22. Whit
Whit
T ras rodear el lateral del edificio, me apoyo en la pared de fuera y doy una fuerte palmada en los bastos ladrillos.
El letrero de neón del bar no ilumina apenas el callejón completamente oscurecido.
Me restriego el pecho con una mano, intentando que mis pulmones se llenen de este aire impregnado de humo de cigarrillo.
—¿Whit?
La voz preocupada y al mismo tiempo molesta de Colt suena por el aire silencioso de la noche.
Aunque Sheridan es significativamente más grande que Wells Canyon, sigue siendo un pueblecito por el que no deambula nadie una vez que se pone el sol. Aparte de un par de personas que han salido a fumar, no hay un alma a la vista.
—Whit, sé que estás por aquí cerca. ¿Puedes volver, por favor?
Me muerdo el labio. Estoy que echo humo.
Vuelve a llamarme. Esta vez suena más cerca.
—Hey. —Alzo la cabeza al oír su susurro. Está plantado en la esquina del edificio, con las manos metidas en los bolsillos, contemplándome en la oscuridad con ojos entrecerrados—. Eso ha sido… —Se acerca con cautela, como si fuera a morderle o a echar a correr—. Puede que me haya pasado.
—¿Tú crees?
Me concentro en clavarle la mirada. Es el único mecanismo de defensa que me queda, sobre todo porque su enorme cuerpo se cierne sobre el mío. Si no lo asusto con esta mirada que ya ha admitido que le da miedo, estoy lista.
—Es que… Mierda. Es que estoy perdiendo la puta cabeza, de verdad.
Ni siquiera te conozco. ¿Y sabes por qué no te conozco?
Porque no puedo ni pensar cuando te tengo cerca.
—Suelta un suspiro exasperado—. Y no suelo ser el más listo del cotarro ni en mis mejores días.
Pero cuando tú apareces, las dos células cerebrales que tengo empiezan a ir en direcciones opuestas.
Trago saliva… Es la única reacción que estoy dispuesta a tener delante de él.
—Pierdo la cabeza cuando estoy cerca de ti.
Y al ver a ese tío contigo… —Se muerde el interior del carrillo, y todo en él se tensa al recordarlo.
Sus ojos ascienden hacia el letrero de neón que cuelga de la pared sobre mí—.
¿Tienes idea de las puñeteras ganas que tenía de ser yo quien bailase así contigo?
Los fríos ladrillos en los que apoyo la espalda no consiguen aplacar el fuego que llamea en mi interior.
En la pista de baile, algo cambió en su manera de mirarme.
Esa mirada se volvió celosa, posesiva, hambrienta de un modo parecido a como lo miro yo ahora, con ansia de depredador.
Estar aquí con él es tan peligroso como quedarse plantada al borde de un acantilado erosionado.
Los dos estamos reuniendo valor para saltar.
Me sale la voz pesada, grave:
—¿Y por qué no lo has hecho?
Colt es un buen tío. Se merece mucho más de lo que yo puedo darle. No debería abrir la puerta, pero aquí estoy, haciendo justo eso.
—Porque… me gustas. Mucho. Y no quiero ir demasiado rápido y asustarte. Pero, por lo visto, sí que quieres que cualquier tío te restriegue la polla contra el culo en la pista de baile hasta que se manche los pantalones. Supongo que no te asustas tan fácilmente como yo pensaba.
Estamos tan cerca que siento el calor de su piel y huelo el mismo gel de baño que me imaginé antes al correrme.
Reprimo una carcajada ronca.
—Antes no hablaba en serio. La verdad es que sienta bien notar que alguien me desea.
—¿Y qué pasa, que yo no cuento?
—Sí que cuentas.
«Eres quien más cuenta».
—Ah, porque resulta que te deseo. Me cago en la puta, cómo te deseo.
Paso la palma de la mano por la pared de ladrillos a mi espalda. Nada de esto me parece real. Debo de estar dentro del cuerpo de otra persona. De una persona que sale de un bar y acaba en un callejón escuchando a un hombre confesar lo que siente. Sea quien sea esa persona, me gusta.
Separo algo más los tobillos, un gesto que lo anima a ocupar el espacio entre mis piernas.
A Colt le tiembla la respiración.
—A la mierda todo. A la mierda, estoy harto de ir despacio.
Colt me sujeta firmemente el rostro con las manos y estrella los labios contra los míos.
