Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 25. Whit #3
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25. Whit #3

—Casi —digo tras dar una profunda bocanada de aire denso y húmedo, repleto de los aromas del verano.

—Cuando llegues, no te muevas de ahí. —Se oye el golpe de la puerta de su camioneta al cerrarse, lo cual acaba con el resto del ruido de fondo—. Acabo de salir de la Pastelería de Anette. Voy de camino.

—Vale… No… no veo su bicicleta en la entrada, así que…

Me hurgo en el bolsillo para sacar las llaves.

Una sensación ansiosa y funesta se adueña de mi pecho hasta que mi respiración se ralentiza tanto como se ralentiza el tiempo.

Y ambos, mi respiración y el tiempo, se detienen del todo al comprobar que, tal y como yo sospechaba, Jonas no está en casa.

Apoyo la frente contra el marco de la puerta de su habitación. El miedo me atenaza el estómago.

La voz de Colt, que me llama desde la puerta principal, interrumpe mis siniestros pensamientos. Un instante después, lo acompaño aturdida hasta la camioneta y ocupo el asiento del copiloto, junto a Betty.

—¿Puede que haya ido a ver a algún amigo? —La mano de Colt gira en el volante al sacar la camioneta del hueco de la entrada.

—No creo… No, tú eres el único de quien habla. —Entrecierro los ojos para protegerme del sol, y las lágrimas que ya se acumulaban en mis ojos caen formando riachuelos por mis mejillas. Se me rompe la voz—. No sé dónde puede haber ido.

Colt me lanza una mirada de reojo, alarga la mano y me aprieta el muslo con gesto tranquilizador.

—Hey. Lo vamos a encontrar.

La camioneta recorre las calles secundarias, hasta que el pequeño pozo de ansiedad que tengo en el pecho adquiere el peso de una bola de bolos.

Retuerzo las manos y miro casi sin parpadear por la ventanilla, a pesar de los esfuerzos de Betty por llamar mi atención.

No deja de aplastarme el hocico contra el brazo, con una zarpa en mi muslo.

Tras pasar por cuarta vez por el parque infantil, siento una presión tan grande en el pecho que me arde.

Mi padre me manda un mensaje para decirme que está buscando por el sendero cerca de nuestra casa.

Un sudor frío me empapa la espalda. Inspiro por la nariz.

Me duele todo. Jonas no está en el parque.

No está en casa. No está en ninguna parte. Está…

—¿Y si está herido? ¿Y si está solo? ¿Y si necesita a su madre?

Esas preguntas las formula una voz que no reconozco. La mano de Colt cae sobre la mía y mi niebla mental se alza apenas lo suficiente para darme cuenta de que es mi voz. Suena tan temblorosa, ronca y preñada de emoción que resulta irreconocible.

—No ha pasado nada de eso. Te lo prometo, cariño.

—Pero y si… y si… —empiezo a decir con voz estrangulada.

—No digas esas cosas. —Me acaricia el dorso de la mano con el pulgar—. Jonas está cabreado y no quiere que lo castigues. Apostaría a que está sentado en alguna parte, escondido.

—Es que… Mierda. Debería haber atado la bicicleta a la baca del coche, o haberla dejado en el parque, o…

—Jonas. Está. Bien. —Colt verbaliza lentamente cada palabra, y las subraya con un golpecito de pulgar sobre mi piel.

—Eso espero. Dios, eso espero.

Cuando lo encontremos, seguiré enfadada. Pero, joder, también sentiré alivio.

Una vez que hemos pasado por todas las calles del pueblo, empezamos a recorrer los caminos de tierra, abriéndonos paso lentamente por las colinas que rodean Wells Canyon.

Aparte de ir en bicicleta hasta el rancho, y no puede haber hecho eso, porque Jonas es lo bastante listo como para saber que está demasiado lejos del pueblo, no se me ocurre ni un solo motivo por el que mi hijo fuese a ir en esa dirección.

Por otro lado, tampoco se me ocurre ninguna otra dirección en la que pueda ha­ber ido.

Siento navajas en el esófago cada vez que inspiro aire. Hago un esfuerzo para mantener a raya las lágrimas. Si se me enturbia demasiado la vista, podría no ver a Jonas a un lado de la carretera.

Wells Canyon es pequeño. El número de caminos es mínimo. Mucho después de que se nos acabe la lista de sitios lógicos donde podríamos buscarlo, mi teléfono vibra en el bolsillo de mis pantalones. Separo de inmediato las manos sudorosas y saco el dispositivo.

Alex

Jonas está conmigo.

Me recorre el alivio y, sin embargo, sigo sintiendo una presión en el pecho. No hay aire suficiente en la camioneta para llenar el espacio vacío que son mis pulmones.

—Está con Alex —digo soltando el aire. Me apresuro a escribirle a mi ex que voy de camino—. Vive… Vive cerca de la autopista, de camino a Sheridan.

Con un suspiro, Colt afloja las manos sobre el volante de cuero. Sus brazos tensos dejan de temblar.

—Gracias a Dios.

Yo me reclino en el asiento hasta que el reposacabezas calma el latido que noto en el cráneo. Me aprieto la profunda arruga marcada entre mis cejas. Me pego las rodillas al pecho con cada bache y curva del camino, como si quisiera empequeñecerme para mitigar el dolor.

«Se ha ido con Alex».

He metido la pata tanto que mi hijo ha ido a buscar al sinvergüenza de su padre para evitar tener que venir a casa conmigo.