Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 21. Colt
42%

21. Colt

Colt

C ontemplar a Whit me parece obligatorio.

¿Cómo podría ser de otro modo, al verla entrar en el bar con un vestido negro muy corto y botas negras altas que le llegan hasta los muslos?

Yo esperaba que viniese con el mismo atuendo que llevaba esta mañana.

Habría seguido siendo la chica más buenorra de todo este sitio, sin duda.

Pero ahora…, se van a amontonar los babosos intentando captar aunque sea un poco de su perfume.

«Debería haberle echado huevos y haberla besado antes».

Me dio la impresión de que prácticamente me echó de su casa porque ella también sentía esta atracción magnética entre los dos.

En realidad me dijo que iba a tardar un montón en dejar a Jonas con los abuelos, y que no tenía sentido que la esperase allí.

Maldita sea, no debería haberle hecho caso.

Betty y yo deberíamos haber plantado el culo en la camioneta y haberla esperado a que dejase al niño y volviese.

Y, sin embargo, aquí estoy, en calidad de amigo de Whit. Un título por el que todos los tíos de este bar están compitiendo de pronto, a juzgar por el modo en que la miran.

—¿Qué tal? —dice Denny, y ayuda a Blair a entrar en el espacioso reservado curvo, tras lo que toma asiento a su lado.

—No iréis a dejar que la cumpleañera se pague su propia bebida, ¿verdad?

Blair gira la cabeza.

—Pensaba que estaba justo detrás de nosotros.

Yo señalo con el mentón hacia la barra, donde Whit toquetea nerviosa su pequeño bolso bandolera mientras hace cola.

—No os preocupéis, yo me encargo.

Me pongo en pie y navego entre la gente repartida por el bar de suelo pegajoso.

—Claro que te encargas tú —dice Denny en voz alta, pero su voz se ve amortiguada por el rugido de la banda de música en vivo y el zumbido de las luces de neón.

Me deslizo hasta llegar a su lado y aparto de un golpecito de cadera a un motero con pinta de rondar los cincuenta y muchos.

Whit no me ha visto, así que me inclino hasta casi rozarle el hombro con la barbilla.

Entonces pronuncio su nombre por encima del estruendo de la música.

Ella se tensa durante un latido, pero entonces reconoce mi voz y se relaja por completo con una sonrisa despreocupada en la cara.

—Las cumpleañeras no se pagan su propia bebida. Sé que no sueles salir por bares, pero es de sentido común. ¿Qué quieres beber?

—No… —Pasea la vista por las estanterías tras la barra, sujetando con fuerza la correa del bolso—. No sé. En casa solo bebo vino, pero no parece muy del estilo de este sitio. ¿Qué be­bes tú?

—Yo voy a beber agua, pero apostaría a que a ti lo que te va es el sex on the beach . —Me encojo de hombros.

A pesar de la tenue luz y el resplandor verde de los neones, veo que se le sonrojan las mejillas con un tono rosa pastel. Los músculos de su mandíbula se tensan al alzar la mirada hacia mí y tragar saliva.

—Por aquí no hay ninguna playa.

Le guiño un ojo.

—Me refería al cóctel.

Ella vuelve a pasarse el dedo por la diminuta arruga del ceño.

—Ah, claro. Dios. Sí…, uno de esos.

Aproximadamente un minuto después, Whit tiene una bebida en la mano.

Los dos nos abrimos paso entre los clientes del bar hacia el reservado.

Mi mano se apoya de forma natural en su espalda y la voy guiando frente a mí por la multitud.

La aparto al acercarnos a nuestros amigos.

Para mi sorpresa, Kate y Jackson han aparecido mientras estábamos en la barra.

Kate debe de haberse tomado un par de copas por el camino, porque sus ojos vidriosos saltan a toda prisa entre Whit y yo.

—Hola, chicos. No sabía que ibais a venir. —Me echo a un lado y espero a que Whit tome asiento, para luego sentarme a su lado. Justo a su lado.

—Austin y Cecily no se negaron de inmediato a cuidar de los niños, así que aprovechamos la oportunidad para salir una noche —dice Kate.

Denny les lanza un disparo con el dedo tanto a ella como a Whit.

—Una noche sin niños hay que celebrarla con chupitos, di­ría yo.

Si por Denny fuera, se celebraría todo con chupitos.

Nadie tiene tiempo de negarse. Denny se dirige a toda prisa a la barra y vuelve al rato con una bandeja cargada de chupitos. Las tres chicas vacilan. Blair le lanza una mirada asesina a Denny cuando olisquea el vaso de chupito que tiene delante.

