Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 19. Colt
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19. Colt

Colt

R esulta que tengo una pinta horrible con bigote, pero esto que mi tío llama «recipiente para migas de galletas» me parece la hostia de guay.

Teniendo en cuenta lo a menudo que tengo que afeitarme, debería haber sabido que este nuevo estilo me iba a crecer muy recio.

Todo el tiempo he estado pensando en Burt Reynolds, dedicando tiempo a darle estilo y recortarlo, con la esperanza de que lo único que recuerde a vello púbico en mi cuerpo sea… , bueno, mi vello púbico.

Me paso el dedo índice por el labio superior y me apoyo contra la pared del cuarto de los aperos.

Asiento con energía por primera vez desde hace más de una semana, gracias a haberme pasado toda la mañana a caballo en lugar de en el tractor.

Hemos trasladado un rebaño de novillos de una zona del pasto a otra; empezamos en cuanto el sol asomó por la montaña.

Inspiro el fresco aire del exterior, que arrastra un ligero aroma a piel bronceada y a caballo.

Estos momentos me recuerdan mucho a cuando empecé a trabajar aquí.

Me giro para salir del granero y echo el resto de café en mi taza portátil, cuando Denny me da un palmetazo fuerte entre los omóplatos. Empieza a toquetear la silla de montar a su lado.

—Oye, casi se me olvida decirte que esta noche vamos a ir a un bar de Sheridan.

Supongo que es un plan tan bueno como el que yo tenía para esta noche: darme una ducha, una cena desganada con los tíos de los barracones, jugar un poco al Scrabble online con mi hermano y mi madre, hacerme una paja pensando en Whit y quedarme dormido antes de las nueve. O sea, lo de siempre.

—¿Adónde vamos?

—Aún no estoy seguro. Supongo que depende de Whit, porque es su cumpleaños.

«¿Que es su… qué?».

—¿Cómo?

—Que es el cumpleaños de Whit…

—¿Hoy? —Lo interrumpo, con los ojos tan desorbitados que él me lanza una mirada rara.

—A decir verdad, no sé, pero esta noche nos vamos a celebrarlo. No quería ir a La Herradura. —Denny rodea mi cuerpo pasmado para guardar su silla de montar. Desde el cuarto de los aperos, grita en tono despreocupado—: ¿Vas a ir?

«Tranqui. Indiferente. Frío».

—Sí, vale…

Salgo a toda hostia del granero, levantando polvo y sintiendo el viento en el bigote. Voy tan rápido por el camino de entrada que Betty tarda un par de segundos en ponerse a mi altura. Cuando llega, empieza a mordisquearme los talones para pedirme que apriete el paso aún más.

—Betty Espagueti, hay que encontrar a Jonas.

Por suerte, lo veo a lo lejos. Está en lo alto de un montón de tierra que Austin mandó traer la semana pasada para duplicar el tamaño del jardín de Cecily.

Jonas y Odessa están jugando con camioncitos amarillos de juguete en lo alto del mon­tícu­lo.

No sé por qué está tan preocupada Whit por la educación del chico, si se ve que es capaz de aguantar las mierdas de Odessa sin poner los ojos en blanco ni alzar la voz.

Estoy seguro de que jugar a los camiones volquetes con una niña de seis años es lo último que le apetece hacer a Jonas.

—¿Qué pasa, tío? —saludo, acercándome al montículo de tierra—. ¿Hoy es el cumple de tu madre?

—Ah, sí. —Vuelca el camión y vierte toda la tierra sobre el pie descalzo de Odessa.

—¿Le has comprado un regalo?

La mirada que me lanza viene a decir que ni se le ha pasado por la cabeza.

—No.

—Mierda —murmuro.

—Palabrota —dice Odessa, poco colaborativa.

—Deberíamos pasar por la Pastelería de Anette cuando te lleve hoy a casa y comprarle una tarta.

Odessa cruza dos dedos para formar una… ¿cruz? No, una X. El sonido de reprobación que suelta por los labios me lo deja claro: no ha sido una buena idea.

—Mi madre dice que las mamás solo quieren regalos hechos a mano —asegura Odessa, y vuelve a centrarse en el agujero que ha hecho con su excavadora de juguete.

Aunque suponga más trabajo y yo no tenga la menor idea de cómo se prepara una tarta, esta niña de seis años tiene razón.

—Vale, en ese caso, dame diez minutos para ducharme. Vamos a preparar una tarta.

No le dejo tiempo a Jonas para protestar ni para señalar que he perdido la cabeza. Sé que es así. Pero que me aspen si no le doy a mi futura esposa el cumpleaños que se merece.

Después de diez minutos, y ni un segundo más, estoy recién duchado y subiendo los escalones de la casa grande.

Jonas me sigue a regañadientes; hemos dejado a Odessa jugando con Betty.

Al parecer, he dado con lo único que el chico disfruta menos que hacerle compañía a una niña de seis años: ayudar en la cocina.

—Hola, señoras —grito por el pasillo en cuanto la mosquitera se cierra a mi espalda.

La casa principal, donde viven Kate y Jackson con sus hijos, es enorme y está repleta de antigüedades, la mayor parte de las cuales debe de llevar aquí desde que la familia Wells fundó este rancho hace un siglo.

Todo el espacio está repleto de tonos cálidos de madera, y en el aire flota un aroma sempiterno a pan recién hecho.

Desde la cocina se oye a alguien parlotear.

Ahí siempre se puede encontrar al menos a un par de esposas y novias.

