25. Whit
Whit
M e clavo el dedo corazón en la tierna piel de la sien y contemplo la imagen levemente granulosa de una mujer al otro lado de la videollamada.
Es una responsable de Recursos Humanos que no consigue decidir qué demonios espera de un futuro empleado.
No ayuda nada que sea lunes por la tarde y a mí aún no se me haya quitado del todo esta resaca del cumpleaños del viernes.
—Señorita Sharp, he elaborado esta lista de candidatos basándome en los requisitos indispensables que me envió.
Para que quede claro, me está usted diciendo ahora que algunos de los requisitos deseables en realidad son requisitos indispensables.
¿Es así? —Frunzo el ceño—. ¿Acaso ha cambiado la descripción del puesto?
Intento no distraerme. Toqueteo la pila de folios ligeramente descolocada de la impresora y escucho cómo esta tipa tira por tierra a todos los candidatos que me he pasado semanas recopilando para ella.
Tantísimos mensajes en frío enviados por LinkedIn, ofertas en todas las plataformas de empleo, anuncios pagados para promocionar esas mismas ofertas…
Aprieto las manos sobre el regazo y le hago una peineta. «Qué bello es trabajar en remoto».
—Volveré a echar un vistazo a los requisitos y le diré si hay alguien que se ajuste al perfil. Si no, puedo tardar algo de tiempo en encontrar más candidatos.
La odiosa vibración de mi móvil hace que todo el escritorio tiemble.
Alargo la mano, frenética, para rechazar la llamada mientras la señorita Sharp, del departamento de Recursos Humanos de una consulta dermatológica, se queja.
Normalmente, mi teléfono tiene apagadas todas las notificaciones durante las horas laborales, excepto unos cuantos números selectos que pueden contactarme en caso de emergencia.
Sin embargo, parece que esta mañana no ha funcionado el bloqueo.
Veo la notificación de un mensaje en el buzón de voz.
Menos de un minuto después, el mismo número vuelve a llamarme.
Esta vez no deja ningún mensaje de voz.
La tercera llamada me obliga a interrumpir a la mujer de Recursos Humanos.
—Disculpe, señorita Sharp, pero parece que hay una emergencia. Tengo que responder a esta llamada. ¿Le importaría mandarme de nuevo la lista de requisitos? Volveré a llamarla pronto.
En cuanto asiente con la cabeza, saludo brevemente con la mano mientras acepto la llamada con la otra.
—¿Hola? —respondo al teléfono, sin aliento.
—¿Hablo con Whit Hart? —pregunta una voz femenina—. ¿La madre de Jonas?
«Ay, Dios mío. Jonas».
Ha salido con sus amigos del colegio por primera vez desde que empezaron las vacaciones de verano.
Iban a ir en bici al parque y, egoístamente, me alegré de saber que, de hecho, tiene más amigos aparte de Colt.
Me sirvió para disminuir momentáneamente la culpabilidad materna por todo lo que pasó durante mi cumpleaños, pero ahora…
«¿Y si lo ha atropellado un coche?».
«¿Y si se ha caído por un barranco con la bici?».
«¿Y si lo han raptado?».
Apenas soy capaz de murmurar una respuesta por culpa de los numerosos pensamientos devastadores que corren libremente por mi cerebro.
—S-sí. Sí.
—Soy Heather, la madre de Logan. Necesito que vengas al parque a recoger a Jonas.
Me aprieto el pecho e instintivamente voy hacia la puerta.
—¿Ha pasado…? ¿Se encuentra bien?
Y entonces lo noto en su voz. Es desdén, nada de tristeza. Reprimenda, nada de compasión. A estas alturas, lo normal sería que reconociese ese tipo de tono al instante.
—Le ha dado un puñetazo a mi hijo.
—Ay, Jonas. —Apoyo la espalda en la pared y cierro con fuerza los ojos—. Lo siento mucho. Esto…, ¿está bien tu hijo?
—Sí, pero no gracias al tuyo.
Estoy intentando visualizar quién demonios es Heather. Suena como una auténtica zorra, así que imagino que también tiene aspecto de zorra.
—Está bien, lo siento. Llegaré dentro de un par de minutos.
Después de que cuelgue, dejo que la pared me sostenga durante unos cuantos segundos.
Suelto el aliento que estaba conteniendo, un largo resoplido que me sale por los labios apretados.
Está claro que soy una ingenua y una idiota.
Parte de mí creía de verdad que pasar el verano en el rancho con un puñado de trabajadores podría arreglar mágicamente a Jonas.
Hemos estado muy bien desde que empezó a pasar varios días a la semana en el Rancho Wells.
Ni siquiera se me pasó por la cabeza que fuera a meterse en este tipo de problemas cuando me pidió que lo dejase ir al parque.
Hace unos días que el volumen de trabajo de Colt no le permite pasar mucho tiempo con el chico, pero Jonas no parece muy molesto al respecto, así que esta mañana he dado mi brazo a torcer.
Me obligo a no llorar durante el trayecto de cuatro minutos en coche hasta el parque.
En cuanto estaciono en un hueco libre del solar de tierra que hace las veces de aparcamiento, veo a Heather.
