Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 20. Whit
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20. Whit

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M e he empeñado en llevar a Jonas hasta casa de mis padres, donde va a pasar la noche.

No porque no sea capaz de ir él solo, sino porque me da pavor quedarme a solas con Colt.

Si Jonas hubiese salido solo de casa y nos hubiera dejado a solas a Colt y a mí en la cocina, con los meñiques enganchados en secreto, creo que no habría llegado ni a la entrada antes de que yo sucumbiese a mis deseos.

Ahora que la casa está vacía y que queda toda una hora antes de marcharme, me quito mis prendas de trabajo y corro las cortinas del dormitorio.

Tengo que desahogar el deseo que se me amontona entre las piernas antes de salir esta noche.

Antes de pasar un rato peligrosamente cerca de Colt en un ambiente desprovisto de niños y con alcohol.

La sensación que me han provocado sus dedos encallecidos al entrelazarse con los míos, la presión de su cadera contra la mía…

Todo ello se reproduce en bucle en mi cabeza mientras me muevo por el dormitorio.

Me he esforzado mucho para reparar el daño que mi yo adolescente le hizo a mi reputación.

He construido muralla tras muralla hasta que la persona que se presenta al público es totalmente ajena a quien soy yo de verdad.

Aunque en realidad ya no sé quién soy.

Pero Colt sí que lo sabe. Cuando nos miramos a los ojos, su expresión juguetona se vuelve intensa, como si hubiese encontrado a mi verdadero yo entre las sombras de mis iris.

Mi cama aún está caliente del sol que antes ha caído sobre mi edredón oscuro.

Me abrazo a la almohada corporal hasta que mi corazón late lenta y profundamente.

Me la acerco con los talones para colocármela entre las piernas, a horcajadas.

En la oscuridad, con los ojos cerrados, consigo recordar el aroma de Colt.

Es como si estuviera aquí mismo, entre mis piernas, como si su cuerpo musculoso aplicase fricción justo donde más falta me hace.

Siento que me humedezco. Me humedezco más a cada segundo que Colt pasa en mi mente.

Me balanceo contra la almohada. La sujeto con una mano y espero el momento en que…

—Joder —gimo pegada a la mullida tela.

Mis caderas adoptan un ritmo constante, cada vez mayor. La doblez de la almohada me recorre la vagina y se aprieta deliciosamente contra mi clítoris ansioso y palpitante.

Durante años, me he masturbado pensando en celebridades, o bien he tirado de imaginación para conjurar la imagen de los protagonistas de mis libros.

Sin embargo, desde que he conocido a Colt, me da un poco de vergüenza admitir que ha sido el protagonista de mis fantasías.

Puedo imaginar intensamente el tacto de su denso cabello castaño entre mis dedos, la celestial raspadura de su vello facial en la cara interior de mis muslos, la presión de sus uñas al clavarse en mis caderas mientras me restriego contra su cara.

Esas manos ásperas y firmes, agarrando y apretando y estudiando hasta el último centímetro de mi piel.

Su cuerpo no es varonil, si entendemos como varonil unos hombros anchos y unas facciones esculpidas.

Es más bien alto y esbelto, con una mandíbula perfectamente cuadrada y unos hombros del tamaño ideal para apoyar mis muslos.

Sus abdominales me dan ganas de caer de rodillas y empezar a lamer todos los huecos de sus músculos bien definidos.

Y no me detendría ahí. No me cabe la menor duda de que tiene la polla enorme.

Cierro los ojos con fuerza y me restriego aún más frenéticamente contra la almohada.

Mi mente conjura la imagen de su polla deslizándose en el interior de mi coño mojado.

Estoy clavando las uñas en la suave piel de su espalda.

«Eso es, mami. Córrete, que yo te vea». La fantasía de su voz me atrapa.

Mi ritmo febril me acerca tanto al orgasmo que los músculos de mis piernas se estremecen demasiado como para seguir sujetando la almohada.

Así pues, ruedo para colocarme encima de ella, me pellizco los pezones con los dedos y me restriego con más fuerza que antes.

El roce suave de mi ropa interior contra mi clítoris me provoca un vertiginoso mareo.

Echo la cabeza ha­cia delante y muerdo las sábanas en el momento en que una explosión de calor me recorre el vientre y las piernas temblorosas.

Me derrumbo, con los dedos aún agarrados a la arrugada funda de almohada.

Siempre que he tenido que reprimir el impulso de llamar a Alex, esto es lo que he hecho.

Y, sin embargo, ahora que estoy despatarrada en la cama, de espaldas, contemplando tranquilamente el ventilador del techo, me doy cuenta de que ansío aún más que antes tener aquí a Colt.

Tengo ansias de sentir su peso sobre mí.

Quiero que esté tan dentro de mí que nada pueda separarnos.

Con fiera incerteza y una seguridad imprudente, pienso: lo deseo con tanta intensidad como deseo seguir respirando. No puedo tenerlo…, pero, joder, cómo lo deseo.