Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 23. Colt
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23. Colt

Colt

M ientras nos dirigimos a la salida, Whit se gira hacia mí y dice:

—Ya puedes devolverme mi bandolera, si estás cansado de parecer idiota.

Yo ahogo una exclamación y la aprieto contra mí.

—¿De verdad te parezco un idiota? Y yo que empezaba a verme guapo con bolso.

El fresco aire nocturno me llena los pulmones, y le sonrío a esta preciosa chica algo borracha que camina a trompicones a mi lado después de celebrar su cumpleaños.

La agarro con más fuerza de la cintura. Le quité la bandolera después de la tercera ronda de chupitos porque me parecía que estaría más a salvo conmigo que con ella.

No quería experimentar en directo la letra de la canción Tequila Makes Her Clothes Fall Off .

Tras recorrer la acera y cruzar la calle, por fin llegamos a mi camioneta.

Por el rabillo del ojo veo a un grupo de tíos que nos contemplan mientras dan hondas caladas a sus cigarrillos, lo cual me provoca una leve inquietud en las tripas.

Con una mano en su espalda, abro la puerta del copiloto y les lanzo una mirada de reojo a esos tíos.

Whit no se da cuenta. Está demasiado ocupada intentando subirse a la camioneta, ligeramente elevada.

—Agárrate del cierre para auparte —le explico—. Yo te ayudo.

Ella obedece y sube una pierna a la camioneta. El vestido se le desliza por los muslos, amenazando con enseñar todo lo que lleva debajo. Sin pensármelo dos veces, me quito el sombrero de la cabeza. En el ángulo adecuado, mi Stetson le cubre el culo sin problemas.

«Esos tíos no se van a llevar ningún espectáculo de gratis».

Una vez que Whit se acomoda en el asiento del copiloto, cierro la puerta y el pestillo.

En los treinta segundos que tardo en rodear la camioneta hasta el asiento del conductor, Whit se las arregla para quitarse las botas.

Está sentada con las piernas cruzadas en el asiento.

No puedo evitar fijarme en que lleva los calcetines desparejados.

Uno es negro y el otro es gris, con rayos amarillos.

—¿Dónde está Betty?

—Con mi madre. Se la dejé antes de venir aquí.

—¿Y a tu madre le gusta tener una nieta canina? ¿O prefiere nietos humanos?

El motor despierta con un rugido y le lanzo a Whit una mirada de reojo. «¿Me está preguntando si a mi madre le gustaría Jonas?».

—Pues… sí, la verdad es que adora a Betty. Pero también le encantan los niños. Hasta los que no son sus nietos. Trata al bebé de mi prima como si fuese su propio nieto.

Whit asiente lentamente. Pensativa.

—Gracias por lo de esta noche…, por todo el día. No sé…, nadie ha tenido nunca un detalle conmigo por mi cumpleaños.

—Pues te mereces esto mismo todos los días.

Whit aprieta los labios hasta formar una fina línea.

Las farolas recorren la camioneta al pasar, iluminando el interior.

Como si fuera parte de una película en stop motion , Whit se gira en mi dirección, alarga lentamente la mano para quitarse el cinturón y se desliza por el asiento hasta quedar justo a mi lado.

—Whit, ponte el cinturón de seguridad.

Sujeto con firmeza el volante y centro mi atención en la carretera con la concentración de quien está en pleno examen de conducir. Sería un momento fatal para que un mapache o algún otro animal diminuto cruzara la carretera, porque no voy a poder frenar en seco sin hacerle daño a Whit.

Y, sin embargo, no me hace caso.

Me niego a apartar la vista de la carretera. Ella me acaricia el pecho con los dedos.

—¿Quieres hacer el favor de ponerte el cinturón de seguridad, por favor?

—Odio que seas tan amigo de Jonas.

—El cinturón de seguridad —suplico—. Por favor, cariño. Me encantaría seguir hablando contigo, pero no puedo concentrarme si me da miedo que te hagas daño.

Cuando me queda enormemente claro que no piensa hacerme caso, dirijo la camioneta hacia el arcén. Hemos dejado atrás Sheridan, así que enciendo las luces de emergencia. Bajo el resplandor blanco de la luna llena, me giro en el asiento y me palmeo los muslos con fuerza.

—Vale, dime por qué odias que sea tan amigo de Jonas.

—Porque… —aunque solo estamos ella y yo aquí dentro, se me acerca para susurrar—: porque si no fueras el único amigo que tiene en el mundo, te follaría vivo ahora mismo.

Se me encoge el corazón en el pecho al oír el tono derrotado de su voz. Me planta un beso en la mejilla, pero no aparta los labios, que sobrevuelan mi barba de pocos días para luego darme otro beso, esta vez más cerca de los labios.

Le sale el aliento con leves jadeos. Pega su cuerpo al mío y vuelve a rozarme con los labios.

Una descarga de electricidad me calienta las venas.

Le devuelvo el beso, sin aliento, reprimiendo una risa, juguetón.

Intento morderle el labio y ella se echa hacia atrás, jugando al pillapilla en la oscuridad.

Todos mis sentidos se acentúan; capto el olor de su perfume, que inunda mis fosas nasales.