—¿Tequila? ¿En serio? —Arruga la nariz con una mueca—. Si se acaba liando, no digas que no te he advertido.

Whit no puede evitar pasear la vista por el bar cada treinta segundos.

No sé qué habrá pasado en su vida para que le den tanto miedo los chismorreos, pero me inclino hacia ella y le aseguro que nadie de este lugar sabe quién es.

Y una vez que oye eso, entrechoca su vaso de chupito contra el de Kate y apura el tequila con un estremecimiento.

Durante un rato nos quedamos sentados en el reservado y charlamos sobre el rancho, sobre la pierna rota de Blair, sobre mi mierda de camioneta, sobre el gordo descamisado que se aprieta contra un troquelado de cartón de tamaño natural de Daisy Duke en el otro extremo del bar.

Un par de chupitos de tequila después, Kate le da un golpecito de hombro a Whit, haciendo que choque contra mí.

—Vamos a bailar, Whit.

—Ay, no sé…, no se me da bien bailar. —Arruga la nariz adorablemente.

—No seas tan modesta —digo en voz baja para que solo me oiga ella—. Te sale de miedo el baile del buzo.

Me clava la mirada y se apresura a escrutar el bar. Sé exactamente por qué vacila, y no tiene nada que ver con disfrutar o no del baile.

—Mami, aquí no te conoce nadie, excepto las personas de esta mesa. Deja de preocuparte tanto por lo que vayan a pensar los perdedores de este bar.

—Los perdedores de este bar somos nosotros —replica ella.

—Exacto. Y desde luego, no debería importarte una mierda lo que yo piense. ¿Quién soy yo para juzgarte?

Esboza una media sonrisa.

—Cierto. A fin de cuentas, has pensado que lo mejor que podías ponerte esta velada era una camiseta que dice «Tiran más dos chuletas que dos carretas».

—Bueno, era por si nos daba por ir a comer carne. Aun así, me da igual lo que piense la gente de mi camiseta. —Es mentira. Por primera vez en mi vida, me importa la opinión de una persona en concreto: Whit—. Deberías probar eso de que te importe una mierda la opinión de la gente. Es muy divertido.

Whit ladea la cabeza con un gesto que viene a decir que soy un idiota. Kate nos interrumpe con un sonoro suspiro.

—Venga, que es tu cumpleaños.

Después de recorrerme una vez con la mirada, Whit dice:

—Vale, está bien.

Sin apenas dejarme tiempo para quitarme de su camino, Whit y Kate salen del reservado.

—Lo siento, Blair. Ojalá pudieras venirte a bailar —dice Kate.

—Venga, nena, con el tobillo roto también se puede bailar.

Denny agarra de la mano a Blair y la levanta del asiento de un tirón. La sostiene en brazos para llevarla a la pista de baile. Con ambos brazos en torno a ella, la mantiene estable para que cruce el bar a saltitos con la pierna buena.

Los cuatro se ponen a bailar entre risas. Siento una punzada en el pecho al ver que otros tíos empiezan a babear mirando a Whit y a Kate, que no se dan cuenta de nada.

Me giro hacia Jackson.

—¿No te cabreas como un mono cuando ves que otros tíos miran así a tu esposa?

Jackson aprieta los labios y niega con la cabeza.

—Qué va. Si saben lo que les conviene, se mantendrán alejados. Me preocuparía mucho más la situación contraria. Una vez, una mujer empezó a toquetearme mientras charlaba conmigo. Digamos que acabaron echando a Kate del bar.

—Sinceramente, no me sorprende en absoluto. —Finjo que suelto una risa y doy un sorbo de agua mientras el cerebro se me va convirtiendo poco a poco en algo parecido a la gelatina.

Ahora, esos tíos les clavan la mirada abiertamente, casi boquiabiertos.

Me resulta repulsivo. Me cabrea. Quizá es porque estoy demasiado sobrio como para ignorar las estupideces de cualquier borracho, pero hasta ahora jamás había sentido el impulso de pelearme a trompadas con nadie en un bar.

Me paso la mano por la mandíbula y me raspo los dedos encallecidos con mi vello facial.

Clavo los talones en el suelo, listo para cruzar a toda prisa el bar al momento si es necesario.

Un tío se acerca a Whit y se inclina para decirle algo. La risa de ella es como fuego lloviendo sobre mi piel. Clavo las uñas en el cuero falso del asiento. No parpadeo. No me muevo. Espero a que sea ella quien le diga que se pire…

El tío es alto y musculoso. Va bien afeitado y lleva ropa de niñato de ciudad.

