26. Colt
Colt
H e visto cómo Whit se hacía pedazos a cada calle por la que pasábamos.
A cada minuto que pasaba. Ha estado casi dos horas manteniendo la calma, pero a duras penas.
Nadie la habría culpado por romperse por completo, por ceder al pánico que asomaba a su cara.
Maldita sea, hasta a mí me estaba entrando el pánico.
Yo esperaba que se le pasase un poco el estrés después de enterarse de que Jonas estaba con Alex.
Que se relajase. Que por fin inspirase un segundo.
Sin embargo, lo único que ha sucedido es que algo ha cambiado en su ansiedad.
La tensión no ha abandonado sus hombros y el temblor en su mandíbula persiste.
Su cuerpo parece haberse encogido, y sigue apretando los puños, con los nudillos casi blancos.
Sigo las indicaciones de Whit hasta detener la camioneta delante de una casita desastrada.
Dejo el motor encendido y a Betty dentro.
El césped desigual está quebradizo y marrón, como un montón de patatas fritas demasiado hechas.
El porche medio derruido es sin la menor duda un peligro.
No sé qué era lo que me esperaba, pero desde luego, esto no.
—Puedes esperar aquí si quieres. —Niega levemente con la cabeza y esboza una diminuta sonrisa, que viene a decir que prefiere que la acompañe, aunque es demasiado testaruda como para pedírmelo—. Solo será un minuto.
Si Whit de verdad quisiera que me quedase aquí, así lo haría.
Aunque me darían ganas de romper una puta ventana y espiarlos, claro que sí.
El padre de Jonas me provoca demasiada curiosidad como para no hacerlo.
En general, Alex me importa una mierda, pero me imagino que conocer al hombre con quien Whit tuvo un hijo encajaría otra pieza en el puzle.
Me quito el cinturón con un firme golpe de pulgar. Una bocanada de aire caliente inunda la camioneta al abrir la puerta.
—Vamos, mami.
Estamos a mitad de camino hacia la puerta cuando Alex sale.
Contraigo toda la cara de pura incredulidad. No puedo evitarlo.
En primer lugar, ¿de quién coño ha heredado el chico ese pelo rubio?
Y en segundo…, ¿este tío? A este tío yo no me atrevería a darle ni un puñetazo, porque no sería en absoluto una pelea justa.
Whit es bastante alta para una tía, así que yo había supuesto que solo saldría con otros tíos más altos que ella.
Sin embargo, Alex no debe de medir más de metro setenta y cinco siendo generoso.
Yo diría que pesará alrededor de setenta y cinco o setenta y seis kilos.
Lleva una camiseta que medio asoma por debajo de un par de pantalones de pijama a cuadros.
Me está costando horrores creer que este es el tío que Whit y Jonas se han pasado tanto tiempo echando de menos. Quien quieren que esté más presente.
—Mira quién viene por ahí, la madre del año. A buenas horas. —Cierra la mosquitera de golpe a su espalda y mira de arriba abajo a Whit con una sonrisa arrogante. Y entonces, sus ojos saltan hacia mí—. ¿Y este quién es?
—Colt.
Le daría la mano a este gilipollas si estuviese dispuesto a alejarse de la seguridad de su porche.
—Ah, el vaquero canguro.
Me paso la lengua por los dientes. Guardo silencio, sin morder el anzuelo. Además, no es cosa mía involucrarme a menos que Whit me lo pida. Y ahora mismo, no me pide que intervenga. En cambio, lo que hace es preguntar en tono calmado:
—¿Dónde está Jonas?
Alex señala con el pulgar hacia la puerta y se apoya en la barandilla de color blanco desvaído del porche.
—Está dentro, jugando a videojuegos. Apareció por aquí hace un rato. He preferido no llamarte hasta que se ha calmado. Estaba bastante disgustado.
—Deberías haberme avisado en el mismo segundo en que apareció por la puerta.
—Yo a ti no te debo una mierda, Whit. —Alex arranca con los dedos un poco de pintura descascarillada. Unas motitas blancas caen sobre los parterres vacíos bajo el porche—. Desde luego, tú no te has dado prisa en avisarme de que iba a empezar a ir a no sé qué rancho todos los días.
Whit lo ignora y llama a Jonas. El chico no sale de inmediato, así que ella vuelve a gritar, pronunciando su nombre completo con ese tono de como-me-jodas-te-vas-a-enterar que solo parecen tener las madres.
Con eso, el chico se pone las pilas. Aparece en la puerta, levemente oscurecido tras la mosquitera.
—¿Qué? —dice entre dientes.
—Ve a por tus cosas, es hora de irnos a casa.
Él no cede.
—No quiero.
—No te lo estoy pidiendo.
—No quiere irse —dice Alex, tranquilo y compuesto, seguro de que lleva ventaja—. Deberías respetar sus deseos. Vienes aquí tirándote el moco como si hubieses venido a salvar a alguien, y lo que quieres en realidad es obligar al chico a marcharse de casa de su padre.
La garganta de Whit se contrae al tragar saliva.
—Nos hemos pasado horas buscándolo. Estaba aterrada por que algo pudiera haberle pasado. —Se le rompe la voz—. Pensando que podría estar herido, que alguien podría haberlo raptado, o algo peor. Y mientras tanto, aquí lo tenías tú. Y te has tomado todo el tiempo que te ha dado la gana para avisarme.