Es un beso hambriento. El aire entre nuestros cuerpos está cargado.
Mis latidos desbocados corren al mismo ritmo que los suyos, a la velocidad frenética de nuestros besos, de nuestras manos.
El tacto de esas manos encallecidas en mi cuerpo me pone demencialmente cachonda.
La calidez de su boca se aparta de la mía para murmurar:
—Qué guapa eres. Me matas de deseo, maldita sea.
—Ah, ¿sí?
Le recorro el pecho con las manos y desciendo más y más, con anticipación. Un poco más, hasta la cintura de sus vaqueros. Su mano encallecida acaricia el dorso de la mía, y se la coloca encima de la polla. La tiene dura; lo noto por debajo de los pantalones.
—¿Te parece que no te deseo?
Nuestro siguiente beso es rudo y tierno a la vez.
Me dejo llevar por la sensación de su lengua ardiente, que se desliza sobre la mía.
Mis caderas se aprietan contra las suyas, y no hago nada para evitar que el vestido se me vaya subiendo poco a poco por los muslos.
Quiero sentir toda su envergadura al restregarse contra mi coño.
Quiero ser el tipo de chica a la que le da igual si hay alguien por aquí que pueda vernos.
Colt se da cuenta y suelta un gemido —agónico y grave— pegado a mis labios ya hinchados. Aparta los dedos de mi cabello despeinado y me baja el vestido para cubrirme el culo, que ya tengo al aire.
—Whit —murmura—, aquí no. Así no.
Me planta un casto beso en la punta de la nariz.
Retrocede un paso y me acaricia los costados.
Yo me lamo los labios para seguir saboreándolo y parpadeo para ahogar esta neblina de pura frustración sexual que ha estado a punto de impulsarme a follar en un callejón.
Colt se reajusta la polla en los pantalones para ocultar la erección y luego se recoloca el sombrero de vaquero.
Siento un repentino escalofrío cuando su cuerpo deja de cubrir el mío. Me restriego las palmas de las manos, con la piel de gallina en los brazos.
—Vamos. ¿Prefieres volver al bar o irte a casa?
Yo me recompongo el cabello con los dedos.
Sé bien lo que quiero hacer, pero tras echar una mirada de reojo a su camioneta, suelto un suspiro.
Desde el mismo momento en que me enteré de que estaba embarazada, prometí silenciosamente que mi hijo iría antes que nada de lo que yo quisiera o necesitara.
Quiero que Colt me bese hasta que se me derritan los huesos y me quede sin aliento. Quiero sentir sus manos en cada centímetro de mi piel. Jonas necesita que Colt esté en su vida, como amigo y como modelo a seguir. Y con eso está todo dicho.
—Deberíamos volver al bar. Blair se va a enfadar si me piro tan pronto de la fiesta.
—¿Vas a volver a la pista de baile? El mundo entero necesita ver tu baile del buzo.
Me da una palmada en la frente.
—No me lo piensas dejar pasar nunca, ¿verdad? No me puedo creer que te haya enseñado el baile.
—Jamás he visto a un buzo que esté tan bueno como tú. Bueno, de hecho, jamás he visto a un buzo. Pero sé que ninguno está tan bueno como tú.
Me agarra de la mano y deja que sea yo quien abra la marcha.
Otro recordatorio de que soy yo quien decide si dejamos atrás este momento de pasión en el callejón y nos vamos a un sitio más íntimo o bien regresamos al bar lleno de gente.
Pero si dejamos que nos domine la lujuria, será el final de esta situación tal y como la conocemos.
No es una decisión que yo deba tomar mientras aún siento sus labios en los míos.
En este mismo momento, Colt suelta mi mano, como si me hubiese leído la mente y hubiese llegado a la misma conclusión: lo que ha pasado hace un minuto tiene que acabar aquí y ahora.
—Si no queremos que la gente empiece a hablar, no deberíamos entrar juntos como si fuéramos pareja.
Me da un beso rápido y fuerte en la sien, y los dos entramos en el ruidoso bar mientras suena Mony Mony de Billy Idol.
Las luces de neón brillan en todas direcciones, los haces se cruzan frenéticos e iluminan el polvo y la mugre que flota por el aire.
De pronto huele más a cerveza rancia y sudor de lo que recordaba.
Sin pensármelo, empiezo a cantar la letra en silencio. Colt me lanza una mirada curiosa.
