Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 23. Colt #3
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23. Colt #3

—Eso… eso no es lo que…

—Me han apaleado y magullado más veces de las que puedo contar. Estoy seguro de que mi corazón podrá aguantar todo lo que le hagas.

Agarro la cremallera con dos dedos y la bajo aún más, hasta que lo único que sujeta el vestido es la tela que le rodea las caderas y los tirantes que le cuelgan laxos de los codos. Por puro reflejo, Whit se lleva la mano al pecho para sujetarse el vestido.

—No quiero que Jonas sufra. —Me mira por encima del hombro, con ojos relucientes a causa de las lágrimas que no ha derramado.

—Yo tampoco —digo entre dientes apretados—. Jamás me atrevería… Aunque lo nuestro no funcionara, no dejaría de estar presente si me necesita.

La densa melena de Whit le cae sobre el hombro izquierdo. Niega con la cabeza.

—Eso no es responsabilidad tuya.

«No, no lo es. Pero eso no implica que no quiera que lo sea».

—Siento decírtelo… —La cremallera llega abajo del todo, junto con mi resolución.

Meto las manos bajo la tela, agarro su cálido cuerpo y la obligo a girarse para mirarme.

Espero a que esos preciosos ojos se centren en mí para darle la noticia—: Jonas y yo ya éramos amigos antes de que tú aparecieses.

Es mi colega. Mi chico. Eso no va a acabar aunque te despiertes un día y decidas que estás harta de mis camisetas chabacanas o empieces a pensar que este bigote te recuerda más a Hulk Hogan que a Freddie Mercury.

Ya sé que acabo de decir que no pasa nada si me rompe el corazón, pero ahora mismo me late a mil por hora a la espera de que me confirme que podemos intentarlo. Si la pierdo, me puedo dar por jodido.

—No sé… —Se lame los labios y esa arruga entre sus cejas se acentúa.

—Iremos despacio. No mezclaremos en ello a Jonas hasta que te sientas preparada.

—E-es que… —Suelta un bostezo largo y sonoro—. Ahora mismo no puedo ni pensar.

—Perdón por insistir tanto. —Con una frágil sonrisa de rendición, la suelto—. Ponte el pijama. Ya habrá tiempo de so­bra de hablar de esto después de dormir un poco.

La sigo con la mirada por la estancia iluminada por una lamparita.

El pequeño vestido negro cae hecho un guiñapo en el suelo.

Decido centrar la vista en él, en lugar de en el cuerpo prácticamente desnudo de Whit.

La tela arrugada parece más bien un agujero negro.

Una vez me quedé despierto hasta las dos de la mañana viendo un documental tras otro sobre el espacio.

Un tipo chiflado con el pelo de punta decía que en los agujeros negros vivían alienígenas.

Bueno, en realidad no recuerdo mucho del documental, excepto haber pensado que al tipo le hacía falta un buen estilista.

—Oye, por cierto… —Whit llama mi atención antes de que mi cerebro se convierta en un agujero negro en sí mismo.

Se ha puesto un adorable pantalón de pijama con estampado de perros salchicha y una camiseta negra demasiado holgada—.

Espero que no te pongas en plan raro, pero te he comprado una camiseta. Por si te la quieres poner para dormir.

—Bueno, pensaba dormir en calzoncillos, pero has despertado mi curiosidad.

Me retumba el corazón.

—Bueno…, lo dicho, no te pongas en plan raro. —Me lanza una camiseta gris hecha una bola.

Es mi nueva camiseta favorita. Ni siquiera tengo que desliarla del todo para saberlo. Podría incluso ser gris y lisa, aunque lo dudo. Si me compra camisetas con la misma sonrisa avergonzada y mejillas arreboladas que tiene ahora mismo, Whit podría convencerme de cambiar todo mi guardarropa.

—Espera. —«Vale, no, de verdad es mi camiseta favorita»—. Es increíble.

—Fui a un rastrillo hace unas semanas. Pensaba guardarla para regalártela en alguna ocasión especial.

—Esta es la ocasión especial. Esta noche te he besado tan bien que has sentido la necesidad de hacerme un regalo.

Me quito la estúpida camiseta de las chuletas; todas las camisetas son estúpidas comparadas con esta que dice «A liarla parda». En pocos segundos también me he quitado los pantalones. Le guiño un ojo con aire coqueto.

—Ay, Dios. Te dije que no te pusieras en plan raro.

Suelto una carcajada que suena horrenda, como una familia de gaviotas que se pelea por una patata frita caída. Se lo achaco al cansancio.

—Ponerme raro es mi especialidad.

Ella apoya las manos en mi pecho y me empuja suavemente hacia la puerta.

—Ya, pues creo que hasta aquí llegamos. No hace falta que sigamos hablando.

—Ni de coña. —Echo la llave de la puerta y sonrío.

De un único movimiento, levanto a Whit en brazos y la llevo a la cama.

El sonido de su risa llena toda la casa, y quizá incluso todo el barrio.

Sin embargo, cuando nos desplomamos sobre el colchón, ninguno de los dos se resiste.

Me acurruco a su lado y le deslizo una mano por debajo de la camiseta para sentir su barriga cálida y suave en la palma.

Ella entrelaza los dedos de mi otra mano con los suyos y se pone ambas bajo la cabeza.

Y es aquí cuando nos quedamos dormidos, en lo que espero que sea la primera noche de todas las que nos quedan.