Me hormiguean los labios de anticipación, siento que mis latidos se acompasan a los suyos.

Mis dedos recorren su densa melena y, por fin, nos besamos de lleno.

Ella sonríe, contenta de haber sido pillada finalmente.

El sabor de todo lo que ha estado bebiendo me hormiguea en la lengua.

La agarro con firmeza del culo y me la coloco sobre el regazo.

Ella se acomoda a horcajadas, sin separar su boca de la mía.

Nos estamos besando. Estoy besando a Whit. Sus labios son míos y de nadie más.

Es surrealista. La devoro al tiempo que le acaricio las piernas con las manos.

Ella alza las caderas para que mis dedos queden peligrosamente cerca de su entrepierna.

Siento el calor que irradia de la parte superior de sus muslos.

Se me pone la polla incómodamente dura bajo la cremallera de los pantalones.

Múltiples erecciones en una noche y ni un solo momento de alivio.

Cuando llegue luego a casa me pienso cascar la polla hasta que se me caiga.

Abre más los muslos, encajados alrededor de los míos. El dobladillo de su vestido revolotea al igual que mi corazón cuando su coño se aprieta contra mi muslo. Rompe el beso, con la respiración alterada, y me mira, con los ojos impregnados de una emoción nerviosa.

Se restriega lentamente contra mí. Me sujeta la nuca con las manos.

—Dios, Colt. Cómo odio no poder follarte vivo ahora mismo.

«Me cago en la puta, yo también lo odio».

Aunque por otras razones. Porque, con todo el respeto, lo que piense Jonas sobre la posibilidad de que yo salga con su madre me suda la polla. El único motivo por el que no me estoy quitando el cinturón y metiéndosela es porque esta chica ha estado bebiendo.

—Fóllame, Colt —dice con la voz rota de desesperación—. Quiero que me folles. He p-pensado tanto en ello…, en cómo me sentiría al tener esto dentro… —Me agarra la polla por encima de los vaqueros—. Quiero que me folles.

«Me cago en…».

—Joder —murmuro pegado a su boca—. Joder, cariño. Quiero… joder. Esto es muy duro.

Ella sonríe ante el doble sentido y me aprieta la polla cada vez más dura.

—Sí, durísimo.

—No tienes ni idea de las ganas que tengo de que me aprietes la polla con el coño. Pero esta noche no. Será menos probable que te arrepientas si esperamos a que estés sobria.

—Llevo más de una hora bebiendo agua. Ni siquiera estoy mareada.

Sigue restregándose contra mi muslo con movimientos lentos y metódicos.

—Dios, Whit, no sé.

—Llevo cachonda toda la noche —gimotea. Un gimoteo que se convierte en un gemido bronco en el momento en que mueve la pelvis de una cierta manera—. Por favor. Quiero que hagamos esto.

—¿Estás segura? No quiero…

Su cuerpo está muy tenso, a horcajadas sobre mi pierna, ansioso por seguir.

—Colt, yo quería que lo hiciéramos en el callejón. Y en ese momento me había tomado un cóctel nada más. Quiero que lo hagamos. Te prometo que no hay problema.

«Joder». Jugueteo con su cabello para ganar tiempo y decidir cuál es la mejor forma de manejar esta situación. Si insiste en que no está demasiado borracha, y no soy yo quien empieza a tocarla, no hay problema, ¿verdad?

—¿Te está viniendo bien restregarte contra mi muslo?

—Sí. Es como cuando me… sí .

Vuelve a apoyar todo el peso, suelta un suave suspiro de alivio y éxtasis y vuelve a usarme para darse placer. Y entonces me derrumbo.

—Vale —susurro—. Pues móntame, mami.

No sé dónde poner las manos, así que las coloco en sus muslos.

Mis dedos se clavan en su piel para no cruzar la línea.

Sin embargo, recordarme mi moralidad se vuelve casi imposible cuando Whit me restriega el coño contra el muslo, tan mojada que me empapa los vaqueros.

Apoya la frente firmemente contra la mía y se le escapa un gemido de entre los labios a cada nuevo restregón de su coño contra mí.

Arquea la espalda y me cabalga el muslo como si fuese mi polla.

Se suceden los gemidos de placer por el pequeño espacio de la camioneta.

Se está corriendo conmigo; no he visto en mi vida nada más sexy.

Me agarra la camiseta con los puños para estabilizarse.

Esta hermosísima diosa que tengo en el regazo toma de mí justo lo que quiere.

Me trata como si fuese su juguete personal. Sin inhibiciones.

Yo me quedo completamente pasmado en su presencia.

—Joder, esto es muy sexy. —El pantalón vaquero, empapado, se me pega al muslo. Deslizo las manos hasta sus caderas para mantenerla erguida—. Utilízame, cariño.

Whit se muerde el labio inferior.

—¿Te gusta ser mi juguete sexual?

—Vaya si me gusta, joder. Córrete con mi muslo, Whit, por favor.

Las bragas de color celeste que lleva quedarán para siempre grabadas en mi memoria, porque ahora que su vestido está subido y lo tengo firmemente sujeto, veo que la fina tela se le pega a los labios del coño. Me tiembla el pecho al verlo.