—Billy Idol es, o quizá era, el cantante favorito de mi madre. —Apoyo la mejilla contra su hombro y grito para hacerme oír por encima de la música—. Ella solo dice palabrotas cuando canta esas canciones.
Un tipo fornido choca contra mí al pasar, y siento el calor de la mano de Colt en mi cintura, para estabilizarme. Me sujeta e inclina la cabeza hacia mí para oír mejor.
—He conocido a tu madre, y no me la imagino diciendo palabrotas.
—Sí, la verdad es que impresiona —digo, y suelto una risa, pero entonces lo miro con ojos entrecerrados al digerir lo que ha dicho—. Un momento, ¿cuándo has conocido tú a mi madre?
—Hoy mismo. —Desliza el pulgar por mi vestido, y la tela se queda pegada a su piel encallecida—.
Puede que Jonas y yo nos hayamos pasado recogiendo flores, así que le hemos llevado un ramo.
Ya sé que es tu cumpleaños, pero tu madre te dio a luz hace treinta años…
Así que nos pareció justo regalarle algo también.
«Me parece que necesito aire fresco otra vez».
Si no me ando con cuidado, voy a acabar enamorándome de este hombre.
La noche pasa en medio de un borrón de miradas anhelantes, roces discretos y fingir que solo somos amigos, cosa que se nos da de puta pena.
Sinceramente, doy gracias a Dios por que las chicas estén borrachas y los chicos ni se enteren.
Hay algo en el hecho de ser quien se ha enrollado con un vaquero buenorro en un callejón que hace que me empiece a importar todo una mierda.
Dejo que Kate intente enseñarme a hacer twerking , intento participar en una danza en línea y no dejo de reírme medio borracha con Blair en el reservado, mientras que Denny nos va trayendo bebida y patatas fritas.
Al cabo, poco después de medianoche, la música vibra por mis piernas cansadas de tanto bailar.
Apuro un vaso de agua mientras Colt y Kate barren juntos la pista de baile.
Y cuando digo que la barren, me refiero a que Colt se ha puesto mi bandolera —que le tendí antes de ir al baño y que no se ha molestado en devolverme— y está recorriendo la pista como uno de esos muñecos hinchables de goma en medio de un huracán.
Sus brazos largos y bronceados se sacuden al ritmo de algún tipo de música tecno.
Es todo un peligro para las parejas que intentan besarse bajo las luces estroboscópicas.
Y lo más loco es que está completamente sobrio. No ha tomado ni azúcar en toda la velada. Alex jamás se soltaría tanto en público, ni siquiera borracho.
—Hey, mami —dice Colt entre jadeos, abanicándose con su sombrero de vaquero tras acercarse a trompicones en el breve espacio entre dos temas. Su camiseta empapada de sudor se le pega a los abdominales. Mi bandolera cuelga de su cintura—. ¿Te lo estás pasando bien?
—Sí, es que necesito un poco de agua. —Le enseño el vaso vacío—. Por cierto, me alegro de que hayas perdido esa apuesta. Te queda bien el bigote.
Él se echa a reír y se lo acaricia. Me lo tomo como una invitación para acariciárselo con la punta de los dedos, y entonces le rozo la suave piel de la mejilla. Acabo recorriendo la barba de pocos días que le salpica la mandíbula.
—¿Como a Freddie Mercury? —me pregunta a voz en grito aprovechando un bajón repentino en la canción.
—Mejor todavía —replico—. Jonas no sabría reconocer un buen bigote ni aunque lo tuviera delante.
Siento una neblina al captar su olor y notar sus dedos, que trazan lentos círculos en la parte baja de mi espalda. No puedo evitar imaginármelo trazando círculos similares en un sitio bien distinto.
Le doy un tironcito de la camiseta y me lo acerco para susurrarle al oído:
—Ya estoy lista para largarme de aquí.
—Ah, ¿sí? —Me recoloca un mechón de pelo detrás de la oreja.
Imagino que estoy hecha un desastre después de pasarme varias horas bebiendo y bailando en un bar lleno de personas sudorosas y borrachas.
Quizá es una mala pasada de mi cerebro borracho, pero juraría que le sigo pareciendo guapa, de alguna manera.
—Ya le he dicho a Blair que nos vamos a ir pronto —digo—. Jackson los llevará a casa.
—Pues entonces, vámonos.