Por las mañanas, se dedican a beber café y a preparar las bolsas del almuerzo de los rancheros.

Por la tarde, beben cerveza y sangría e intercambian chismes mientras preparan el pan del almuerzo del día siguiente.

Por supuesto, entramos en la cocina en el mismo momento en que Kate se aparta del frigorífico con una botella de un tono ambarino oscuro en la mano.

La cocinera jefe, Beryl, una nativa Secwépemc de larga melena plateada y ojos siempre sonrientes, me mira y me saluda con una mano cubierta de harina.

—Hola, chico. ¿Tienes hambre?

Señala una especie de dulce recién horneado.

—No…, o sea, en verdad sí, qué coño. —Paso junto a Kate, con cuidado de no chocar con ella mientras apura su cerveza, y agarro lo que resulta ser un brioche con pasas—. En realidad quería saber si Jonas y yo podríamos ocupar un poco de espacio de la cocina.

Beryl mira al chico y esboza una sonrisa de oreja a oreja.

—En cuanto este se lave las manos, por supuesto.

Debería haberle dado un manguerazo primero.

Jonas ha pasado suficiente tiempo en la cocina como para saber que a Beryl no se le lleva la contraria. De inmediato se sube las mangas de camino al fregadero.

—¿Qué tenéis que hacer? ¿Otro experimento de ciencias? —Kate alza una ceja.

Niego enérgicamente con la cabeza.

—No, no, no. Ya aprendí la lección con los Mentos y la Coca-Cola. Es el cumpleaños de Whit, y Jonas y yo queremos hacerle una tarta.

—Quien quiere hacerle una tarta es Colt —me corrige Jonas.

Kate y Beryl me clavan la mirada. Sin parpadear. Comprendiendo.

—Bueno, en ese caso… —Beryl se limpia la harina de las manos con un paño—, ¿cuánto tiempo tenemos? ¿Prefieres que haga magdalenas, que será un poco más rápido?

Al instante empieza a deambular por la cocina, yendo y viniendo de la alacena para traer suministros, que deposita sobre la encimera sin dejar de tararear suavemente para sí.

Kate también se pone en marcha, aunque con menos amabilidad. Nos ordena que nos pongamos delantales; a mí me encasqueta uno particularmente mono, de color rosa y con estampado de corazoncitos.

Nadie menciona siquiera el motivo por el que tengo tanto interés en hacerle magdalenas de cumpleaños a Whit. Ni siquiera cuando interrogo a Jonas para saber si prefiere vainilla o chocolate, ni cuando me paso un buen rato intentando decidir el color del glaseado.

Beryl las saca del horno y mete un dedo limpio en la masa de glaseado que ha hecho Jonas, para comprobar el sabor.

Dado que un glaseado negro no entraba entre las opciones, Jonas ha propuesto hacerlo naranja, para que nuestras magdalenas de chocolate parezcan de Halloween.

Al parecer, es la fiesta favorita de su madre.

«Tomo nota».

—Creo que tenemos alguna decoración dulce de Halloween en la despensa de abajo —dice Kate sin alzar la vista.

Ha estado sentada en la cocina todo el tiempo mientras preparábamos las magdalenas, hojeando una revista.

De vez en cuando ha levantado la cabeza para comentar en voz alta lo mal que se me da hornear.

Beryl señala con un gesto la puerta de la despensa de abajo y me pide sin palabras que baje.

—No hace falta, pararemos en la tienda de la esquina y compraremos algunas gominolas ácidas para ponerlas por encima. Son sus favoritas.

Beryl esboza una sonrisa.

—Por supuesto. No voy a preguntarte cómo es que lo sabes.

—Colt vino a casa a jugar a videojuegos y compró una tonelada de gominolas, porque no sabía cuáles nos gustaban. Debió de traer todo esto. —Dibuja un semicírculo cómicamente grande con las manos sobre la encimera de cuarzo; sin duda, mucho más grande que la cantidad de gominolas que llevé.

—Vaya, muy amable por su parte. —Beryl me lanza una mirada.

—Superamable —añade Kate.

En el peor momento posible de toda la historia de la humanidad, Denny aprovecha para entrar en la cocina.

—Estáis hablando otra vez de lo buen tío que soy, ¿no?

Se acerca a Beryl con la vista clavada en las magdalenas, pero esta le aparta la mano de un sopapo.

—No, esta vez el buen tío es Colt —dice Kate, que ya ha dejado aparte la revista, más interesada en la conversación.

—¿Qué ha hecho? —pregunta Denny, y añade—: Por cierto, ¿puedes hacer el favor de dejar de pegarme para que pueda pillar una magdalena?

—No. Son para Whit —dice Beryl, y espanta a Denny al tiempo que desliza la bandeja de magdalenas por la encimera para apartarla de él—. Tengo brioches de fresa y ruibarbo si quieres.

—Así que para Whit, ¿eh? —Se pasa la lengua por los dientes.

Yo señalo a Jonas, que está tan concentrado en hacer un perfecto remolino de glaseado que tiene hasta los ojos bizcos.

—El chico no tenía ningún regalo para ella, y no podíamos aparecer con las manos vacías.

—Ya, y tú te crees que yo nací ayer. —Denny da un bocado a su brioche y se lame un trozo del recubrimiento de la comisura de la boca—. Valiente zorro estás hecho.

Supongo que sí. Un zorro merodeando por el puto gallinero.

Y esta noche quiero entrar.