Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 23. Colt #2
46%

23. Colt #2

«Dios, quiero tocarla. Quiero tumbarla sobre este asiento y comerle el coño. Bajarle esas bragas por los muslos y plantarle un suave beso en el clítoris. Quiero conseguir que se corra con mi boca y con mi polla. Aun así, esta noche me conformo con este polvo en seco y que se corra en mi regazo».

Bajo la mano y me agarro la erección por encima de los vaqueros, con la esperanza de que un meneo rápido libere un poco de tensión y de tirantez.

Me tiembla el muslo bajo su coño caliente y húmedo.

Los dedos de mi mano se clavan con más fuerza en su cadera, mientras que con la otra me aprieto la polla tan fuerte como puedo.

—Colt. —Un diminuto sollozo. Está frenética. Me agarra del cabello y tiembla de la cabeza a los pies.

—Eso es —digo con voz estrangulada. Me palpita la polla y se me nubla la vista. Con un jadeo ahogado, suelto un lefazo en mis calzoncillos.

Agarro la mandíbula de Whit, con el pulgar en su barbilla, y mi lengua invade su boca. Mi beso captura todos sus gemidos y gimoteos. Sus caderas se mueven salvajemente sobre mi muslo hasta que se le ponen rígidos los músculos, a punto de liberar la tensión.

—Joder —susurra con voz áspera. Sus caderas se estremecen y todo su cuerpo tiembla sobre el mío—. Ay…, joder.

Los dos flotamos en medio del subidón que provoca el orgasmo.

Entre risitas, pegados a la boca del otro como un par de adolescentes enamoriscados que se pegan el lote en una camioneta.

Al cabo, nuestros besos se vuelven más suaves y dulces, hasta que no son más que piquitos tiernos, justo como empezó todo esto.

Solo que ahora la deseo más de lo que he deseado nada en mi vida.

Fuera lo que fuera esto antes, lo que fuéramos nosotros, todo ha cambiado y ha crecido esta noche. Esta ascua cuidadosamente protegida se ha convertido ahora en una llama rugiente.

Al cabo, el vaho de las ventanas se disipa y todo se mueve como a cámara lenta. Whit me agarra la camiseta y se apoya para quitárseme del regazo y volver al asiento central. Yo aparto la mano de su muslo apenas lo suficiente como para ponerle el cinturón de seguridad, y meto la marcha.

Ella suelta un suspiro satisfecho, se hunde en el asiento y apoya la cabeza en mi hombro. Yo le doy un beso en la coronilla.

—Feliz cumpleaños, preciosa.

—Ha sido el mejor cumpleaños de la historia —dice, reprimiendo un bostezo—. Me alegro de que Blair me convenciese de salir hoy. Y me alegro de que hayas venido.

—No me lo habría perdido por nada. Duerme un poco, cariño.

Whit se lo toma como una orden en lugar de como una tierna sugerencia.

Se queda dormida casi al instante. Su cabeza oscila sobre mi hombro mientras recorremos la serpenteante autopista.

Alargo la mano y le sujeto la mejilla, con firmeza pero también con ternura, durante todo el camino hasta Wells Canyon.

Al cabo, aparcamos frente a su casa poco antes de las dos de la mañana. Siento como si tuviera arena en los ojos. Una arena en llamas.

—Whit. Cariño. Ya estamos en casa.

Sus ojos parpadean despacio y se entreabren. Se limpia perezosamente la baba que tiene en la mejilla. Señala la mancha húmeda que me ha dejado en el hombro y me dedica una sonrisilla.

—Ay, Dios. Disculpa.

—No pasa nada. Va a juego con mis vaqueros. —Le aliso el cabello despeinado y señalo sus botas, tiradas en el suelo—. Vamos a llevarte a la cama.

Juntos, nos dirigimos dando tumbos hacia la puerta de entrada. Sigue haciendo calor, a pesar de las altas horas de la noche, pero sopla una brisa que juguetea con el dobladillo de su corto vestido. Tras unos segundos buscando la llave, se gira hacia mí.

—¿Te quedas a dormir?

—Ah, no lo había pensado.

Sus penetrantes ojos verdes me dejan clavado en el sitio.

—Quédate a dormir.

La puerta se abre y entro sin llevarle la contraria.

