24. Whit
Whit
L a luz del sol entra en mi dormitorio a través de las cortinas corridas torpemente. Suelto un gemido y me llevo los dedos a las sienes. Siento un martilleo en el cráneo. «Que alguien me haga una lobotomía».
Paso la mano por las cálidas sábanas hasta el otro lado de la cama, esperando encontrar la silueta de un hombre dormido.
Sé que le dije a Colt que no sabía si esto iba a funcionar y, para ser sincera, sigo sin creer que podamos ser pareja.
Estoy dispuesta a renunciar a mi deseo egoísta de tener un hombre que me mire como me mira él, con esos afilados ojos azules…
, por el bien de Jonas y también por el bien de Colt.
Una vez que se disipe la niebla de anoche, estoy dispuesta a trazar esa dura línea.
Excepto que Colt no está aquí. Contemplo el espacio vacío, parpadeando.
Bajo de la cama mi cuerpo pesado, dolorido, demasiado viejo para esta mierda.
Me restriego violentamente la baba reseca de la comisura de los labios y entro en el baño para echarme un poco de agua fría en la cara.
Tengo que lavarme los dientes dos veces para quitarme de la boca la desagradable mezcla de alcohol de anoche y aliento mañanero.
Luego saco del armarito la pasta de dientes y un cepillo extra y voy abajo.
Al oír mis pisadas, Colt levanta la vista del teléfono.
—Buenos días, cumpleañera.
Por supuesto, no le cuesta nada estar sexy por la mañana, apoyado en la encimera de la cocina como si le estuvieran haciendo una sesión de fotos. Su cabello es una maraña despeinada, de punta en algunas partes, y tiene la camiseta completamente arrugada. Sin embargo, le sienta bien.
Yo, por mi parte, tengo pinta de haber sido atropellada por un camión en mi fiesta de cumpleaños de anoche.
—Ya no es mi cumpleaños. Ahora he entrado firmemente en la treintena —murmuro, centrando la vista en el humeante vaso de cartón que descansa sobre la encimera.
Me duele la cabeza a cada paso que doy, así que camino despacio, y Colt se me adelanta. Para cuando he entrado en el pequeño espacio de la cocina y he dejado la pasta y el cepillo sobre la encimera, él ya me está tendiendo el vaso.
Lo acepto, temblorosa, y suelto un gemido desvergonzado al notar en la boca el sabor del café.
—¿Cómo es que sabes cómo me gusta el café?
Aprieto con fuerza mi precioso vaso de camino a la mesa, donde lo suelto para poder acunarme la cabeza entre las manos. La resaca tiene la virtud de recordarte lo pesado que es el cráneo. Y, de alguna manera, todos conseguimos llevarlo sobre los hombros todo el día sin mayor problema.
Colt se lava los dientes en el fregadero de la cocina. Unos minutos después, me pone por delante un rollo de canela del tamaño de un plato, para luego tomar asiento frente a mí.
—Me lo dijiste una vez.
—¿Y te has acordado?
—Claro que me he acordado. —Menea una cañita de plástico dentro de un frapé que es más postre que café.
Yo contemplo la mesa.
—¿Y has ido a comprar el desayuno?
—Estoy acostumbrado a levantarme temprano, así que me he acercado a pie a la Pastelería de Anette. ¿Cómo es que no pesas doscientos cincuenta kilos, viviendo tan cerca de ese sitio?
—Porque tengo un autocontrol impecable.
Él esboza una mueca sonriente.
— Ya .
—Bueno…
—Bueno. —Colt se lleva la cañita a los labios sin dejar de estudiarme.
—Anoche…
—Anoche. —Un trasfondo sugerente satura su voz.
—¿Piensas repetir todo lo que digo?
—Depende. —Mastica un trozo de rollo de canela—. ¿Piensas acabar alguna frase para que pueda darte la réplica?
Para eso necesito primero más cafeína. Así que eso es lo que hago: saboreo el café y devoro mi rollo de canela mientras la frase que no he terminado flota en el aire.
—Anoche me lo pasé muy bien —digo—. Dijimos que íbamos a hablar, pero nos quedamos dormidos, ¿verdad?
—¿Seguro que quieres hablar de esto ahora? Parece…
—¿… que me ha atropellado un camión? Sí, así me siento. O como si un tornado me hubiese levantado por los aires y arrojado al suelo varias veces.
—En vista de cómo tienes el pelo, lo del tornado tiene más sentido.
«Genial. A ver si me muero ahora mismo».
—Lo siento, pero no todos podemos despertarnos como quien va a un concurso de melenas sexis de recién levantado.
Él se pasa una mano por el cabello.
—¿Esos concursos existen?
—Bueno, esta charla me ha servido para darme cuenta de que no hace falta hablar de nada, porque después de verme así, es imposible que quieras ser nada más que amigo mío.
Colt se aparta de la mesa y se acerca para sentarse a mi lado.
Agarra mi silla y la gira. Me encojo cuando las patas arañan el suelo.
Estamos frente a frente, con las rodillas pegadas.
Él se inclina hacia delante y apoya los antebrazos en los muslos.
Esos enormes ojos azules me llegan hasta el alma, me calientan la sangre en las venas.
—Eres preciosa. Siempre. Cuando vas de ejecutiva agresiva con traje.
