Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 19. Colt #2
40%

19. Colt #2

Jonas lleva la caja de magdalenas en el regazo, al tiempo que mantiene a Betty a raya con el brazo izquierdo.

—No deberíamos haberla traído. Va a aplastar las magdalenas con ese culo gordo que tiene.

—Señorita Espagueti. —Me doy unas palmadas en el regazo para que se acerque—. Es que le encantan las fiestas de cumpleaños. A la pobre se le rompería el corazón si la dejáramos en casa.

Jonas mira de reojo a la perra, con miedo a que se abalance sobre él en cualquier momento.

—¿Y qué es lo que le gusta, las fiestas de cumpleaños o los dulces?

—Todo.

Mi camioneta dobla una esquina y Betty se apoya con fuerza contra mis costillas. Es entonces cuando comprendo que se nos ha olvidado algo vital.

—Agárrate fuerte. Voy a… —Antes de acabar la frase, meto el vehículo por una carretera secundaria justo antes de salir del pueblo.

—¿Pero qué puñetas…?

Jonas agarra con fuerza la caja de magdalenas con una mano y el cierre de la puerta con la otra, para no caer de lado por culpa del volantazo.

—Tío, que nos hemos olvidado de la parte más importante del cumple de cualquier chica. —La camioneta recorre la carretera a toda prisa, entre valles profundos y guardaganados—. Por suerte, conozco un sitio donde suelo pillarle flores a mi madre de vez en cuando.

Tomamos una última curva y aparco la camioneta a un lado de un camino de cabras, de cara a un campo lleno de flores silvestres.

Hace algunos años era una zona de tala de árboles.

La ausencia de espesura, junto con la cantidad de troncos y ramas que se han podrido aquí y que han suministrado nutrientes a la tierra, ha dado como resultado una gran variedad de flores silvestres desde mayo hasta septiembre.

Ávidas de luz solar, todas crecen hasta la altura de las rodillas y se mecen suavemente bajo la más leve brisa.

Hoy hay menos variedad de la que habríamos encontrado si el cumpleaños de Whit hubiese sido hace unas cuantas semanas, pero tenemos varias opciones de intensos tonos rojos, algunos lupinos de un tono azul pálido y balsamorhizas amarillas.

—No sé si a mamá le gustan las flores.

—A las mujeres les gusta fingir que les dan igual las flores. Mi madre dice que son un despilfarro, porque se marchitan enseguida. Sin embargo, se le ilumina la cara cada vez que le llevo un ramo de este campo.

Abro la puerta de la camioneta y dejo que Betty salga primero.

Jonas se detiene justo al borde del campo y le lanza un palo mientras yo recorro las flores silvestres bañadas por el sol. Voy recogiendo las mejores. Después de diez minutos y una picadura de abeja, tengo los brazos cargados de flores y vuelvo a subir a la camioneta.

Impedir que Betty se acerque a las flores y a las magdalenas es tremendamente estresante. Un sonoro suspiro de alivio resuena por la camioneta cuando por fin aparcamos en el camino de entrada. Apenas consigo apartar las flores antes de que Betty pase por encima de mí para salir.

Jonas abre la puerta de la casa y deja que Betty entre la primera. Mientras me estoy quitando los zapatos, Whit baja despacio las escaleras, vestida con unos ajustados pantalones negros y una camisa blanca. Debe de haber acabado de trabajar hace pocos instantes.

—Feliz cumpleaños, mami. —Le tiendo el ramo y se me hincha el pecho al ver que su mirada oscila entre las flores y mi cara. Se le ilumina el rostro y esa preciosa sonrisa se transmite a sus relucientes ojos verdes.

Jonas salta por encima de las zapatillas que ha tirado por cualquier lado a la entrada y le tiende la caja.

—Te hemos hecho magdalenas.

—Espera, ¿en serio? ¿Las habéis hecho vosotros? —Se le atragantan las palabras—. ¿Cómo… cómo puedo tener tanta suerte?

Whit tironea de Jonas para darle un abrazo, entre protestas del niño. Le apoya la mejilla en la coronilla. Se quedan así durante un segundo hasta que los quejidos del chico aumentan. Jonas murmura que no puede respirar y que las lágrimas de Whit le están estropeando el pelo.

—Gracias, chicos. —Le da un beso en la cabeza y afloja lentamente su intenso abrazo—. Es el mejor regalo de la historia.

—No lo digas hasta que no hayas visto las magdalenas —digo.

Los tres pasamos a la cocina y yo apoyo la cadera en la encimera, al lado de Whit. Al abrir la caja se le escapa un resoplido por la nariz. Con la mano libre se limpia las lágrimas que de pronto le corren por las mejillas. Me muero de ganas de alargar la mano y limpiárselas yo mismo.

—S-son… Bueno, seguro que tienen mejor sabor que aspecto.

Whit se echa a reír, coge una gominola ácida de lo alto de una magdalena y se la mete en la boca.

—Te prometo que son las magdalenas más deliciosas que has probado. Tienen toda la magia de Beryl. Nosotros nos hemos dedicado básicamente a decorarlas —digo.

—Me encanta el color que habéis elegido.

Con los brazos cruzados sobre la encimera, Jonas le dedica una sonrisa.