Se agarra a mi brazo para mantener el equilibrio mientras se quita de nuevo las botas.

La casa está del todo a oscuras, espectralmente silenciosa sin Jonas, aunque estoy seguro de que la sangre que me late en los oídos ahogaría de todos modos la mayoría de los ruidos.

Me tropiezo con un par de zapatillas del crío, dejadas de cualquier manera en la entrada. Casi acabamos los dos en el suelo. Whit suelta una risita en voz baja.

—Puedes considerarte dichoso por no haber estado aquí cuando había un millón de juguetes tirados por todas partes.

No había manera de no tropezarse todo el tiempo.

—Me tira del brazo en dirección a las escaleras.

No tiene la menor idea de cuánto me habría encantado haberlos conocido a Jonas y a ella hace años—.

Mi chico era mucho más desordenado por aquel entonces. ¿Te lo puedes creer?

Tras un rápido desvío al baño del pasillo para asearme y calmar los nervios, dejo que me guíe hasta su dormitorio.

Es pequeño, acogedor, y compensa en cierta manera el estilo minimalista que Whit parece haber adoptado en el resto de su casa.

Es como entrar directamente en su cerebro.

En todo lo que esconde del mundo exterior.

Sus aficiones, sus pasiones, sus recuerdos.

Se dirige al vestidor y hurga entre los cajones. Yo aprovecho para echarle un ojo a los pines, libros y demás adornos desparramados por el escritorio. Todas las supuestas «guarrerías» que me dijo que no podía tener por el salón.

—Eres toda una calentorra, ¿eh? —Agarro el tercer pin seguido con forma de polla esmaltada.

De inmediato, Whit deja lo que estaba haciendo y gira en redondo con un gruñido que me recuerda a un gato salvaje y un rubor sonrosado en las mejillas.

—¡Claro que no!

—No lo decía para mal. De hecho, es mi segundo detalle favorito de ti, después de tu demencial talento para los juegos de carreras.

Whit cierra el cajón y se me acerca con un bulto de ropa en las manos. Un pijama, supongo. Lo tira todo a la cama.

—¿Te importa ayudarme a bajarme la cremallera del vestido? Puedo hacerlo yo si es necesario, pero para ello casi tengo que dislocarme el hombro.

—Pues claro.

Cierro los ojos un instante cuando ella me da la espalda. Me esfuerzo tanto como puedo por centrar la cabeza. Tengo el cerebro como si me estuviesen estallando dentro fuegos artificiales. Ha sido así desde que posé la vista sobre ella en el bar.

Temblando, contemplo la cremallera con la confusión de un niño pequeño que no tiene ni idea de cómo funcionan estas cosas. O más bien como un mono confundido, teniendo en cuenta cómo aparto su sedoso cabello castaño con los nudillos.

—Colt…, en cuanto a lo que ha pasado esta noche…, lo siento. —Me detengo al oír su voz temblorosa—. Lo que ha pasado en tu camioneta…, lo que te he hecho en la pierna… Dios, ahí he cruzado una línea. No me lo puedo creer.

—¿Qué te dije en el bar? Que no debería importarte una mierda mi opinión. —La cremallera del vestido baja un poco más, y ahora veo que no lleva sujetador—. Soy yo, Whit. No hace falta que sientas vergüenza conmigo.

—Pero…, bueno…, es que valoro nuestra amistad. —Mueve los hombros para dejar que los tirantes del vestido le caigan por los brazos.

Se me corta la respiración al oír esas palabras. Contemplo sus lechosos hombros cubiertos de pecas. El cabello ondulado que le cubre la nuca. Mirar su piel desnuda es como una inyección de óxido nitroso: me acelera los latidos al instante.

—Yo también valoro nuestra amistad. —Inclino la cabeza y me la juego dándole un beso en el hombro derecho.

—Colt. —Esa manera de pronunciar mi nombre entre risitas se ha convertido en mi sonido favorito de todo el mundo.

—¿Qué? —digo en tono inocente, y le recorro el trapecio con el labio inferior—. De verdad que valoro nuestra amistad. Más que nada.

—No quiero hacerte daño.

—Hazme daño. Fustígame. —Vuelvo a besarle el hombro—. Estrangúlame. —Otra vez—. Paséame por ahí como a un perro. —Y otra vez.

Ella suspira y se apoya en mí.