Cuando lloras entre mis brazos. Cuando devoras pizza.
Cuando te corres con mi muslo. —Sus palabras consiguen que me sonroje.
Aparto la vista, pero él me agarra la cara y me obliga a mirarlo—.
Y ahora, cuando estás un poco desarreglada.
Me cago en la puta, ahora mismo estás preciosa.
Me acaricia con el pulgar el rabillo del ojo, probablemente para quitarme un poco de maquillaje de anoche.
—Así pues —añade—, hablemos del elefantito en la habitación.
—Siempre que he tenido otras citas, Jonas lo ha pasado mal. La última vez fue hace un par de años. Le mintió a la canguro: le dijo que había vomitado, para que me llamase.
—Vale, no quiero tirarme el pisto, o en verdad sí, pero a Jonas le parezco muy guay. Dudo que vea con malos ojos que pase más tiempo contigo.
«Ya, hasta que se le rompa el corazón cuando dejes de venir».
—Sí, pero eso es en calidad de amigo, no como hombre de su madre. No encaja bien los cambios, así que cabe la posibilidad de que no se sienta igual si tú y yo estamos juntos.
—Ya, mi madre me dijo más o menos lo mismo.
Algo burbujea en mi estómago como cuando se echa un Alka-Seltzer en un vaso de agua.
—¿Ya has hablado de esto con tu madre?
—Pues sí. Y me dijo que fuera despacio… —Dibuja con los labios la palabra «ups» y esboza una sonrisa avergonzada—.
A lo mejor Jonas no tiene que enterarse ahora mismo.
Me encanta ese crío, pero creo que no se ha dado cuenta de que llevamos tiempo comiéndonos mutuamente con la mirada.
Seguro que podemos seguir fingiendo que somos solo amigos un poco más de tiempo.
—Sí… —Bajo la vista hacia su mano, que se ha ido acercando poco a poco desde su muslo hasta el mío, y me lo está acariciando suavemente—. Me da la impresión de que te va a costar.
—Ni hablar. Puedo fingir tan bien que me nominarían a un Oscar. Venga, haz como si Jonas estuviese a punto de entrar en la cocina. —Alza las cejas con gesto de desafío.
Yo me lamo los labios.
—Ay, mierda, Jonas acaba de entrar por la puerta.
Apoya las manos en mis rodillas y echa su silla hacia atrás con un estridente chirrido.
Las dos patas delanteras se alzan en el aire, y Colt tiene que agarrarse frenéticamente a la mesa para no caer de espaldas.
Se queda un segundo en equilibrio y luego la silla vuelve a caer hacia delante con un sonoro golpe.
Colt se lleva la mano al pecho con los ojos desorbitados.
—Vaya, diría que eso va a despertar sus sospechas. —Me echo a reír y apenas me encojo un poco a causa del dolor de cabeza. Vale la pena—. Entonces…, ¿somos amigos con derecho a roce?
Supongo que justo eso es lo que hemos sido Alex y yo siempre, ¿no? Bueno…, en realidad, amigos no hemos sido nunca. Y quien de verdad tenía derecho a roce era él.
Pero nada de ataduras. Nada de promesas a largo plazo.
Nada de preocuparse de quién quiere hablar del futuro, a meses o años vista, ni sobre casarse o tener bebés.
Se me hace un nudo de emoción en la garganta.
Sé cómo va a ir esta conversación, y los hombres con quienes la tengo no suelen acabar diciendo «Me da igual.
Jonas es el único chaval que quiero tener en mi vida».
—No, Whit. —Se vuelve a acercar a mí. Tanto chirrido de la silla contra el suelo me está empeorando seriamente el dolor de cabeza. Pero sus siguientes palabras me rompen el coco, y el pecho, por completo—. Yo lo que quiero es ser tu novio.
Me atraganto con mi propia saliva y echo mano del café de Colt, frenética. La bebida azucarada invade mi boca, aniquila mis papilas gustativas e inunda mis cavidades mientras toso y escupo.
—Colt, esto sabe como si hubieses llenado de azúcar una taza y hubieses soplado el humo del café en su dirección.
—Anette me ha echado extra de chocolate y caramelo en el frapé esta mañana porque me hacía falta venirme arriba.
—Me quita el vaso de las manos y da un rápido sorbo para luego volver a apoyarlo en la mesa—.
Pero creo que ahora mismo no debería ser tu novio.
Como mínimo tendría que tener una cita contigo.
Quiero hacerlo todo en condiciones, con una excepción.
Me dan ganas de gritar: «No malgastes el tiempo conmigo. De mí no va a salir nada bueno…, literalmente».
Pero no digo nada de eso. En cambio, me estiro en la silla y digo con voz áspera:
—¿Qué excepción?
—Voy a besarte. Cuando Jonas esté por aquí, no, evidentemente. Pero no dejo de mirarte los labios desde que me desperté esta mañana. Creo que no puedo esperar hasta que tengamos una cita para volver a besarte.
Sé que debería rechazarlo con delicadeza ahora mismo. Acabar con esto antes de que empiece, volver a contemplarlo desde el extremo opuesto del sofá y rememorarlo todo a solas en mi cama.
—Colt…, y-yo —tartamudeo.