Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 24. Whit #2
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24. Whit #2

La instantánea expresión de desesperanza de su semblante siempre confiado me frena en seco.

Conozco el dolor de desear algo desesperadamente y tener que aceptar el hecho de que jamás sucederá.

Y a las ocho de la mañana, con resaca y los labios aún hinchados a causa de su vello facial, no me veo capaz de hacerle algo así.

No puedo aniquilar la esperanza que tiene de que, quizá, con tiempo suficiente, puede que yo sea la mujer ideal para él.

Pero no voy a hacerlo. Pronto lo descubrirá. No será hoy. Y, con suerte, la alegría de haberlo vivido hará que el dolor valga la pena.

—Pero no cuando Jonas esté por aquí —repito—. Vamos a ir de tranquis.

—¿Te puedo pedir una cita de tranquis? El autocine va a seguir abierto unas cuantas semanas más.

Vaya. No esperaba que el principio del fin llegase tan rápido. No esperaba que Colt, precisamente Colt, se olvidase del hecho de que tengo un hijo.

—¿Y qué pasa con Jonas?

Sin perder comba, dice:

—Pues pensaba en el autocine porque así puede venir con nosotros, si hace falta.

—Pero eso no es exactamente una cita, ¿no?

—Sé lo que implica salir contigo, y que Jonas viene incluido en el paquete.

Y, joder, me encanta, porque sois dos de mis personas favoritas.

—Agarra mi mano y me acaricia los nudillos con el pulgar—.

Si prefieres buscar una canguro que lo cuide unas pocas horas, no seré yo quien se queje por poder besarte y toquetearte toda la noche.

Pero si el chico se va a sentir mal, no pienso obligaros a nada.

—Es que… no sé. No sé si estoy lista para tener ninguna cita. Tengo que pensar en Jonas.

Él se echa hacia atrás, con esa postura de piernas bien abiertas que suelen poner los hombres al sentarse, y se mordisquea la comisura del labio con los dientes.

Yo le recordaría que esa mirada atenta que tiene es la misma que pongo yo y de la que siempre se está riendo, pero no me salen las palabras.

El tiempo se alarga, la tensión aumenta más y más, hasta que está a punto de romperse.

Cuanto más seguimos mirándonos, más me doy cuenta de lo fácilmente que podría perderme en esa mirada.

Con voz ronca, le pregunto en tono seductor:

—¿Por qué me miras así?

—Estoy intentando recordar qué hay que hacer cuando uno se cae en arenas movedizas. —Su nuez sube y vuelve a bajar—. Cuando sabes que te estás hundiendo, ¿hay que resistirse o rendirse?

Yo tengo que recordarme que debo respirar.

—Rendirse…

—Pues, cariño, estamos juntos en estas arenas movedizas. Deja de resistirte. —Coloca la mano en la mesa con la palma hacia arriba—. Toma mi mano y ríndete ya.

Sin pausa alguna, mi mano encaja a la perfección en la suya. Me anclo al tacto de los callos y las líneas de su piel.

Y de pronto me pongo en pie, prácticamente levitando, y me siento a horcajadas en su regazo.

Sus labios encuentran los míos y me zambullo en las arenas movedizas.

Estamos solos él y yo aquí, hundiéndonos en este placer.

Me pasa una mano por el cabello. Yo pego mis caderas a las suyas, cediendo al deseo.

Su lengua se introduce en mi boca y sus dedos me recorren la columna.

Cuando me agarran las caderas y se clavan en mi tierna carne, dejo escapar una pequeña exclamación ahogada.

La boca de Colt traza el borde de mi mandíbula y luego desciende a toda velocidad hacia el punto donde me late el pulso.

Me lo mordisquea con delicadeza. El calor entre los dos disipa todo el dolor de la resaca.

Sus manos arden deliciosamente sobre mi piel.

Sus dedos recorren de un lado a otro la goma de la cintura de mi pantalón de pijama.

Aparto los labios y me los humedezco, para luego disfrutar del lento roce de su lengua y de la humedad excitada de mis muslos.

Toqueteo la tela de su camisa. Necesito quitársela. Necesito que su piel roce la mía. Necesito que sus manos me toquen los pechos. Necesito que su polla se deslice en mi interior. Necesito, necesito, necesito…

—El autocine. —Colt interrumpe la espiral de mis pensamientos al tiempo que sus dedos descienden por el interior de mis pantalones—.

El próximo fin de semana. —Me chupa la clavícula—.

Búscate una canguro. —Baja lo suficiente como para comprobar que estoy completamente depilada a excepción de una delicada franja de vello.

Un gruñido retumba en su pecho—. Y acabaremos lo que hemos empezado aquí.

Antes de que yo pueda intentar mover las caderas para que siga bajando la mano, la saca de mis pantalones y me da un suave beso.

Luego me agarra de la cintura y me levanta.

Me coloca en mi propia silla y yo me quedo mareada en el sitio, conmocionada y jadeando de puro deseo.

Me lo quedo mirando. Un resoplido de irritación sale de mis fosas nasales.

—Lo único que hemos acordado es que podíamos besarnos antes de la primera cita. —Parece terriblemente satisfecho consigo mismo. Qué gilipollas—. Pero sé que eres una calentorra, así que te voy a dejar para que disfrutes un poco antes de que vuelva Jonas.

—¿Seguro que no quieres verme disfrutar un poco? Ya me viste anoche, así que esperar hasta que llegue la fecha oficial queda fuera de toda discusión.

Cierto, las relaciones y el compromiso me suponen un problema, pero estoy bastante orgullosa de lo abierta de mente que soy en cuanto al sexo.

Odio tener que reconocerle nada al puto Alex, pero después de una década de tontear con él, he tenido un espacio seguro en el que aprender lo que me gusta y lo que no me gusta.

Y que un hombre me mire mientras me doy placer… , definitivamente, me gusta.

—Si veo ese precioso coño que tienes, o te veo correrte a plena luz del día, me temo que seré insaciable.

No me iré a casa en todo el día. Jonas nos pillará.

Todo se irá a la mierda y aun así no me arrepentiré de absolutamente nada.

—Me da un suave beso y empieza a recoger los restos del desayuno.

Le da un golpecito a la caja de la que ha sacado los rollos de canela y añade—: Aquí dentro hay dos más, para que os los comáis Jonas y tú más tarde.

—Me lo pensaré… Lo de la cita, digo.

Me señala directamente con el dedo índice.

—Pienso seguir pidiéndote una cita a diario hasta que digas que sí.

—¿Y si no lo digo nunca?

Vacilo a la hora de seguirlo hacia la puerta de entrada, con la esperanza de que cambie de idea y me lleve a la cama.

Él se pone los zapatos, como si esto fuera una despedida normal y corriente.

Luego me da un beso tan profundo que he de apoyarme en la fuerza de sus brazos para no derretirme en el suelo.

—Lo dirás. —La esperanza revolotea en su voz—. Porque estoy bastante seguro de que me deseas tanto como yo te deseo a ti.

«No se equivoca». Tras darnos un último beso de despedida, me aparto de él.

—Recuerda: cuando Jonas esté por aquí, solo somos amigos.

—Fingir que nunca he besado estos labios y que ni siquiera he pensado en besarlos va a ser lo más difícil que he hecho en mi puñetera vida. Pero me esforzaré al máximo.