—Porque Jonas no quería que te avisara —dice Alex en tono suave—.
Y te digo sinceramente que, teniendo en cuenta lo mucho que me has tocado los cojones por ser un «padre horrible», quizá va siendo hora de que te mires en el espejo.
Ni siquiera sabías dónde estaba tu hijo.
Se te llena la boca diciendo que sabes lo que necesita, pero cuando se ha torcido la cosa, ¿adónde ha ido?
Contigo no, Whit. Nop, se ha venido con el tío que según tú es un pedazo de mierda. Tiene gracia la cosa.
«Esto será una puta broma».
Miro en dirección a Whit. Aunque hace lo posible por ocultar su reacción, veo que se encoge.
Menuda herida le acababa de infligir Alex sin siquiera alzar la voz.
Instintivamente, doy un paso hacia ella.
La rabia vibra por todos mis músculos, la sangre me late abrasadora y resonante en los oídos.
Joder, estoy temblando. Y yo que pensaba que había tenido ganas de pelearme con el tipo del bar cuando se acercó demasiado a Whit.
Pero esto es diferente. Me dan ganas de cargarme a este tío.
—Jonas, sube a la camioneta. Nos vamos. —Whit ignora por completo a Alex y centra la atención en su hijo, que ha salido al porche.
El chico se pasa una mano por el cabello aclarado por el sol, hasta dejárselo de punta en diferentes direcciones. Pasea la vista entre su madre y su padre, y luego me mira a mí. Nos dedica a todos la misma expresión alicaída.
—Jonas —dice ahora Whit con un tono grave y gutural—, podemos hablar de todo esto en casa. Vamos.
El crío murmura algo en voz baja, pero se pone sus zapatillas y baja los escalones del porche. Agarra la bici de pedales azules del lugar donde la ha dejado tirada sobre la hierba muerta y pasa entre Whit y yo. No hay forma de ignorar las palabrotas que va susurrando.
Jonas sube y yo cierro la puerta de la camioneta tras él. Veo que Whit lo mira, con la frente y la nariz arrugadas bajo el sol y lágrimas en los ojos.
—¿Lista para irnos? —pregunto.
Ella suspira.
—Sí.
—¿Quieres saber lo que pienso? —interviene Alex de nuevo. Por supuesto que quiere tener la última palabra—. Quizá, si no estuvieras tan obsesionada con demostrar que eres la mejor de los dos, realmente llegarías a ser la mejor de los dos.
Un instinto protector se despliega lentamente bajo mi piel y me calienta aún más la sangre. Quiero alargar la mano y tocar a Whit. Quiero reconfortarla, decirle a Alex que se vaya a la mierda y sacar a Jonas de este sitio tan tóxico.
Pero justo cuando abro la boca, incapaz de guardar silencio un segundo más, Whit contraataca:
—No tengo que demostrarle nada a nadie, y menos a ti. Tú prefieres comprarle a tu hijo un juguete caro a pasar una sola tarde con él. No te pienses que puedes juzgarme por haber estado presente una única puta vez cuando te ha necesitado.
Alex sonríe, como si le diese la razón.
Ella niega con la cabeza, con la lengua pegada al carrillo.
—¿Por qué iba a importarme una mierda lo que piense de mi estilo de crianza un perdedor como tú?
«Esa es mi chica».
Dicho lo cual, Whit gira en redondo y regresa a la camioneta, con la cabeza en alto, aunque sé que está peligrosamente cerca de hacerse pedazos.
Alex la contempla como si hubiera ganado.
—Siempre le han gustado las escenas dramáticas.
A este tío le encanta tirarla por tierra y afirmar que lo hace porque se preocupa por su hijo.
Y pensar que durante todo este tiempo yo había pensado que lo peor era su ausencia.
Ahora me parece que estar ausente es lo mejor que puede hacer.
Whit no se merece esta mierda. Y Jonas, desde luego, no debería crecer con Alex como modelo a seguir.
—¿De verdad crees que eres el bueno por haber dejado que tu hijo se esconda aquí mientras su madre peinaba todo el pueblo buscándolo?
Él se encoge de hombros.
—Yo no le he dicho que se escape.
—No —doy un paso al frente. Tengo todo el cuerpo tan tenso y rígido que me duele—, pero desde luego lo has disfrutado.
Si Jonas te importase una mierda, habrías llamado a Whit en el mismo momento en que apareció por tu casa.
En cambio, te has aprovechado de ello. Has dejado que entrase en pánico.
Hacerle daño te importaba más que ayudar a tu hijo.
Su sonrisa flaquea levemente.
—Ahórrame los sermones, vaquero.
«Nop. Conmigo no vas a tener la última palabra, colega».
—Si ese chico vuelve a aparecer por aquí —señalo con la mano en dirección a mi camioneta—, vas a hacer lo correcto y la vas a llamar de inmediato. De lo contrario, te vas a llevar algo mucho peor que un sermón.
Con la mandíbula tensa, regreso a la camioneta sin darle la oportunidad de soltar cualquier réplica desabrida que se le ocurra.