A mí no me va la violencia, pero, maldita sea, al ver cómo rodea a Whit con el brazo y empieza a contonearse lentamente, pegado a su esbelto cuerpo, se me encoge el estómago.

La rabia me llega hasta el hueso. Los celos se adueñan de cada fibra de mi ser.

Se suponía que ese iba a ser yo. Se suponía que todo iba a ser diferente. Le iba a decir a Whit que me gusta, le iba a pedir que tuviéramos una cita en condiciones, iba a sentir el calor de su cuerpo bajo mis manos en la pista de baile. Pensaba que iba a ser yo quien estuviera ahí con ella.

Y ahora que no es así, todo este sitio se me cae encima. Me tiembla la respiración y oigo mis latidos en las orejas.

Jackson alarga la mano y me toca el antebrazo.

—Colega, no vale la pena pelearte con ese tipo. Solo están bailando.

Resulta fácil de decir para un tío que sabe sin ninguna duda que su chica se irá con él a casa esta noche. Cierto, antes le dije a Whit que se soltase un poco el pelo, pero no quería decir que se liase con cualquiera que apareciese.

Mis tacones repiquetean en el suelo empapado de licor, que se pega levemente tras cada golpecito.

Hay algo en estas luces palpitantes, en el tono candente de la música rock que toca el grupo y en la mano de ese gilipollas, que va descendiendo poco a poco hasta el culo de Whit, que me pone de los nervios.

Con un movimiento brusco, con la vista turbia, me abro camino hasta el sitio donde ese tío no deja de refregar su asquerosa entrepierna contra mi futura esposa.

Le doy un golpecito amigable en el hombro. Hay tipos —Red, por ejemplo, si estuviera aquí— que golpearían primero y preguntarían después. Sin embargo, por más celos que sienta, no me sale empezar una pelea así por las buenas.

—Hola, colega. Voy a bailar con mi novia, si no te importa.

Él alza una ceja, pero me pilla el farol.

—Whit —la miro fijamente—, ¿quieres decirle que se vaya a la mierda? ¿O me encargo yo?

El tipo resopla y aparta las manos de la cintura de Whit.

—Será mejor que la próxima vez ates más en corto a tu novio.

—¿Qué cojones haces, Colt? —chilla Whit por encima de la música. Esa arruga tan mona en su frente está ahora más pronunciada.

—¿De verdad querías que siguiera restregándote la polla?

—Estábamos bailando. —Señala con un gesto a las demás parejas que están peligrosamente cerca de ponerse a follar en la pista de baile—. Nada más.

—Supongo que no me he enterado de que este sitio se convierte en un puticlub a partir de las diez de la noche.

Ella resopla. Sus brazos se tensan, probablemente listos para abofetearme.

—¿Pero a ti qué te pasa?

Las luces estroboscópicas resplandecen y bañan su rostro enfadado. El grupo de música empieza a tocar algo aún más sexual. Parece que he llegado justo en el momento adecuado.

—Ese tipo estaba a punto de correrse en los pantalones —digo.

—¿Y qué?

—¿Y qué? ¿Es que no te importa?

Ella tensa las fosas nasales.

—¿Te importa a ti?

—¿Tú qué crees?

Durante demasiados latidos, esa pregunta susurrada flota en el aire bullicioso que nos separa.

Al cabo, Whit abre la boca y abarca con los brazos la masa de cuerpos que giran en torno a nosotros.

—Mira alrededor. ¿Te parece que a alguno de mis amigos le importa una mierda con quién estaba bailando o qué quería ese tío?

Claro que no. Porque ninguno de ellos está desesperadamente encoñado contigo. Si te tomases un maldito segundo para fijarte en mí… Fíjate en mí.

—Pues son unos gilipollas.

—Quien se está comportando como un gilipollas eres tú, Colt.

Pasa a mi lado y se dirige a la barra. La única parte buena de cabrearla así es poder verle el culo al alejarse.

Por supuesto, la sigo. No pienso dejar que se vaya sola a ninguna parte. Más aún cuando veo que se escurre entre un grupo de chicas que acaba de entrar en el bar y sale sola al exterior.

—Me cago en la puta —murmuro para mí mismo—. Esta tía me va a matar.

Tardo un instante más que Whit en rodear a las chicas ya borrachas de una despedida de soltera. Para cuando salgo fuera, no hay rastro de ella.