O, al menos, veo a una mujer que supongo que es ella.
Delgada, baja, rubia, con la cara arrugada de quien acaba de oler un pedo particularmente intenso.
Incluso desde esta distancia parece hostil.
Me aliso la blusa y doy gracias por ir vestida de oficina, porque he descubierto que el atuendo de trabajadora profesional desactiva este tipo de situaciones mucho más que el de madre negligente y desastrada que este tipo de personas parece esperar.
Por supuesto, el parque está hasta arriba de amas de casa y niños que corren salvajes por ahí. Apenas aguanto el abrumador aroma a flores que flota por el aire al cruzar el césped de un intenso color verde en dirección a la mesa de pícnic donde la rubita tiene como rehén a mi hijo.
—Hola, debes de ser Heather —digo, y le tiendo una mano a la mujer diminuta—. Soy Whit, la madre de Jonas.
Me da la mano con desgana. Tiene unas hermosas uñas de manicura.
En otras circunstancias más normales, le preguntaría dónde se las ha hecho.
Recorro a mi hijo con la vista en busca de magulladuras.
Cierto es que suele ser quien empieza estas peleas, pero eso no significa que no haya veces en las que otros chicos, o sus padres, le echan la culpa de peleas que él no ha empezado.
Luego miro al otro chico. Lo reconozco del grupo de chavales con el que estaba Jonas en la fiesta del último día de clases. ¿No debería significar eso que son amigos?
—Jonas, espérame en el coche.
Lo veo alejarse apesadumbrado y luego me giro hacia la otra madre.
—Heather, lo siento muchísimo. No sé qué le habrá pasado, pero me encargaré de hablar con él cuando lleguemos a casa. —Lanzo una mirada de reojo hacia el aparcamiento—. ¿Logan se encuentra bien?
—Sí, por suerte —gruñe ella.
—Bien, estupendo. Bueno, pues, una vez más, lo siento. —Hago una mueca—. Tengo que volver al trabajo, me lo llevo a casa.
Doy media vuelta y Heather carraspea.
—Esto…, su bicicleta.
—Mierda —murmuro—. Gracias, Heather.
Agarro el manillar con manos sudorosas, levanto la bici de Jonas del lugar donde está tirada en medio del césped y la llevo lentamente hacia mi coche.
Todo el mundo me mira. Me gustaría decirles lo que pienso a los padres que me juzgan en silencio sentados en sus mantas de pícnic con sus bebés en brazos, o empujando a sus niños pequeños en los columpios.
«Mi hijo también solía ser un angelito inocente y perfecto».
«Algún día, al menos algunos de los que estáis aquí os veréis en mi maldita piel».
No tiene ningún sentido advertirles, porque no me harán caso.
Yo tampoco habría hecho caso. Estaba convencida de que mi pequeño no podía hacer nada malo, al menos durante los primeros seis años de su vida.
Sinceramente, mi reticencia a creer que podía meter la pata es uno de los aspectos en los que le he fallado.
Ahora, dejo caer la bici en el suelo delante de mi coche y le hago un gesto a Jonas para que se baje.
—Vas a tener que ir en bici a casa —le digo.
La puerta del copiloto se abre y su cabeza de cabello rubio despeinado asoma.
—¿Qué?
—La bici no cabe en el coche. Tienes que llevarla hasta casa.
—Le clavo la mirada—. O la llevas o la dejo aquí para que se la quede el primero que se la encuentre.
Sinceramente, quizá sea mejor así, porque te vas a pasar tanto tiempo castigado que se te habrá quedado pequeña para cuando acabe el castigo.
Él da una patada en el polvoriento suelo del aparcamiento y luego cierra la puerta del coche con todas sus fuerzas. Ahora mismo, enfadarme por eso no serviría para nada, excepto para dar el pistoletazo de salida a un concurso público de a ver quién grita más.
—Te vas derecho a casa.
Jonas se sube a la bici y alinea los pedales, negándose a mirarme.
—Sí, claro.
—Te lo digo en serio, Jonas. Si me entero de que te has desviado, no vas a salir de tu cuarto hasta que empiece el curso.
—¿Ni siquiera para ir al baño? —pregunta con una media sonrisa. Tiene los putos cojones de hacerse el listillo conmigo, así que tengo que apretar los puños para no empezar a gritarle.
— Derecho-a-casa . —Señalo lo que más o menos viene a ser la dirección en la que está nuestra casa—. No es broma.
Él niega con la cabeza, enfadado, y se impulsa con el pie izquierdo para echar a rodar la bici por el césped.
Yo me quedo petrificada en el sitio hasta que Jonas sale del perímetro del parque, a la espera de ver si quiere ponerme a prueba diciéndoles algo a sus amigos. Por suerte para los dos, no lo hace.
El interior de mi coche está aproximadamente a un millón de grados de temperatura, pero mantengo las ventanas subidas para poder soltar un grito en el mismo momento en que salgo del aparcamiento.
Un buen grito, de los que te queman los pulmones.
También doy un palmetazo con todas mis fuerzas contra el volante.
Adelanto a Jonas a un lado de la carretera. Pedalea con el ceño fruncido. No me mira.