17. Whit #3
—Siempre puede venir al rancho los fines de semana. Voy a echar de menos tenerlo de secuaz. Me veré obligado a abrir las puertas yo solo. He intentado enseñarle a Betty a hacerlo, pero ella prefiere meter ese culo gordo que tiene por entre los barrotes y dejarme atrás.
—Hablando de Betty… ¿Dónde está?
Colt mira en derredor con el labio inferior sobresalido.
—Bett…
Le aprieto el tobillo con los dedos y chisto con los labios.
—No grites. Jonas está durmiendo.
—Deben de ser las diez de la mañana… ¿Seguro que se encuentra bien? ¿Vamos a echarle un vistazo?
Colt se revuelve y mira en dirección a las escaleras.
—Ya fui a ver cómo estaba justo antes de que llegaras. —Lo tranquilizo con una sonrisa—. Se ha pasado casi toda la noche vomitando. Ahora necesita dormir.
—Vale. —No parece convencido—. Pero debería ir a ver dónde está Betty, no sea que forme escándalo.
Me da un leve apretón en los pies que me sienta como un cálido abrazo.
Luego los aparta de su regazo y los dos nos ponemos en pie.
La casa es pequeña, y si hubiese una perra de trece kilos correteando por el espacio abierto de la primera planta, la habríamos oído.
Así pues, Colt y yo subimos en silencio a la planta de arriba.
La puerta de Jonas está entreabierta. Me acerco con cautela y asomo la cabeza.
Los ronquidos suaves de mi hijo y de la perra reverberan por la habitación.
Jonas yace de lado, destapado —lo cual me hace pensar con preocupación que quizá tenga fiebre— y con el brazo echado sobre el pecho peludo de Betty.
—La he encontrado —susurro.
Al girarme, me doy de bruces con Colt. Sin previo aviso, entra tras de mí para asomarse. Es un horno, su cuerpo calienta el mío y su mano cae sobre mi cintura con el contacto abrasador de un hierro de marcar.
—Parece que están muy cómodos. —Siento su aliento contra el pelo y en la mejilla.
Me giro hacia él y compruebo que el poco espacio que separa nuestros labios me provoca un cálido fulgor por dentro.
Resulta íntimo y sereno, como si fuésemos dos padres preocupados que van a ver cómo se encuentra su hijo dormido y se susurran frases como «mira qué mono está cuando duerme» o «¿te puedes creer que sea nuestro? ».
Me he pasado bastante tiempo viendo dormir a Jonas, siempre con una pesadumbre melancólica que, algunas noches particularmente solitarias, se convierte en un resentimiento bien arraigado.
Pero jamás me había sentido así. Serena.
Sin embargo, aunque me permita imaginar un futuro junto a Colt, jamás tendremos estos momentos con nuestro propio bebé.
—Vamos a dejarlos descansar un rato.
Retrocedo apenas medio paso y me encuentro apretada firmemente contra el cuerpo de Colt. «Que aún tiene apoyada la mano en mi cintura».
Me giro del todo y sus dedos recorren mi torso. Me quedo inmóvil y él me agarra con los puños de la camiseta para mantenerme en el sitio. Nuestros rostros están tan cerca que estoy convencida de que va a besarme.
Y lo que más miedo me da: sé que se lo voy a permitir.
Mi corazón, mis labios y mi vagina gritan «sí». Un puto «sí» retumbante. Con treinta signos de exclamación: «sí». Y, sin embargo, mi cerebro lo echa todo por tierra con un diminuto «no».
Cuando Colt capta mi insignificante negativa con la cabeza, se encoge y me suelta con tanta rapidez que parece que en realidad no quería ni tocarme.
Para mi sorpresa, sus manos encallecidas ascienden hasta sujetarme ambos lados de la cara.
Ya sea por la intensa presión de sus dedos en mi cráneo o por la velocidad con la que me ha soltado para luego volver a agarrarme, o porque quizá yo también me he puesto enferma al igual que Jonas, quién sabe, se me nubla la visión y siento de modo figurado que el suelo tiembla bajo mis pies.
Los labios de Colt me rozan la frente con un beso tan forzado que yo sería capaz de estrellar el cráneo contra la pared si no me lo estuviese sujetando.
Él retrocede un paso con un resoplido de frustración. Yo me quedo estupefacta, con las mejillas sonrojadas y el corazón al galope.
—Debería marcharme. Le he dicho a mi madre que la iba a llevar hoy a un par de tiendas de segunda mano. Si…, esto…, si necesitas algo más, avísame.
Alarga la mano hacia el pomo de la puerta de Jonas. Yo vacilo y luego digo:
—Si prefieres dejar a Betty aquí mientras haces lo que tienes que hacer, no hay problema.
Intento hablar en tono despreocupado, como si solo estuviese pensando en Jonas, no intentando dar con una excusa para que regrese.
Él deja caer la mano a un costado.
—Sí, creo que eso les gustaría a los dos.
—Parece que voy a tener que buscarle un perro.
—Betty se sentiría muy herida si la reemplazas así.
Suelto un resoplido suave a modo de risa, pero la verdad me impacta, pesada. «Betty no es nuestra. Ni tú tampoco».
Y cuando se entere de la verdad, de que no puedo tener más niños aparte de Jonas, seguramente no querrá que eso cambie.
El impulso de contárselo se me queda atrapado en la garganta, pero trago saliva para reprimirlo.
No tiene sentido decir algo que probablemente dé igual.
No tiene sentido hacerlo real antes de que sea necesario.