—Lo he elegido yo.

—Me muero de ganas de probar una. —Saca una magdalena de la caja y quita con cuidado el envoltorio—. Y vosotros deberíais probarlas también.

Jonas coge una ansiosamente. Beryl le dejó probar una en el rancho. Desde entonces, cada segundo ha sido un alarde de autocontrol.

Whit da un gran bocado y echa la cabeza hacia atrás con un gemido de placer.

Claramente está exagerando para darle el gusto a su crío, pero mi polla reacciona igualmente a ese sonido.

Luego, su lengua asoma y se lame de los labios un poco de glaseado naranja.

Yo me veo obligado a dejar la magdalena y agarrarme a la encimera antes de que me vaya a caer redondo al suelo.

Debería ser delito tener unos labios tan gruesos y de aspecto tan suave, unos labios que merecen toda mi adoración, y que no haya nadie para besarlos a cada oportunidad que se presente. Idealmente, la persona que debería besarlos soy yo.

Contemplo al chaval, que devora feliz una magdalena junto a su madre, y el consejo no solicitado de mi propia madre resuena en mis oídos: «Ve despacio.

Lo único que quiero es que seas feliz. No hagas nada que aumente su inestabilidad.

Búscate a alguien con quien casarte para darme nietos a los que malcriar».

Hablando de consejos contradictorios.

Jonas me adora. Imagino que le gustaría que empezase a salir con su madre. Solo tengo que decirle la verdad: «Jonas, me gusta tu madre y me gustaría tener tu permiso para salir con ella. Quizá incluso para besarla».

—¿Por qué me miras así? —Jonas contrae el rostro—. Bastante mal estás ya con ese bigote de Freddie Mercury. —Se pone un dedo sobre el labio superior con aire burlón—. Y me estás mirando como si fueses a dedicarme una canción de amor.

Whit se ahoga con un trozo de magdalena y tose.

—El que se parece a Freddie Mercury es mi hermano. Yo tiro más hacia Burt Reynolds. —Le lanzo una mirada de reojo a Whit—. Sé de buena tinta que les encanta a las mujeres.

Jonas me mira con ojos entrecerrados.

—No sé quién es.

—Hum. Desde luego veo el parecido con Freddie Mercury, sobre todo con el bigote y la camiseta sin mangas. —Whit se da unos golpecitos en la mandíbula con el dedo—. No es mala comparación. Freddie era muy guapo.

«Jonas, voy a besar a tu madre con o sin tu permiso. Lo siento, colega».

—Jonas —dice Whit, lamiéndose el glaseado del pulgar—, ve a por tus cosas para pasar la noche con la abuela y el abuelo.

Él contempla la caja.

—¿Puedo…?

—Sí, puedes llevarte una magdalena para el camino. —Whit niega con la cabeza y sonríe. Lo ve echar a correr hacia su dormitorio—. Gracias —me susurra una vez que el chico se ha alejado lo suficiente—. Sé que todo esto ha sido idea tuya.

Con confusión fingida, replico:

—Qué va, todo lo ha organizado ese hombrecito. Quería asegurarse de que pasaras un buen día.

—Desde luego, de momento el día pinta genial.

Cambia el peso de un pie a otro, y su cadera choca contra la mía. Ninguno de los dos hacemos ademán de separarnos. Siento la tentación de pasarle una mano por la cintura para acercármela aún más y sentir el calor de su cuerpo contra el mío.

—Me he enterado de que esta noche vamos a salir por ahí.

—Blair y Denny se las han arreglado para convencerme, no sé cómo. Yo no salgo mucho… No quiero darle más munición a la gente.

—¿Más munición?

—Sí, no sé si estás al tanto de los chismorreos que corren por Wells Canyon, pero no tiene nada de divertido protagonizarlos.

—¿Y qué va a decir la gente de una mujer adulta que celebra su cumpleaños?

—Eso es fácil de decir para ti. Tú no tienes a madres en el parque haciendo comentarios sarcásticos sobre ser madre adolescente a los veint… Bueno, a partir de hoy, treinta.

Se pasa el índice por una finísima arruga entre las cejas, como si le estuviese molestando desde mucho antes de tener esta conversación.

Como está la hostia de buena, y como probablemente se enfadará consigo misma más tarde por restregarse el ceño, yo alargo la mano y le agarro la muñeca.

Ella deja caer la mano a un costado, y sus dedos se entrelazan con los míos con un movimiento que me corta la respiración.

De pronto, estamos de la mano. O algo parecido.

Su dedo se engarfia al mío para que no me aparte.

Una corriente eléctrica me recorre la piel, como un peta zeta.

Tengo tantos nudos en el estómago que podría hacer croché.

—Treinta suena mucho más sexy que veintinueve. Nadie dice «Ah, qué bien, estamos a veintinueve grados». Pero si el tiempo dice que estamos a treinta, yo agarro una caja de cervezas y me voy al río.

Whit me mira y parpadea.

—Eso no tiene el menor sentido, pero de alguna manera hace que me sienta mejor.

—Bien. Para eso estoy aquí, mami.

Sus ojos verdes, maravillados, se centran en los míos. Nuestro silencio está repleto de palabras.