25. Whit #2
Al llegar a casa, voy directa a su dormitorio para confiscarle la consola portátil.
Luego bajo al salón y le quito los mandos de la PlaySation, porque lo creo muy capaz de bajar a jugar a hurtadillas en mitad de la noche.
Una vez que lo he guardado todo con llave en el cajón de en medio de mi mesita de noche, me dejo caer de espaldas en la cama y espero a la pelea que sin duda va a empezar en cuanto cruce la puerta.
Pasan los minutos. Contemplo el teléfono como quien cuenta el tiempo que falta para una explosión, consciente de que nadie se ha molestado en llamar a los artificieros.
Me siento totalmente desesperada. Todos los avances que hemos hecho este verano están a punto de irse al traste.
Naturalmente, volvemos al punto de partida, y quedan pocos días para que empiece el nuevo curso.
El sexto curso me suena temible. Puede que porque podría ser el curso que Jonas no llegue a terminar jamás. El director Maher está listo para expulsarlo a la primera oportunidad que se le presente.
Pasan quince minutos, y tamborileo con las uñas sobre el alféizar. Después de veinte minutos, apoyo la mejilla contra el cristal recalentado. Contemplo la calle con ojos entrecerrados para ver mejor.
«Se está retrasando a propósito. Se está tomando su tiempo para llegar a casa porque le da miedo la que le voy a liar en cuanto entre por la puerta».
A los treinta minutos de espera, corro escaleras abajo y me planto en el jardín delantero, descalza, con la esperanza de atisbar a Jonas revoloteando de camino a casa.
Atrapada entre el pánico y la ira —más en la ira, porque prefiero pensar que se ha detenido a charlar con unos amigos de camino a casa que en cualquier otra posibilidad—, cojo el teléfono, las llaves del coche y los zapatos y echo a andar de nuevo hacia el parque.
Se me acelera el corazón al llegar a la parte del camino donde adelanté antes a Jonas.
Al comprobar que no hay rastro de él en el parque, siento una punzada en el estómago.
Mis pensamientos echan a volar como una bandada de pájaros asustados: salvajes, aterrados, en todas direcciones.
En el tiempo que tardo en regresar a casa, ya he imaginado todos los escenarios posibles.
Y, por supuesto, los que se quedan conmigo son los peores.
Llamo a Blair y me salta el contestador de su teléfono varias veces.
Debe de estar en el rancho, sin cobertura.
Tras comprobar que Jonas no ha vuelto a casa mientras he estado fuera, sigo hacia la de mis padres.
En su día, mi padre fue el mayor confidente de Jonas.
Seguramente esté tan cabreado conmigo que se le ha ocurrido esconderse en casa del abuelo.
Entro hecha una exhalación por la puerta principal y casi derribo a mi padre al chocar con él en el pasillo. Retrocede, pasmado.
—¿Pero qué demonios…?
—¿Está Jonas aquí? —Con la respiración agitada, las palabras se mezclan hasta formar algo apenas comprensible.
La sorpresa de mi padre da paso a la confusión. Niega con la cabeza.
—Mierda —murmuro, y me limpio una lágrima de la mejilla con el dorso de la mano—.
Está… Joder, no sé dónde está. He intentado llamar a Blair, pero no me ha cogido.
Se ha metido en una pelea en el parque y tuve que ir a recogerlo, pero su bici no cabía en el coche, así que le dije que la llevase hasta casa, pero ha pasado mucho tiempo y no estaba… No sé si le ha pasado algo malo o…
Mi padre me agarra de los hombros, que han empezado a temblar en medio de mi larga retahíla.
—Vale, voy a buscar las llaves. Yo conduzco.
—No, deberíamos separarnos.
—Estás demasiado alterada para conducir.
—Pues iré a pie. —Trago saliva con dificultad, giro en redondo y vuelvo a salir a la luz del día. Entrecierro los ojos y miro arriba y abajo por la tranquila calle, estrujándome el cerebro para averiguar dónde puede haber ido.
«Colt».
Es probable que Colt esté en el rancho a lomos de un caballo, así que no tiene sentido llamarlo por teléfono.
Además, lo último que quiero es que tenga que intervenir otra vez para ayudarme con mi desastrosa vida.
Tarde o temprano va a decidir que es demasiado, que Jonas y yo somos demasiado. Que no valemos la pena.
Por otro lado, Jonas lo quiere y confía en él. Puede que, de alguna manera, lo haya llamado.
El teléfono da dos tonos de llamada y oigo la voz de Colt amortiguada por un montón de ruido de fondo. Su habitual saludo no ayuda a calmar mis nervios destrozados, ni el dolor que siento en el pecho.
—¿Por casualidad está Jonas contigo? —Echo a andar por la calle hacia mi casa, rezando para que esta vez encuentre sus zapatillas tiradas en la entrada cuando entre—. ¿O te ha llamado?
Colt guarda silencio. No sé si durante diez o cien segundos, pero me parece mucho tiempo. El ruido a su alrededor disminuye, hasta que oigo un suave:
—Nop, no está conmigo. ¿Tenía que estar conmigo?
—No…. —Sorbo por la nariz y me tiembla la barbilla mientras intento pronunciar las siguientes palabras—: No, debería estar en casa, pero…
—¿Y tú estás en casa?