carne a la brasa, que se cuela por la camioneta y me provoca un rugido en el estómago.

Ha sido una buenísima elección, aunque tengamos que pasarnos la cena sentados en medio de un silencio incómodo.

Lo prefiero a dejar a Whit y a Jonas en su casa y largarme con el rabo entre las piernas para comer a solas en la Pastelería de Anette.

La gravilla cruje bajo mis botas. Me paso un brazo por el pecho y suelto un sonoro bostezo.

El único modo de que Jonas se moviera más despacio sería atarle el culo al ancla de un barco.

Durante un instante, Whit y yo nos encontramos solos bajo el sol de última hora de la tarde.

Estamos a un pelo de distancia; siento el roce de su mano en mi muslo. Mis ojos se cruzan con los suyos.

—¿Estás bien? —dibujo con los labios.

Ella alza un hombro y tuerce los labios formando algo que no es del todo una sonrisa, pero que intenta serlo.

Yo me meto las manos en los bolsillos y me dirijo lentamente al puesto ambulante de comida mexicana pintado de un intenso color rojo.

Contemplo con los ojos entrecerrados el menú escrito con tiza.

Está escrito con una letra tan fea que casi parece que hayan decidido escribirlo mientras conducían por una carretera llena de baches.

Las letras están torcidas, curvadas y fuera de lugar.

Los garabatos que llenan todos los espacios vacíos tampoco ayudan a entender el letrero.

Aparte de eso, siento la presión de tener a Whit y a Jonas justo a mi lado.

Contemplo el menú.

Y lo sigo contemplando.

Ladeo la cabeza para que parezca que no sé qué quiero pedir. Normalmente, en un restaurante cualquiera, jugaría a la ruleta y señalaría cualquier cosa si no entendiera la letra. Pero eso no es una opción con un menú escrito en una pizarra a dos metros y medio del suelo.

«Dios, odio esta parte». Siento un acostumbrado picor de frustración en el cráneo. Me late el corazón como si volviese a ser un chico de doce años que tiene que leer algo en voz alta en clase.

Me giro hacia Whit.

—¿Qué vas a pedir tú?

—Tostadas de ceviche —responde tranquilamente.

La miro y parpadeo. Debe de haberse inventado ese plato. O quizá no lo entiendo porque me está dando una embolia. Alzo la mano y me rasco la nuca.

—¿Y qué lleva?

—Hum, pues es como una ensalada de pescado sobre una tortilla de maíz.

No consigo reprimir una arcada. Whit se echa a reír, así que me apunto un tanto, aunque sigo sin saber qué quiero comer.

—No, gracias —digo. Arrugo la nariz e intento volver a descifrar el menú—. ¿No tienen…, no sé, tacos normales o algo así?

—Claro que sí. —Con una risita, Whit se sitúa a mi lado y señala todo el texto del menú, para que mis ojos sigan la dirección de su brazo—. Básicamente, la mitad del menú son tacos.

Está tan cerca que huelo su perfume. Me imagino apartando el cabello de su hombro para poder darle un beso en la piel y enterrando el rostro en el hueco de su cuello para inspirar su aroma. Mierda. Esto no facilita la situación.

—Perdona. Es que ha sido un día muy largo. —Trago saliva y giro el cuello. Ojalá no hubiese propuesto ir a comer—. ¿Te importa leerme las opciones del menú?

—¿No alcanzas a leerlo tú? —interviene Jonas. Por supuesto, la primera vez que abre la boca es para tocarme la moral—. Va siendo hora de que te pongas gafas, tío.

Whit le lanza una mirada de reojo, pero no pierde comba:

—¿Te lo leo todo o vamos sobre seguro?

—Sobre seguro. Esta noche no me apetece correr riesgos con las tripas.

«Bien sabe Dios que ya tengo un nudo en el estómago».

Ella pronuncia palabras que no he oído en mi vida.

Me siento mejor por no ser capaz de leerlas.

Me explica en qué consiste cada uno de los platos del menú.

Me decido por un par de tacos de ternera y otro par de pollo.

Dejo que Whit haga el pedido, aunque eso implica que prácticamente tengo que luchar con ella a la hora de pagar.

Estoy seguro de que Alex es el tipo de tío que ni siquiera se ofrece a invitar, pero si hay algo que quiero demostrar, hoy más que nunca, es que Alex y yo no podríamos ser más distintos.

Con los brazos cargados de comida y botellas de vidrio de un refresco del que jamás he oído hablar, tomamos asiento en torno a una desvencijada mesa de pícnic de madera.

Esto no se parece en nada a las cenas que he tenido antes con Whit y Jonas, y no solo por la música de mariachis que suena por un altavoz Bluetooth.

Nos comemos la cena en medio de un silencio seco, hasta que el ambiente es tan insoportable que me encuentro estudiando la madera de la mesa mientras doy bocados al taco más increíble que he comido jamás.

Betty apoya el hocico en mis muslos, a la espera de que se me caiga alguna migaja en el regazo, al igual que yo espero disfrutar de alguna migaja de conversación.

Estoy peligrosamente cerca de hacer algún chiste inapropiado sobre los tacos para despejar la tensión del ambiente, pero, en el último segundo, mi cerebro decide dar una explicación demasiado larga sobre lo del menú.

—En realidad no necesito gafas, tío. Puedo ver bien a kilómetros de distancia.

Veo tan bien que estoy seguro de que mi oculista usa mi vista como estándar para medir la de los demás.

Pero bueno, lo que me pasa es que me cuesta leer letras escritas a mano y tan torcidas.

En realidad, la verdad sea dicha, me cuesta leer en general.

Sé leer, claro; es que tardo más en concentrarme porque sufro de dislexia.

O sea…, podría llegar a leer el menú si me esforzase, estoy seguro de ello.

Pero no consigo leerlo lo bastante rápido.

Y luego, la presión de hacer el pedido me lo pone aún más difícil.

Jonas mordisquea un burrito a dos manos y alza una ceja en gesto de confusión. Cuando me atrevo a lanzar una mirada a Whit, me encuentro con sus ojos dulces y amables. No hay en ellos rastro de conmiseración ni juicio alguno. Solo calidez.

—Sinceramente, creo que es el modo que tiene el universo de bajarme los humos. No puede ser que sea tan atractivo y encima se me dé bien todo.

—Pescar también se te da de pena. —Hay que tener valor para decir algo así con esa mancha de guacamole en la mejilla—. Y con esa camiseta verde pareces un M&M.

«Un momento, ¿el M&M verde no es una chica?».

—Jonas. —Whit le clava esa mirada afilada que tiene, haciendo más daño que cualquier réplica que yo pudiera haberle dado—. Basta.

Él pone los ojos en blanco y suelta un resoplido, para luego volver a dar cuenta de su cena. Whit me da un golpecito con el pie bajo la mesa. Y yo me paso el resto de la cena reprimiendo una sonrisa.